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NOEL 666 por Hollie

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Notas del fanfic:

Esta historia estara dividida en 3 partes. 

1) La convivencia de Emelia y Abner. Situado entre los capitulos 9 y 10 de Noel.

2) La continuación después de Otoño (Cap.21 Noel)

3) A un año después de Otoño. 

Notas:

Todo es producto de mi imaginación e investigación. Aclaro que cualquier enfermedad genetica no es debida a algun designio divino o algo por el estilo. ¿Entendido?

Diciembre 24.

Entre un manto de sueños y el resplandor del nuevo día Emelia abre los ojos, después de haber sido forzada a dormir por Joel, su cuerpo se siente más recuperado y liviano del dolor que ayer la azoto. Estirándose despierta cada sentido de su cuerpo, sintiendo el peso del relicario que cuelga en su cuello, su mirada se centra por un instante en el tulipán amarillo que yace junto a su cama.

Una vez duchada, arreglada, y con ambas dagas a los costados de sus caderas se encamina a la cocina con cierto tulipán en mano. Entusiasta anda entre los corredores de su hogar, examinando con su mirada a cada uno de los intrusos que se cruzan por su camino, entre su andar y las miradas de tantos sobre de ella aprieta con fuerza la flor entre sus manos, lamentándose después al haber dañado su tallo.

El murmullo de algunos llega hasta sus oídos y la hiere lo que escucha. Hoy es el mundialmente conocido aniversario luctuoso de seis días, “Die Dunkle Tage”. Los días oscuros, así fueron llamados hace veintidós años, en aquellos días millones de infantes menores de un año fueron tomados de sus hogares, hospitales, alberges y calles del mundo. Cada día y noche se hicieron escuchar los lastimeros lamentos de los progenitores heridos, la furia contenida de los padres asustados y confundidos, los sollozos de las madres que pedían a gritos volver acunar entre sus brazos a sus niños, pero la tragedia fue incrementado con forme los días pasaron, los infantes que desaparecían vivíos reaparecían al día siguiente muertos; la furia irracional de los hombres hizo temblar la tierra y los desgarradores gritos de las mujeres hicieron tronar al cielo, en sus brazos solo pudieron acunar los cuerpo inertes cubiertos de sangre y suciedad de sus hijos. Lo locura domino en las frágiles mentes humanas, el pánico alimento los miedos y pronto buscaron a quien marcar como el culpable de las atrocidades. Pocos infantes tuvieron la suerte de sobrevivir, regresar con sus familias y jamás recordar por lo que tuvieron que pasar; también pocos fueron los humanos que no se mancharon las manos con la sangre de su prójimo.

Emelia sintió un hueco en el pecho, su cuerpo se estremece al pensar en aquellos horribles días, ella no recuerda nada al igual que su hermano Andrew. Aunque ellos tuvieron la suerte de sobrevivir no se salvaron de perder a sus familias sanguíneas, pues ambos no son hermanos biológicos y tuvieron la suerte de ser encontrados por ángeles al servicio de los Izurieta; quienes los aceptaron, quisieron y dieron las vidas que hoy en día poseen.

Aún recuerda cuando a los doce años su madre le explico que ella y Andrew no eran sus hijos biológicos pero los amaba como si lo fueran y como a través de estudios genéticos descubrieron que Andrew desciende de uno de los primeros Izurietas, heredando la anomalía genética de toda su estirpe y Emelia, ella fue la incógnita para todo, no descendía de algún Izurieta pero presentaba el mismo mal genético. Ante la duda todos se preguntaron quiénes eran sus padres o sus ancestros, pues un recién nacido no sería sentenciado a una muerte larga y lenta sin haber cumplido ningún pecado.

Como era de esperar del hombre, buscaron, inventaron y nombraron lo que no entendían. Todos concluyeron que quizás ella podía ser la última hija de los Errantes, siervos que en los principios del tiempo fueron los escoltas de los Monaceto, que al atentar contra estos  fueron acusados de herejía y traición, siendo juzgados y perseguidos por el arcángel Rafael. Esa fue la explicación que recibió la anomalía genética de Emelia. Ella no es de la gracia del arcángel de la salud, Rafael.

Un suspiro escapo de sus labios, sí eso fuera cierto se explicarían sus aptitudes en combate y su amor-odio por los Monaceto. Al entrar a la cocina fue inevitable todo lo que sucedió; la discusión se desato ante el desagrado de Joel por ser tratado como un igual a Emelia. La experiencia la hizo recordar al ser que él solía ser cuando lo conoció, arrogante, engreído y soberbio; aquel que solo velaba por su propio bien y en alguna ocasión la ataco. “No significas nada para mí, niña, grábate eso” Fueron las palabras que él le dedico cuando en verdad se conocieron por primera vez, cuando Emelia peleo contra él y Joel sujeto su espada contra su cuello en sentencia de muerte.

Sus ánimos se fueron hasta los suelos, incluso temió pisarlos tras cada paso que daba. Joel jamás había tenido la intención de ser su ángel guardián, fue la astucia de Jolly lo que lo metió en esto y su curiosidad por saber quién es aquel que lo rebeldes consideran como su líder y nombran Noel. La legendaria proeza de los cielos, que se dice aún no ha nacido.

Sin un rumbo fijo sus paso se fueron moviendo llevándola hasta donde una intensa discusión tenía lugar, su padre y hermano discutían en la sala privada de la biblioteca. Eso solo era sinónimo de problemas. ¡Genial, reunión-discusión familiar! Curiosa se asoma por la puerta entre abierta, el rechinar de la madera hace que la descubran y recobren la compostura ante ella.

–Emelia, adelante, pasa. Esto te concierne. –

Escucha como su padre la llama, alentándola a entrar, sus ojos solo buscan los de su hermano  que se mantiene distante al otro costado de la habitación dándoles la espalda. Emelia se sienta en la orilla del sofá, no queriendo sentirse cómoda para recibir las malas noticias, su padre se pone en cuclillas frente a ella cruzando los brazos sobre las piernas; los mechones plateados entre sus cabellos dorados son la única marca que ha dejado el pasar de los años sobre de él, en los ojos de Emelia aquel hombre sigue siendo el mismo hombre tan atractivo, dulce, astuto y seguro de sí del que se enamoró su madre. Vaya sorpresa.  A sus 50 años, él se mantiene en forma y gloria, volviéndose una leyenda entre los suyos; al sonreír, alrededor de sus ojos se forman algunas arrugas como otro recordatorio del pasar de los años, de su sabiduría, su dedicación, integridad, sus logros y su estupidez humana.

–En siete Días. El primero del nuevo año, partirás conmigo por un mes. Iremos por la cura. Y tu hermano se ocupará definitivamente de todo a partir de ahora. –

La voz de Douglas Izurieta fue estricta, dejando en claro que no aceptaría alguna negativa ante sus decisiones. La indignación fue un sentimiento que abrazo a ambos mellizos Izurieta. Andrew fue el primero en alzar la voz, asiéndole frente al Guardián del Mar Negro.

– ¡No! ¡Me niego! No puedo hacerle eso a ella. –

–Hazlo o deja que OTRO con más agallas ocupe el lugar. –

–Él lo acepta. –  el silencio fue testigo del asombro de ambos hombres, las miradas hostiles entre ambos disminuyeron pero no se extinguieron e incluso dolida, Emelia, se atrevió a bromear sobre el asunto –Necesito que alguien me caliente la silla hasta mi regreso a ser la líder. –

– ¡Emelia! –

Su padre la reprende como a una niña que ha dicho algo indebido, Andrew esbozo una sonrisa taimada mientras ella se levanta del sofá quedando frente a él. Imito su sonrisa, pensando cuanto le encantaba ver a su hermano sonreír, acortando los centímetros que los separaban.

–Lucharé. No te la dejaré fácil a mi regreso ¿Entiendes? –

Las palabras sonaron como un susurro cómplice, pero ambos sabían que se trataba de un desafío entre los dos. Por la cercanía sus alientos chocaron, perdiéndose en la atmósfera peculiar que han creado, vuelven a la realidad por la voz áspera de Douglas Izurieta, su padre.

–Después consumirán el compromiso. Ahora vamos. Hay que anunciarlo. –

Tirando del brazo del mayor de los mellizos Izurieta, su padre se lleva a Andrew y Emelia termina sola en la sala. Pasados algunos segundos, exhausta y con  la boca seca se encamino en busca de agua para refrescarse, dejando caer su fortaleza tras cada pasado. Entrando a la cocina, se sentó en uno de los taburetes, con los codos sobre la barra sus manos cubren su rostro escondiéndose junto con sus dudas.  ¡Deben de estar bromeando! Se repitió, volviéndose pesada su respiración. ¿Tan inútil soy? Sus ojos se humedecieron. ¿Mí ineptitud me sobrepasa? Recordó que todo iba conforme al plan, ella llegaría a la cima abriéndole paso a otro y cederle todo al alfa que su padre eligió, Andrew. Su amado hermano mayor.  ¿Tan imbécil soy? Una punzada golpeo su pecho, ella misma les había dado la excusa perfecta para degradarla, su salud era deplorable. El dolor a traición la llevo a maldecir.  Maldita enfermedad, maldita cura. El nudo en su garganta se hizo notar cada vez más, encontrándose a punto de gritar, una risa amarga salió de su garganta y pronto las lágrimas seguirían su camino. La madera se escuchó rechinar, al girarse encontró a Abner Iffter recargado en el marco de la puerta.

–Todos necesitamos un momento de privacidad, un lugar  para nosotros mismos. – Emelia lo miro incrédula –Y aquí nunca lo tendrás, ven, quiero mostrarte algo. –

Abner Iffter, el Embajador del Inframundo le ha tendido la mano. Un demonio le ha mostrado un gesto amable a un Guardián. Aún más incrédula que antes, Emelia no deja de mirar aquella mano abierta solo para ella y a su mente volvieron las palabras que alguna vez le dijera la vieja Dalila "Las posibilidades siempre te estarán abiertas" ¿En serio voy hacer esto? se cuestionó, pero tomo su mano antes de que la duda la tomará a ella. En cuánto ambos se tocaron él aseguro el agarre, tirando con fuerza de ella la hizo chocar contra su pecho y guio hasta el estudio. Ella lo miro con confusión y él con completa diversión típica en un demonio.

– ¿Lista? – Iffter le pregunta a Emelia, desplegando unas  majestuosas alas negras semejantes a las de cualquier ángel sino fuera por el oscuro color. Por inercia ella se acercó a él e Iffter la rodeo con sus brazos al ir uniendo sus alas y formar un capullo negro. Emelia cerró los ojos con fuerza, sabía lo que vendría y a su estómago no le iba a gustar. Abner ciño sus brazos a su cuerpo como si temiera que ella huyera de él, la sorpresa la hizo emitir un jadeo; sintiendo su calor rodearla, su cercanía, su embriagador aroma, su imponente figura, su protección y escuchar el rítmico palpitar de su corazón. Madre Santa, ¿me atrae este hombre? Se cuestionó ante la comodidad que le podría brindar aquel demonio. ¡NO!  

Se separaron una vez se abrió el capullo que formaron sus alas, Emelia sentía el estómago en la garganta y necesitaba tranquilizar su acelerada respiración. Al levantar el rostro algo parecido a un resplandor dio directo en sus ojos avellanas, cubriéndose de la luz miro con descaro el demonio frente a ella. Abner se mantenía de pie con los brazos cruzados, desplegando un par de elegantes y majestuosas alas negras a sus espaldas. ¿Acaso era él un caído? ¿O el resultado entre la cruza de un Demonio y un Caído? Imposible. Reflexiono Emelia al recordar la enemistad entre especies. Continuo mirando a Abner, quien parecía absorto en mirar algo a su costado izquierdo más allá de donde sus ojos humanos podían divisar. Si él no lo notaba, no había problema con que lo mirase un poco más.

¿Qué era él? Preguntó mientras lo miraba por completo, luciendo tan perfecto con aquella luz a sus espaldas dándole un toque angelical, su piel blanquecina y su complexión física como la de cualquier ángel o demonio con perfecta salud y un gimnasio personal. Las alas en su espalda son del mismo color que sus cabellos oscuros, dándole una imagen contradictoria entre humano y ser de otro mundo. Y sus ojos grises con aquellos destellos verdosos, son tan profundos que lo vuelve un completo misterio, que aunque le costara aceptarlo son algo que ella ansia descubrir.

¿Qué eres? Reitero la pregunta. Abner sería del tipo que le gustaría si no existiera Joel. Tan atractivo… tan tentador… tan sensual. Y tan patán que sabría cómo engañarla con aquel físico, que no cabe duda de que él es un demonio.

Excitada, se mordió el labio inferior, mirando a su alrededor perdió el habla, abriéndosele los ojos y la boca a más no poder. Bajo sus pies el césped es verdinegro, con un vasto lago y un par de metros más adelante una cascada con forma de escalera. En las aguas podía ver el reflejo de la imponente luna llena que surcaba los cielos oscuros con tintes lilas en los bordes que tocan las aguas. La enigmática luna cautiva a Emelia con su belleza, es tan grande y parece tan próxima a ella que piensa “con tan solo estirar mi mano podré tocarla”, que en un acto infantil lo intenta y fracasa, divertida ríe por su propia credulidad. A su alrededor ve como surgen cientos de puntos luminosos, primero asustada después cautivada ve como es rodeaba por cientos de luciérnagas que engrandecen la belleza visual del lugar. Abner carraspea, interrumpiendo sus efusivos pensamientos sobre lo increíble que es este lugar.

–Te quedarás conmigo por seis días, la protección que existe aquí te mantendrá desconectada y a salvo del exterior. –

Ante sus palabras lo único que pudo pensar mientras se le borraba la sonrisa de su rostro fue ¿Eh, viviré con él? Vio a Abner pasar de largo a ella, caminando en dirección a una acogedora cabaña a unos metros más adelante. Emelia parece tomarse su tiempo para asimilar toda la información, se encuentra en un lugar extraño, con un hombre extraño que es un demonio, no tiene ninguna pertenencia aquí y el lugar es acogedor. Inhalando la mayor cantidad de aire que pudo cerro los ojos por unos instantes, lentamente fue exhalando y concluyo que no escuchaba la voz en su cabeza y su relicario se sentía vacío. Bufo. Que otra le quedaba que aceptar la hospitalidad de Abner Iffter. Camino hasta la cabaña y en la entrada la esperaba dicho demonio, Emelia fue la primera en entrar y después él la siguió. Mostrándole cada una de las habitaciones en las dos plantas y asignándole una recamara en la cual podría descansar, para su sorpresa la cabaña contaba con todo lo necesario para albergar a cualquier humano e incluso contaba con un sistema de electricidad; al terminar el recorrido Emelia se dirigió al exterior para admirar la vista, encontrando la misma imagen que dejo a sus partida. Cuidadosa, se acercó a la imagen que parecía una fantasía, contemplando la belleza del lugar sintió una corriente de aire golpearle el cuerpo y una voz susurrante decirle “Ven”, con calma y discreción giro a ver a los alrededores en busca de quien la llama, solo escucho y vio como algo se movía entre los arbustos a sus espaldas. Dirigió una mirada rápida a la cabaña y se encamino a su travesía, siempre manteniendo las manos cercanas a las caderas para mayor facilidad al momento de desfundar sus dagas.

Siguió aquello que se moviera tan ágilmente entre los arbustos y las copas de los árboles, Emelia dedujo que se trataba de un demonio y no habría que confiarse por su tamaño, podría ser una trampa y su enemigo más fuerte de lo que ella pudiera creer; era algo así como aquel dicho, “no juzgues al libro por su portada”. En cada paso la Guardiana fue notando que se adentraba más al bosque, alejándose de la cabaña, y notando el decremento en la velocidad de su guía lo que solo podía significar una cosa, se estaba acercado ¿a qué?, esa era mi pregunta del millón. Su guía anduvo entre los pastos y arbustos secos que había a su alcance. Rodeaba por un paisaje de árboles torcidos con ramas secas y puntiagudas, más adelante resalto un manzano fresco y maduro entre sus compañeros seniles y deformes, su guía que se mantenía en un movedizo arbusto seco salto a la copa del manzano pero las hojas de este no se movieron fue como si su guía se hubiera esfumado con el viento. Y Emelia lo sintió, acercándose al manzano coloco su mano derecha sobre el tronco, lo podía sentir, un Terrist la estaba llamando.

–Soy la Guardiana de la Armonía. Hablemos. ¿Eres Vegget?–

–No. – respondieron desde el interior de manzano,  la respuesta fue tan débil que casi fue inaudible.

– ¿Quién eres? –

–Armonía… – susurraron débilmente

–Sí, esa soy yo. Muéstrate ante mí. – Emelia junto su frente al tronco del manzano, sabía que ahí se encontraba aquel Terrist, una criatura encargada de proteger y cultivar la tierra, pero no lo sentía bien sino como si estuviera atrapado entre dos objetos.

–No puedo… campo… yo débil…– se quejó aquella voz con dolor.

– ¿Cómo te llamas? –

–Corrat... – respondieron como en un gemido

– ¿Corrat? Espera, te ayudaré a hablar. –

Emelia desenfundo ambas dagas, buscando una forma de ayudar al Terrist, imaginaba que este se encontraba atrapado entre su posición fija en el manzano y la protección de Abner, algo así como estar atorado y aplastado entre dos paredes de concreto. El pobrecillo debía de estarla pasando mal. La guardiana rodeo al manzano más de una vez, memorizando cada parte de él y clavo a los costados del árbol sus dos dagas, susurrando la palabra “Terra”  un campo de protección verdín cubrió al manzano, Emelia corrió feliz y pego su mejilla al tronco.

  –Listo, Corrat ¿te sientes mejor?– escucho un pequeño y aliviado suspiro, a lo que ella respondió –Que bueno. –

–Gracias… – susurro el terrist para no hacer mala fala de los modales  de su especie; era por eso que lo decía no porque en verdad sintiera gratitud sincera hacia el Guardián.

–Todo sea por ayudar. Corrat, dime qué haces tú aquí. – la voz de Emelia fue suave – Y por qué me llamaste, ¿Corrat? –

En las profundidades del manzano un hombrecillo delgado de mejillas rosadas por sobre esfuerzo y sencillas ropas de campo se mantiene callado, pensando en si hablar o no. El pequeño Terrist no podía entenderlo porqué un Humano Guardián seria amable con él, porqué tendría ciertas consideraciones con él. Cualquier otro guardián lo hubiera dejado sufrir y esperado solo el mensaje, no ayudarlo y ser gentil con él, ¿qué era esa guardiana y cuál dijo que era su nombre? Armonía. Armonía. Se repitió esbozando una sonrisa risueña, quizás esta guardiana era diferente, quizás Vegget tenía razón al confiar y proteger de  esta Humana. Con voz decidida, tomo aire y dijo lo siguiente:

–Vegget me ha enviado. A dicho: Tened cuidado Guardiana, el demonio está interesado en ti y es peligroso. La sangre ha sido esparcida. Cuidaos bien y nos veremos en un par de lunas. – el Terrist sintió la cercana presencia del embajador  –Ahí viene. Corrat debe de irse, el embajador es muy territorial. –

–Está bien. Dile a Vegget: Gracias. Los veré a todos en un par de lunas. Protéjanse. –

Y la presencia del Terrist desapareció junto con su campo de protección. Al darse la vuelta Abner ya se encontraba ahí, Emelia tomo sus dagas volviendo a enfundarlas paso frente a Abner sin ninguna culpa o remordimiento de haber estado con un Terrist, un demonio de la clase más baja que pueda existir. Volvieron juntos a la cabaña, Abner entro a la cocina y Emelia subió a su recamara, al tocar la cama su cuerpo sucumbió ante el cansancio, la protección que hizo para Corrat la había agotado más de lo que pensó pero de algo estaba segura. Abner contaba con una excelente seguridad.

Emelia durmió el resto de la tarde y despertó a lo que parecía ser el anochecer. La luna llena del exterior no le ayudaba mucho a saber si era de día o de noche, solo el cielo  se veía más oscuro y la luna un tanto más luminosa. Bajo en busca de Abner o algún alimento, lo que encontrara primero. Encontró la cocina y busco entre las gavetas algo que engullir, siendo sorprendida por un curioso Abner que solo se dedicó a observarla con escrutinio.

– ¿Hola? – dijo ella cerrando la gaveta que acababa de abrir.

–Hola, Dormilona. –

–Tendrás algo de comida por aquí, tengo hambre. –

***

Ambos se sentaron en los sofás frente a la chimenea, al parecer la noche se hace presente cuando paisaje del exterior es más hermoso y la luna más luminosa. Entre la penumbra, el crujir de la madera en el fuego es el único ruido y luz que domina en la habitación, cada uno en un sofá siente el calor de fuego, Abner le ha prestado a Emelia algunas de sus ropas para dormir. La mujer tiene la mirada fija en la taza de chocolate caliente que hay entre sus manos tibias, mientras el gobernador del inframundo, Abner, con las manos juntas frente a los labios mira el movimiento de las llamas. Somnolienta, la guardiana roza el dedo índice sobre el borde de la taza, hace lo mismo una vez y dos veces más, hasta que Abner le habla sin siquiera mirar.

–Sé sobre tu sangre “híbrida”, tu encuentro con Noel en el pasado, tu degradación como líder de los Guardianes. Y que estas próxima a morir si no bebes la sangre de Demonios sedientos por la tuya. – sus ojos se fijaron en Emelia, que se paralizo ante la sorpresa. ¿Cuánto sabe él de mí… Alguien sabe qué estoy aquí…? El miedo fue el peor cobijo que pudo recibir en esos momentos –Estarás segura aquí. No debes de temerme, somos amigos. ¿Recuerdas? –

De algún modo sus palabras la tranquilizaron y su sensual sonrisa la hizo desviar la mirada e implorar a los cielos que él no notase el rubor en sus mejillas. Fingiendo no prestar atención, lo escucho reírse por lo bajo, levantarse del sofá y subir las escaleras al primer piso. Emelia tomo un sorbo del chocolate caliente, exhalando vio cómo su aliento se convertía en vapor caliente y musito un débil:

–Gracias, supongo…–

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