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Flor de Noche. Amor a quemarropa por Outlander

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Notas del fanfic:

Más de adelante, se explicará por qué la historia se llama "Flor de noche".

Notas:

Ethan --- Dylan. Es que con el anterior nombre era más dificil de poner las "y".

  • 1.       Atocha.
  • Eran la una y cuarto del mediodía cuando miraron sus móviles, nada más llegar a Madrid. Llevaban levantadas desde las cinco y media de la mañana, pero una de ellas se había levantado antes de las cinco ya que tenía que ducharse antes de salir de su casa, y después las horas que habían pasado sentadas en el tren, había hecho que deseasen caminar y estirar las piernas. Esas cuatro horas y media, más las dos películas que habían en el tren, había producido en ellas una sensación de agotamiento.

    -¡Por fin hemos llegado a Madrid! Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar – exclamó una de las muchachas mientras empujaba su maleta.

    -Pues sí, nena. Tengo ya las piernas destrozadas de estar sentada – comentó la otra chica.

    -Voy a llamar a mi madre. Tú deberías hacer lo mismo – comentó la primera chica. - ¿Cogemos un taxi para ir al hostal, no?

    -Claro – respondió Patricia.

    Subieron a la planta de arriba donde se encontraba la salida de la Estación de Atocha-Cercanías. Antes de salir, Haydee se quedó mirando al grupo de Policía Nacional que hablaban en corro y no se percató que alguien se había parado delante de ella. El grupo de muchachos se giraron cuando escucharon la disculpa de la joven y uno de ellos comentó:

    -Podrías haber mirado por donde ibas.

    -¿Perdona? Pero si ha sido tu amigo quien estaba parado en medio. Por aquí pasa muchas gente para salir de la estación, no podéis pararos y si lo hacéis, al menos, os ponéis a un lado, chacho – habló molesta Paula, cogió el mango de la maleta y miró a la chica que estaba a su lado. – Hombres…

    -¿No crees que te has pasado al hablarnos así? – Preguntó uno de los presentes.

    -Sólo he dicho la verdad - se cruzó de brazos, levantando la cabeza para mirarlos a la cara.

    -A ver, calmémonos – intervino uno que parecía estar al marguen de todo. – Hablando calmadamente se entiende las personas.

    Ellas giraron la cabeza hacia la derecha y Paula se quedó sorprendida. Ahí estaba el tipo de chico que siempre había soñado: alto, guapo, moreno y con unos impresionantes ojos negros. Apartó la mirada hacia su izquierda mientras se tocaba la muela superior del lado izquierdo con la punta de la lengua. Patricia, que conocía los gustos de su prima en referente a los hombres, se imaginó que podía estar pensando en esos momentos. Carlos, un hombre guapo, de cabello rubio y ojos marrones, era el chico con el que Haydee se había chocado sin querer. Más calmados, hablaron sobre lo que había pasado y ellas continuaron con su trayectoria a la parada de taxis. Tras coger uno que las llevó a la calle Arenal, que desembocaba en la Plaza del Teatro Real, subieron al Hostal Oriente e hicieron el check in para poder dejar sus maletas en la habitación. Minutos después, salieron y se pasaron por alrededor de los locales de comida para ver donde comían. Tenían suerte que en aquella plaza hubiera tantos sitios donde elegir para comer. Terminaron yendo al Foster’s Hollywood. Mientras almorzaban, hablaron del comportamiento que estaban teniendo sus amigos de su pueblo, Bethanie y su novio Tâher, unos días antes del viaje.

    -Si te soy sincera, todavía no puedo entender por qué tenemos que llamarla Bethanie cuando su nombre es Estefanía – comentó Paula comiendo un poco del plato de Nachos San Francisco, que contenía carne, quesos fundidos, chiles, crema agria y pimientos jalapeños.

    -Nunca le ha gustado ese nombre. Aunque seas gitana, griega o pakistaní o de cualquier país, si no te gusta tu nombre, no te gusta – comentó Patricia riendo leve.

    -Bueno, no le culpo. A mí tampoco me hubiera gustado mi nombre si me lo hubieran dejado como estaba.

    -Pero te llamas Paula. ¿Qué más si tienes o no otro nombre? Además, eso fue antes de…

    -Lo sé pero, ¿tú has oído alguna vez que su madre le dijese Bethanie? Es que el nombre se las trae… Además, nosotras y Tâher somos las únicas personas que le llamamos así – Paula suspiró. – Pero bueno, no nos queda otra.

    -Que ganas tengo de que nos vengamos a Madrid. Ya verás que bien nos lo vamos  pasar – ambas rieron levemente.

    -Y lo bien que vamos a estar – volvieron a reír.

    -Yo creo que o nos seguís o es el destino – comentó una voz al lado de ellas.

    Al mirar, se percataron de que eran los mismos hombres que se habían encontrado nada más salir de Atocha. El que había hablado era un hombre guapo, alto y castaño. Sus ojos tenían un precioso color avellana. El hombre que estaba a su derecha era castaño con un poco de reflejos rubios, ojos azules, alto y guapo.

    -¿Y tú quien se supone quién eres? – Hablaron las dos primas con las cejas levantadas.

    -Mi nombre es Lucas. Antes no nos ha dado tiempo a presentarnos – habló el mismo. – Ellos son Damián – el hombre que estaba a su derecha, las saludó con una mano, - a él ya lo conocéis, Carlos – el nombrado asintió la cabeza en modo de saludo, - y Dylan.

    -Patricia y Paula – respondió Patricia sin mucho afán.

    -Hola – contestó la chica. - ¿Realmente te llamas Dylan? – Le preguntó al hombre moreno de ojos negros.

    -Sí, mi madre siempre le había gustado ese nombre y, cuando nací, me lo puso sin dejarle a mi padre rechistar – contestó el muchacho con los hombros un poco encogido.

    -¿Sabéis que todo este tipo de comidas son malas para la salud?… - Comenzó a decir Damián.

    -Pero es más barata que las de un bar, así que para nuestro bolsillo viene bien aunque para nuestro cuerpo no – dijo Patricia interrumpiendo a Damián.

    -Cuando tienes un cuerpo con curvas, es cierto que tienes que mantenerte para no engordar pero, como sólo vamos a estar un par de días, si tenemos que comer comida basura, lo haremos…

    -Aunque luego nos arrepintamos – terminó diciendo Patricia.

    -Por favor, no lo toméis mal lo que os he dicho. No ha sido a malas – dijo Damián y las chicas sonrieron.

    -No te preocupes – Paula movió la mano para quitarle importancia al asunto. – Pero si estuviera mi madre aquí, directamente ni nos dejaba entrar. ¿Eh, Patri? – Rió la chica haciendo que en la mejilla derecha le saliera un hoyuelo.

    -Ya ves, nena – rió también Patricia. – Tu madre tiene una obsesión con la comida que… tela, telita, tela.

    -Espero que disfrutéis la comida – les deseó el hombre que correspondía al nombre de Dylan.

    -Gracias – dijeron las dos a la vez. – Y vosotros también.

    Cuando estuvieron de nuevo solas, prefirieron no dar importancia la intromisión de ese grupo de chicos. Ellos se sentaron a varias mesas de ellas. Dylan y Carlos las observaban de frente mientras que Lucas y Damián les daban la espalda. En un momento dado, los cuatro se pusieron a hablar sobre su trabajo y el motivo de su visita a la capital española. Ellos vivían en Sigüenza, a una hora y media de Madrid. Cuando escuchaban algunas risas,  los cuatro miraban hacia las chicas que habían conocido en la estación pero no eran ellas, sino las chicas que estaban sentadas en la mesa de al lado de ellas. Patricia tenía el cabello un poco por debajo de los hombros, castaña y liso. Sus ojos eran castaños y portaba unas gafas negras y grises. Era un poco baja, mediría unos 1,60 cm. Paula era alta, medía 1,70cm, con el cabello por un poco por debajo del pecho, castaño rojizo y rizado. Sus ojos tenían un color marrón y, al sonreír, le salía un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha. Ambas eran primas y ambas tenían curvas. En un momento dado, Paula pidió la cuenta y luego empezó a buscar algo en su bolso hasta que sacó el monedero.

    -Ahora subimos a hacer un pis – le dijo Patricia.

    -Sí, yo tengo que cambiarme la camiseta – Paula arrugó la boca mientras lo decía. – No me lo puedo creer. La estreno y me ensucio. Soy un desastre.

    -Eso no es verdad, nena. No te has dado cuenta…

    -Patri… reconócelo. Tienes a un desastre como prima – le dijo antes de que la camarera les trajera la cuenta. Puso el dinero y se lo dio.

    -A ver, no creo que seas un desastre. Sólo tenemos mala suerte, eso es todo.

    -Y tan mala….

    -Bueno, piensa que vamos a estar sin nuestros padres durante un par de días, en la gloria, y disfrutando de esta ciudad – le dijo Patricia mientras su prima negaba con la cabeza.

    -Anda, vámonos – recogió el cambio y ambas se marcharon del Foster’s.

    Durante la tarde de ese día, las primas caminaron por la Plaza del Sol y por la Gran vía. Callejearon por algunas calles y encontraron la librería La Casa del Libro donde Paula buscó algunos libros. Allí encontró los que le faltaba de la autora española Megan Maxwell. Diana Gabaldon, una escritora estadounidense, era otra autora que ella quería leer y que era la autora de la Saga Forastera pero de ella no tenían el que Paula deseaba. Durante horas, estuvieron dándose una vuelta por la calle principal de la ciudad. También fueron a la tienda oficial del Atlético de Madrid, del cual eran fanáticas desde que eran pequeñas. Pasaron por la puerta del teatro donde se representaba El Rey León, el musical. Ambas querían ver el espectáculo pero valía demasiado para sus bolsillos. Entraron para dar una pequeña ojeada al Primak de cinco plantas que se encontraba en la Gran Vía madrileña. En un momento dado, volvieron a la Puerta de Sol donde encontraron una bandera del Orgullo Gay en barandilla del balcón en la fachada de la Real Casa de Correos. Allí también vieron a unos hombres vestidos de mariachis. Al pasar por la Estatua del Oso y el Madroño, que representaba las armas heráldicas de la villa y se encontraba instalada en la cara oriental de la Puerta del Sol, entre las calles de Alcalá y Carretera de San Jerónimo, en pleno centro histórico de la capital, Patricia le echó una foto. La fuente estaba arrebatada de gente sentada en el borde. Caminaron hacia la Alcalá donde debían encontrar un Cajamar para que Paula pudiera sacar dinero. De vuelta de nuevo hacia la zona más concurrida de ciudad, se encontraron con los mismos hombres que habían conocido esa mañana pero, esa vez, iban con una mujer que parecía tener la misma edad que ellos e iba agarrada del brazo del hombre rubio. Las primas hicieron como si no los hubieran visto y continuaron su camino. Pero Lucas las había visto y había avisado a sus amigos.

    -Pero, ¿quiénes tenemos aquí? Si son las “leonas” que por poco nos comen esta mañana – bromeó Lucas.

    -Cuidado, Lucas. No vaya a ser que tengan hambre y les den por comernos – siguió la broma Damián.

    -Pero si son Mortadelo y Filemón. ¿Cómo vosotros por aquí? - Murmuró Paula cruzándose de brazos mientras forzaba una pequeña sonrisa. - ¿No tendríais que estar en una misión, a saber dónde, que el superintendente de T.I.A os ha mandado a hacer?

    Las otras personas que estaban con ellos se aguantaron las risas pero no pudieron retenerlas. Patricia le dio un pequeño golpe con el codo. Ellas se miraron mientras que con la mirada se decían todo. La más alta suspiró. Su prima tenía razón; se había pasado. Aun así, no les iba a pedir disculpas porque le había sentado mal aquel comentario.

    -Cuidado con lo que dices – le siseó Lucas molesto.

    -Venga, chicos. Estoy seguro de que no lo ha dicho con mala intención – intervino Carlos. – Además, habéis empezado vosotros.

    -Eso es cierto – corroboró la mujer. – Por cierto, no nos conocemos. Mi nombre es Raquel y soy la esposa de Carlos.

    -Soy yo Paula y ella es mi prima Patricia – se presentó la chica del cabello rizado. – Te llamas como una amiga mía de Granada… aunque creo que pareces más seria que ella…

    -Hay veces que las que nos llamamos Raquel somos menos despreocupadas, pero también depende de la edad – comentó la esposa de Carlos.

    -Pero algunas que no se llaman así lo son… bastantes, de hecho – habló Patricia mirando a su prima que había mirado hacia otro lado. - ¿Verdad, nena? – Le preguntó a su prima que seguía mirando hacia otro lado.

    -¿Eh? Supongo, pero hay otras que son muy marimandonas – sacó una botella pequeña de coca cola. – Y tú sabes a quien me refiero.

    -Lo sé. Y tú mejor que nadie puede decirlo… bueno sí, Tâher, pero él es como ella – Paula asintió con la cabeza. – Pero lo que había dicho yo antes lo decía por ti.

    -¿El que has dicho? – Le preguntó su prima antes de beber un poco de aquel refresco.

    -¡Oh! Tengo una idea – todos miraron hacia Raquel extrañados. - ¿Por qué no os venís con nosotros a cenar? Íbamos a coger el metro para ir a Chueca a un bar que nos han recomendado.

    -Nos encantaría, en serio, pero mañana tenemos que despertarnos pronto y estamos cansadas del viaje – Patricia encogió los hombros mientras hablaba. – Que llevamos desde las cinco y media levantadas… y entre las horas de viaje y todo… nos queremos ir pronto a dormir.

    -Pero gracias igualmente por invitarnos – agregó Paula y miró a Dylan pero apartó la vista. – Bueno, ha sido un placer conocerte Raquel y de veros… a algunos, otro no tanto… Au revoir – comentó antes de antes de darse la vuelta y marcharse. La presencia de Dylan le estaba poniendo nerviosa.

    Patricia levantó las cejas y siguió a su prima que estaba entrando ya a la calle Arenal. Cuando se vio que estaba sola, se dio la vuelta tras pararse y esperó a su prima. A los lejos, se dio cuenta que Dylan la estaba mirando y sintió como se ponía colorada. Aunque no estaba segura si era ella a quien miraba. Una vez que las primas estuvieron reunidas de nuevo, caminaron hacia la carretera para cruzar la Puerta de Sol para seguir buscando un Pull & Bear que, según Google Maps, había cerca. Una vez que lo encontraron, decidieron entrar pero no había lo que estaban buscando, una chaqueta motera que Paula había visto la semana anterior cuando, junto a Patricia, Tâher y Bethanie, había ido a Roquetas de Mar a pasar el día. Cerca de las nueve de la noche, entraron al KFC ya que Paula quería probarlo. Durante la cena, hablaron sobre la hora en que se levantarían y como se irían hasta el barrio de Salamanca, a la calle Serrano que era donde se encontraba la Embajada de Estados Unidos. Al final optaron coger el metro hasta la calle más cercana. Poco tiempo después de terminar de cenar, se dieron una vuelta para bajar la comida y se encontraron de nuevo con aquellos hombres que parecía que las estaban siguiendo. A pesar de los intentos de negarse a ir con ellos a tomarse algo rápido, acabaron por aceptar con tal de no escuchar a Lucas y a Damián llamándolas gallinas. Durante un rato bastante largo, estuvieron buscando algún lugar decente. Las primas se percataron que aquellos chicos conocían bastante bien las calles madrileñas. El trayecto fue ameno para ambas. Paula y Dylan se pusieron a hablar por primera y se percataron que tenían en común que ambos tenían una perra y compartían su amor por esos animales. Llegaron a una cafetería/pub que se llamaba Paradise. El ambiente que vieron al entrar era variado pero aun así, nadie se metía con nadie. La luz tenue daba un toque romántico pero, de vez en cuando, esa luz pasaba a ser de algún color que iluminaba la pista de baile. Allí se pidieron algo de beber y después tomaron asiento en las sillas transparentes que había por el local alrededor de mesas negras. En lo alto de una tarima, el DJ pinchaba canciones actuales o recordaba canciones memoriales de otras épocas. En un momento dado, Carlos sacó a bailar a su mujer mientras que Patricia, Lucas y Damián se marcharon a la barra a por chupitos.

    -Disculpa a Lucas por sus comentarios de antes. A veces se pasa – comentó Dylan una vez que estuvieron solos.

    -Bah, no pasa nada. Creo que yo también me he pasado – Paula encogió los hombros. – Suelo ser un poco arisca con los chicos… así que…

    -Conmigo no estás siendo arisca, ni mucho menos – le dijo él.

    -Porque me has caído bien que sino… - ambos rieron. – Y dime, Dylan. ¿A qué decías que te dedicabas? – Le preguntó llevándose el vaso de coca cola a los labios.

    -No lo he dicho – respondió él.

    -Tsk… me cachis. No ha colado – rió levemente ella. - ¿A qué te dedicas?

    Dylan sonrió. Cogió el cuello del quinto de cerveza y le dio un trago mientras miraba a aquella chica que había comenzado a buscar algo en su bolso. Miró a sus amigos y parecían entretenidos con la prima de la chica con la que estaba sentado y Carlos y Raquel estaban divirtiéndose bailando. Cuando ella le volvió a mirar, su sonrisa se curvó hacia el lado derecho sin poder evitarlo. Ella le miró sin entender pero acabó por sonreír y negó con la cabeza antes de dejar el bolso en la silla de al lado. Cogió el tabaco que había dejado encima de la mesa y, tras levantar las cejas, se levantó de la mesa y caminó hacia fuera del local. Dylan, que no se esperaba que ella fumase, la siguió con la mirada pero no se movió. No podía dejar los bolsos solos. Al ver que Carlos y Raquel volvían a la mesa, aprovechó para ir detrás de la chica. Su amigo se quedó mirando como su amigo se marchaba y, mirando a su mujer con una sonrisa pícara en el rostro, comentó:

    -Cariño, tus ideas me dan miedo algunas veces.

    Dylan salió del local y la encontró sentada en un tranco enfrente. Ella le estaba dando una calada a su cigarro. Él se acercó a ella todavía sorprendido. Paula parecía estar con la mente en otro sitio, concretamente en la pantalla del móvil y echó el humo hacia arriba. Su amiga Bethanie le había mandado un WhatsApp diciendo:

    ¿Qué te parece si le hacemos una fiesta de despedida a tu prima?

    Paula no sabía que contestar y le dio otra calada más lentamente. Por un lado, no le hacía mucha gracia que su prima se marchase a los Estados Unidos durante un año pero sabía que aquello le haría feliz a Patricia y la apoyaba. Echó el humo por la boca mientras tenía los ojos cerrados mientras se hacía a la idea de que ellos no contarían con ella durante ese año. Algo le decía que aquello pasaría. Suspiró. Entonces respondió al WhatsApp:

    ¿Cuándo sería la fiesta?

    Bethanie:

    Sería la última semana de junio, el 30.

    Paula:

    No lo sé, Bethanie. Depende de cuando termine los exámenes.

    Bethanie:

    Es cierto. Se la hacemos y ya está.

    Supongo que es mejor hacer la fiesta para esos días o sino nos dará tiempo.

    No importa si no has terminado. Total, vas a suspender.

    Leer aquello le sintió mal. ¿Cómo podía decir aquello una amiga? Desde que el año anterior Bethanie se enfadase con Paula, la relación entre ambas ya no era la misma. Paula se guardaba muchas cosas, aunque luego le contaba algunas. La relación con su prima se afianzó aún más a partir de que Patricia volviese al pueblo, tras estar un par de meses en Granada sacándose el carnet de conducir. Habían ido juntas al gimnasio del pueblo hasta hacía unos pocos meses y cada viernes iban a La Jaima, una cafetería donde se habían hecho clientas vips ya que se siempre estaban allí metidas, a tomarse algo por gusto e iban allí cada vez que había una fiesta y cerraban el local. Normalmente era una cerveza y una coca cola. Paula cerró el WhatsApp, bloqueó el móvil y apoyó la cabeza sobre las piernas. Dylan se sentó a su lado y esperó a que Paula se pusiera recta para hablar con ella. No quería asustarla. La joven se reincorporó y se asustó cuando él dijo:

    -¿No sabías que fumar perjudica la salud?

    -Me has asustado… - masculló con una mano en el pecho tras pegar un pequeño brinco al escucharlo. – Sí, lo sé, pero me relaja.

    -Aunque te relaje…

    -Dylan, perdóname, pero me importa muy poco si es malo o no. Ahora mismo estoy molesta, ¿vale? Te aconsejo que no me toques tú también las narices – le interrumpió bruscamente y se levantó del tranco.

    Paula se alejó un poco de él mientras terminaba de fumar. Necesitaba estar sola para que el cabreo se le fuera o lo pagaría con cualquiera. Prefería tener pocos amigos que amigos como Tâher y Bethanie. Se estaban volviendo muy posesivos y eso no les gustaba a ninguna de las dos. Al darse cuenta de lo mal que le había hablado a Dylan, se sintió fatal. Él no había tenido la culpa de que tuviera unos amigos como los que tenía. Tiró el cigarro al suelo y lo apagó con el pie para luego girarse. Se asustó al verlo detrás ella. Paula le miró con reproche mientras tenía una mano sobre su pecho.

    -Dylan, lo siento. No debí de haberte hablado de esa manera. Pero cuando tienes unos amigos que dicen cosas sin pensar que pueden herir a otras personas y que sólo miran por ellos… pues te cabrea, la verdad – se disculpó encogiéndose de hombros.

    -No te preocupes por eso, Paula. Aunque somos nosotros quienes elegimos a nuestros amigos, no podemos saber cómo serán hasta que empiezan a mostrar su verdadera máscara – le dijo él con una pequeña sonrisa. – Pero, es como tú dices. Habéis venido a disfrutar de unos días sin que nadie os moleste, ¿no? Eso es lo que tienes que hacer y no hacer caso a lo que te digan – Paula le sonrió. Dylan se sorprendió al ver el hoyuelo en la mejilla derecha de la chica. – Además, estoy seguro de que ella no conoce a unos bomberos como nosotros.

    -¿Bomberos?

    -Sí, bomberos. Eso es a lo que me dedico – Paula negó con la cabeza mientras reía. – Más bien los cuatro nos dedicamos a eso, aunque Carlos y yo nos conocemos de toda la vida – le contó él. - ¿Volvemos adentro? Aquí hace calor.

    -Claro.

    De vuelta a adentro del local, ella le contó que estaba terminando la carrera de Trabajo Social en la Universidad de Almería y que no le gustaba nada, que ella prefería escribir historias para luego subirlas a una página donde estaba registrada como Eda Anthea. A pesar de que sus padres sabían su afición por escribir y la apoyaban, decían que aquello que hacía sólo era un hobby. Pero para ella no lo era. Gracias a la escritura, Paula había comenzado a tener en cuenta la lectura, que la ayudaba a la hora de escribir y sobretodo en las escenas que ella no estaba acostumbrada a hacer. Dylan le pidió que le pasara una de sus historias o que le dijera donde la tenía colgadas para leerlas pero ella se negó. Le daba vergüenza. Caminaron entre la gente hasta que llegaron a su mesa donde todos estaban sentados. Antes de acomodarse en su silla, el móvil le vibró en el bolsillo trasero de los pantalones con maxi agujeros, los cuales se los había comprado de esa manera el año anterior ya que en Granada, cuando fue a visitar a sus amigas en el mes de mayo, ya hacía calor. Tenía un WhatsApp.

    Tâher:

    Me ha dicho Bethanie que ha hablado contigo para hacerle una fiesta a tu prima.

    Por mí no hay problema. Haré un grupo o se lo diré a Bethanie para que lo haga y así preparar todo.

    No se lo digas…

    Paula se dejó caer en la silla mientras resoplaba. Ellos le traían loca. Guardó el móvil en el bolso, una mochila/bolso que se había comprado expresamente para el viaje a Madrid y que era de la marca SANTORO LONDON, que descansaba en el respaldo de la silla. Al ver tres chupitos encima de la mesa junto a una botella, encarnó una ceja hacia arriba. Se imaginaba lo que estaban a punto de jugar pero se extrañó al ver que sólo había tres vasos. Entonces, Raquel dijo:

    -¿Qué os parece si jugamos al “yo nunca”?

    Las primas se miraron. Ambas habían pensado en el juego de “El duro”. Pero no era sólo por eso por el cual se miraron. Paula tenía hipertensión desde los veintiún años y temía que con el alcohol le subiera, como muchas veces con anterioridad le había pasado. La esposa de Carlos, con una sonrisa amplia al ver que ellas se habían mirado, explicó:

    -No debéis temer. No quiero emborracharos.

    -Ya verás tú para levantarnos mañana – comentó Paula mirando a su prima.

    -Yo creo que ni nos acostamos mejor, ¿no? Aunque no sé si me dejarán pasar borracha.

    -No lo creo – Paula rió y se rascó encima de la ceja. – Por mí vale.

    -Y por mí pero… ¿por qué sólo hay tres?

    -Porque tiene que haber alguien en condiciones para llevaros de vuelta a vuestro hotel. ¿No crees, Patri? – Contestó Lucas mirándola con una sonrisa de medio lado.

    -Tranquilo que esa persona no vas a ser tú – le dijo dejándolo con una cara de tonto.

    -¿Qué te he hecho para que me trates con tanta frialdad? – Se hizo el ofendido.

    -Di mejor lo que no has hecho – le dijo sin mirarlo.

    -Uuuhh – comentaron Carlos, Dylan y Damián a la misma vez y riéndose de su amigo. Paula negaba con la cabeza y suspiró.

    -Si quieres, Paula, puedo acompañaros yo – se ofreció Dylan. Aun así, lo único que Paula hizo fue sonreír y asentir. - Entonces os acompañaré yo.

    -Raquel… aviso desde ya, que yo no voy a beber mucho – comentó Paula llamando la atención de todos.

    -No te preocupes. Cuando sientas que no puedes más, no tienes que beber. ¡Empecemos! – Exclamó Raquel llamando la atención de las muchachas. – Yo nunca… no he sentido nada por un chico – las tres chicas bebieron de un trago aquel primer chupito. – Paula, te toca.

    -Yo nunca… yo nunca me he puesto gafas de ver.

    -Cabrona… - murmuró Patri. Ambas se bebieron otro chupito. – Yo nunca… he escrito una historia.

    -¿Esto es por venganza? – Bromeó Paula antes de echarse otro y de bebérselo de un trago. – Te recuerdo que yo también había bebido.

    -Ya, pero como se dice: ojo por ojo, diente por diente… ah… – ambas primas comenzaron a reírse.

    Antes de que pudieran seguir, un grupo de cuatro chicos entraron en el local armados y dispararon al aire. La gente que se encontraba en ese lugar, asustados, comenzaron a correr de un lado para otro pero aquel grupo no dejó de salir a nadie. Todo el mundo gritaba. Con disimulo, uno de ellos llamó a la Policía y le contó lo que estaba ocurriendo. El grupo de cuatro chicos arrinconaron a todos en la pista de baile sin darse cuenta de que tres personas habían logrado escapar por la parte de atrás del local. Raquel, Patricia y Paula se miraban de vez en cuando y más cuando Lucas se puso detrás ellas y les trasmitió tranquilidad. Durante un cuarto de hora, que les pareció eterno, estuvieron sentados en ese lugar sin moverse. Nadie se atrevía a moverse. Los hombres armados eran seguidores del yihadismo. Aquel tema, por desgracia, era el que más preocupaba a los países desde que se desató la guerra en los países islámicos. En cada atentado que habían echado por la televisión, en las noticias sobre todo, sabían que mucha gente acababa muerta o herida y esperaban que no ocurriera aquello esa noche. Lucas se había puesto delante de las chicas para que nada les ocurriera. Los seguidores del yihadismo se giraron hacia la puerta cuando escucharon que varios vehículos se detenían en la puerta. Empezaron a maldecir fuertemente. Sin duda, lo que estaban viviendo era algo imposible de creer y de olvidar. Sus vidas cambiarían tras eso…. Aunque esperaban que no les marcara tanto. Sin previo aviso, la puerta del local se abrió y un grupo de hombres vestidos completamente de negro, entraron mientras apuntaban a los delincuentes y decían apuntándoles con unos subfusiles de asalto Heckler & Koch MP5:

    -¡Policía!

    No sólo agentes entraron por la puerta principal, algunos habían entrado por la salida trasera del local. Antes de que aquellos delincuentes pudieran reaccionar, los tenían boca abajo en el suelo y encañonados para que no se movieran. Los que estaban sentados en el suelo, impresionados al ver a los agentes de negro tomar las riendas de todo aquello a pesar del susto, comenzaron a aplaudir excepto las primas. Los agentes policiales se acercaron a los rehenes y se aseguraron de que todos estaban sin ninguna herida. Tres de ellos se acercaron al lugar donde se encontraban Paula, Patricia, Lucas y Raquel que se estaban levantando del suelo para estirar las piernas. Pero, de pronto, uno de los delincuentes que habían entrado, se soltó del policía que lo agarraba y apuntó hacia ellas. Uno de los encapuchados se acercó  y se puso en medio, provocando así que la bala le diera en el hombro derecho y que Paula cayera hacia atrás de la impresión pero Lucas la cogió a tiempo. Luego, mientras se reincorporaba, observó como aquel policía de negro disparaba un par de veces al delincuente y le dio de lleno en el muslo y el brazo. El hombre que había entrado bruscamente en el local, cayó hacia atrás pero unos policías se lo llevaron antes de que continuase haciendo el loco.

    -¿Se encuentra bien? – Preguntó Paula cuando vio que el peligro había pasado. El encapuchado de negro asintió con la cabeza.

    -¿Y usted se encuentra bien? – Quiso saber el hombre de negro.

    -Sí… aunque esto no lo olvidaré en lo que me queda de vida – Paula se puso una mano en el pecho y la otra en la cintura. Dos policías, con el rostro tapado, se acercaron a ellos. – Creo que tengo diez años menos. ¡Joder! Bff…

    -No seas exagerada anda… Es cierto que esto no lo vamos a olvidar, pero no creo que sea para tanto – comentó Patricia con una pequeña risa.

    -Eso de ahí… ¿es sangre? ¡El disparo! Le han dado….

    -No se preocupe, señora…

    -Señorita. No me pongas más edad de la que ya tengo – le dijo Paula. Aunque nadie lo viera debido al pasamontañas, el policía sonrió.

    Paula se imaginó como podría ser aquel hombre e intentó buscar algún que otro rasgo pero sólo vio sus ojos oscuros a través del pasamontañas. Unos ojos intensos que parecían amables. Le gustó tenerle ante ella y más que estuviera a salvo. Miró hacia el hombre que la acompaña y este asintió levemente con la cabeza. Lo que ella veía era a un hombre de anchas espaldas, piernas atléticas y gran altura. A su lado se sentía pequeña, muy pequeña. Durante unos segundos los dos permanecieron callados mirándose a los ojos y, extrañamente, a Paula le entró calor al sentir su protección con sólo mirarlo.

    -Creo… - comenzó a decir la muchacha de cabello rizado y miró a su prima,  - creo que será mejor que volvamos, o sino mañana no nos levantará ni el despertador.

    -Sí, tienes razón – ambas se agacharon para recoger los bolsos que estaban en el suelo. – Bueno, si nos tenemos que ver de nuevo, nos veremos.

    -Vaya, lo dices como si no quisierais vernos de nuevo – bromeó Lucas con las manos en la cintura. Ellas prefirieron no responder. - ¡No me lo puedo creer! Después de protegeros…. Que malas personas sois.

    -No deberíais andar solas las tres de la mañana – opinó Raquel mirándolas y miró de reojo a los policías. – Lucas, ¿por qué no las acompañas? Y antes de que os neguéis, os diré que me sentiría más tranquila si él os acompaña.

    -¿Tú que dices, nena? – Le preguntó Patricia a una distraída Paula. - ¡Ey!

    -¿Qué…? Oh, pues como veas – respondió Paula saliendo de sus pensamientos.

    -Entonces os acompaño – aseveró Lucas tras dar una palmada al aire.

    La tarde siguiente se podía estar por las calles de Madrid debido al viento que hacía disminuir las elevadas temperaturas con las que llegaron el día anterior. Las primas caminaban por la Gran Vía cuando decidieron ir al parque del Retiro, o El Retiro que era como popularmente se conocía, para despejarse y descansar. Les dolía los pies de andar desde la Castellana hasta la parada de metro de San Bernardo, que se encontraba en la glorieta de Ruiz Jiménez. Ese gran paseo, les destrozó los pies a ambas. Ninguna de las dos había podido dormir pero cada una por diferentes motivos; Patricia por los nervios y Paula por lo que había pasado en la cafetería/pub Paradise. Aunque no se lo dijera a su prima, Patricia sabía que no se había olvidado de lo sucedido la noche anterior, aunque ella tampoco lo había hecho. Todavía notaba como la adrenalina recorría su cuerpo, de arriba abajo. Patricia, que estaba sumida en sus pensamientos, recordaba cada segundo que duró el beso con Lucas en la puerta del hostal mientras que Paula estaba, como de costumbre, en su mundo. No habían comentado nada de lo sucedido y mucho menos esa mirada que aquel agente y Paula se habían echado. Al escuchar el resoplido que su prima dejó escapar, Patricia la miró. Se habían sentado en el muro de fábrica, con una reja metálica en la parte superior y que estaba soportada por pedestales de piedra, que actuaban como una barrera de protección para evitar posibles caídas al agua, que rodeaba el Estanque Grande del Buen Retiro. Patricia le dio un suave golpe en el brazo y dijo:

    -¿Quieres contarme que es lo que te pasa o tendré que adivinarlo?

    -¿Por qué me tiene que pasar algo?

    -Te conozco y sé cuándo te pasa algo – le volvió a dar suavemente en el brazo. - ¿Es porque Dylan no nos acompañó ayer?

    -¡No, para nada! – Paula movió una mano mientras se había puesto levemente roja. – Estoy preocupada por ese policía…. Al que hirieron porque se puso delante de nosotros.

    -Ya…. Ya me di cuenta como os mirasteis – levantó las cejas con picardía en la mirada. Paula negó con la cabeza poniendo los ojos en blanco. – Aun así, es muy extraño que no viéramos ni a Dylan, ni a Carlos y ni a Damián con nosotras mientras duró aquello. Ni si quiera estaban afuera cuando salimos para irnos al hostal.

    -Quizás esos delincuentes los apartaron y… ¡No! – Se puso las manos sobre las mejillas. - ¿Y si los mataron? ¿O los hirieron gravemente y se deshicieron de sus cuerpos para que la Policía no los encuentre?

    -¡Que exagerada, por Dios! Pero si no dispararon en ningún momento, ¿recuerdas? – Su prima asintió quitándose las manos de las mejillas. – Seguro que están bien.

    Continuaron hablando sobre lo que sucedido cuando la Policía Nacional pasó por delante de ellas. Parecían que llevar bastante prisa, ya que iban a paso rápido hacia el final del estanque de las barcas del El Retiro. Muchas personas corrían en dirección contraria a los agentes. Iban solos o en grupo. Desde hacía un buen rato, a Paula le dolía los ojos debido al sol, lo que provocó que se pusiera unas gafas de ver que utilizaba cuando estaba en el ordenador o veía la televisión o leía. No tenía más remedio si no quería perjudicar su vista. Llevaba así desde los nueve años y desde los dieciséis años, se había acostumbrado a llevarlas pero fuera de esos términos nunca se las ponía. No le gustaba salir con ellas puestas. Las gafas que tenía puesta era de tonalidades diferentes de azul desde hacía unos años. Luego se giraron hacia el lago donde vieron unas enormes carpas y tortugas. Con cuidado de que no se le cayera al agua, Paula se asomó para ver mejor a esos peces. Parecían dos niñas pequeñas cuando van por primera vez a la playa. Un grupo de cuatro patos, tres de ellos blancos y uno negro, se acercaron al lugar donde ellas se encontraban. El pato negro parecía ser quien mandaba y, aquello, les produjo gracia a ambas.

    -Que animadas parecéis que estáis – exclamó una voz detrás de ellas.

    -¿Animada? ¡Yo estoy muerta! – Rió Paula tras volverse. Todos la miraron sorprendido al verla con gafas de ver. – Daría lo que pudiese porque hubiera una cama aquí…

    -Para echarte y dormir, ¿no es así? – Terminó diciendo Damián y ella asintió. – Te entiendo, Paula. Yo también tengo un sueño y un cansancio que no veas.

    -Vaya par de vagos estáis hechos – bromeó Carlos.

    -Cállate, churri – le advirtió Raquel riéndose. – Tú estás peor que ellos. Así que no eres el más aconsejable para hablar.

    Se enzarzaron en una conversación en la que Paula se enteró que esa noche Patricia se iría con Lucas mientras que ella se quedaría con los demás. Dylan tuvo que ser advertido por su amigo Carlos para que no se le quedase mirando embobado. A todos les chocaba ver a esa joven con lentes. Volvieron a Sol para cenar cualquier cosa por ese lugar pero, al sacar el monedero, Paula se percató que no tenía cambio para el billete. Antes de que pudiera rechistar, Dylan le entregó un boleto e insistió en que lo cogiera. Después, él se sacó otro para poder pasar. Cuando quiso protestar, él le interrumpió diciendo que no le importaba haber comprado dos en vez de uno. Esa noche, durante la cena, cada uno contó alguna manía que tenían y no importaba cual fuese. Todos se sorprendieron cuando Patricia comentó que se ponía a ordenar los champús, los jabones y demás del baño mientras se duchaba. En cambio, Paula tenía la manía de estar saliendo y entrando del cuarto de baño y de su habitación mientras se vestía tras la ducha. Normalmente era en toalla o en ropa interior. Las primas no se sorprendieron cuando ellos contaron que cada mañana corrían varios kilómetros. Todos tenían cuerpos musculosos debido al ejercicio. Tras acabar, Patricia y Lucas se fueron al hotel donde él se hospedaba para pasar un rato de sexo. Mientras tanto, Paula se encontraba en una terraza con Dylan, Carlos, Raquel y Damián. De vez en cuando, Carlos miraba a su mujer sabiendo que ella también lo pensaba: Dylan y Paula sentían algo por el otro. En un momento en que los muchachos se marcharon hacia el baño, Carlos le recomendó a su amigo:

    -Yo de ti disimularía un poco más.

    -¿De qué hablas? – Le preguntó Dylan levantando una ceja.

    -Hablo de ayer, de lo que has hecho en el metro y de cómo la miras a cada minuto que pasa. ¿Crees que no me he dado como te has movido en la silla cuando ha dicho lo de la manía? Confiésalo, ella te gusta… aunque sea un poco.

    -Puede ser. Es cierto que es una chica que le cuesta coger confianza pero me encanta cuando sonríe y le sale ese hoyuelo en la mejilla derecha – sonrió.

    -A Raquel le cae bien. La verdad es que es una chica bastante simpática pero claro, es lo que has dicho, es demasiado tímida. Debería ser más abierta… en el sentido de conocer a gente – ambos se lavaron las manos en grifo.

    -A mí también me cae bien – Dylan se apoyó en el lavabo. – Pero, aunque reconozca que me gusta, estoy seguro de que no estaremos juntos. Paula no parece de esas chicas que tendrían una relación a distancia – cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. – Ni yo tampoco. Ya estuve bastante con Noelia y, la verdad, aprendí la lección.

    -No todas son como Noelia y lo sabes – le sonrió y puso una mano sobre el hombro. – Quien sabe. Quizás es Paula quien debe estar a tu lado y no tenía que ser Noelia – le dijo antes de salir del servicio. – Pero si no lo intentas, nunca lo sabrás.

    Por los altavoces del local sonó Despacito de Luis Fonsi con la colaboración de Daddy Yankee y Justin Bieber y Raquel obligó a Paula a salir a la pista bajo la divertida mirada de los tres chicos que las acompañaban. Debido a su timidez, Paula no bailaba y miraba a su alrededor deseando que alguien la sacara de ahí. De pronto, una mano fuerte agarró la suya e hizo que girase sobre sí misma. Al ver quien era la persona que le había obligado a girar, lo miró sorprendida. Por lo que él le había dicho, no era una persona que le gustase a bailar. Ambos se miraron a los ojos y el mundo alrededor de ellos desapareció. Ella apartó la vista mientras tenía los labios apretados. En menos de dos minutos, estaban bailando en la pista mientras reían. La noche acabó sin ningún incidente como la pasada noche y todos se despidieron con un“Hasta luego” cuando en realidad todos sabían que eran un “Hasta siempre”. Dylan se quedó mirando la puerta del hostal hasta que esta se cerró por completo. Se giró hacia Carlos y comentó:

    -Tienes razón.

    A la mañana siguiente, sobre la una y media, las primas estaban sentadas en el suelo de Atocha mientras esperaban a que llegase la hora de la salida del tren. Cada vez que Paula veía un agente nacional pasaba por delante, recordaba al agente que tenía el pasamontañas y que fue herido en la noche que llegaron a Madrid. ¿Por qué no podía quitarse a ese agente de la cabeza? Negó con la cabeza y estiró los brazos hacia arriba. “Adiós, Madrid… Adiós, Dylan” pensó Paula apoyando la cabeza sobre el cristal de la barandilla. A los pocos minutos, se levantaron del suelo para buscar algún lugar donde comer. Cuando terminaron de llenar sus estómagos, salieron a la puerta de la estación y fue cuando vieron a esos chicos que habían conocido dos días antes. Ellos habían ido a despedirse de ellas. Lucas estuvo bromando con Patricia haciendo que todos se riesen. Esos dos eran tal para cual. Dylan metió algo en el bolso/mochila de Paula. Antes de que llegase la hora de coger el tren, las primas buscaron la puerta por donde debían entrar y, cuando la localizaron, se despidieron de esa gente con las manos. Una vez que estuvieron sentadas en sus asientos del tren, a Paula le dio por mirar dentro del bolso y se encontró con una cajita liada en papel de regalo. La abrió curiosa y se sorprendió al ver que dentro de la caja había un colgante con llave en forma de corazón en plata esterlina. También había una nota que decía:

    Si me lo quieres devolver, deberás devolvérmelo en persona.

    De otra manera, no lo aceptaré.

    Dylan.

    Notas finales:

    Outlander >'<

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