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DEIDARA, PRÍNCIPE INMORTAL por daniela_5

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Notas del fanfic:

Ni los personajes ni la historia me perteneces, la historia es de Carolina Andújar y los personajes de Masahi Kishimoto yo solo me dedico a hacer la adaptación por entretenimiento.

Notas:

A petición de muchas personas no solo en esta plataforma, sino que tanto en Fanfiction y en Wattpad se ha decidido iniciar con la adaptación de Vajda, principe inmortal donde nos vamos a embarcar en una nueva aventura con nuestros personajes amados de Vampyr pero siendo acompañados esta vez por otros nuevos personajes como es el caso de Deidara e Ino quienes serán nuestros nuevos protagonistas y de muchas otras personas las cuales espero tengan el mismo apoyo y aceptación como ocurrio con Sasori y Sakura en su debido momento.

Al igual que en la anterior historia sabrán que yo siempre me demoraré un poquito en actualizar dado que saben que yo no cuento con suficiente tiempo pero en estos momentos estoy haciendo lo posible para poder adelantar lo más que se pueda la nueva adaptación la cual espero que les guste y me acompañen dado que esta historia será aun más larga que nuestra amada Vampyr. 

CAPÍTULO 1: Overture: Iwagakure, Verano de 1890

Era una tarde como cualquiera. Me había reclinado en mi lugar favorito del parque y, sumida en la placidez de la brisa veraniega, contemplaba a mis vecinos desde la sombre que el frondoso olmo me prodigaba. Los eventos se sucedían unos a otros con inequívoca precisión, como si se tratara de una representación teatral perpetua y reiterativa.

La señora Yūgao subía a su coche a las cinco menos cuarto. El cochero esperaba a recibir sus instrucciones, que siempre eran las mismas, y asentía con expresión complaciente mientras ella echaba una rápida ojeada a su bonito reloj de pulsera. Solo un minuto después, Mikoto aparecía en el balcón de la casa de la esquina y se acomodaba en una pequeña silla, cuidándose de alisar un ligero chal sobre su regazo antes de abrir el abanico que llevaba en la mano.

Cuando Mikoto por fin se dignaba volver la mirada hacia la calle, el coche de Yūgao ya había emprendido la marcha hacia la calle principal. Conté los segundos que faltaban para que Shino Aburame fuese arrastrado a través del parque. Intentaba huir del firme agarrón de su niñera pero esta le daba pronto alcance. Entonces el niño prorrumpía en una de sus características rabietas haciendo que a la robusta niñera se le subieron los colores el rostro.

- ¡Ya es hora de cenar! —le explicaba a Shino, quien invariablemente se lanzaba al piso para entregarse por completo al frenesí que cualquier pasante habría confundido con un ataque de epilepsia.

Moegi Akimichi lo miraba anonada desde la banca que ella y su hermano menor ocupaban debajo del sauce. Resultaba gracioso verla  poner esa cara de preocupación y hacer ademán de levantarse a socorrer a Shino sin jamás atreverse a hacerlo. Chouji Akimichi se tapaba los oídos y fruncía el ceño, dirigiéndole a Shino una mirada de reprobación.

- ¿No está muy grande ya para dar este tipo de espectáculos, Moegi?- le preguntaba a su hermana.

Moegi asentía sin apartar la mirada de Shino, quien comenzaba a dar signos de tranquilizarse faltando cinco para las seis, cuando el coche que traía a su padre de vuelta se distinguía en la distancia.

- ¿Lo ves? —decía Tsunade, la niñera, a Shino- ¡Tu padre llega y tú ni siquiera te has lavado!

Shino se levantaba y, secándose los ojos, comenzaba a avanzar con lentitud en dirección a la antes de que Tsunade se apoderara de su muñeca y lo obligaste a caminar a su ritmo.

- Nunca quiero ser como Shino Aburame- aseveraba Chouji mientras Shino desaparecía tras la verja del antejardín para encontrarse con su padre.

Mikoto se abanicaba con languidez, dejando que sus ojos vagaran por el parque hasta detenerse en la fuentecilla central. Caía en una especie de ensoñación de la que no salía hasta que Pakura Akimichi llamaba a sus hijos desde la ventana a las seis en punto, cuando las campanas de la iglesia comenzaban a repicar. Los niños se levantaban sin rechistar y pasaban por mi lado, despidiéndose.

- Buenas tardes, Ino- decía Moegi con un grácil ademán.

- Hasta mañana, señorita Yamanaka —decía Chouji mirando al suelo.

- ¡Que descansen, niños! Los veré mañana- respondía yo, sonriendo para mis adentros.

Chouji Akimichi estaba enamorado de mí y hacía hasta lo imposible por ocultárselo a su hermana.

- ¡Tendrías que haber estrechado su mano, Chouji!- lo reprendía Moegi cuando ya se alejaban.

- ¡Solo tengo cuatro años, Moegi!- se defendía este, sacudiéndose las ropas.

- Da igual- replicaba ella- Los buenos modales no dependen de la edad.

- Díselo a Shino Aburame, entonces- alegaba su hermano- Tiene seis años, al igual que tú, y ya ves los espectáculos que da.

Moegi guardaba un prudente silencio y tomaba a su hermanito de la mano para cruzar la calle, y solo entonces comenzaba yo a incorporarme. Los niños y las mujeres despejábamos el parque a ese de las seis de la tarde para que los hombres pudieran pasearse por él. Era un acuerdo tácito que todos cumplíamos a cabalidad.

Tomé mi libro y me estiré perezosamente, ahogando un bostezo. No solía merendar, por lo que a esa hora siempre estaba famélica. Ese día, sin embargo, había hecho una corta visita a mi prima Hotaru y me había hartado de café con galletas antes de las tres. La tarde estaba fresca y pensé que no sería mala idea pasar por la iglesia: Hotaru me había hecho el regalo de una bonita estatuilla de la Virgen que juzgué sensato hacer bendecir antes de poner en mi habitación.

De tomarla en la terraza, desde donde sin duda escucharía a Mikoto tocar el piano en la casa de enfrente. Al pasar bajo su balcón la saludé como de costumbre, a lo que ella respondió ondeando la mano con ademán indolente.

- ¿Qué tal, Ino?- dijo, parpadeando con somnolencia.

- Voy a la iglesia. ¿Quieres venir tú también?- pregunté.

- Estoy algo cansada, querida. Tal vez mañana.

Mikoto siempre estaba cansada para cualquier cosa que no fuera tocar el piano. Era apenas natural que aquella chica de constitución melancólica se reanimara con las fuertes y precisas notas musicales que sus elegantes dedos le arrancaban al teclado.

- Mañana será, entonces- dije, sonriéndole y abriendo la puerta de mi casa para dejar allí mí libro y tomar la Virgen que me había dado Hotaru.

Sabía que al día siguiente Mikoto tampoco querría molestarse en abandonar su cómoda silla del balcón. Ese verano mis padres se habían ausentado dejándome en compañía de Kushina, el ama de llaves, y gozaba de un poco más de libertad de la que habría tenido si ellos hubiesen estado en casa. Aunque esta era la razón principal que no quisiera acompañarlos en su viaje, les había dicho que quería estar cerca de Hotaru, quien regresaría al internado al llegar el otoño. Mi tía Hana estaba convencida de que el refinamiento que Hotaru adquiriría en Konoha no tōjō era insuperable.

- ¡No sabes cuánto detesto el internado, Ino!- me confesaba mi desdichada prima cada vez que tocábamos el tema.

Hotaru era tres años menor que yo y me adoraba. Yo había rogado que no la enviaran lejos de casa y seguía insistiéndole a mi tía que le permitiera no regresar al internado, pero el destino de mi prima parecía ser Hi no Kuni, al menos hasta que cumpliera los dieciocho años.

Aun si era cierto que no quería separarme de Hotaru, hacer lo que se me antojara con mi tiempo de verano era sublime: mi padre se preocupaba en exceso por mi bienestar y yo, aunque apreciaba la tierna atención que me prodigaba, no podía evitar sentirme abrumada. Sabía que deseaba protegerme de toda calamidad, pero que se me recordara el peligro de rodas gradas abajo cada vez que descendía un escalón había empezado a afectarme los nervios.

Dios parecía haber atendido mis súplicas concediéndome tres meses de tranquilidad que estaba aprovechando en grande: todos los días iba al parque que estaba frente a la casa y me tumbaba bajo el gran olmo para absorber la vida cotidiana de nuestro vecindario. Ahora las mujeres se habían instalado en los balcones que circundaban el parque y los hombres las habían revelado para tomar su paseo vespertino.

El sol aún no se ponía, pero soplaba una brisa refrescante. No me había molestado en volver a calarme el sombrero pues sabía que, para cuando estuviese de vuelta, sería la hora del crepúsculo y no lo necesitaría. Llevaba puesto un vestido blanco de verano: mamá se encargaba de que mi guardarropa se ajustara a los más estrictos parámetros de la moda, de modo que yo no podía evitar estar siempre irreprochablemente bien vestida así me hubiera propuesto lo contrario (lo que no habría ocurrido jamás, pues había heredado la vanidad de mi madre y me encantaba lucir bien aunque hubiese de quedarme en mi habitación).

He de admitir que, si bien me entusiasmaba el prospecto de intercambiar algunas palabras con Kankuro Uzuki sin la supervisión de mi padre, no sabía si podía mirar hacia algún lugar que no fuera la más alta torre de la iglesia durante mi recorrido por el parque. Conocía a Kankuro desde que era niña pero, a partir del momento en que él había demostrado interés en mí, yo me había vuelto tímida en su presencia.

Esto se veía agravado por la admiración que Kankuro despertaba en todas las chicas del vecindario, lo que me convertía en sujeto de observación cada vez que él se dirigía a mí, lo cual, a su vez, me instaba a salir corriendo en dirección contraria. Por fortuna siempre los pormenores de nuestros breves encuentros a tales extremos que aún no había descubierto si Kankuro me gustaba o no. Apuré el paso y traté de concentrarme en que mis zapatillas nuevas no me causaran algún percance. Sabía que, para entonces, Kankuro ya me habría visto e intentaría abordarme.

- ¡Ino! ¡Espere!- me llamó desde el otro lado de la calle.

- ¡Kankuro!- dije, procurando aparentar tranquilidad, cuando él ya me había dado alcance- ¡No esperaba encontrarlo!

- Qué hermosa está, Ino- replicó, mirándome de arriba abajo.

- Gracias- repuse, sonrojándome- Usted también.

Las señoras que ocupaban el balcón de la casa frente a la que me había detenido no perdían detalle de nuestra plática.

- ¿Luzco hermoso?- preguntó, extrañado.

- Bueno, me refería a que luce bien- balbucí, y una risita llegó hasta mis oídos desde el balcón vecino.

- ¿A dónde se dirige?- preguntó.

- Voy la iglesia- dije, esperando que no sugiriese acompañarme. Ya me sentía abochornada.

- Ah, bueno. ¡No se pierda por ahí!- dijo, y tocándose el sombrero se despidió para regresar al parque.

Aunque me sentí aliviada, me desconcertó que no se hubiera ofrecido a escoltarme. Moegi Akimichi lo habría amonestado, me dije, y traté de alejarme lo antes posible ¿Le habría parecido extraña mi conducta? Ese pensamiento me mortificaba cada vez que me conversaba con él. Kankuro Uzuki era alto, de constitución fuerte y ojos color negro, cabellos castaños y ensortijados. Casi segura. En realidad, lo único que me importaba era haber actuado como una tonta.

- ¡Oye, Ino no te pierdas por ahí! —dijo Oyone Aburame desde su balcón para provocarme. Era la guapa hermana mayor de Shino Aburame, el pequeño escandaloso del parque. Tragué en seco e hice como si no la hubiera escuchado.

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Al llegar a la iglesia, la misa había terminado. Me humedecí los dedos en la pila de agua bendita y alcancé al padre Zōsui antes de que se escondiera para que se bendijese mi estatuilla.

- ¡Qué bonita! ¿Así que es un regalo de tu prima?- preguntó el cura.

- Lo es- contesté- A mí también me gusta muchísimo.

- En ese caso, cuídala mucho. Es una figura protectora- declaró.

- Lo haré, padre Zōsui.

- No te he visto participar en la eucaristía hace mucho tiempo- dijo, sonriendo- ¿Te has sentido bien últimamente?

Asumí que el padre podía leer dentro de mi alma oscura y que había detectado algún espantoso pecado del que debía deshacerme. Le imploré que me confesara y, a pesar de ser tan tarde, él aceptó con amabilidad. En cuanto me arrodillé en el confesionario, comencé a acusarme de toda clase de crímenes espirituales: era mentirosa (había dicho que quería quedarme en la ciudad para estar con mi prima dicho lo cierto es que deseaba estar libre de los cuidados de mis padres), ingrata (apreciaba más estar sola que en compañía de mis seres queridos), vanidosa (me encantaban los vestidos, los peinados, los sombreros y las zapatillas), glotona (desde que mis padres se habían ido, le había dado rienda suelta a la más desaforada indulgencia a todo lo que tenía que ver con chocolates o galletas) y orgullosa (quería que Kankuro Uzuki me tuviera en el más alto concepto).

- ¡Calma, hija!- me interrumpió el padre Zōsui, evitando así que continuara enumerando mis múltiples faltas- Te pasas, Ino, te pasas.

- !Lo sé, padre, y pensar que debe haber mil pecados que ni siquiera sé que he cometido!- dije.

- Si accedí a confesarte a esta hora, fue porque no tenía nada mejor que hacer, pero no esperaba esto.

- Seguro que nunca se ha topado con un ser humano tan frívolo como yo.

- ¡No, Ino! ¡Lo que quiero decir es que exageras tus culpas!

- No, padre, no exagero nada. Aún no le he contado lo peor- dije, suspirando.

- ¿Qué es, Ino?- preguntó el padre, suspirando a su vez.

- Lo peor de todo es que no me arrepiento de ninguna de las mencionadas ofensas.

- ¿Qué dices?

- Como lo oye, padre. Aunque esté consciente de ellas, no me siento mal. Lo que es más, al tiempo que le narraba las anteriores nimiedades, me ufanaba para mis adentros de tener el valor de confesarlas.

- No te comprendo, hija.

- Mi pecado es saber que reconozco mi superficialidad y enorgullecerme de ello.

- ¡Me confundes, Ino! ¿Dices que te enorgulleces de ser superficial?

- No, padre, me enorgullece ser capaz de aceptarlo. También me alegra que mis faltas sean tan pequeñas, pero sé que considerar pequeña cualquier falta es un pecado ¿Me explico?

- A duras penas.

- Juzgo mal no tener la disposición de juzgarme mal.

- Me estás volviendo loco, Ino.

- Mi pecado eso creer que, a fin de cuentas, soy una buena persona.

- Ese no es un pecado.

- Se equivoca, padre, lo es. Y mi segundo mayor pecado es sentirme excepcionalmente buena por haber descubierto el primero.

- Tú no necesitas una confesión, Ino. Lo que necesitas es un sedante.

- ¡Se equivoca de nuevo, padre! Ahora sí que es un preciso que me absuelva. He pecado más durante esta confesión que fuera de ella.

- Hazme un favor, entonces: dales a tus pecados nombres propios.

- Bien, padre, me acuso de mi falta de total humildad.

- ¿Orgullo?

- Sí.

- ¿Te arrepientes de tu orgullo?

- No.

- ¡En ese caso no puedo absolverte!

- ¡Entonces me acuso de la imposibilidad de arrepentirme!

- ¿Te arrepientes, sí o no?

- Un poco.

- Creo prudente orar para que Dios te ayude a arrepentirte.

- ¡Pero, padre, detesto sentirme culpable!

- Será mejor que vuelvas a casa, hija- sugirió, poniéndose de pie y saliendo del confesionario.

- Padre Zōsui, ya que no puede absolverme, ¿no cree que haber hecho este ejercicio de conciencia me absuelve en gran parte de mis pecados?- pregunté, poniéndome de pie y siguiéndolo hasta la puerta de la iglesia.

- Quizá te gane alguno indulgencia, pero no te absuelve del pecado. Todos tenemos conocimiento del bien y del mal, pero no todos tenemos la capacidad de arrepentirnos.

No había nada más que yo pudiese decir. Era la primera vez que me confesaba con el padre Zōsui y nuestra conversación había concluido de la misma forma que siempre concluían mis confesiones con el padre anterior: no podía ser absuelta de mis pecados. Era injusto. Dudaba que alguno de los fieles que asistían a nuestra parroquia tuviera la profundidad que se requiere que reconocer que se es frívolo y no sentirse culpable por ello. Le pedí a Dios que perdonase mis pecados ya que los sacerdotes no podían  hacerlo y, apesadumbrada, emprendí el camino de vuelta a casa.

Hacía tres meses no podía participar en la eucaristía a causa de mis confesiones y me sentía desprotegida. ¿Cómo me metía en situaciones tan contradictorias? Se suponía que la confesión debía permitirme acercarme a Cristo, no impedírmelo. Me alegró tener la estatuilla de la Virgen que Hotaru me había regalado. Sentí una punzada de culpa al recordar lo mucho que mi prima deseaba estar conmigo y lo poco que me interesaba su compañía, pero seguí adelante.

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No había nadie en la calle, debía haber tardado bastante más de lo planeado dentro de la iglesia. Sin embargo, Kushina no se preocuparía: cada vez que yo salía, ella corría a la casa de los Aburame para conversar con Tsunade, la niñera de Shino. Pensé que estaría entretenida.

Aquella realmente habría sido una tarde como cualquier otra de no haber regresado a casa por una ruta diferente. No quería una segunda entrevista con Kankuro Uzuki y no estaba de humor para otro minucioso escrutinio por parte de mis vecinas así que, en vez de pasar frente al parque de nuevo, prefería dar la vuelta a la cuadra en la que estaba nuestra casa y regresar por la esquina opuesta. No conocía ese segmento del vecindario. Aun estando tan cerca, jamás se me había ocurrido pasar por allí. La vida  de nuestra pequeña comunidad se centraba en el parque y sus alrededores, no había razón para recorrer calles diferentes. Eso a menos que el transeúnte tratara de pasar desapercibido.

En cuanto mis pasos resonaron sobre el empedrado suelo de esa vía inexplorada, sentí un escalofrío. Tal vez porque había una farola encendido, o porque la temperatura había descendido, me sentí acobardada. Aun si aquella calle debía tener exactamente la misma longitud que la nuestra, daba la impresión de extenderse mucho más y, a causa de la penumbra, no divisaba el final de la misma. Pensé en regresar y arriesgarme a pasar otra vergüenza frente a mis vecinos pero me dije que, si en verdad había anhelado emanciparme un poco, debía ser consecuente con mis deseos y sobreponerme a mi ridículo miedo a los lugares solitarios.

Se me ocurrió que, de haber estado en mi lugar, Moegi y Chouji Akimichi no habrían sentido ninguna aprehensión y habrían caminado frente a las oscuras fachadas de las casas con el aire dignificado que los acompañaba a donde fueran. Si bien las espesas ramas de los árboles se entrecruzaban en la mitad del camino, noté que el cielo se había oscurecido más de lo habitual para tratarse de un ocaso de verano, tiñéndose de un ominoso tono purpúreo.

Advertí también que una fina capa de niebla había descendido hasta mis pies, confundiéndose con mis faldas blancas. Por más que me esforzaba en convencerme de que mi hogar se hallaba a pocos metros de distancia, no dejaba de imaginar que estaba deambulando por las calles embrujadas de un país ignoto. Creí ver que algo se movía entre las ramas de uno de los árboles que había frente a mí y temblé.

Ha de ser algún murciélago”, me dije, pero esto solo sirvió para magnificar mi ansiedad, pues si a algo le temía más que a los callejones desolados era a un murciélago ¡Por supuesto que no pasaría bajo las ramas que había visto sacudirse, no iba a invitar al murciélago a que hiciera su morada en mi cabeza! Pasé a la acera opuesta con el corazón en vilo: ahora no podía apartar los ojos del árbol, debía estar atenta a cualquier movimiento del animal.

Varias oleadas de horripilación me recorrieron ¿Podía haber algo más espantoso que la imagen de un murciélago enredando sus alas y garritas en mis cabellos? Me abracé a mí misma, frotándome los brazos y los costados. Cuando el murciélago salió de su escondite proferí un grito de espanto y me acuclillé, tocando la frente contra las rodillas e intentando cubrirme la cabeza, pero mis alaridos atraían a la criatura en su vez de repelerla y pronto me vi circundada por sus aleteos. No podía parar de gritar y el murciélago parecía regodearse en ello pues chillaba, a su vez, en mis oídos, celebrando su victoria sobre mi debilidad con revoloteos aún más estrepitosos.

De repente, un silbido lejano hizo que el murciélago se detuviera. Sentí que tomaba algo de distancia aun volando sobre mí y luego lo escuche perderse entre las ramas de los árboles. Tardé varios segundos en reunir el valor para levantar la cabeza y abrir los ojos. Cuando al fin lo hice, descubrí que la calle estaba desierta. Engarrotada a causa del susto que había pasado y la incómoda posición que había asumido para no encarar el ataque del murciélago, me puse de pie con dificultad, mirando a lado y lado e intentando recuperar la compostura.

Me costaba creer que el animal me hubiera olvidado tan pronto, aún me parecía estar sintiendo el tozudo golpeteo de sus alas contra mis hombros ¿Dónde se había metido? No lo veía ni lo escuchaba y no estaba dispuesta a aguardar una reaparición triunfal de su parte.

Emprendí un ligero trote calle abajo cuidándome de no tropezar en medio de la neblina que se había condensado durante los últimos minutos, tanto así que no podía ver qué había debajo de mi cintura. Al crispar los dedos en un gesto destinado a darme ánimos para seguir adelante caí en la cuenta de que, en mi afán por resguardarme del murciélago había soltado la estatuilla de la Virgen.

No podía darme el lujo de perderla, menos estando tan asustada. Me di la vuelta esperando que la niebla se hubiese dispersado a mis espalas pero descubrí con horror que esta había colmado el espacio que había entre el suelo y las ramas más altas de los árboles. Al mirar hacia delante de nuevo me encontré con el mismo panorama y los latidos de mi corazón se detuvieron: estaba completamente perdida.

Mi primer impulso fue romper a llorar y, como no hallé ningún motivo para contenerme, me entregué por completo al desasosiego, sollozando con tal aflicción que, de haber estado en público, habría opacado las rabietas de Shino Aburame. Chouji Akimichi se habría decepcionado de mí y eso me habría roto el corazón. Era un niño realmente encantador.

Saber cuán ridícula era toda la situación no atenuaba mi angustia en lo absoluto. Ahí estaba yo, parada en medio de la bruma, sin atreverme a dar un paso y gimoteando como una párvula, tal vez a menos de media cuadra de distancia de casa. Angustiada, agité los brazos. Si hubiera podido aferrarme a un árbol me habría sentido mucho más tranquila, pero mis dedos se hundieron en el vacío.

Entonces escuché los pasos. No pude saber de dónde provenían, el eco que los acompañaba parecía viajar hacia mí desde los cuatro puntos cardinales. Alentada por la posibilidad de salir de aquel lugar, me incorporé. Cuando abría la boca para pedir ayuda, los pasos se detuvieron.

- ¿Hola?- balbucí, vacilante.

¿Lo habría imaginado? Antes de que pudiera repetir mi llamado, sentí como si una ráfaga de viento se estuviera abriendo paso entre la niebla. No divisé ninguna señal de movimiento, pero la certeza de que algo se acercaba a gran velocidad fue suficiente para paralizarme. El impacto fue repentino y no tuve tiempo de reaccionar. Aquello que me había golpeado me arrastró varios metros para arrojarme de espaldas contra una superficie dura y húmeda. Por unos instantes estuve aturdida pero una voz interior me dijo que me hallaba en peligro mortal. Desesperada, me apoyé sobre las manos para ponerme de pie y las fuerzas me fallaron. Cuando los efectos de la conmoción apenas comenzaban a hacerse palpables en mi cuerpo, una silueta negra se abalanzó sobre mí.

Creí gritar pero ningún sonido surgió de mis labios: algo me aprisionaba contra el suelo y no sabía qué era, solo sabía que estaba sofocándome con su peso y respirando en mi oído. Busqué liberarme de ese abrazo salvaje y me encontré con que no podía moverme, aquel ser era capaz de contenerme con imperiosa precisión. Sentí una punzada en la garganta como si un puñal atravesara mis pies y supe que estaba siendo mordida. Los dientes de mi atacante permanecían clavados en la herida mientras él  succionaba haciéndome delirar de dolor. Mi corazón batía, escuchaba cada pulsación furiosa en mi cabeza al tanto que mi respiración se atenuaba.

En vano quise obligarlo a despegar sus labios de mí tirándolo de los cabellos hacia atrás y golpeándolo repetidamente con los puños. Ese demonio de formas humanas estaba decidido a beber mi sangre hasta dejarme sin vida y no había nada que yo pudiera hacer el respecto. Aun si experimentaba sensaciones terribles, lo peor era tener la certeza de que mi atacante estaba consciente de la brutalidad del tormento que me infligía.

La relevancia que este hecho tenía para él se descubría en que, cuanto más se intensificaba mi sufrimiento, más fuerte era la presión que ejercía sobre mí y más explícitos los jadeos de placer que dejaba escapar. Tan cruel era el ardor y tan lacerante la dentellada en mi garganta que deseé morir antes que seguir padeciéndolos. Extendí los brazos hacia los lados y arqueé el torso para entregarle mi alma a la noche. En ese instante la sentí: las yemas de mis dedos estaban tocando la estatuilla que había perdido. Me aferré a ella y le pedía a la Virgen que me guiara hasta el Cielo cuando mi espíritu abandonase mi cuerpo.

Notas finales:

Nuevamente les agradezco a todas y cada una de esas personas que me comentavan con la intención de que siguiera haciendo la adaptación del segundo libro, gracias a todos ustedes fue que se hizo posible este nuevo proyecto el cual anelo que tenga este mismo apoyo en todo su sentido y de esa forma seguir con él y no dejarlo en algo que pudo haber sido y no fue.

Nuevamente les quiero recordar a todos los lectores que se pueden suguerir que personaje desean leer hagamos esto un proyecto colaborativo diganme a quien quieren ver yo lo pongo pero recuerden que si el personaje ya ha salido en otra temporada acá no lo hará pero si es uno que apareció momentaneamante puede que si aparezca acá.

Otra vez gracias a todos por hacer posible este proyecto que requiere de mucho trabajo. Esto es gracias a ustedes y para ustedes.

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