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Chatarra: Una Historia en el Universo Macross por Gerli

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El sonido de la alarma interrumpió el silencio que reinaba en la torre de control de la estación de observación remota Nro. 4, más comúnmente conocida como Estación Barrow, nombre elegido en memoria de algún militar del siglo pasado de vaya a saber que país… no importaba realmente, la Barrow pasaba desapercibida para todo el mundo, incluso para los propios militares.
Leonardo Viccenzo estiró el brazo y con la punta de los dedos apagó el botón de interrupción manual de la alarma. Luego, tomándose con la mano del borde de la mesa donde estaba apoyado el horno de microondas, jalo un poco más fuerte y su cuerpo flotó hasta tener la puerta al alcance de la mano. Leo no solía comer en el puesto de mando, pero hoy su estómago le estaba reclamando cuidados especiales, una lata de sopa para calentar en cuanto tuviera hambre sería más que suficiente.
Abrió la puerta del horno y retiró con cuidado el envase de sopa. Seguidamente extrajo un pequeño recipiente plástico dotado de una tapa con bombilla y metió la lata caliente dentro. Ajustó la tapa con un movimiento circular y sorbió su primera comida del dia. No tenia mucha hambre, pero necesitaba esos nutrientes, especialmente a su edad.
Con el impulso de una pequeña patada se dirigió flotando hasta su puesto de control, que no era más que un sillón con el respaldo ya desgastado de tantas horas de uso. Leo se sentó en el y se abrochó el cinturón de seguridad. Luego accionó un botón en la punta del apoyabrazo del asiento y dos consolas se ubicaron delante, desplegando a su vez dos pantallas más, una a cada lado, dejando el centro despejado para que Leo tuviera una visión clara de lo que se veía a través de los cristales del puente de mando.
Osea nada.
Leo suspiró y se preparó para empezar otro turno de trabajo. Colocó sus manos sobre las consolas y ejecutó los mismos comandos que llevaba años repitiendo: Balance de la estación, nivel de vibración estructural, posición relativa con respecto a diez cuerpos celestes cercanos. Luego consultó el cuadrante asignado del dia, introdujo las coordenadas y seleccionó un grupo de veinte detectores para que se enfocaran en la zona designada. Como era de esperarse, debió elegir entre los que aún funcionaban. La operatividad de la estación estaba en su punto más bajo desde que fuera ensamblada hacia 20 años atrás, apenas un 45% de los detectores de la Barrow funcionaban a pleno, un 21% poseía solo instrumental de detección operativo y el resto estaba literalmente “muerto”, sin posibilidad incluso de ser movido de las plataformas en donde descansaban plegados hacia dentro.
Tendría que escribir otro informe solicitando reparaciones urgentes. Eso no le molestaba, al menos lo sacaria de la rutina diaria, lo que le molestaba era la futilidad de su acción; había elevado más de treinta informes explicando la precariedad del estado de los instrumentos y la urgente necesidad de cambiar varios de ellos para garantizar la operatividad adecuada, pero ni siquiera planteando los escenarios más apocalípticos había logrado una respuesta de la NUNS… bueno, si habían respondido el año pasado enviando a un técnico subcontratado para que efectuara reparaciones menores (Leo estaba demasiado viejo para las caminatas espaciales de reparación), pero el joven que llegó a la Barrow junto con Gray en la Río Grande era apenas un egresado de la Escuela Técnica de alguna Flota Colonial cercana. No sabía nada de los espejos detectores que formaban la “corona” de “pétalos” de la Barrow. El chico ni siquiera quiso salir al exterior para revisar los paneles. Solo se limitó a arreglar una cafetera del salón de descanso y dió por terminado su trabajo.
Por cierto la Cafetera se había vuelto a romper desde entonces.
Con el pulsar de un boton dio por iniciado el programa de configuración automática. Ahora deberia esperar casi media hora a que los cientos de servomotores acomodaran los espejos elegidos a lo largo de la estructura y los situaran en la dirección requerida por el estudio. Casi siempre fallaba alguno, pero como cada espejo tenia 5 motores individuales, podían moverse en gravedad cero incluso con uno solo.
Las barras de progreso comenzaron lentamente a llenarse, algunas mas rapido que otras debido a su mejor estado de conservación. Leo reclinó un poco el asiento y extrajo una consola de videojuegos portátil de uno de sus bolsillos, era uno de los pocos vicios que tenia, ademas de la música claro. Como uno de los pocos humanos privilegiados por el destino, le debía su vida a la música y especialmente a la música de una mujer a quien tuvo el maravilloso placer de conocer en persona.
Lynn Minmay.
Leonardo pertenecía a un selecto grupo de personas que habían sido testigos presenciales del milagro que desencadenó el fin de la Primer Guerra Espacial y la salvación de la raza humana. Leo fue uno de los miles de civiles rescatados de entre los restos de la desaparecida Isla Macross, convertida ahora en un pequeño campo de asteroides de roca y hielo cercano a los límites exteriores del sistema solar.
El hombre no necesitaba ver la pantalla de su antigua consola portátil, llevaba jugando ese videojuego más años de los que recordaba, por lo que los primeros veinte niveles podía pasarlos solo con escuchar los sonidos que producían las naves enemigas al pasar por la parte superior de la pantalla. Leo aprovechaba esos momentos para perderse en su memoria, en recordar cómo su vida había cambiado desde el día en que, camino a la escuela en un pequeño pueblo del norte de su Italia natal, había visto como las nubes que cubrían los lejanos picos de los Alpes se abrían como una enorme cortina al paso de una incandescente bola de fuego, que transformó el pálido amanecer en un mediodía de pleno verano. La enorme bola de fuego cruzó el cielo dejando tras si una enorme estela de humo y cuando minutos más tarde, la gigantesca ola de choque llegó a donde el pequeño Leonardo y sus vecinos contemplaban boquiabiertos el suceso, los arrojó contra las paredes como si fueran hojas secas sacudidas por un vendaval.
Aturdido, casi sordo y cubierto de rasguños y trozos de cristales de las ventanas que habian explotado por la enorme ola de choque, Leonardo quedó tendido en medio de la calle con su cabeza pegada al piso. Las sirenas tapaban los gritos de los heridos y moribundos que yacian bajo los escombros de las casas derrumbadas. No recordaba cuanto tiempo pasó alli tendido, pudo bien haber sido unos pocos minutos u horas enteras, simplemente permaneció quieto viendo como los pequeños cristales rotos reflejaban la luz del día, que finalmente comenzaba a asomar por detrás de las montañas. Alguien lo levantó en andas y llevó hasta un camión del ejército, donde lo acostaron en una camilla y lo trasladaron a un campamento en las afueras del pueblo, donde estaban comenzando las tareas de evacuación y rescate de los heridos.
La mañana dió paso a la tarde y su madre no aparecia por ningun lado, estaba solo sentado bajo una tienda de campaña verde oliva mientras contemplaba a los helicópteros que sobrevolaban los valles y trasladaban heridos y rescatistas. Había columnas de humo en muchos de los pueblos, una voz gritaba algo por un altoparlante. La gente alrededor caminaba con la cabeza baja y miraba hacia el norte, donde aún podía verse el rastro de nubes grises que la bola de fuego habia dejado atras. Escuchó hablar de catástrofe, de millones de muertos, del fin del mundo. Un joven Carabinieri se acercó y le ofreció una botella de agua, luego pasaron unas jóvenes con guardapolvos blancos y cascos amarillos y le preguntaron su nombre y apellido. Después se fueron y volvió a quedar solo.
La tarde comenzó a avanzar y los valles comenzaron a quedar envueltos en las sombras. No había nubes en el cielo, solo aquella enorme línea al norte que trazaba una curva de este a oeste, se habia ensanchado y ahora parecia como un sólido muro gris tras las montañas. Leo se recostó contra unas cajas de metal y se quedó dormido.
Lo despertaron unas sacudidas. Sintió el rostro mojado y abrió los ojos. Era su padre quien lo estaba abrazando mientras lloraba sin parar.
-¿Mama? ¿La Nonna? -Preguntó sin despegar el rostro del pecho de su padre.
Su padre lo abrazó aún más fuerte. Tras ellos, una montaña de bolsas negras había estado creciendo durante todo el dia, arrojando una sombra sobre ambos.
Ya caída la noche, padre e hijo abandonaron el campamento a bordo de un helicóptero UH-1. El padre de Leonardo, Enzo era su nombre, era técnico aeronáutico en una de las bases aéreas Norteamericanas que quedaban en Italia luego de la Segunda Guerra Mundial. Volaron en medio de la noche mientras miraban la destrucción causada por el cataclismo. A medida que avanzaban en dirección sur el daño fue cada vez menor y cuando llegaron a la Base de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos no observaron ni siquiera vidrios rotos. La actividad en la base era frenética. Se veían aviones rodando por todos lados, helicópteros de combate y de carga aterrizaban y despegaban en extensas líneas a cada lado de la base. Soldados agrupados en escuadrones abordaban el primer transporte que estuviera disponible, todo en la base estaba en movimiento.
Enzo llevó a su hijo hasta una barraca situada junto a unos enormes hangares, ahora vacíos. Lo acostó en la cama y lo cubrió con las pesadas mantas del ejército.
-Descansa hijo. -Dijo besándole la frente
-¿Dónde está Mamá? -Preguntó el niño con voz débil.
Su padre le acarició el cabello y permaneció junto a Leonardo hasta que se quedó profundamente dormido. Cuando la respiración del niño se hizo más pausada el hombre se puso de pié y se encaminó hacia la puerta, pero se detuvo y miró hacia atrás, hacia su hijo que descansaba.
-Se fuerte Leo. -Dijo y cerró la puerta.
Y Leonardo fué fuerte, porque tuvo que crecer en medio de la guerra más sangrienta de la historia de la humanidad.
El bólido que arrasó gran parte del viejo continente, cruzando el Atlántico y América del Norte para estrellarse finalmente contra una remota isla del sur de Japón, resultó ser una nave espacial de origen alienígena.
Pero antes de siquiera saberlo, la humanidad debió luchar contra el cataclismo que dicho evento habia causado. Docenas de ciudades habían sido arrasadas por las ondas de choques que barrieron la tierra a medida que el bólido descendía por la atmósfera. Desde el Tibet hasta Canadá, los daños causados habían producido la muerte de más de treinta y tres millones de personas en tres continentes. Tsunamis en el Océano Atlántico arrasaron ciudades costeras desde el Golfo de México hasta el norte de Brasil y gran parte de la costa Africana. El impacto en el Océano Pacífico creó olas de más de 80 metros de altura, que arrasaron desde La Costa Oeste de Estados Unidos hasta el norte de Chile, mientras que los tsunamis arrasaron las ciudades y pueblos costeros de Rusia, Japón y China. En solo treinta minutos el hemisferio norte del planeta Tierra había quedado completamente devastado.
El año 2000 llegó y encontró a la humanidad envuelta en la reconstrucción de los daños sufridos. Nadie festejó el cambio de siglo. El hambre, las epidemias y el malestar general crearon focos de insurrección a lo largo del planeta. Los grandes países productores no daban abasto con la provisión de alimentos y el hambre se instauró incluso en los denominados “Graneros del Mundo”, quienes cargaron con la responsabilidad de alimentar los brazos de aquellos que reconstruian lo perdido.
El planeta se militarizó, al principio como una forma de respuesta natural ante la catástrofe y la necesidad de garantizar el reparto de víveres y el mantenimiento del orden, pero ya entrados en la segunda mitad del año 2000 el despliegue de tropas a lo largo de las antiguas fronteras que formaron el bloque occidental europeo resultaron obvias para todos. Los antiguos temores se revivieron, las fronteras se cerraron y el mundo contuvo la respiración. Nadie sabía que la chispa que encendería la mecha de la tercera guerra mundial estaba siendo gestada en una pequeña isla volcánica al sur de Japón.
El secreto no pudo ser guardado por más tiempo.
La ONU fue la encargada de hacer el anuncio. Lo que había caído a La Tierra no era un asteroide tal y como se había informado al principio. Se trataba de una nave espacial de origen Alienígena.
Leonardo recordaba ese momento, como se había acercado al comedor de la base al escuchar el griterío de los soldados y observó por la pequeña televisión a colores como los restos de una gigantesca nave espacial asomaban entre las rocas y lava solidificada.
-Holy Shit. -Escuchó murmurar a un joven soldado que miraba atónito la pantalla. Pronto los murmullos se transformaron en gritos y los capitanes tuvieron que calmar a la tropa. La reacción de los civiles que vivían en la base, la mayoría familiares de los uniformados destacados en la base, no fué muy diferente.
La tensión que rodeaba a las tropas apostadas de la OTAN por un lado y China y la Unión Soviética por el otro, en los alrededores de la pequeña Isla de Ataria del Sur se hizo insostenible. La colaboración internacional en la investigación de la nave, ahora denominada Alien Star Ship 1 o ASS-1 para abreviar, había llegado a un alto. Para alarma de los investigadores, resultó evidente que se encontraban ante una nave de guerra, equipada con armamento de una potencia jamás imaginada hasta entonces. Pero lo más preocupante eran los signos que se evidenciaron tras el informe final. La nave había estado en combate y presentaba impactos en varios puntos de la popa. No solo habia entrado en combate, había huido de sus atacantes.
De pronto los líderes mundiales se enfrentaron a la amenaza real de una guerra interplanetaria. Sea quien sea que había atacado a esa nave también la había perseguido. Y si la ASS-1 había llegado a La Tierra, no cabía ninguna duda de que otras podrían seguir su camino. Se tomó entonces la decisión de reconstruir la nave para hacer frente a un eventual ataque alienígena, no obstante los esfuerzos de reconstrucción, la crisis humanitaria sumados al estado general de rebelión de muchos de los estados eran un obstáculo mayor para semejante emprendimiento, que requeriría los recursos de todo el planeta y ante el estado de caos que envolvía a toda la humanidad, se requirió de la creación de un gobierno central que pudiese coordinar dicha operación.
La creación del Gobierno Unificado de La Tierra fué una decisión que todavía hoy genera polémicas entre los historiadores, todos concuerdan en lo autoritario de la medida, pero dado el poco tiempo transcurrido entre el comienzo de la restauración de la ASS-1 y el inicio del primer ataque Alienígena, la medida fue catalogada de necesaria.
La ONU fué disuelta y los equipos internacionales de investigación fueron expulsados de la Isla Ataria del Sur.
Las hostilidades comenzaron primero en Medio Oriente, en cuanto los estados que componían la Liga Árabe perdieron el apoyo de sus antiguos aliados y clientes petroleros. La tecnología extraída de los restos de la nave produjo la creación de una fuente de energía que hizo obsoleto el uso del petróleo en apenas un año. Sin apoyo financiero, los antiguos principados fueron arrasados por las milicias y los jeques reemplazados por líderes religiosos. El flujo de petróleo se cortó definitivamente y los países que no disponían de la nueva tecnología de reactores sufrió una profunda crisis energética.
Mientras tanto, Leo continuó viviendo en la base junto con su padre. Aprendió Inglés y comenzó a estudiar junto a otros niños que estaban en su misma situación. La base comenzó a expandirse, su estratégica posición en el Mediterráneo que servía como una cabeza de puente para las operaciones en los Balcanes hizo de la base la principal concentración de tropas en la península itálica. Leonardo comenzó a aprender el oficio de su padre, con apenas 15 años ya sabía soldar, desarmar y limpiar piezas de motores y se convirtió en el miembro más jóven del equipo de mecánicos que servía a la flota de alas rotativas de la base.
Entonces una noche, comenzó la guerra.
Todo estaba silencioso en la base, las patrullas estaban en el aire hace horas. Las luces permanecian apagadas y los hangares estaban cerrados. El grupo de mecánicos estaba reunido junto a una pequeña estación de radio escuchando el parloteo de la torre de control, entonces las Baterías Patriot de la base empezaron a disparar.
Leo trepo por entre las cajas de municiones y se asomó a una pequeña ventana para mirar hacia afuera, vio el cielo como nunca lo habia visto antes.
Miles de misiles cruzaban el cielo nocturno de un lado a otro. Las baterías antiaéreas disparaban a todo lo que se movía en el cielo y dada la enorme cantidad de misiles que avanzaban desde el este, no tenían problema en abatir algo cada vez que abrían fuego. No era un ataque táctico, era un bombardeo con misiles de saturación completo, las explosiones en el cielo eran tan numerosas que iluminaban la tierra como si de una tormenta eléctrica de dimensiones titánicas se tratase. Aquí y allá, en las faldas de las montañas o en los valles o incluso en el medio de los pequeños pueblos se veian las rafagas de los cañones o los misiles de una batería subiendo hacia el cielo en forma ininterrumpida, pronto las líneas de humo verticales que ascendían desde la tierra se unieron con las que surcaban los cielos y el paisaje adquirió un aspecto irreal. Entonces las defensas ya no pudieron contener las oleadas de misiles y muchos alcanzaron su blanco.
Los mecánicos abandonaron el hangar y corrieron hacia un refugio cercano. Los misiles caían por todos lados, destruyendo hangares y depósitos por igual, estaban rodeados por las llamas pero se arreglaron para entrar en un refugio excavado en una ladera. Dentro el silencio era completo. Esperaron y esperaron hasta que la intensidad del ataque cesó, al salir, vieron a la luz del pálido amanecer los restos de la enorme base, reducida a un montón de escombros.
La Guerra de unificación había comenzado rápida y brutalmente. En solo 12 horas todo el frente europeo, desde el Mediterráneo hasta Finlandia estaba envuelto en llamas.
Leo caminó entre las ruinas de lo que el dia anterior habia sido su hogar, esquivando munición sin explotar y trozos de lo que horas antes habían sido seres humanos. Entonces escuchó un rugido y vió aviones sobre su cabeza. Las patrullas, o mejor dicho lo que quedaba de ellas, estaba volviendo a la base. En ese momento Leonardo comprendió que ya no era un joven aprendiz. El también era parte de la guerra.
Los cazas comenzaron a aterrizar en la pista, esquivando los agujeros que los misiles habían causado a lo largo de ellas. El equipo de ingenieros pronto despejó las calles de rodaje y los aviones pudieron aterrizar como podían, muchos se estrellaban y ardían, pero sin municiones y casi vacíos de combustible, eran retirados de la pista con palas mecánicas apenas quedaban parados.
Muchos cazas estaban dañados más allá de todo arreglo, el equipo de técnicos comenzó a desarmar lo irrecuperable para poder arreglar aquellas aeronaves con daños ligeros. Material proveniente de depósitos ubicados fuera de la base comenzó a llegar y en solo un par de horas nuevas patrullas pudieron salir de la base.
Esto se convirtió en prácticamente una rutina para los combatientes del nuevo Gobierno Unificado. De día debían reconstruir lo que de noche era bombardeado por una lluvia incesante de misiles crucero mientras el personal se ocultaba en los refugios.
Esto duró meses y solo cuando el frente se hizo irregular y las bases de misiles de uno y otro bando fueron neutralizadas, el bombardeo constante finalizó. Era el momento del ataque móvil, donde la superioridad aérea y las tropas de tierra debían recuperar o defender territorio. Las bases principales del viejo continente quedaron fuera del alcance de los misiles y las operaciones se reanudaron las 24hs del dia.
Así pasó el tiempo y una tarde, mientras Leo ajustaba tres misiles Hellfire a una de las estaciones de armas de un Helicóptero Apache, vió con asombro como un enorme Chinook llegaba a la base transportando algo que nunca había visto. Era un robot gigante, de casi 10 metros de altura, pintado con colores del teatro de operaciones de Europa. Todos los técnicos levantaron la vista y quedaron boquiabiertos al ver otro helicóptero tras el primero y detrás otro más… había toda una línea de naves en el horizonte, cada una de ellas transportando un robot colgado de cables de acero.
Fué el primer contacto de Leo con la tecnología desarrollada para combatir a los gigantes alienígenas.
Pronto los enormes robots comenzaron a operar desde la base y los hombres se acostumbraron a ellos. Eran al fin y al cabo máquinas de guerra, no muy diferentes a un tanque o a un helicóptero.
La guerra continuó y los años pasaron, a fines del año 2005 Leonardo era ya jefe de su propia unidad de técnicos y fue relocalizado. Con lágrimas en los ojos se despidió de su padre y le juró que cuando terminase la guerra volvería a su Italia natal para vivir junto a él.
Leo nunca volvió a Italia y jamás volvió a ver a su padre.
Fué transferido a Estados Unidos y desde allí, hacia el pacífico, a los restos de una isla que alguna vez había sido un volcán inactivo pero que ahora se había convertido en el pedazo de tierra más importante para la humanidad. Leonardo vió la isla Ataria del Sur, ahora rebautizada como isla Macross, desde la pequeña ventana del avión C-130 que lo transportaba. Entonces posó sus ojos en la nave que había visto en la televisión casi 5 años atrás, ahora cubierta por estructuras de soporte y equipos de soldadura en plena tarea de reconstrucción de la misma. Esa imagen jamás se borró de su memoria.
Una base había sido construida a los pies de la gigantesca nave y en esa base fue destacado Leo. Cuando entró al hangar y vio la clase de aviones que debía mantener casi se desmayó de la impresión.
La guerra duró casi 8 años. Cuando las hostilidades cesaron en el año 2008 Leonardo era ya considerado uno de los mejores técnicos de mantenimiento de las nuevas aeronaves variables del Ejército de Unificación. No era de extrañarse, habiendo estado bajo las órdenes directas del legendario Raizou Nakajima.
Llegó el año 2009 y la enorme nave estuvo por fin terminada. Para entonces casi toda la isla había sido transformada en una vibrante metrópolis donde las mejores mentes científicas de occidente se habían reunido para poder desentrañar los misterios de la tecnología alienígena. Junto a ellos, una enorme población civil había crecido alrededor de la nave, la mayoría proveniente de familiares de los técnicos que trabajaron en la titánica obra de reconstrucción.
Leonardo recordaba como una tarde, estando de franco con varios de los muchachos del equipo, habían ido a comer comida china a uno de los numerosos restaurantes que servían a los soldados en sus días libres. Una jovencita de no más de 15 años le había servido un enorme plato de fideos de arroz con vegetales, el tazón era tan grande que la joven se movía con dificultad por entre las mesas. Leo se levantó y ayudó a la joven a servir la mesa, recibiendo las gracias con una inclinación de cabeza a la manera oriental que hizo que el joven técnico se sonrojada. Al percibir la mirada de pocos amigos del dueño del restaurant Leonardo se sentó rápidamente y se puso a comer sus fideos sin levantar la vista del plato.
Leo volvería a ver a esa joven oriental tiempo después, esta vez desde la pantalla de televisión de la MBS.
El día del despegue inaugural de la nave, ahora denominada SDF-1 y conocida más comúnmente como Macross, fué la vuelta de la pesadilla de la guerra a la vida de Leo.
La Primera Guerra Espacial comenzó con el rugido que sacudió a la isla Macross, cuando el cañón principal de la nave entró en funcionamiento, abatiendo dos naves de reconocimiento alienígenas que estaban entrando en la órbita del planeta Tierra. Inmediatamente un bombardeo desde el espacio produjo graves daños a la ciudad, forzando a los ciudadanos, incluido Leo, a buscar refugio en los cientos de bunkers, remanentes de la Guerra de Unificación, distribuidos a lo largo de la isla.
La Macross despegó en medio de una batalla que Leo no pudo presenciar, pero no pasó mucho tiempo hasta que el destino lo volviese a unir con la gigantesca nave.
Durante un fallido procedimiento FOLD, uno de los primeros que se hacían bajo condiciones de combate, la SDF-1 al mando del Capitán Global efectuó un salto hacia la órbita lunar, tratando de escapar de la trampa en la que se había convertido la isla. No obstante emergieron en algún punto del borde exterior del sistema solar, junto con la totalidad de la Isla Macross y parte del océano Pacífico que los rodeaba.
Fueron rescatados por los tripulantes de la SDF-1 y desde ese momento Leonardo se convirtió en uno de los pocos humanos afortunados que viajaron en la nave que años más tarde fue considerada como el arca de Noé del siglo XXI.
Leo puso el juego en pausa. Había llegado al nivel veintitrés sin perder una sola vida. Frente a él, las pantallas solicitaban su atención.
Realmente no necesitaba este trabajo. Tenía 7 hijos, 12 nietos y tres bisnietos. Podía vivir en paz en cualquier lugar de la galaxia que quisiera, sin preocuparse por el dinero. Lo que hacía, lo hacía por una especie de obligación moral, quería evitar que su familia pasase por lo mismo que él había pasado. Por eso vigilaba el espacio, buscando signos de flotas Zentradis no identificadas, tratando de prevenir una nueva guerra de aniquilación.
Desde su posición en el lejano brazo de Perseo, toda la Vía Láctea se desplegaba ante sus ojos. En algún lugar entre esas millones de estrellas estaba su familia y más allá, hacia el centro de la galaxia estaba… un pitido llamó su atención. Leo abrió una pequeña ventana y examinó los datos… curioso, había una lectura de una perturbación en el espacio FOLD, pero no había sido detectada por los sensores que en ese momento escaneaban un sector opuesto de la Galaxia. Agrandó la ventana y examinó los datos. Eran terrorificamente claros, había habido una descarga de energía dimensional, con seguridad producida por un cañon de energia. Leo resaltó la firma de la lectura y solicitó a la computadora que la compararse con la base de datos, el resultado lo dejó boquiabierto.
-ASS-1. -Repitió asombrado.
Cerró los ojos y los volvió a abrir, pero lo que estaba en la pantalla no había cambiado. Entonces otros detectores de la Barrow devolvieron la misma lectura. No había error en los datos, una nave similar a la que había caído a La Tierra había disparado su arma principal en las cercanías, Leo consultó la posición aproximada y el corazón se le detuvo por un segundo: 22 años luz de distancia, sólo había una cosa a esa distancia de la Barrow.
-La Rainbow. -Murmuró Leonardo.
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