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Beso de muerte por Sasy-Angelito

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     Un día, sólo eso. Un día le había pedido ella; y él se lo concedió. Aún sabiendo que rompía las reglas.

     Pero era ella… la que con verla, su corazón daba un vuelco. Aunque, eso era una vil mentira, ya que el no poseía aquello que bombea la sangre por cada rincón del cuerpo; y mucho menos poseía sentimientos. Mas, no lograba entender el porqué era diferente con ella.

     Traspasó la puerta sin siquiera abrirla. Subió las escaleras sin hacer el menor ruido, ya la noche había caído y todos dormían. Caminó por uno de los pasillos e ingresó a la habitación, tal y como lo hizo con la entrada. Avanzó en silencio hasta la cama; pero la encontró vacía.

     —¿Vienes a llevarme? —preguntó una suave voz a sus espaldas. Él se giró para encontrarse con la persona que le hablaba.

     —Sí —contestó mirando sus ojos melados, gracias a la poca luz de la luna que se colaba a través de las cortinas de la ventana.

     —Entonces, ¿eres la muerte? —interrogó con suavidad, acercándose a él.

     —Sí.

     —No lo pareces. —Ella se fijó en él, parecía de 18 años. Sus ojos negros no demostraban sentimiento alguno; su cabello, del mismo color que su mirada, estaba levemente desordenado, debido a la suave brisa de la noche—. Tus ojos se ven vacíos —dijo acercándose aún más—. ¿No tienes sentimientos?

     —No —susurró con tranquilidad—. Si los tuviera, impedirían mi trabajo.

     —Es verdaderamente triste —musitó viéndolo fijamente, sin perder ni siquiera un movimiento de quien tenía al frente. Lo que hizo que él retrocediera un poco, aquella mirada le daba escalofríos. En ella no había temor a lo que pudiera pasar. ¿Cómo, sabiendo que era la muerte, no le temía?

     —¿No me temes? —Ella seguía acercándose. Negó suavemente; pero una mueca de dolor apareció en su pálido rostro, e hizo que casi cayera al suelo.  Pero el rápido movimiento de él, al sostenerla por la cintura, lo evitó. La ayudó a sentarse de nuevo en la cama.

     —Sé que no me harás daño —hablaba con increíble calma.

     —Pero ¿sabes lo que te haré? —interrogó él con duda, mirándola desde arriba.

     —No temo a la muerte —respondió con suavidad—. ¿Me dolerá?

     —¿Le temes al sufrimiento?

     —Tampoco, sólo no quiero que me duela. Ya es suficiente en vida, no quiero más dolor.

     —No te preocupes, no te dolerá. —Ella se levantó de la cama, con algo de dificultad.

     —Entonces llévame, quiero que deje de dolerme.

     Tomó su mano, se sentía tan cálida. Por alguna razón dudó, se estaba arrepintiendo de llevársela; pero ése era su trabajo y debía cumplirlo. Él nunca había sentido nada. ¿Por qué ahora sí? ¿Qué era lo que sucedía con él? ¿Emociones? Nunca imaginó algo parecido en su ser. ¿Sentimientos? No eran necesarios, lo único que podía realizar era su trabajo, estaba hecho para eso, nada más.

     —No podre verlos de nuevo ¿verdad? —preguntó con tristeza.

     —No.  ¿Te estás arrepintiendo? —Negó con suavidad; pero aún así  pudo ver la tristeza en sus ojos.

     —Dime ¿puedo pedir un deseo?

     —Si lo tuvieras ¿qué pedirías?

     —Un último día. Me gustaría oler las flores por una vez más. Despedirme de mi familia y amigos. —Soltó su mano y lo meditó un poco, quería dejarla, sabía que no debía; pero por alguna razón, deseaba cumplir su petición—. Tranquilo, no es mi intención darte problemas, no importa. —Cerró sus ojos para contener las lágrimas y tomó de nuevo aquella fría mano, la encargada de guiarle a la verdadera eternidad.

     —Está bien, vendré por ti mañana. —Dejó su mano, para sorpresa de ella y empezó a caminar hacia la salida. Volvió sobre sus pasos, tomándola de nuevo, sintiendo aquellos delgados dedos en él—. Si te daré un último día, para que disfrutes… —Le tocó la frente con la mano y cayó dormida—. Lo mejor sería que no sintieras dolor. —Con cuidado la acostó en la cama y salió de allí.

 

     Anduvo por las calles desiertas y sin vida de aquella ciudad. Sólo era una más del montón que tendría que ir a ver esa noche. Una visita que, aunque le gustaría, simplemente no podía seguir posponiendo. Lo único que le gustaba, de aquel mundo, era la luna; tan brillante e inalcanzable, simplemente prohibida como lo era “ella”. Ahora odiaba su trabajo, antes no le importaba; pero esa persona ¿por qué era diferente? ¿Qué tenía que a sus ojos la hacía única?

     —Es hora —susurró al oído.

     La había observado todo el día, vagando por las calles. No fue capaz de llevársela en la noche de ayer como le dijo. Dejó que se quedara medio día más. La vio reír y jugar con sus hermanos más pequeños.

     Cerró sus ojos, y le dio un abrazo a su madre; quien se extraño, pero aún así le correspondió, de alguna manera, sabía que era el último abrazo que recibiría por parte de su hija. Todo el día se había estado moviendo de aquí para allá, tan sonriente, tan llena de vida. Una que se extinguiría, sin duda,  aquella tarde de verano entre los gritos y risas infantiles.

     Llegó al jardín, seguida de aquel ángel negro que la llevaría a la vida eterna. Su vestido blanco se movió al compás del viento, mientras que las hojas le regalaban un último vals.

     —Estoy lista. —Se paró frente a él—. ¿Qué pasa? —Él dudaba aún si tomar su mano.

     —Creo que voy a cobrarte por haberte dejado quedar más tiempo del que te dije. —Ella sonrío.

     —Ésa decisión fue tuya. —Amplio aún más su sonrisa—. Pero igual dejaré que cobres. ¿Cuál es el precio?

     —Un beso. —Ella no contestó nada y se acercó a él, que la tomó por la cintura y no dudó en adueñarse de sus labios. Fue un beso suave y un poco frio. Al instante el cuerpo de ella cayó al  suelo.

     Su madre salió corriendo de la casa. Al ver a su hija sin respiración,  las lágrimas empezaron a salirle de los ojos y la abrazo en un intento desesperado, porque su pequeña se quedara con ella.

     —Lo siento mamá. Te amo —le dijo al oído.

     —No te escuchará —susurró él—, es hora de irnos. —Ella se levantó y él la abrazó.

     Ambos partieron, nadie podía verlos. Ella iba acompañada de un ángel negro, uno que le había quitado la vida, con un beso. 

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