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Chatarra: Una Historia en el Universo Macross por Gerli

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—¿Funes? —preguntó atónito Evans.
—Así es —respondió Amanda. —Usted parece ser la última persona que habló con él en esta Colonia.
El hombre se rascó la cabeza confundido. —Pero eso… eso habrá sido hace casi siete u ocho años Amanda…. no le he vuelto a ver desde entonces.
La Capitán chasqueó la lengua disgustada. —Mierda.
Evans dejó el Pad sobre la repisa donde varios instrumentales médicos yacían acomodados en perfecto orden. Todo el consultorio médico estaba reluciente y en excelentes condiciones. —Hacía muchos años que no escuchaba nombrar a Funes.—dijo el médico cruzándose de brazos. —¿Por qué lo buscas justo ahora…? ¿Es por…?
—Virya. —respondió la mujer. —Necesito saber mas sobre esa Meltran.
—Virya. —repitió Evans pensativo. —Otra vez el fantasma de esa guerrera. Dime Amanda ¿Enserio quieres seguir con esto? Si la Directora…
—La Directora me ha dado su voto de confianza en lo que a manejar esta operación y todos sus detalles respecta. —dijo cortando secamente al médico.
Evans suspiró y movió la cabeza resignado. —Como sea, no es asunto mío Capitán, pero con respecto a Funes, si sigue escondido en el Interior como parece dudo mucho que pueda encontrarlo… asumiendo que siga vivo por supuesto.
Amanda había permanecido apoyada en el marco de la puerta del consultorio todo el tiempo. De pronto echó una mirada al pasillo y al comprobar que no había nadie entró a la habitación y cerró la puerta tras ella.
—Las comunicaciones con la Red Galaxy están cortadas —dijo tomando asiento frente al escritorio de Evans. —Puede ser cuestión de días o tal vez un mes entero de incomunicación como la última vez, no puedo arriesgarme a quedar sin información, no en un momento como este.
El hombre asintió con gravedad. —Entiendo. Aún así recurrir a Funes… digo, él no está completamente en sus cabales. ¿Recuerdas?
—Lo se. —contestó la mujer mientras acomodaba la gran trenza sobre su regazo. —Espero que estos años de soledad no lo hayan trastocado aún más.
Evans tomó asiento en su sillón y apoyó los brazos sobre el escritorio, como si en realidad estuviese discutiendo un diagnóstico complicado con una paciente querida. —¿Por qué la prisa?
Amanda miró fijamente al médico antes de responder. —Tenemos la localización de la armadura, pero con el caos en que quedó el Campo luego del incidente del otro día no estaremos seguros de la posición por mucho tiempo.
—¿A qué te refieres?
—Con cada colisión, cada rebote de las incontables piezas que hay ahí fuera, cada vez será más difícil calcular la posición con respecto a la última localización conocida.
—Entiendo. —dijo Evans reclinándose hacia atrás. —Pero el transporte no estará reparado hasta dentro de dos semanas.
—Enviaré un Drone de Observación. —respondió la mujer. —Si no puedo rescatarla al menos obtendré imágenes claras de esa armadura y solo Funes puede darme las respuestas que necesito.
Evans se cruzó de brazos y miró con atención el rostro de Amanda, como si tratara de penetrar en los incomprensibles pensamientos de la mujer. Suspiró profundamente y miró hacia una de las paredes, donde una lámina colgada de la pared representaba un esquema de las entrañas la Rainbow, dibujada como si un cuchillo la hubiese cortado al medio. Había cientos, tal vez miles de pasajes, escotillas, cubiertas y recintos de todo tipo.
—El Interior es un maldito Laberinto. —dijo Evans. —Si Funes no quiere ser encontrado da por seguro que no lo lograrás.
Amanda miró la lámina con interés. —Tass puede localizarlo. Hal puede enviar uno o todos sus drones de infiltración dentro del laberinto. Tenemos el equipo y el personal adecuado, podremos encontrarlo si nos lo proponemos.
El hombre asintió. Tass, Hal, incluso el idiota de Will, eran jóvenes extremadamente talentosos, cada uno de ellos un verdadero experto en el área que los apasionaba.
—De acuerdo. —dijo. —Revisaré mis notas de hace ocho años atrás a ver si encuentro algo de relevancia que nos permita ubicarlo. Te enviaré un mensaje si encuentro algo. —mientras decía esto volvió a inclinarse sobre el escritorio a la vez que extendía las manos sobre un rectángulo de madera más oscura que el resto. Un teclado holográfico se elevó desde la superficie y se colocó a la altura de las manos del médico.
—Algo….. más. —dijo Amanda algo dubitativa.
—¿Que cosa?
—Es sobre… —una serie de golpes en la puerta la interrumpieron.
—Disculpa. —dijo Evans levantándose del sillón. —Es Hitomi, ya lleva un rato esperando.
La puerta se abrió despacio y una joven de veinte años se asomó tímidamente por la puerta. —¿Doctor Evans..? —preguntó.
—Pasa Hitomi, adelante, ya estaba terminando.
La joven entró al consultorio seguida de su pareja. Se sorprendieron al ver a la Capitán Amanda en la habitación y la saludaron cordialmente.
—Buenos días Hitomi. —respondió Amanda al saludo mientras se ponía de pie. —¿Cómo está esa bebé?
La joven sonrió tímidamente mientras acariciaba su prominente vientre. —Ya estoy entrando al Octavo mes. —dijo.
—¿Ya has elegido el nombre?
—Aún no, estamos en eso. —dijo con una risa mientras miraba a su pareja, quien la abrazó dulcemente. —Tenemos un par que nos gustan mucho pero nos cuesta decidirnos por uno.
—Estoy segura que elegirás uno bonito. —respondió la mujer mientras se calzaba la gorra de Capitana y se dirigía hacia la puerta. —Perdón por robarles a Evans un rato, ahora los dejo tranquilos.
La pareja saludó con una pequeña reverencia y Amanda salió de la clínica con mas preguntas que respuestas. Al menos la visita no había sido del todo en vano. Ver ese diagrama en el consultorio de Evans le había dado una idea.
Un transporte eléctrico estaba aparcado en la entrada de la Clínica. La mujer se subió al asiento del acompañante mientras extraía el Pad de su bolsillo y marcaba una serie de instrucciones.
—¿Volvemos a La Torre? —preguntó Dan mientras se acariciaba la barba.
—Aún no. —dijo levantando la vista. —Llévame a las barracas.
Dan levantó una ceja con un gesto de sorpresa, pero Amanda no le prestó atención y siguió concentrada en la pantalla del aparato. —Entendido. —dijo mientras consultaba la ruta al ascensor más cercano y ponía en marcha el vehículo.

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El ruido fue ensordecedor. Hal y Nix dieron un salto y casi dieron vuelta la mesa donde estaban sentados charlando durante el desayuno.
—¡Ralph! —Gritó Hal encaramándose a la barandilla que delimitaba la cubierta donde los operarios descansaban o preparaban el trabajo de escritorio.
Ante él se abría un espacio enorme, de unos treinta metros de altura, ochenta de anchura y más de un centenar de metros de lado. Parecia mas un dique para reparar buques mercantes que una oficina, sin embargo ese era el lugar donde Ralph trabajaba dentro de la Colonia.
El gigante estaba agachado, recogiendo algo que se había caído al suelo y había producido el terrible estruendo.
—¿Estas bien? —preguntó Hal mientras veía a la mole de su compañero incorporarse hasta que su rostro estuvo varios metros por encima del piso de la pasarela.
—Si, no pasa nada, solo se me cayeron las tenazas.
Hal soltó una maldición y volvió a la mesa donde Nix estaba levantando las tazas y papeles que se había caído durante el alboroto.
Ralph miró la enorme herramienta. No sabia como, pero se habia distraido una fracción de segundo y el enorme objeto se había simplemente deslizado de su mano. Era una suerte que el piso de los lugares por donde Ralph tenía asignado el paso estuvieran prohibidos para el resto de los operarios. Cualquiera de las herramientas que manipulaba el gigante pesaban varias toneladas y un simple casco de seguridad no bastaría para evitar una muerte horrible. Ralph suspiró y colocó las enormes tenazas en un nicho de la pared de metal.
—Dos accidentes de trabajo consecutivos. —dijo Nix mientras levantaba las sillas. —Eso es un record hasta para ti Ralph.
—¿Dos? Crei que fueron tres.
—Cuatro si contamos la travesura de Will. —dijo Hal vertiendo café en la taza vacía. —Adiós al bono extra de seguridad laboral de este mes.
El gigante suspiró y levantó el enorme traje espacial que usaba para salir al campo. —¡Gancho! —gritó.
Desde el techo un enorme brazo de grúa se desplegó y un guinche descendió unos cuantos metros hasta la altura del enorme operario. Ralph tomó el pesado traje y pasó el enorme gancho de metal por una anilla especial destinado a colgarlo de la grúa. —!Subelo! —volvió a gritar.
La grúa se puso en movimiento y el traje se elevó hasta quedar suspendido a varios metros por encima del suelo. Ralph tomó una enorme lámpara de mano, probablemente una luz de guia de alguna fragata o carguero espacial y se puso a examinar el traje en busca de daños.
—¿Como se ve eso? —preguntó Nix encaramándose a la barandilla.
Ralph murmuró algo entre dientes y deslizó su mano por el tejido que formaba la parte delantera del traje. —Esto parece un puercoespín. —dijo. —Hay esquirlas de metal por todos lados.
—No me extraña, de no haber sido por el pedazo de casco que nos protegió ahora estariamos definitivamente muertos ahí afuera. —exclamó Hal mientras bebía un sorbo de café. Ambos trabajadores contemplaron en silencio como el gigante tomaba un enorme cepillo compuesto por miles de alambres y repasaba varias veces las partes exteriores del traje. Una brillante lluvia de esquirlas y fragmentos metálicos pronto comenzó a caer desde lo alto.
Todo el proceso duró unos quince minutos. Luego de cerciorarse que no había más fragmentos clavados Ralph tomó un gran trozo de lo que parecía ser un pedazo de carbón y comenzó a hacer marcas circulares alrededor de los hoyos más importantes del traje.
Nix dió un silbido de sorpresa cuando Ralph dibujó el décimo quinto círculo sobre la trama. —Eso tiene más agujeros que tus calzoncillos Ralph.
El gigante retrocedió y observó con cuidado el entramado de marcas que cubría todo el frente del traje. —La espalda no tiene marcas. —dijo. —Pero el frente va a llevar un buen rato para emparchar ¿Como estamos de Resina Polymerica?
—Debe quedar la mitad de un barril y hay otro cerrado en depósito. —respondió Hal bajando la vista del Pad que había consultado.
—Tsss! —exclamó Nix. —Y la Rio Grande acaba de irse….
—Nos será suficiente con un barril. —dijo Ralph. —Denme una mano con el casco.
Hal y Nix se levantaron de la mesa y se acercaron a una enorme plataforma móvil a un lado de la cubierta. Hal activó la consola de control y las enormes barreras de seguridad se abrieron a cada lado, dejando sitio para que Nix empujara dentro un caballete hecho de una estructura de tubos que estaba montado sobre ruedas de acero.
—Listo Ralph.
El gigante levantó el casco del traje de vuelo y esperó que la plataforma bajara hasta la altura de su pecho, entonces lo ubicó con cuidado boca arriba sobre el caballete. En cuanto hubo retrocedido unos pasos Hal volvió a activar la barrera y la plataforma volvió a la altura de la cubierta del personal Microniano.
Una vez arriba, Hal ayudó a Nix a meterse dentro del casco usando una escalera plegable.
—¿Y? —preguntó Ralph al cabo de varios minutos.
Nix asomó la cabeza por el borde del casco mientras sostenía la linterna con la que había estado examinando el interior del equipo. —Se ve bien, nada parece haber penetrado la capa interior.
Hal asintió y miró con cara de preocupación el exterior abollado del casco. —Me gustaría hacer una prueba de hermeticidad en el tanque seis, por las dudas. —dijo.
—¿Crees que es necesario? —preguntó Nix sentándose en el borde.
—Por supuesto que es necesario. La seguridad es prioridad total en esta instalación.... espero que no lo hayan olvidado —dijo la voz de Amanda.
Los dos hombres se dieron vuelta sorprendidos mientras Ralph fruncía el ceño. ¿Amanda en las Barracas? Eso no podía ser.
—Buenos días caballeros. —saludó la Capitán entrando a la cubierta. Nix saltó como pudo fuera del casco y se ubicó al lado de su amigo mientras Ralph se adelantaba hasta que su enorme rostro estuvo justo detrás de sus colegas.
—¿Como estas de tus heridas Ralph? —preguntó mientras se detenía frente a los hombres.
El gigante sonrió. —Como nuevo Jefa. —dijo inflando el pecho.
Amanda se cruzó de brazos y asintió. —Excelente, porque tengo un trabajo para ti.
Los tres hombres se miraron. —¿Acaso hacemos otra cosa que no sea trabajar para ti? —preguntó Nix pero la broma no pareció divertir a nadie. —Lo siento. —murmuró avergonzado.
Amanda ignoró el comentario del hombre y continuó mirando fijamente a Ralph. —necesito que traigas un container del depósito central, es un clase 4, código CM-666
—CM-666, lo tengo. —dijo Ralph. —¿A donde lo llevo?
—Tráelo aquí.
—¿Aquí mismo? —preguntó Hal confuso mientras Ralph se alejaba de la plataforma en dirección a la compuerta de salida.
—Necesito estar a nivel del piso. —dijo señalando la cabina de control que sobresalía unos metros de la plataforma. —¿Puedes bajarnos Hal?
El hombre se rascó la cabeza. —Es contra el protocolo de seguridad bajar al nivel del piso cuando Ralph está trabajando. —respondió.
—Es bueno saber que al menos mis hombres saben las reglas. —dijo la mujer. —Es una orden.
Hal se encogió de hombros y se dirigió hacia la cabina mientras murmuraba algo ininteligible. Nix suspiró y se encaminó hacia el guardarropas mientras Amanda contemplaba el enorme casco dado vuelta sobre su soporte.
—Al menos póngase esto, jefa. —exclamó Nix alcanzado un casco de seguridad amarillo a la mujer. —Hoy quiero estar con la conciencia limpia.
Amanda aceptó el casco y quitándose la gorra se lo ajustó firmemente a la cabeza. Nix comprobó que estuviera bien seguro e inmediatamente se puso el propio. —Todo listo. —exclamó levantando el pulgar, señal que Hal esperaba para iniciar el descenso de la plataforma.
Las puertas que daban al pasillo de acceso se cerraron automáticamente para evitar que un visitante inoportuno callera al vacio mientras la plataforma estaba en el lugar más bajo. Una vez que estuvieron aislados toda la cubierta comenzó a descender lentamente los diez metros que la separaban del fondo del recinto.
El procedimiento tardó varios minutos. Cuando finalmente toda la cubierta llegó al nivel del suelo con un estruendo las barandillas se plegaron sobre sí mismas y dejaron acceso total al enorme espacio vacío. Amanda fue la primera en bajar. Caminó un par de metros por la cubierta metálica mientras examinaba con curiosidad el techo. De pronto se detuvo y bajando la vista observó un sitio donde las enormes placas del metal se había hundido varios centímetros dejando un enorme desnivel de casi metro y medio de diámetro. La mujer observó el agujero y luego miró a los hombres como exigiendo una explicación pero Hal y Nix miraban distraídos el techo y parecieron no darse cuenta… o al menos fingieron no hacerlo.
Para entonces el estruendo causado por las pisadas de Ralph era ya audible al fondo del recinto. Al cabo de un minuto toda la pared posterior del dique se elevó y Ralph entró llevando un enorme contenedor en sus brazos.
—Se supone que tenías que usar un carro para mover esas cosas. —lo amonestó Hal.
Ralph no respondió y se limitó a depositar la pesada carga en el centro del dique, bien lejos de los tres pequeños micronianos que lo observaban con admiración.
A pesar de la seguridad del gigante era obvio que el esfuerzo lo había agotado. Después de todo el contenedor era enorme; diez metros de largo por seis de ancho y cuatro de alto. Estaba pintado de naranja como todos los contenedores estándar de mercancías de ese tipo y tenía las marcas de identificación algo gastadas por el uso.
—CM-666 —dijo Ralph. —Aquí lo tienes.
Amanda avanzó hacia el contenedor mientras extraía su Pad. Luego de consultar algo lo volvió a guardar y activó el panel de control de seguridad. Una vez que la pantalla se encendiera y un panel de números y letras apareciera frente a ella, marcó un código de seguridad y una serie de ecos resonaron dentro del mismo.
—Listo, puedes abrirlo Ralph.
El gigante se acercó y tomando los lados del contenedor tiró hacia arriba. Debajo había un bulto grande, envuelto con una lona gris.
—No se queden parados ahí. —dijo la mujer señalando a los dos obreros.
Nix y Hal asintieron y comenzaron a retirar las cuerdas que sujetaban la lona a la base del contenedor. En cuanto la última cuerda hubo sido soltada Ralph retiró la tela como si cambiara las sábanas una cama de su tamaño.
El ruido que hizo Hal al caer sentado al piso fue casi tanto o más estruendoso que el de la herramienta de Ralph.
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