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Chatarra: Una Historia en el Universo Macross por Gerli

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El gran reloj holográfico de la torre del ayuntamiento indicó que eran exactamente las 3 de la tarde. Las enormes agujas y los números romanos que indicaban la hora se agrandaban de tal forma que el conjunto sobresalia del edificio, como si de una enorme corona se tratase y podía ser visto desde casi cualquier punto de la ciudad.
Ralph ni siquiera pestañeó cuando el enorme VI pasó a través de su cuerpo y ocupó su lugar en la parte baja del edificio.
Una suave brisa alborotó sus cabellos oscuros. Las fragancias marinas inundaron sus fosas nasales y lo obligaron mirar hacia el este, hacia la bahía sobre la que se extendía la Ciudad Capital.
El sitio en donde estaba parado no era exactamente un mirador, pero su pase de técnico le había dado acceso a uno de los puntos más altos de Ciudad Capital y salvo la parte que quedaba oculta por la enorme mole de la torre a sus espaldas, podía ver casi toda la ciudad y sus alrededores desde donde estaba.
Distinguió inmediatamente los muelles con los pequeños botes de pesca y más alejada, la dársena donde descansaban algunas naves espaciales. Era la temporada de buen tiempo y temperaturas agradables, lo que atraía a una gran cantidad de turistas de todas partes de la galaxia, pero principalmente, de las colonias mineras que rodeaban el cinturón de asteroides cercano al planeta.
Una de las naves ancladas comenzó a moverse muy lentamente por entre los amarres. Ralph la siguió con la vista hasta que llegó al límite exterior de los rompeolas que protegían al puerto de los huracanes otoñales. De pronto, un anillo azulado surgió de debajo de la nave y comenzó a expandirse por la bahía, mientras la nave se elevaba lentamente con sus motores gravitacionales.
La nave ascendió cada vez más rápido y salió de la atmósfera dejando tras sí una finísima lluvia de agua de mar, que al descender sobre la bahía, formó un pequeño y efímero arcoiris.
Ralph volvió la cabeza al sur, hacia la cinta de asfalto que formaba la Autopista Uno, la única vía de salida de la ciudad y la que conectaba a la metrópoli con las pequeñas aldeas y asentamientos rurales que proveían de alimentos frescos a la urbe. Enormes bosques se extendían a cada lado de la ruta, que creaba un tajo violento en el paisaje cargado de diferentes tonos de verde.
Más allá, casi al límite de lo que podía apreciar Ralph a simple vista, comenzaba el desierto. Una serie de estelas blancas cortaban el horizonte caprichosamente. Cazas de la Base New Edwars seguramente.

Giró la cabeza hacia el norte, hacia las colinas que delimitaban la ciudad, apenas cubiertas de hierba y algunos árboles achaparrados. Una serie de destellos intermitentes delataban la presencia de los enormes molinos de viento de Star Hill, una tecnología bonita, ecológica y anticuada, apenas un recuerdo dejado por un grupo de ecologistas que llegaron a Eden con más sueños que certezas.
Star Hill.
Como un lugar con un nombre tan poético podía traer tan dolorosos recuerdos a Ralph.
Había conocido a Midori en Star Hill al llegar a Edén ¿Hacia cuanto? ¿Dos años ya? Maldito sea el planeta y su calendario diferente al Terrestre.
Ella adoraba ese lugar. La vista de la bahía, las montañas que la rodeaban, incluso se podía ver la enorme cascada que descendía de Lake Valley.
Precisamente, el primer recuerdo que tenía Ralph de Midori era el de la joven recostada contra las barandillas del mirador, con una mano sujetando el enorme sombrero para evitar que la brisa se lo llevara y la otra sosteniendo un libro que nunca terminaba de leer, porque siempre se olvidaba de abrir al contemplar maravillada el paisaje que la rodeaba.
Había sido amor a primera vista para Ralph.
Visitó ese lugar todos los días a la misma hora solamente para verla. Esperaba impacientemente el fin de su turno en el taller donde trabajaba ocho horas diarias, solo para salir corriendo, montar en su bicicleta y recorrer los cinco kilómetros pendiente arriba que lo separaban de la colina con las turbinas de viento.
La joven debía tener unos veintitantos, pero su cuerpo menudo la hacían parecer mucho más joven. Tenía el cabello rosado, largo y lacio, que le llegaba hasta la espalda, casi siempre lo llevaba suelto y solo se lo cubría con el enorme sombrero de ala ancha. Si el tiempo era bueno (Y por suerte en esa parte de Edén las lluvias eran escasas y casi siempre nocturnas) se quedaba hasta que el sol se ocultaba tras las montañas, momento en que Star Hill se convertia en el único lugar de la ciudad donde se podía ver la enorme cascada refulgir con una maravillosa profusión de tonos rosados, naranjas y violacios a medida que las sombras trepaban por las estribaciones montañosas y las estrellas asomaban sobre el cielo límpido del planeta.
Sólo entonces la joven parecía salir del trance en el que observaba maravillada el paisaje y se retiraba a su casa en una pequeña motocicleta eléctrica.
Ralph observaba este ritual de lejos, sentado en uno de los bancos del lado opuesto al mirador, con una especie de fascinación y, a la vez, temor reverencial hacia aquella maravillosa criatura.

Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses. El joven técnico estaba hechizado por el ritual diario, solo interrumpido por los fines de semana y los escasos días donde una llovizna infame azotaba la Ciudad Capital y el corazón de Ralph.
Había encontrado a su Eva en el Edén ¿Pero cómo podría siquiera dirigirle la palabra a tan hermoso ser? Ralph carecía de la confianza en sí mismo, sentía que simplemente tenía derecho a admirar a la joven y aun asi se sentia culpable de un crimen, como si solo el hecho de observarla en silencio desde aquel banco alejado constituyera una especie de atrevimiento imperdonable.
Tuvo su oportunidad una tarde, cuando luego de esperar a que la joven se fuera, permaneció unos minutos fumando un cigarrillo mientras pensaba en las desdichas de los enamorados y de como deseaba cagar a patadas en el culo a ese famoso cupido.
—Disculpe. —Dijo un empleado de la limpieza acercándose a Ralph mientras sacudía algo en la mano. —¿Esto es suyo?
Ralph abrió un ojo y pensó en enviar al pobre hombre a cierto lugar de la anatomía de su sagrada madre, pero se quedó sin aliento al ver que el hombre tenía un pequeño libro en la mano. Conocía demasiado bien ese libro.
—Eh! —Dijo reaccionando tarde, cuando el hombre había comenzado a darse la vuelta para volver a su carrito de limpieza. —Se de quien es.
—¿De verdad? —Preguntó con desconfianza el empleado, pero… bueh, qué diablos. —Tome. —Dijo lanzandole el diario.
Ralph lo atrapó con ambas manos e hizo una pequeña reverencia al hombre. Lo que tenia entre las manos era la primera cosa tangible que lo conectaba con la joven. El libro era pequeño, como si de una edición de bolsillo se tratade, pero con tapas duras. Lo giró lentamente, con un temor reverencial, como si de un objeto sagrado se tratase ¿Le pareció que emanaba un perfume exquisito? Era su imaginación seguramente, pero no estaba seguro.
Miró la tapa del libro.
El Principito.
Ralph se quedó perplejo. Había esperado encontrarse con un libro de poemas, o tal vez (y ese pensamiento le pareció algo ridículo) una biblia pero… ¿El Principito? Le pareció recordar haber leído ese libro en la escuela… alguna clase de literatura de la que jamás se hubiese acordado de no ser por haber encontrado ese libro, en ese lugar, en ese planeta…
Abrió con cuidado el libro y miró la primera página, si… reconocía el dibujo del pequeño príncipe, parado en su pequeño planeta o asteroide o vaya a saber que, mientras contemplaba las estrellas. Era un libro para niños ¿Porqué lo estaba leyendo ella?
Recordaba la historia… un aviador, uno de esos primeros tipos que volaban con aviones cientos de años atrás.. bueno, no cientos de años, pero en el siglo pasado seguro. Resulta que se le rompía el avión y aterrizaba de emergencia en un desierto… como el tipo era también mecánico o algo asi, se ponía a arreglar la aeronave y de pronto, como surgiendo de la nada misma, se le aparece un niño vestido de príncipe.
Mientras recordaba iba acariciando lentamente las primeras páginas, sin leer el texto, solo tratando de recordar la historia de memoria.
—¿A ti también te parece un sombrero? —Dijo una voz angelical a su espalda.
Ralph volvió en sí y miró primero la hoja que tenía delante. El autor había dibujado algo con acuarelas, una especie de.. si, era un sombrero marrón.
—Si, parece un sombrero. —Dijo Ralph dándose la vuelta.
La joven lo miraba con curiosidad mientra señalaba el dibujo del autor —Ciertamente parece un sombrero. —Dijo. —Nunca le creí a la gente que decía que era un elefante dentro de una boa ¡Ni siquiera un niño de verdad podría adivinar lo que es!
Ralph estaba completamente paralizado, había perdido por completo el habla y hasta se había olvidado de pestañear.
—Hay… hay adultos más… más adultos que otros… —Atinó a balbucear como dentro de un sueño, mientras apartaba la vista del hermoso rostro y miraba, ahora si, a la boa con el elefante dentro. La joven se rió y el corazón de Ralph pareció convertirse en un reactor de fisión con un alave roto.

Comenzaron, ahora si, a verse todas las tardes. Al principio sentados uno junto al otro en silencio contemplando el paisaje. Luego comenzaron a charlar de otras cosas y en poco tiempo ya estaban tomados de la mano. Si le hubiesen preguntado su opinión en esa época, Ralph hasta habría dicho que Star Hill no le parecía tan feo lugar.

Ahora lo detestaba. Era el peor lugar de Eden.
Eden, Eden… ¿Quien mierda le había puesto ese horrible nombre? Era solo un maldito planeta “tipo” terrestre. No había Jardín del Edén para Ralph en todo el universo… ¿Era acaso una burla de un Dios hipócrita? No… no había más dioses. Los Zentradis los habían matado a todos, junto con todos los pobres humanos que habían quedado en La Tierra.
Ralph suspiró. No había ninguna divinidad a quien echarle la culpa. La responsabilidad recaía sólo en el.
Dió un paso al frente y se precipitó al vacío, mientras sus lágrimas formaron una pequeña estela tras sí.

El planeta lo abrazó mientras caía.
No era ni por asomo tan cálido y reconfortante como los brazos de Midori y eso, junto a las inexplicables lágrimas que nublaban la grandiosa vista, su última mirada a esta cruel existencia, lo hicieron enfadar.
¿Podría alguien enfadarse durante su propia muerte? Ralph lo estaba… o más bien creía estarlo. ¿Donde estaba la liberación en cometer semejante acto de desesperación…? Ah, ya era demasiado tarde para pensar en eso, mejor cerrar los ojos y esperar el fin inevitable.
El problema es que, al cerrar los ojos, los recuerdos de Midori llenaron su mente.

Midori entró en la vida de Ralph como si un rayo de luz horadada las profundidades de un mar oscuro y solitario. Con ella a su lado, una nueva perspectiva se había abierto frente a Ralph, una nueva forma de ver el mundo, de sentirlo, de poseerlo.
Si alguien hubiese dicho que el amor lo había cambiado, probablemente habría hecho reír a carcajadas al joven técnico. Sólo al perderlo se había dado cuenta de su gran error.

Durante incontables tardes compartieron el paisaje. Como si Edén fuera un patio de juegos exclusivamente para sus ojos. Nadie más existía alrededor de ellos mientras contemplaban juntos, tomados de la mano, el descenso del sol tras las lejanas montañas.
Y una noche, durante las festividades por la llegada del solsticio de verano, solos en medio de la playa y a la luz de los fuegos artificiales que creaban majestuosas figuras en el cielo estrellado, sellaron su amor con un beso.
También, sin saberlo, habían sellaron su destino en Edén.

De pronto, Star Hill se había convertido en un sitio demasiado estrecho para su amor. Recorrieron juntos la enorme urbe de Ciudad Capital, descubriendo cada tarde un nuevo y maravilloso lugar para contemplar. Las terrazas llenas de cafés y restoranes que descendían hasta la bahía, las grandes avenidas peatonales que conectaban la plaza principal con los distritos residenciales, la enorme fuente de aguas danzantes que se hallaba frente al ayuntamiento. Todos los lugares que Ralph ya había visitado con anterioridad se habían, de pronto, transformado en lugares completamente nuevos y diferentes a los ojos de ambos.

Bailaron de noche, solos a la luz de las farolas de la plaza principal. Jugaron a las escondidas entre los juegos para niños y armaron castillos en los areneros del parque. Cantaron hasta perder la voz en una de las tantas casas de karaoke en el sector comercial y persiguieron felices, como niños, a los pequeños robots de limpieza que se escabullian de ellos mientras trataban de mantener limpia la ciudad.
Saltaron sobre los pedestales holográficos de la 5ta.Avenida y se vistieron con ropas antiguas, De pronto fueron reinas, reyes, soldados de armadura brillantes y damas con enormes vestidos de seda. Fueron Romeo y Julieta, fueron Juana de Arco y El Cid Campeador, fueron Marilyn Monroe y Antonio Banderas.
Fueron Lynn Minmay y Nekki Basara.
Hicieron el amor debajo del mirador de Star Hill, con las dos lunas de Edén como únicas testigos. También entre las dunas de la playa y en medio del bosque. Se amaron como solo dos adolescentes podían amarse en la plenitud de sus vidas, descubriendo a cada momento algo nuevo, algo sorprendente y maravilloso el uno del otro.
—Eres mi Principita. —Le dijo Ralph a su amada una noche, mientras contemplaba el reflejo de las lunas en la reluciente superficie de Lake Valley, abrazados y cubiertos por una pesada manta.
Ella se rió encantada y no lo corrigió
—¿De qué planeta has venido? —Preguntó mientras hundía su nariz en el cabello de su amada y aspiraba el delicado perfume.
—Del asteroide B612. —Dijo mientras cerraba los ojos y descansaba su mejilla en los fuertes brazos de Ralph.
Se quedaron dormidos mientras las lunas surcaban el cielo estrellado sobre sus cabezas. Era como si la propia galaxia… no, el mismo Universo girase en torno a ellos dos.

El tiempo pasó pero ellos no lo notaban. Ralph rechazó promociones y ascensos solo por estar más tiempo junto a Midori. Ahorraron centavo a centavo y, finalmente, alquilaron un pequeño departamento con vista al puente colgante que cruzaba la bahía.

Ralph no pudo resistir más y abrió los ojos.
A lo lejos, por sobre los edificios que lo rodeaba se podía divisar el puente colgante que unía la ciudad con la isla donde se emplazaba el aeropuerto local. Fue solo un segundo pues pronto quedó oculto tras las torres de oficinas. ¿Tanto se tardaba en caer en ese maldito planeta? Ciertamente la gravedad era ligeramente menor a la de La Tierra, pero debería caer casi a la misma velocidad.
El viento rugía a su alrededor y no podía escuchar nada más ¿Estaba gritando? No lo sabía y quería hacerlo, quería expulsar toda su pena y frustraciones de un solo golpe.
Apretó los dientes con fuerza y cerró los ojos.
Quería verla una vez más, una sola vez más.

Midori plantó rosas en el balcón del departamento. Eran una variedad nativa de Edén y no eran exactamente como las fotos de las rosas que se podían ver en la Enciclopedia Galáctica, pero a Midori le encantaban y por ende a él también.
Se pasaba horas y horas cuidando de ellas y Ralph se pasaba horas y horas también contemplando a ambas, flores y amada como si fueran la misma cosa.

Un sonido furioso lo trajo de vuelta al mundo que se deslizaba a toda velocidad mientras se acercaba con rapidez al suelo. Ya podía distinguir los autos en las avenidas elevadas y las enormes calles especiales que usaban los Zentradis para caminar por el centro de la ciudad. Era gracioso, iba a caer en medio de esa calle, a lo mejor un gigante lo aplastaba con el pie y llevaría su cuerpo aplastado pegado a la suela como si fuera un excremento de perro.
Una bandada de gaviotas cruzó el aire a su alrededor. Durante una fracción de segundo vió plumas revoloteando por todos lados, al asustarse las aves del repentino ser humano que caía en picado desde lo alto de la torre. ¿Que le recordaba eso..? Ah si… el pequeño príncipe había llegado a La Tierra usando a una bandada de golondrinas para desplazarse por el espacio… Ojala los humanos pudieran viajar así y no depender de esos enormes armatostes que llamaban naves espaciales y sus aparatosos dispositivos de salto FOLD. Sin esa tecnología, no hubieran descubierto Edén.
Pero tampoco él habría conocido a Midori.

—Si yo soy la Principita… —Dijo Midori mientras regaba las rosas con un pequeño atomizador. —¿Eres tu el Piloto varado en el desierto? —Preguntó.
Ralph no respondió, pero al día siguiente pidió una semana libre en el taller, alquiló un vehículo 4x4 y juntos fueron a visitar el desierto de Edén.
Recorrieron las enormes extensiones de enormes e infinitas dunas, seguros de no perderse o quedarse sin combustible. Los satélites que giraban sobre sus cabezas mantenían el contacto con el vehículo las veinticuatro horas del día.
Al segundo día de exploración se toparon con los restos de un avión estrellado.
Era un caza de la U.N.Spacy, casi con seguridad el remanente de un accidente o de algún ejercicio de tiro del centro de pruebas de la base. En Edén se probaban siempre los nuevos prototipos de cazas variable que usaba el Gobierno Unificado.
Ralph reconoció el avión, era un VF—11 Thunderbolt. Se hallaba incrustado en la arena y se había partido en varios pedazos. Al parecer los militares habían quitado los dos reactores y las municiones. Solo quedaba el fuselaje y restos de cables y placas de aleación descoloridas por el sol. El avión había estado transformado en modo Gerwalk durante el aterrizaje de emergencia, por eso no se sorprendió al ver las “piernas” y “brazos” que asomaban por encima del fuselaje. Lo que lo sorprendió es que el avión estaba cabeza abajo. ¿Habría sobrevivido el piloto?
—¿Vas a arreglarlo, mecánico? —Preguntó Midori bajando del vehículo, con su sombrero de ala ancha para protegerse del sol y un vestido ligero de verano que le llegaba a las rodillas.
—Técnico Mecánico. —Corrigió Ralph y comenzó a desmontar la tienda de la parte trasera del vehículo.
Armaron la tienda junto al avión e hicieron el amor toda la noche.
—No me dejes nunca. —Le dijo Ralph a Midori por la mañana, cuando el sol se asomó por entre los picos de piedra y las sombras comenzaron a retroceder.
—Solo si tu me proteges de las serpientes. —Dijo mientras lo abrazaba.

Una idea le cruzó por la mente ¿Acaso no era una serpiente la que había separado al piloto del Principito en el cuento? ¿Y no había también una serpiente en el Jardín del Edén, la que había condenado a Adán y a Eva a una vida de sufrimiento? ¿Acaso todo estaba relacionado en esta maldita historia?
Ralph volvió a abrir los ojos, pasando rápidamente junto a las pasarelas superiores de la calle, llenas de transeúntes que caminaban despreocupadamente. El suelo venía velozmente a su encuentro
Ya no había tiempo, su caída llegaba a su fin. Ralph cerró los ojos para no ver llegar a la muerte. Al fin y al cabo era un cobarde.

—————

Las dos Meltran caminaron rápidamente siguiendo la traza que atravesaba el centro de la ciudad y se desviaron hacia el norte en la primera rampa que encontraron. Ciudad Capital era uno de los pocos lugares de la esfera de influencia humana donde la infraestructura urbanística había sido concebida para la coexistencia de ambas especies.
La pujante metrópoli estaba erigida en las faldas del macizo montañoso conocido como Cordillera Centralia, una sucesión de picos elevados que discurren en forma de media luna, perdiendo altura a medida que se adentraba en el Mar de Satruán.
—Más despacio Lala! —suplicó la joven de anteojos mientras trataba de seguir el paso a su compañera—. Se supone que no debemos llamar la atención!
El pasaje en el que había desembocado la calle estaba libre de otros Zentradis, no obstante las pasarelas para los micronianos estaban atestadas de gente. La pareja siguió avanzando mientras echaban miradas por sobre sus hombros
—No creo que nos haya visto nadie —agregó en un murmullo.
—Estas cosas solo pasan en los comics —exclamó su compañera con evidente irritación en la voz— ¿Que se supone que debemos hacer ahora?
—Busquemos un lugar apartado primero —indicó con la mano un enorme cartel en lenguaje Zentradi a unos doscientos metros de distancia. —Allí!
Salieron a un espacio abierto, donde los edificios circundante eran más bajos y la falda de la montaña estaba casi al nivel de la calle. Era una plazoleta pequeña, aunque «pequeño» en lenguaje Zentradi se traducía en un enorme espacio abierto de más de cuatrocientos metros cuadrados.
Habían tallado bancos y mesas apropiados para los gigantes con el mismo granito de la montaña. No muchos, apenas 5 bancos en la plaza circular con un enorme roble en el centro. Ambas Meltran se sentaron en el banco que quedaba oculto tras las ramas del árbol.
Una cubierta elevada con barandillas recorría el perímetro la plaza, de modo que los Zentradis que se sentaban allí podían conversar e interactuar con los humanos en una posición relativamente más cómoda.
—En los mangas siempre es una hermosa muchacha la que suele caer del cielo sobre el protagonista —dijo la joven de anteojos mientras hacía un gesto negativo con la cabeza. —Mira a ver si esta vivo todavia.
Su compañera se enderezó nerviosa en el banco y miró hacia los costados para ver si había alguien cerca. No se veía a nadie por suerte y el árbol, a pesar de llegarles a la altura de la cintura cuando estaban de pie, ahora que estaban sentadas la ocultaban bastante bien de miradas indiscretas.
—Deprisa Lala, debe estar asfixiandose!
La joven suspiró y se desabrochó los botones superiores de la blusa blanca que llevaba puesta, dejando a la vista el inicio de su enorme busto, completamente visible a través del escote abierto.
Con un rápido movimiento metió la mano entre sus pechos y revolvió buscando algo.
—No lo encuentro —Dijo
—Déjame probar a mi —Exclamó la joven de anteojos metiendo su mano dentro del escote de su amiga, a la vez que comenzaba a buscar en el reducido espacio.
—Despacio Quinn, me haces cosquillas — exclamó con la cara roja de vergüenza.
Forcejearon un momento en una escena que hubiera puesto colorado hasta al más avinagrado de los burócratas del Gobierno Unificado. De pronto Quinn dio un grito de triunfo y extrajo de entre los pechos de su amiga, cuyo rostro ya parecía un tomate, a un inconsciente Ralph.
—¿Está vivo? —preguntó Lala viendo como su amiga levantaba delicadamente al desvanecido Microniano y lo depositaba en la palma de su mano.
—No se… ¿Y si lo tiramos ahi? —dijo señalando una pequeña fuente que se encontraba en la cubierta de observación.
Su compañera asintió y tomó al hombre con la mayor delicadeza posible. Los micronianos eran muy frágiles, un movimiento brusco podría aplastarle las costillas o empeorar las heridas que tuviera ya.
—¡Lala! —exclamó su amiga y señaló tras el árbol
Una joven Meltran con ropa de camarera se acercaba a ellas. Lala soltó a Ralph, que cayó desde unos dos metros de altura justo dentro de la fuente, levantando un pequeño géiser de agua.
—Hola! —Saludo la recién llegada —¿Quieren ordenar algo?
—Eh… ¡Café! —Exclamó de pronto Quinn sobresaltando a la camarera.
—Eso.. Cafe yo también — agregó rápidamente su compañera a la vez que interponía su brazo delante de la fuente para ocultar el pequeño desastre que había causado.
—Dos cafés —La joven Meltran anotó la orden en un Pad que luego volvió a guardar en un bolsillo de su uniforme.
Quinn y Lala suspiraron con alivio cuando la camarera desapareció tras uno de los edificios en el recodo del camino. De pronto se acordaron del humano y miraron a la fuente con preocupación.
Ralph había salido por sus propios medios y yacía a un costado de la misma mientras tosía y escupía agua por su boca.
—Fiuuu! —exclamó aliviada Lala
—Hey Lala —Quinn bajó la voz lo más que pudo —¿No será un pervertido?
Su amiga la miró con cara de no comprender. —¿A qué te refieres?
—Lo lei en la Red, algunos pervertidos se arrojan sobre los escotes fingiendo caídas o accidentes.
Lala miró a su amiga y luego miró a Ralph, quien seguía tosiendo agua de la fuente en cuatro patas. —No lo creo —dijo moviendo negativamente la cabeza. —Venía cayendo desde muy alto
—¿Un suicida? —Quinn frunció el ceño y el tono de su voz sonó aún más preocupado. —Lala, no podemos inmiscuirnos en esto… las órdenes…
—No voy a dejar a ese Microniano tirado….deberíamos llevarlo a un hospital o algo.
Quinn suspiró profundamente y miró a su amiga con ganas de decirle unas cuantas verdades pero… la verdad es que Lala era su superior en esa misión, ella solo estaba como soporte de inteligencia y comunicaciones.
—Haz lo que quieras —dijo volviendo a suspirar —Pero por el bien de la misión te aconsejo que no te enredes en sea lo que sea que este tipo estaba haciendo.
Ambas Meltran volvieron a mirar al hombre, quien finalmente se había sentado en el suelo y miraba a las dos gigantas sin comprender nada.
—¿Estas bien? —preguntó Lala
Ralph todavía respiraba con algo de dificultad, pero el chapuzón lo había hecho reaccionar de inmediato. Lo primero que vio cuando abrió los ojos fue a estas dos enormes Meltrans quienes parecían estar discutiendo sobre el. Una de ellas llevaba el cabello castaño claro y ondulado que le llegaba hasta los hombros y usaba anteojos, un accesorio realmente extraño en un Zentradi. Vestía una simple remera azul con una pequeña letra U bordada en dorado sobre el pecho izquierdo.
La otra Meltran era un poco más alta, de cabello oscuro con reflejos verdes, era de tez morena y tenía el pelo atado en dos largas coletas. Tenía un aspecto bastante más humano que su compañera y además vestía de forma mucho más femenina; una blusa blanca a la que Ralph no pudo evitar ver el amplio busto que se asomaba por el escote desabrochado. La Meltran pareció darse cuenta de lo que miraba el Microniano y se tapó el pecho con ambas manos. Ralph se pasó la mano por el rostro y se fregó los ojos con vigor, pero cuando los abrió nuevamente la escena no había cambiado; allí estaban las dos gigantes mirándolo fijamente.
—Estoy…. bien — dijo aun aturdido mientras bajaba la cabeza y miraba sus ropas mojadas.—¿Ustedes me salvaron? —agregó de pronto recordando lo sucedido
—El busto de mi amiga te salvó —dijo Quinn señalando el amplio pecho de Lala, quien había vuelto a ponerse colorada mientras cerraba los botones de la blusa para ocultarlo.
—Yo… —dijo Ralph balbuceando —...lo siento, de verdad.
Las Meltran intercambiaron miradas por unos segundos. Parecían estar confundidas e indecisas por lo que debían hacer o decir a continuación, finalmente fue Lala quien tomó la palabra.
—No ha sido nada, fue una casualidad que pasaramos justo en ese momento por allí. ¿Seguro que estás bien?
Ralph intentó ponerse de pie pero las piernas le temblaron y volvió a caer de rodillas ante la consternada mirada de las dos gigantas. Una pareja de jóvenes enamorados pasó caminando por la pasarela junto a la fuente, pero no miraron ni a Ralph ni a las Meltrans, estaban tan pendientes uno del otro que ni siquiera repararon en ellos.
—Oye, no te esfuerces demasiado —dijo la Meltran de anteojos. —Acabas de sufrir un golpe bastante fuerte ¿Quieres que te llevemos al hospital? Mi amiga y yo…
—¿Porque lo hiciste? —interrumpió su compañera, dejando a Quinn boquiabierta.
—¡Lala!
Ralph no contestó; había logrado ponerse de pie y con dificultad caminó un par de pasos hasta un banco de madera que estaba enfrentado a la barandilla. Se sentó trabajosamente y apoyó la espalda mojada contra el respaldo de madera. Pasó casi un minuto hasta que Ralph se movió nuevamente, buscando algo en el bolsillo superior de su traje de mantenimiento.
Quinn y Lala observaron como el Microniano extraía una cajilla de cigarrillos, algo mojada por el chapuzón reciente. El hombre rebuscó hasta encontrar un cigarrillo lo bastante seco como para prenderlo y se lo puso en la boca, pero no lo encendió.
—¿Porque lo hice? —pareció que se lo preguntaba a sí mismo —Porque soy débil y un cobarde, por eso.
La joven camarera llegó entonces con una bandeja y dos tazas de café humeantes. Mientras colocaba las bebidas frente a las dos amigas, miró con curiosidad al Microniano vestido con un traje de mantenimiento naranja quien parecía haber salido de la ducha hacía solo un momento. Estaba segura que el banco estaba vacío cuando había tomado las órdenes antes.
Quinn sacó un Pad del bolsillo de su pantalón y lo acercó a la camarera, quien extendió el suyo y descontó el importe de las bebidas. —Muchas gracias —dijo y colocó unos dulces junto a las tasas, alejándose inmediatamente luego de hacer una pequeña reverencia a las jóvenes.
En silencio abrieron los pequeños sobres de azúcar (Que en realidad era bolsas de papel de al menos cincuenta kilogramos de sacarina) y revolvieron el contenido de las tazas lentamente, viendo como el vapor se elevaba en pequeñas nubes.
—Los Zentradis conocen el acto de quitarse la vida voluntariamente —dijo de pronto Quinn al terminar de dar un pequeño sorbo; estaba bien negro y fuerte, como a ella le gustaba. —De hecho se lo considera una táctica de ataque válida cuando el enfrentamiento es contra fuerzas superiores o la importancia del blanco requiere una neutralización sin posibilidad de fallas —colocó la taza suavemente sobre el plato de cerámica y miró con curiosidad a Ralph. —Pero en el caso del ser humano, los motivos suelen ser de naturaleza mucho más… —Quinn se detuvo al no encontrar la palabra exacta. —¿Banales? —Pregunto dudando.
—¿Fué por una mujer? —preguntó Lala
—Fue por una mujer —respondió Ralph mientras se reclinaba en el banco.
Permanecieron en silencio, ellas bebiendo de a pequeños sorbos y él recostado en silencio, sintiendo la brisa que bajaba de las montañas, transportando las fragancias de los pinos y las «Flying Apples» que maduraban en esa época del año.
El reloj de la torre del ayuntamiento dió las 4 de la tarde, Ralph sólo pudo ver la parte superior del dial a medida que se erguía por sobre los edificios circundantes. Tuvo un pequeño escalofrío al escuchar las cuatro campanadas y recordar su caída.
—Hey Lala —exclamó de pronto la Meltran de anteojos —Es tarde y todavía no conseguimos nada.
Lala bajó la taza y miró a Ralph con tristeza en los ojos. —¿Vas a intentarlo de nuevo? —preguntó.
—Tal vez —dijo Ralph
Quinn suspiró y depositó la taza vacía en su plato. —Haz lo que debas hacer Microniano. Tu vida es cosa tuya y nada mas que tuya.
La Meltran de coletas miró a su amiga y movió la cabeza en gesto de desaprobación. —No —dijo —Estoy segura que puede haber otro camino, debe haberlo. ¿Cuál es tu nombre, Microniano?
—Ralph —dijo el levantando la cabeza. —Pero me temo que no hay esperanzas para mi, si muero aquí o me escondo en la otra punta de la Galaxia, todo seria igual.
Lala no supo qué responder a eso y bajó la vista hacia la mesa, sintiéndose mal por el desdichado humano, pero Quinn levantó una de sus cejas intrigada. —Oye Ralph —dijo de pronto señalando el uniforme naranja que vestía. —¿Eres mecánico?
—Tecnico Mecanico —dijo sin pensarlo Ralph, mientras cerraba los ojos. —Como si realmente importara ya.
Lala miró sorprendida a su amiga y luego miró a Ralph, sin entender el porqué de la pregunta.
—Tecnico mecanico —repitió Quinn mientras se acomodaba los lentes sobre la nariz, gesto que Lala conocía de sobra cuando veía a su amiga pensar sobre un asunto en extremo delicado. —¿Tienes experiencia en trabajar con mechas pesados? —preguntó.
—Trabajo en los equipos de mantenimiento con los clase HMG Serie III —explicó el hombre palpando los bolsillos de su traje en busca de su encendedor. El aire fresco de la montaña había secado bastante su traje.
—Esos son mechas pesados, de los que se usan en construcciones submarinas —dijo Quinn mirando a su amiga con una extraña luz en los ojos —¿Trabajas entonces con traje de buceo? ¿Haces EVA’s (1) también?
—¿El espacio? —preguntó Ralph intrigado —No —dijo. —Nunca trabaje en Gravedad Cero, aunque si entrené en las piscinas con gente que si lo hace, es bastante similar en cuanto a los procedimientos de seguridad.
Lala estaba algo perdida con la conversación y se puso a quitarle el envoltorio a uno de los chocolates que la camarera había dejado. ¿Que estaba tramando Quinn?
—No puedo prometerte la otra punta de la Galaxia Ralph… pero sí un lugar cerca de eso —dijo mientras cruzaba las manos y las apoyaba sobre la mesa —Estamos buscando a alguien con tus capacidades para trabajar en una Colonia en el Brazo de Perseo de la Vía Láctea.
Lala se quedó petrificada y casi se atragantó con el chocolate. —¡Quinn! —exclamó mientras tragaba rápidamente el resto del dulce de un bocado —Se supone que debemos contratar a un Zentradi! Si volvemos con un microniano la Directora nos…
—¿Conoces el proceso de Macronización Ralph? —agregó Quinn ignorando las protestas de su amiga.
Lala y Ralph asintieron en silencio.
—Mi compañera y yo representamos a la Fundación Unity —explicó Quinn. —Si aceptas, nos encargaremos de los costos del proceso de Macronización y todo el entrenamiento que requieras para poder empezar a trabajar con nosotros.
A Ralph se le deslizó el cigarrillo por los labios, entreabiertos por la sorpresa y cayó silenciosamente al suelo ¿Estas Meltran querían convertirlo en uno ellos? ¿En un gigante?
Lala estaba casi tan confundida como el humano —Oye Quinn…—dijo dubitativamente mirando a su compañera —No si eso esta contemplado en las directrices de la misión… ¿Estás segura que la Directora lo permitirá?
—Lo garantizo —afirmó con seguridad.
La joven de Coletas suspiró y se cruzó de brazos a la vez que cerraba los ojos. Al parecer no tardó mucho en llegar a una decisión, porque abrió repentinamente los ojos y miró fijamente a Ralph —¿Tú qué dices?
—La paga es muy buena —insinuó Quinn haciendo un pequeño gesto con los dedos índice y pulgar.
Ralph se pasó la mano por la barbilla, hace varios dias que habia dejado de afeitarse…. exactamente desde aquel dia.
—¿Cuanto? —pregunto.
—Quince veces el sueldo de un trabajador calificado de tamaño Micrón, plus la bonificación por trabajar en la Periferia.
La «Periferia» eran los bordes más alejados de la esfera de Colonización Humana, lugares tan alejados que tomaba semanas y semanas de saltos FOLD solo para llegar a ellos. Solo los pioneros y los desesperados trabajaban en lugares tan alejados.
Ralph se rió y las Meltran lo miraron confundidas ¿Porque se reía?
—¿Qué es lo gracioso? —preguntó algo molesta Lala —Te estamos ofreciendo la oportunidad de empezar de nuevo —dijo. —¿No nos dijistes que eras débil y cobarde? Con el cuerpo de un Zentradi ya no lo seras, eso te lo aseguro.
—Un nuevo comienzo, un nuevo cuerpo, una nueva vida —dijo Quinn mientras cruzaba sus manos frente a su barbilla —Es la oportunidad de tu vida, Humano. Elige
Los ojos de Ralph se llenaron de lágrimas y bajó la cabeza hacia el suelo, donde sus lágrimas formaron pequeñas manchas oscuras en el pavimento. —No quiero una nueva vida —dijo. —No quiero dejar atrás a Midori.
Quinn y Lala quedaron en silencio, sin saber que hacer mientras miraban al robusto hombre derramar lágrimas en el suelo. Nunca había visto llorar a un hombre y eso las afectó profundamente. Lala estiró la mano para tratar de consolar a Ralph, pero Quinn sostuvo el brazo de su amiga y movió la cabeza en forma negativa. —Déjalo —dijo. —Dale solo un momento.
Permanecieron en silencio mientras Ralph sollozaba, al cabo de unos minutos se calmó y se pasó la manga del traje de mantenimiento por el rostro, secándose las lágrimas que quedaban con un gesto de resignación.
—Lo siento —dijo.
—Ella…. —Lala preguntó con un susurro —Esa Midori, digo ¿Ella murió?
Ralph suspiró y colocó sus manos sobre las piernas, respirando profundamente. Luego levantó la mirada y vió a las gigantes que lo miraban fijamente.
—No —dijo. —Midori no está muerta.
—Entonces no debes perder las esperanzas —se sorprendió Quinn hablando con total franqueza al Microniano Ralph. Lala asintió con la cabeza, aprobando el comentario de su amiga.
El hombre respiró hondo y pareció tomar una decisión, de pronto se puso de pié y enfrento con determinación a las dos Meltrans —¿En verdad seré un gigante? —dijo ¿Sere tan grande y fuerte como un Zentradi?
—Con seguridad que sí —dijo Lala entusiasmada. —Eres alto y robusto siendo un Micrón, conservaras esas características cuando te Macronices.
Ralph avanzó lentamente hacia la barandilla, de modo que ahora podía ver con toda claridad a las Meltrans a cada lado de la mesa. De pronto extendió el brazo y abrió la palma de la mano.
—Acepto. —dijo. —Por Midori
Quinn estiró el brazo y abrió la mano, extendiendo solo el dedo índice para estrechar la mano de Ralph. —Son Quinn y ella es Lala —dijo. —Bienvenido a Unity Ralph.

Dos días más tarde, un transbordador privado con el logotipo de la Fundación Unity despegaba de la bahía de Eden, con un solo pasajero; Ralph.
A cada lado de la nave, dos Queadluun—Rau, pilotados por Lala y Quinn lo escoltaban de cerca. El joven técnico miró por última vez Ciudad Capital y el sitio donde apenas podía distinguirse las colinas de Star Hill.
—No te abandonaré Midori. —dijo poniendo su puño sobre el vidrio. —Lo juro por mi vida.
El transbordador llegó a la atmósfera superior y una serie de vibraciones seguidas de un resplandor dorado indicó el inicio del salto FOLD. Ralph se acomodó en su asiento y miró hacia adelante.
Un resplandor rodeó la nave y las dos armaduras Meltran, luego un destello y de pronto los cielos quedaron en silencio.
—Por Midori —repitió Ralph.
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