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Chatarra: Una Historia en el Universo Macross por Gerli

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Tass se acurrucó contra el pecho de Jim.
—¿Enserio estas bien? —preguntó el piloto acariciando los cabellos de la joven. Deberías haberte quedado en cama hasta que empiece tu turno.
La joven sacudió la cabeza y permaneció recostada sin abrir los ojos. —Esto esta mucho mas comodo que mi cama. —dijo.
Jim suspiró y abrazó a la joven con dulzura. —Definitivamente se está bien aquí. —dijo.
Los dos enamorados estaban sentados en una pequeña plataforma que sobresalia desde las pasarelas que recorrian lo más alto del espacio comunal de la Colonia. Debajo de ellos las pantallas atmosféricas proyectaban el cielo otoñal sobre los diminutos colonos allá en el parque, casi medio centenar de metros por debajo de ellos.
Jim había invitado a la joven al parque, lo que no se imaginaba era que Tass conocía más de un lugar para disfrutar de las vistas que el reducido grupo de árboles y césped proporcionaba a los habitantes. Al menos tenían cierta privacidad ahí arriba, lejos de miradas curiosas e inquisitivas que pudieran incomodarlos.
—Son todos Micronianos. —dijo Tass mirando las pequeñas figuras que avanzaban por el parque. —¿Así nos ven los Zentradi? —preguntó.
El piloto miró hacia abajo y se rió. —Yo tambien veo a la gente pequeñita cuando estoy en la cabina de mi avión. —dijo.
—No se vale usar robots. —respondió la chica ofendida. —Además la perspectiva es diferente.
—Es cierto. Pero hasta un Zentradi se ve chiquito a la distancia. —bromeó Jim. —A MUCHA distancia claro…
La joven se dió vuelta y lo besó. Estaba sentada a horcajadas del piloto y lo tenía absolutamente a su merced. Jim no se resistió en absoluto y dejó que todo el peso de la chica descansara sobre su pecho. Cuando Tass despegó los labios de los del piloto estaba acostado contra el piso y casi sin aliento.
—Otro beso como ese y me consideraré oficialmente derribado. —dijo
La joven se rió. —¿Nunca te habían derribado antes piloto?
—¿En una misión? ¡Jamás! —dijo con seguridad. —Me han disparado misiles, láseres, armas de energía dimensional…. nada puede contra mi.
—Hasta ahora. —dijo Tass mientras apuntaba con el dedo índice el pecho del piloto.
—Impacto directo al corazón. —exclamó Jim dejando caer la cabeza hacia atrás. —¿Que clase de calibre haz utilizado?
La joven no respondió. Apoyó una oreja sobre el pecho del piloto para escuchar los latidos del corazón. —Creo que aún fun-
Un estampido seguido de un temblor interrumpió su frase.
—¿Y eso? —preguntó alarmado Jim
Tass permaneció con el oído pegado al piloto. —Alguien debe estar usando alguna maquinaria pesada Jim, es normal escuchar esos ruidos aquí.
Como para respaldar lo dicho por la joven una serie de estampidos siguió al primero. ¡BLAM BLAM BLAM! Con cada golpe toda la Colonia parecía temblar al compás del atronador ruido.
Tass suspiró. —Esto mata completamente el romanticismo. —dijo resignada.
Permanecieron abrazados en silencio hasta que los ecos murieron entre las vigas y soportes del techo.
—Yo también me crié entre ruidos y maquinarias pesadas. —dijo Jim. —En el planeta Barnard había máquinas enormes que taladraba y partían rocas las veinticuatro horas del día.
La joven se bajó de encima de Jim y se apoyó sobre la barandilla metálica. —Eso era el golpe de un martillo, o nunca he oído uno.—dijo Tass mirando hacia el vacío. Jim se sentó contra uno de los soportes metálicos y miró confundido a la chica. —¿Que?
—Es lo que dice Gimli al escuchar a los Orcos en las Minas de Moria… oh por todos los cielos Jim ¿No has leído nunca el Señor de los Anillos?
El piloto sacudió la cabeza. —¿Eso es una novela de moda…?
—Olvidalo. —dijo resignada. —Cuando era niña le tenía terror al laberinto que hay dentro de las partes inhabitadas de la Rainbow.
Jim asintió. —El otro dia fui caminando hasta el hangar y casi me pierdo. Hasta con un mapa es difícil orientarse ahí.
—Nosotros lo llamamos El Interior. —explicó Tass. —Hay cientos de módulos diferentes interconectados por túneles, pasillos y pasarelas que forman una especie de laberinto de accesos. Muchos de esos módulos no tienen conexión directa al sistema de soporte vital de la Colonia y puede haber sectores donde la concentración de oxígeno desciende muy por debajo de los niveles de seguridad.
—¿Por eso le tenias miedo? —preguntó el piloto.
—Claro que no tonto. —respondió la chica ofendida. —Es que yo de chica había leído El Señor de los Anillos y me había hecho la idea que… bueno, El Interior era como las Minas de Moria.
—¿Un sitio embrujado? —preguntó Jim rascándose la cabeza.
—Deberías leer ese libro. —dijo Tass sentándose a su lado. —Dame tu Pad.
Jim miró a la joven confundido. —¿Mi Pad? No puedo darte mi Pad Tass, es parte de mi equipo militar y…
—Jim…
—Ok ok, toma. —dijo el joven piloto mientras extendía el aparato a la entusiasmada joven. —Pero no lo hackees o algo por el estilo.
Tass no se tomó bien el comentario. —¿Me estas comparando con un Hacker? —dijo evidentemente ofendida. —Disculpese ahora mismo Teniente o puede olvidarse de volver a invitarme a salir.
Jim abrió la boca pero no supo realmente que decir. Se había dado cuenta inmediatamente que la chica no fingía. Había herido de alguna forma sus sentimientos con ese comentario —Hey… lo siento Tass yo… no sabía de estas cosas.
La joven no respondió. Se había cruzado de brazos como esperando algo más que una disculpa.
—Rayos… —Jim no sabía que responder. —Ok mira, si me perdonas te… te regalo un pedazo de mi avión.
Tass abrió un ojo. —¿Me lo prometes?
—Siempre y cuando no se lo digas a nadie, es una promesa.
La joven dió un grito de alegría y abrazó al piloto con fuerza. —Te perdono entonces dijo dándole un beso. —Pero no vuelvas a llamarme Hacker o te golpearé.
Jim levantó las manos en un gesto de rendición mientras Tass lo soltaba y volcaba toda su atención en el Pad del piloto.
—¿Que vas a hacer con eso? —preguntó Jim mirando por encima del hombro de la joven.
—Voy a cargar los tres libros de El Señor de los Anillos en tu Pad por supuesto. —dijo la chica. —Pensandolo bien voy a cargar también el Silmarillion y El Hobbit. —agregó introduciendo una serie de comandos. —Los he copiado desde mi servidor particular.
Tass alcanzó el Pad a Jim mientras le guiñaba un ojo. —Cuando estés en un FOLD de larga duración considera empezar a leerlos. —dijo.
Jim tomó el Pad de las manos de Tass —Gracias. —dijo indeciso mirando la lista de archivos que se habían añadido a la página frontal de su aparato. Colocó el dedo en la pantalla y con un movimiento rápido envió todos los iconos al directorio donde guardaba sus archivos personales.
Mientras tanto Tass había apoyado su cabeza contra el hombro de Jim mientras miraba las tuberías del techo. —Claro que no hay Orcos en El Interior. —dijo. —Aunque tenemos una especie de Gollum local que dicen que vive ahí.
Jim levantó una ceja. —¿Gollum?
Tass levantó el dedo índice y lo hizo girar en el aire. —Es solo una tonta Leyenda Urbana local. —dijo. —Dicen que hay una especie de Ermitaño que elude a la gente y vive escondido en el laberinto de las profundidades de la Rainbow.
—Y sale de noche a secuestrar a los niños que se portan mal ¿No? —preguntó Jim con una sonrisa. —En Barnard teníamos una leyenda igual, salvo que allí era una especie de Hombre-Topo que perseguía con su taladro gigante a los niños que se metian sin permiso en los túneles.
Ambos jóvenes rieron con ganas y volvieron a besarse apasionadamente.
—Oye. ¿Tienes hambre? —preguntó Tass una vez que Jim la hubo soltado.
El joven asintió mientras observaba como la joven sacaba un par de Bentos de su mochila. —Son los que prepara la cafetería para los obreros. —dijo ruborizándose. —Si hubiese sabido que íbamos a almorzar juntos hubiera preparado algo yo.
—¿Y sentirme culpable por no haberte dejado descansar? Ni hablar Tass. —dijo Jim de forma cortante.
Las cajitas de Bento no eran ni por asomo tan sofisticadas y glamorosas como las que preparaba Mina, pero en cambio estaban llenas de bocadillos de un sabor exquisito. Jim saboreó un poco de cada cosa sorprendiendose por la excelente calidad de los ingredientes. Al fin y al cabo la nave de correos había llegado el día anterior, cosa que se notaba perfectamente en el sabor y textura de los vegetales del almuerzo.
Comieron con avidez, como si necesitaran desesperadamente de recuperar las energías que habían perdido por estar besándose tanto.
—Abre la boca. —dijo Tass mientras sostenía un pequeño bocado con sus palillos. Jim cerró los ojos abrió grande la boca, esperando a que la joven lo alimentara, pero al cabo de varios segundos sin que sucediera nada volvió a abrir los ojos confundido.
Un pequeño Drone-Camara estaba flotando entre ellos dos de forma bastante impertinente.
—¿Que dem-? —empezó a decir Jim pero una visiblemente molesta Tass metió el bocadillo de forma violenta en la boca entreabierta del piloto para callarlo abruptamente.
—¿Que se supone que estás haciendo? —preguntó la joven dirigiéndose al aparato volador. El pequeño Drone giro sobre si mismo y apuntó su pequeña cámara a la furiosa Tass.
—Te estaba buscando hace media hora. —una voz femenina se escuchó a través de un pequeño parlante en el frente del aparato. —¿No podrías haber dejado encendido tu Pad al menos?
—Conozco esa voz. —dijo Jim tragando a duras penas el bocado.
—Siento interrumpirlos, en serio.—dijo la voz de Amanda y por primera vez le pareció a Jim que sonaba sincera. —pero es absolutamente necesario que subas a La Torre Tass.
La joven suspiró. —De acuerdo. —dijo.
El Drone apagó su cámara y se elevó sobre ellos, partiendo raudamente hacia una tubería en lo alto que al parecer se usaba para mover las pequeñas naves por toda la Colonia.
La pareja de enamorados quedó en silencio contemplando el techo de la colonia. Finalmente Tass se puso de pie y se sacudió las pequeñas partículas de óxido que se habían pegado a su traje de mantenimiento. —Tengo que irme Jim. —dijo apenada.
—No te preocupes Tass, lo pasé muy bien contigo. —respondió Jim imitando el gesto de la joven. —Al fin y al cabo voy a quedarme bastante tiempo varado aquí. Podremos comer muchas veces juntos.
La joven sonrió animada y poniéndose en puntas de pie besó al piloto en los labios.
—Gracias Jim. —respondió aliviada mientras recogía su mochila. —Ah ¿Podrías devolver esto a la cafetería...? —dijo señalando las cajas casi vacías que estaban en el piso de metal.
El joven asintió. —Claro… ah y Tass, que tengas un buen dia. —agregó.
Jim permaneció apoyado contra la barandilla mientras observaba a la joven alejarse rápidamente. Había sido una buena idea concertar esa cita, aunque la verdad era que sentía un poco de remordimiento por haber dejado sola a Cinthya. Al fin y al cabo su misión consistía en escoltarla mientras hiciera su trabajo.
Mientras pensaba esto miró hacia el parque. Un grupo de chicos salía de la escuela en dirección a la cubierta principal donde se detuvieron un momento a charlar. Jim bostezo aburrido, de pronto un fugaz brillo púrpura captó su atención ¿Que había sido eso? Se reclinó sobre la barandilla y trató de agudizar la vista. Ese de ahí abajo era ese chico Matt, su pelo rojo era inconfundible entre las cabezas de sus amigos. El joven saludó a sus compañeros y se dirigió en la dirección contraria, hacia un gran edificio debajo de los ventanales atmosféricos.
Jim se rascó la cabeza sin comprender lo que había visto, probablemente un reflejo o algo. Volvió a sentarse sobre la plataforma metálica y se dedicó a devorar los últimos bocadillos que habían quedado en las cajas de bento.


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“....lo que en definitiva concuerda con los valores observados durante el trabajo de campo.”
Cinthya dejó caer las manos sobre la mesa agotada. Escribir ese informe le había llevado toda la mañana y ni el excelente café de Brad había servido para evitar la frustración que sentía ante la maldita página en blanco.
Habían perdido la vaina de medición durante el “incidente” en El Campo, así y todo los datos recogidos se habían guardado en el Pad de Cinthya y ahora estaban a salvo. Explicar lo que había sucedido ahí fuera iba a requerir algo más que un reporte escrito, especialmente teniendo en cuenta el valor del equipo destruido. No obstante Cinthya decidió no apresurarse y esperar a la opinión de Jim, después de todo él era el responsable del Hardware de la misión y ella era solo una operadora. Ahora que lo pensaba creía recordar que esa vaina tenía insignias militares, tal vez ni siquiera era de su compañía.
Desplegó una de las hojas donde había dispuesto los datos obtenidos en forma de gráficos. A su jefe le encantaban los gráficos, seguramente no entendía nada de las cifras y unidades que aparecian en las planillas de datos, pero cuando se trataba de gráficos de barras, tortas y diagramas el maldito bastardo se comportaba como un experto.
La joven suspiró y retocó el tamaño de los títulos, resaltó los datos más importantes y cambió un par de tipografías para facilitar la comparación de los valores.
Cinthya no necesitaba de esos dibujitos para comprender lo peligroso que era El Campo. Solo con ver las cientos de columnas de números en bruto bastaban para pintar una imagen de lo que habia ahi adentro… diablos, de haberlo sabido antes probablemente no hubiera aceptado ese trabajo.
Sea lo que sea que habitaba el centro del Campo no era para nada amigable con las formas de vida que se atrevían a penetrar en su interior, sea humana o alienígena. Las radiaciones de Neutrones sobrepasaban casi todas las escalas de tolerancia apropiadas para el trabajo seguro. Solo los gruesos trajes y blindajes de las naves podían mantener a sus ocupantes a salvo de las peligrosas radiaciones que fluían desde la misteriosa anomalía.
Al menos ellos tenían las naves. El señor Ralph estaba solo protegido por ese traje.
El pensar en el gigante recordó a Cinthya que necesitaba incluir de alguna forma la extraordinaria resistencia del obrero macronizado ya que ninguno de los valores de referencia se podían aplicar al gigante. Tenía valores para Zentradis pero no para humanos sometidos al proceso de agigantamiento. Cinthya meditó un momento y envió un pedido de información a la base de datos de su compañía. Al cabo de unos minutos un mensaje automatizado le indico que la conexión con la Red Galaxy seguía cortada por lo cual su petición se colocaria en modo de espera. Genial.
Cinthya apagó la pantalla de su Pad y el fantasmal holograma se desvaneció en el aire.
Hacía rato que había pasado la hora del almuerzo y su estómago se lo estaba recordando con un concierto de sonidos variopintos, pero realmente no tenía ganas de comer algo pesado.
—¡Mia! —llamó cuando vió a la joven que pasaba cerca de allí.
La mesera acudió prontamente ante el llamado de la muchacha. —¿Por fin terminaste, Cin? —preguntó mientras levantaba la taza vacía y la depositaba en la bandeja.
—Finalmente. —contestó la inspectora apartando el Pad hacia el centro de la mesa. —¿Podrías traerme una ensalada?
—¡Claro! —contestó la muchacha encendiendo su Pad. —¿Algo en especial?
Cinthya eligió una con muchos ingredientes de las diferentes fotografías que Mia desplegó desde la pantalla de su Pad y se proyectaron en el aire. La mesera anotó el pedido y se retiró haciendo una pequeña reverencia.
Ahora que había terminado con su trabajo de escritorio podría disfrutar de un merecido descanso. Jim había afirmado que podrían estar al menos una semana completa sin hacer nada hasta que la primera nave de la NUNS llegara a la Colonia. Cinthya barajó las opciones que tenía para pasar el tiempo ¿Leer? La Red local de la Rainbow tenía una enorme biblioteca a su disposición que podía consultar en cualquier momento desde su Pad, asi como peliculas y series en abundancia. Estaba pensando en eso cuando una voz conocida la interrumpió.
—Buenas tardes Cinthya!
—Hola Rebbeca! Me pareció escuchar tu voz esta mañana al despertarme.
La mujer morena se rió con ganas. —Soy la voz de la Colonia. —dijo bromeando mientras dejaba la gran bolsa que cargaba en el suelo—¿Estabas a punto de almorzar?
Cinthya asintió. —Estuve trabajando en mis reportes toda la mañana, quería comer algo rápido y salir a caminar al parque o algo… realmente no se que hacer con mi tiempo libre. —dijo encogiéndose de hombros.
Rebecca volvió a reírse. —Después de lo que te sucedió allá fuera mejor que te relajes y aproveches el descanso. —dijo. —Amanda me comentó que probablemente tengas que pasar una semana o más esperando a que alguno de los burócratas del Gobierno se digne a enviar una nave a rescatarte de nosotros.
—¿Ya ha terminado tu turno? —preguntó la inspectora.
La mujer sacudió la cabeza. —En realidad no, pero Amanda me ha mandado a casa temprano y he aprovechado para venir a repartir unas cosas… oh por cierto, ten una tu también. —dijo mientras sacaba un pequeño recipiente de plástico de la bolsa.
Cinthya tomó el paquete y lo examinó con curiosidad. Un agradable aroma dulce se desprendía del mismo.
—¿Y esto? —preguntó.
—Tarta de ananá… o piña, como también le llaman algunos. —dijo la mujer. —Hice tanta que ahora la estoy repartiendo por toda la Colonia.
—Huele delicioso. —dijo Cinthya entusiasmada. —Muchas gracias!
Rebecca sacó otro paquete y lo colocó delante de Cinthya. —Para tu amigo piloto. —dijo. —Casi se me olvidaba y por cierto ¿Por donde anda?
Cinthya volvió a encogerse de hombros. —Hablamos por chat esta mañana temprano pero no le he visto desde entonces. —dijo.
En ese momento llegó Mía con la comida y saludó afectuosamente a Rebecca. Luego de colocar los platos y la bebida en la mesa la muchacha saludó y se fue ella también con un paquetito de tarta de ananá en la bandeja.
—Bueno, voy a seguir repartiendo esto. —dijo la mujer dándole una palmada a la bolsa. —Creo que tengo para toda la tarde.
Se despidieron amigablemente y Cinthya devoró su ensalada en cuestión de minutos. Cuando terminó el abundante plato estaba llena y de un excelente humor. Guardó los paquetitos en su bolso y recogiendo su Pad salió de la cafetería que, a esas alturas se había convertido en su segundo hogar.
Había poca gente en la plaza central. Cinthya subió las escaleras lentamente pensando en muchas cosas, pero principalmente en lo que había hablado con Jim esa mañana. Era la primera vez que experimentaba algo que podía considerarse “sobrenatural” en persona. Y el hecho que hubiese sido una sensación tan placentera la confundia aún más. Sin darse cuenta el camino que tomaba caminó entre los canteros y los pocos árboles amarillentos hasta llegar a la pared del fondo del parque, donde los enormes ventanales iluminaban el atardecer de la Colonia.
Un piano sonó cerca y el corazón de Cinthya comenzó a latir aceleradamente.
—¿Matt?
La música venía del edificio que estaba justo debajo de las pantallas. La joven inspectora creyó recordar que Mina le había hablado sobre el salón de actos, el lugar donde Matt tocaba el único piano de la Colonia. Sin dudarlo un segundo se acercó al edificio y asomó la cabeza por la puerta.
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