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El reencuentro por silvy1990

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Notas:

Buenos días, aquí les traigo un nuevo capítulo para que puedan continuar con la trama de esta historia :)

Espero les guste y comenten qué les parece, eso siempre me anima muchísimo a continuar. ¡Gracias por leer! ^^ 

CAPITULO 2.

-No has cambiado nada, pequeña guerrera –me dijo Alex con una voz grave y extremadamente sensual-.

Aquella frase, aquellas escasas palabras, me dejaron congelada en el lugar donde estaba. Solamente una persona me había hablado así y fue hace tantos años que creí que jamás volvería a escucharlas o aún peor, creí que jamás le volvería a ver. Eché un rápido vistazo a la pulsera de flores azules que llevaba en mi muñeca derecha, incluso acariciando la joya.

-Veo que aún conservas mi regalo… Fue lo único que pude hacer por nuestra amistad antes de marcharme, Amanda…

Mire el rostro que había junto a mí, que había cambiado muchísimo desde la última vez que le vi. Su tono de voz estaba entristecido al recordar las circunstancias que nos habían llevado a separarnos cuando estudiábamos en la escuela, en la primaria, hace diez años.

Cerré los ojos, recordando una parte de mi pasado que creí enterrada y olvidada, dejándome llevar. No me había quedado más remedio que actuar así, ya que su marcha repentina dejó un gran vacío en mi vida. Pero Alex estaba ahí, delante de mí, después de tantos años...

En la escuela, Alex era mi mejor amigo. Por supuesto, era una amistad diferente a la que tenía con Ruth y Miriam. Nuestras madres también se conocían desde la infancia. Ambas querían que ambos nos hiciésemos amigos, pero la gran sorpresa para ellas fue que en la escuela conectamos y enseguida nos hicimos amigos, sin siquiera saber la relación que existía entre ellas. De hecho, recuerdo que cada día, cuando volvíamos a casa, siempre lo hacíamos juntos, con nuestras madres cerca, claro. También recuerdo que Alex me hacía muy feliz, pero un día, su madre encontró trabajo en Madrid y tuvieron que marcharse de nuestro pequeño pueblo. El único recuerdo que me quedó fue aquella pulsera que jamás me había quitado de la muñeca desde que Alex me la regaló, la última vez que nos vimos...

-¿Alex? ¿Mi Alex? ¿De verdad eres tú? –Le miré con el entrecejo fruncido, presa de la sorpresa-.

-Sí, pequeña guerrera –una lágrima recorrió su mejilla-…

-¡No lo puedo creer! –Llevé mis manos a la boca-.

-En realidad, estaba interesado en buscarte y volver a retomar nuestra amistad, pero ha sido más fácil de lo que creí –admitió-.

-No sé qué decir –una lágrima traidora recorrió mi mejilla-…

-Un abrazo no estaría mal, para empezar –bromeó-.

Me reí y no dudé un instante en darle un abrazo. Y no un abrazo cualquiera, sino un fuerte abrazo, como si quisiera recuperar diez años con tan solo ese gesto.

-¿Qué está pasando aquí? –Escuché la voz de Ruth-.

Me separé de Alex con una sonrisa a lo que él me guiñó el ojo antes de girarse hacia Ruth, ya que cuando ella llegó, él estaba de espaldas. Nos encontramos con una Ruth que no sabía muy bien a qué enfrentarse y nos miraba acusadora con los brazos en jarra con Tom a su espalda.

-¿Recuerdas esta pulsera, Ruth? –me acerqué a ella y se la enseñé-.

-Claro… Pero, ¿eso que tiene que ver con mi pregunta? –Ruth parecía confusa-.

-Tienes al chico que me regaló esta pulsera delante de ti –señalé a Alex con la cabeza-.

Ruth miró a Alex, sin saber qué decir. Por su rostro, pasaron varios colores y emociones. Finalmente, se llevó las manos a la boca y sus ojos se aguaron, presa de la sorpresa.

-¿De verdad eres el mismo? –Reaccionó Ruth-.

-Para mí ha sido una verdadera sorpresa encontrar a Amanda. De hecho, a mi vuelta, estaba dispuesto a buscarla para retomar nuestra amistad –se explicó Alex-…

-¡Qué casualidad! –Intervino Tom-.

-Sí, lo has tenido muy fácil para encontrarla –sonrió Ruth-. ¿No me vas a dar un abrazo a mí también, Alex?

Alex rio y le dio un ligero y rápido abrazo, supuse que por respeto a Tom.

-Os estábamos esperando… ¿Os apetece jugar a algo? –Intervino Tom, después del abrazo-.

-Por supuesto, vamos –aceptó Alex-.

Los cuatro bajamos las escaleras que separaban la barra de la sala de juegos y nos dirigimos hacia una de las mesas de billar, donde Miriam e Iván charlaban animadamente mientras esperaban. Al llegar junto a ellos, ambos dejaron de hablar. Miriam me miró interrogante, sacudí la cabeza y le hice un pequeño gesto con las manos para hacerle entender que le explicaría todo lo sucedido más adelante. Por su parte, Alex se acercó a Iván y colocó su mano en el hombro de su amigo con una sonrisa a lo que Iván asintió.

-¿Os apetece jugar al billar? –Tom rompió el silencio-.

-Elijáis lo que elijáis, no sabemos jugar –se lamentó Ruth-, aunque Amanda tiene experiencia con el futbolín.

-¿En serio? –Tom parecía sorprendido-.

-En realidad, he venido un par de veces y siempre jugaba al futbolín, pero no soy una experta –me encogí de hombros-.

-No hables con falsa modestia… Algunas veces hemos coincidido y se te da bastante bien –intervino Miriam-.

-En ese caso, juguemos al futbolín –sonrió Tom-.

Todos los presentes aplaudimos la idea de Tom y nos acercamos a la mesa del futbolín, un juego bastante sencillo en el que teníamos que intentar meter gol en la portería. Habitualmente, el futbolín era un juego para dos o cuatro personas, pero no para seis. Por eso, hicimos tres equipos de dos personas, que estaban formados por Tom y Ruth, Miriam e Iván, y por último, Alex y yo. Ahora la cuestión era elegir a los dos equipos que iniciarían el futbolín, por lo que los chicos hicieron un juego en el que elegirían el inicio del futbolín.

El juego era conocido como piedra, papel o tijera. La piedra aplastaba la tijera y ganaba; la tijera cortaba el papel y ganaba; el papel envolvía a la piedra y ganaba. Unos minutos más tarde, Tom y Alex se colocaron junto a nosotras en el futbolín.

Alex me permitió elegir, con un gesto caballeroso, el lateral que deseaba tener en el equipo, por lo que dejé que Alex se posicionará en la portería y la defensa. Por tanto, elegí la parte ofensiva, teniendo frente a mí a Tom y a su derecha a mi amiga Ruth. Empezamos a jugar una vez que ya estábamos posicionados y tras algunos tiros, Alex y yo conseguimos la victoria con una mínima diferencia. Al ganar, salté de alegría de mi sitio y Alex y yo nos abrazamos de forma inconsciente. Unos segundos después nos separamos, en mi caso, estaba totalmente sonrojada, y nos enfrentamos al equipo de Miriam e Iván, a los que también ganamos. En aquella ocasión, Alex y yo solamente nos sonreímos.

Poco después de eso, Iván propuso ir a tomar algo a un local cercano, conocido como “La Crepería”. Era un local especializado en la elaboración de gofres y crepes, además de preparar batidos deliciosos y menú de pizza y refresco para la hora de la cena. Era un lugar al que solía ir mucha gente de nuestra edad debido a su cercanía al centro recreativo, donde pasábamos la mayor parte del tiempo.

Al salir del centro recreativo, me hubiera gustado ir conversando con Alex, pero Miriam estaba ansiosa por la explicación que le debía; así que al salir del recreativo, se enganchó a mi brazo, al igual que Ruth, y volví a contar la historia. La reacción de Miriam había sido muy parecida a la de Ruth, pero parecía contenta de aquel reencuentro. Y a mí, ni siquiera me estaban dejando disfrutarlo. Desde que había descubierto quién era Alex, no había podido hablar tanto como me hubiera gustado con él y ambos teníamos muchas cosas que contarnos.

Al llegar al local, que estaba decorado como si fuera un castillo de la edad media, con ventanales con vidrieras, escudos y armas colgadas en las paredes y muebles sobrios, nos dirigimos al fondo del local, sentándonos en una gran mesa de madera robusta y azul con unos bancos del mismo material y color. La parte del fondo del local estaba decorada como si se tratase de la sala donde se reunían los caballeros de algún castillo de época y había solamente un par de mesas destinadas a grupos amplios de personas y era por eso, por lo que habíamos elegido aquella mesa.

Los seis nos detuvimos a mirar las cartas para elegir lo que tomaríamos, aunque yo lo tenía muy claro. El batido de chocolate con nata que preparaban era delicioso y era mi favorito, al igual que mis amigas, que apoyaron mi decisión y pidieron otro para ellas. Los chicos, por su parte, se decantaron por la especialidad del local, que eran las crepes con una receta casera y original que preparaba la dueña, una mujer francesa que se había establecido en nuestro pueblo al enamorarse del que era su actual marido.

-Veo que aún sigues adorando el chocolate –escuche la voz de Alex-.

Miré a mi lado y vi que Alex había aprovechado la ocasión para sentarse a mi lado. Justo en ese momento, me di cuenta de que estábamos solos. Miré hacia la barra y vi allí al resto del grupo, de hecho, mis amigas me hacían gestos para que me animase a hablar con él. Me reí de forma disimulada y volví a mirar a Alex, que no me quitaba la vista de encima.

-Aún así, hay cosas que han cambiado –me encogí de hombros-.

-Mi marcha fue repentina y no pude hacer las cosas como me hubiera gustado, pero no es tarde para recuperar el tiempo perdido –me dijo agarrando mi mano entre las suyas-.

-Lo sé. Y me gustaría recuperarlo. Eras mi mejor amigo y me gustaría que siguieras siéndolo –admití-.

-¿Nos vemos aquí mañana a esta misma hora? –me propuso-.

-Me encantaría –acepté su invitación con una sonrisa-.

Justo en ese momento, y como si nos hubieran leído el pensamiento, el grupo regresó. Miriam se sentó al lado disponible junto a mí, al lado derecho, ya que Alex no tenía ninguna intención de moverse de mi izquierda. Ruth y Tom se sentaron justamente enfrente de nosotros y junto a Tom se sentó Iván. Esperamos pacientemente que sirvieran nuestros pedidos en un silencio más incómodo del que me hubiera gustado. Tal vez, con el estómago lleno, esa situación pudiese cambiar.

-¿Y cómo os conocisteis Ruth y tú, Tom? –Finalmente rompí el silencio-.

-Nos conocimos en la piscina municipal –sonrió Tom-.

-Sí, ese día había ido allí con mi familia y me encontré con Tom y sus amigos –me explicó Ruth-.

-Habitualmente, no vamos a la piscina. En casa de Tom hay piscina y también en la mía, pero ese día, nos apetecía salir y así Tom y Alex conocían un poco más el pueblo –aclaró Iván-.

-Así que fuimos a la piscina municipal y estábamos jugando al balón cuando vi a Ruth –continuo Tom-.

-Yo les había visto hace rato, pero no me atreví a acercarme –nos contó Ruth-.

-Al final, lancé el balón cerca de ella y pude acercarme para conversar con ella –finalizó Tom-.

-Conectamos enseguida, así que intercambiamos números y empezamos a salir… Y hasta ahora –sonrió Ruth-.

Miriam suspiró encantada, mientras que yo asentía con una sonrisa. Si habían tenido compenetración mientras nos contaban cómo se habían conocido, no quería imaginar la compenetración que debían tener para el resto de las cosas. En comparación con otros novios que había tenido Ruth, Tom me parecía el mejor hasta ahora. Me dio por pensar que se trataría de un amor de verano y que no duraría, que era lo que habitualmente le sucedía a mi amiga.

Miriam y yo teníamos otra clase de concepto sobre relaciones, ya que queríamos encontrar a una persona formal, sincera y leal y sobre todo, que fuera una relación larga. Miriam había tenido más experiencia, aunque finalmente, no salía bien. Yo no tenía tanta experiencia, ya que solo había tenido una relación y ya me había dejado bastante marcada pero preparada para enfrentar la misma situación de nuevo, si es que se presentaba algún día. De momento, iba a disfrutar de mis amigas.

-Ruth me contó que os conocisteis en la escuela, pero no me hablo de Alex –quiso saber Tom-…

-Alex y yo éramos grandes amigos, aunque era una amistad diferente que la que tenía con Miriam y Ruth –comencé-…

-De hecho, nuestras madres eran amigas y deseaban que surgiese una buena amistad entre nosotros –completó Alex-.

-Y así fue, pero la madre de Alex encontró trabajo en Madrid y se tuvo que marchar, pero antes me regaló esta pulsera –se la mostré a Tom-.

-En Madrid, años después, conocí a Tom, que era mi vecino cuando vivía por allí –me explicó Alex con su intensa mirada-.

-Yo siempre vivía entre Madrid y el pueblo, hasta ahora –sonrió Tom-.

-Tom estudia ingeniería en la universidad y el próximo año estaremos juntos porque ha pedido traslado de expediente –me explicó Ruth, con una sonrisa-.

En ese momento, temí. Mis amigas y yo vivíamos juntas en un pequeño departamento en Sevilla, ya que estudiábamos en la universidad. Si Tom y el resto de sus amigos también estudiaban allí, mis amigas no iban a estudiar demasiado y preferirían pasar con ellos el resto del tiempo, porque era evidente que Miriam sentía algo por Iván, solo hacía falta ver cómo lo miraba. Y tampoco me gustaba la idea de que la cabeza de Ruth comenzase a hacer planes con una persona con la que ni siquiera sabía si iba a estar mucho tiempo. O tal vez, era mi desconfianza debido a mi experiencia con Leo, la que me hacía desconfiar sobre planear un futuro con una persona a la que quieres.

-He pensado que tal vez podáis ayudarnos a Alex y a mí a instalarnos y conocer Sevilla –nos pidió Tom-.

-¿Tú no estudias con ellos, Iván? –Intervino Miriam-.

-Sí, pero he estado viviendo en la residencia de estudiantes –se justifico Iván-. Tal vez, si Alex y Tom consiguen un piso, me vaya a vivir con ellos.

-Os ayudaremos en todo lo que podamos –se ofreció Miriam-.

-Muchísimas gracias, chicas. Sin duda, Ruth no exageraba cuando decía que erais buenas personas. Me alegra mucho haberos conocido –sonrió Tom-.

-Sí, hemos tenido mucha suerte al conoceros –secundó Iván-.

-La suerte ha sido encontrarme a mi pequeña guerrera –Alex me revolvió el pelo-.

-¿Por qué le dices así, Alex? –Cuestionó Tom-.

-En la escuela, siempre fue una revolucionaria, una pequeña guerrera.

Ruth y Miriam se miraron entre ellas y después nos miraron a Alex y a mí. Tal como las conocía, sabía que estaban aguantando las ganas de reír y por supuesto, lo hicieron, dándole la razón a Alex.

Es verdad que nunca me gustaron las injusticias y desde niña, luchaba contra ellas. Era justamente por eso por lo que Alex y yo nos habíamos hecho amigos. Cuando era niño, Alex tenía gafas y aparato de dientes, además de que estaba regordete. Algunos compañeros de clase le insultaban, pero no podía ver aquella injusticia, ya que sabía que Alex era un buen chico, por eso, le defendí. Eso hizo que nos convirtiéramos en amigos y siempre que luchaba contra alguna otra injusticia, Alex me decía pequeña guerrera.

Volví a mirar a mi lado, a Alex. Sin duda, ya no era gordo, ni tenía aparato de dientes, ni tenía gafas. Ahora, Alex tenía un cuerpo fibrado y musculoso, se notaba que se machacaba en el gimnasio; su sonrisa era blanca y perfecta; y sus ojos oscuros brillaban libres del cristal de las gafas. Sin duda, se había convertido en un hombre bastante atractivo y si no hubiera sido por la frase que utilizó, jamás lo hubiera reconocido.

Y así pasamos el resto de la tarde, conversando muy animadamente en aquel local, dándome cuenta de que podíamos hacernos buenos amigos. Después de eso, Ruth y Tom se despidieron, ya que él iba a acompañarla hasta casa. Miriam se disculpó, ya que tenía que hacer algunos recados e Iván se ofreció a acompañarla. Así que, Alex y yo, volvimos a quedarnos solos.

-Lo he pasado muy bien –le sonreí-.

-Ha sido un gran día –parecía feliz-. -Sí, sin duda –asentí y añadí-. Será mejor que volvamos a casa.

-Te acompañaré –dijo con decisión-.

-Está bien –acepté-.

Alex y yo conversábamos por el camino. Hablábamos de cosas sin sentido, nos reíamos por cualquier cosa… Sin duda, la conexión entre ambos seguía siendo evidente. Cuando llegamos al centro comercial, me detuve. Vivía prácticamente al lado y lo más conveniente era despedirnos, no sin antes, intercambiar los números de teléfono, recordando que habíamos quedado en la crepería al día siguiente para ponernos al día.

Notas finales:

Espero que les haya gustado este capítulo, donde se conoce un poco más a los personajes... Hay una cita pendiente entre Alex y Amanda, ¿les irá bien? 

¡Nos leemos en el próximo capítulo! ¡Un saludo! ^^ 

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