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La búsqueda por Sasy-Angelito

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Notas del fanfic:

Antes la subía por la cuneta de AngelitoAzul, pero con el problema me he creado una nueva cuenta.

Publico capítulo nuevo todos los miércoles y por ahora lo subiré hasta el 9 que es donde los tenía y en adelante normal.

Mi blog es:

http://sasy-angelitoazul.blogspot.com/

Y si quieren hacer preguntas de mis historias o conocerme:

http://www.formspring.me/AngelitoAzul

 

Prólogo

—¿Sigues aquí? —preguntó una voz a sus espaldas.

—Me recuerda a ella —suspiró  cansado.

—Deberías dejarla ir… ella te pidió que fueras feliz.

—Pienso encontrarla, no voy a rendirme hasta hacerlo. —Estaba decidido. No pensaba rendirse toda su vida había esperado ese momento, al menos ya tenía una pista de su paradero; sintió su energía hace poco y la iba a encontrar. Se lo juró antes de que muriera, lo haría pesar de que ella sólo le pido que fuera feliz.

La luna se ocultó tras las nubes. Ambos miraron el cielo y un brillo empezó a rodear el lugar en el que estaban. Siete sombras aladas aparecieron frente a ellos, todas cubiertas con unas capuchas negras,  por lo cual no podía vérseles el rostro a aquellos seres.

—Hemos tomado una decisión acerca de tu partida —habló la sombra más baja, con una voz cansada por la edad.

—No podrás decirle quien es —continuó de la izquierda de la que había hablado, una voz joven sin duda.

—¿Qué? No, ustedes no pueden decirme qué hacer, soy libre de hacer lo que se me venga en gana —replicó molesto.

—No me alces la voz —rugió el más bajito—. Atente a nuestras reglas. Todo este mundo depende de nosotros. —Fue elevado unos pocos centímetros del suelo, mientras sentía que su cuello era apretado sin piedad.

—Maestro, por favor, aunque le haya alzado la voz no merece la muerte. No le haga daño —rogó el joven de su derecha. Fue devuelto al piso con molestia.

—Todo este mundo de débiles humanos, depende de nosotros, así que atente a nuestras reglas y siéntete honrado de vernos, muchos no tienen tu suerte. —Su voz era imperiosa y no daba lugar a dudas que haría cumplir al pie de la letra sus órdenes.

—Ella debe recordar quién es, tú no podrás decírselo. —Esta vez fue otro ser el que habló, se encontraba un poco detrás del hombre más viejo.

—¡Pero no es justo! ¿Tú estás de acuerdo con esto?—inquirió  al ser que estaba al lado izquierdo del  más viejo, asintió—. Deberías ser el más interesado en que la encuentre—farfulló furioso.

—Muchacho, él  ha entendido. Algo que tú deberías hacer. —El más viejo replicó profundamente—. Si te hemos permitido que vayas en la búsqueda, es porque te tengo aprecio, pero debes entender que hay reglas que debemos seguir. Si la amases harías lo que ella te dijo, vivir. Pero en vez de eso dedicas tu vida a una búsqueda inútil, que lo más posible es que no tenga fin. Te permitimos que la busques, pero no podrás decirle quien fue. Su deber ahora es tener una nueva vida, lo mismo que deberías hacer —reprochó de nuevo, aunque sabía que no tenía caso, él era demasiado testarudo—, y si es feliz no te interpondrás. —Finalizó y tras un nuevo destello todas las sombras desaparecieron

Cuando se fueron le dio un golpe al piso.

—No pienso rendirme —dijo decidido.

La persona a su lado no habló, después de todo no tenia caso pelear una guerra que ya estaba perdida, cuando a él se le metía algo en la cabeza era imposible hacerlo cambiar de idea, lo conocía lo suficiente como para saberlo. Lo único que tenía por hacer era apoyarlo y seguirlo a donde sea que se dirigiera.

 

Capítulo 1: Un mal encuentro

 

Se levantó al escuchar el sonido del despertador. Estiró las colchas de su cama para tenderla y de manera automática se metió al baño.

Alistó su mochila y dejó las cosas sobre la cama, así se ahorraría tiempo al llegar. Se fijó una última vez en el espejo, su cabello estaba algo revuelto, se pasó  la mano y quedó arreglado —ventajas de tenerlo liso—, le daba igual, de todos modos,  lo que pensaran.

El pasillo estaba silencioso y el único ruido que podía distinguirse  eran los ronquidos provenientes de la habitación de enfrente con un cartelito de “Prohibido el paso”, negó con la cabeza y siguió caminando, otras dos habitaciones —una de las cuales usaban de biblioteca—, un baño, la cocina y finalmente la sala comedor, un corredor daba hacia la puerta de salida y finalmente se decidió a irse cerrando la puerta tras de sí.

Bajó por el ascensor, ya que al estar en el décimo quinto piso no le hacía gracia alguna bajar las escaleras.

 

Se dedicó a observar desde la ventana, el correr de las personas que llegaban tardes a sus empleos. Sonrió y vio a lo lejos una chica  saliendo del edificio.

Bebiendo un poco más de su taza de café humeante, tal y como le gustaba, entró en la habitación. El desorden estaba por doquier, con las maletas por ahí tiradas y sin desempacar completamente. No era de extrañar habiendo llegado muy tarde del aeropuerto.

 

 

Sirvió las tazas de café a los clientes, como tantas veces.

—¡Hey, Aranel! —gritó su compañera de trabajo al otro lado del local—. ¡¿Podrías atender la mesa ocho?! —pidió con una sonrisa, resignada se acercó a los chicos.

Llevaba unos jeans gastados y la camisa con el logotipo del “Coffe’s chessire” un gato sonriente con una taza de café.

El local era amplio, de colores fuertes y llamativos; ella aún se preguntaba cómo terminó trabajando allí, en un lugar tan alegre y lejos de sus gustos.

El chico de cabello negro y profundos ojos azules sonrió de medio lado.

—¿Podrían moverse? No tengo tiempo que perder, mi turno acaba en diez minutos y quiero ir a casa —protestó impaciente con su libreta en mano.

—Quiero un refresco de cola, unas papas y una hamburguesa —pidió el chico de ojos verde azulado y cabello castaño—. Para él lo mismo —señaló a su amigo que no se molestó en deshacer el pedido.

Ella se fue hacia la cocina y le dijo al chef lo que querían. Observó su reloj y su turno oficialmente estaba terminado, quitándose el delantal se dispuso a irse.

—Aranel ¿qué haces? —inquirió un viejito de cabello cano que sólo cubría la parte trasera de su cabeza, ella señaló el reloj—. ¡Oh, por Dios! Es cierto, es viernes ¿me ayudas con el último pedido? —suplicó el anciano, respondió con un suspiro resignado y se alejó con el mandado.

El ruido de una bandeja cayendo y una carcajada fue lo único que interrumpió el barullo del lugar. El chico de cabello negro reía sin parar, mientras que Aranel se encontraba en el piso con la bandeja encima.

El viejecito se acercó corriendo a ellos antes de que su camarera armara un lío, pero se dio cuenta que era demasiado tarde cuando la chica tomó una de las gaseosas de la mesa de enseguida y la derramó encima del chico que reía. Tragó grueso y cerró los ojos esperando que terminara.

Lo tomó por el cuello de la camisa y lo obligó a levantarse de la silla, observándolo fijamente a los ojos, ella era mucho más baja que él, por lo cual tuvo que obligarlo a que se agachara.

Él chico la observó detallando cada parte de ella.

Cabello más abajo de los hombros, color castaño claro, el flequillo le ocultaba medio rostro, los ojos miel más fríos que se hayan visto, a través de ellos sólo podía notarse un muro de hierro, unos labios rosados y delicados, curvados en una mueca de enojo. Su piel era blanca y se notaba tersa, una figura con curvas no tan pronunciadas, cintura estrecha. A pesar de que su figura era delicada tenía bastante fuerza.

—No sé quién seas, no me importa, pero nadie se burla de mí. —Apretó el cuello de la camisa, le exasperaba que a pesar de la posición en que estaban, el chico la observaba de forma burlona con sus ojos azules llenos de diversión.

—A pesar de tu mal genio eres linda —susurró el chico antes de robarle un beso.

El anciano y las otras camareras apretaron los ojos al escuchar un “plaff”, Aranel impactó la mano contra la mejilla del chico, pero no, ella no se quedaría así. Clavó su rodilla justo en la entrepierna de él y lo dejó caer al suelo, retorciéndose de dolor.

—A mí nadie me besa —musitó con tanta frialdad que helaba la sangre, cogió su mochila, sin cambiar su camisa manchada por la salsa y gaseosa, y se fue de allí antes de escuchar reclamos, poco le importaba que la despidieran.

 

Subió las escaleras del departamento de dos en dos y sacó las llaves mientras maldecía que fuera día de mantenimiento para el ascensor, tenía que darse prisa para poder tomarse una ducha antes de irse.

Entró por la puerta de la izquierda al fondo, su habitación en tonos pasteles tan ordenada como siempre, ingresó al baño a darse una ducha rápida y luego tomó su mochila, que siempre dejaba preparada los viernes.

—¡Hola, Aranel! —saludó Mailen, su alegre vecina.

Mailen era la chica linda y amable del edificio. Ojos azules, cabello rubio y siempre con una sonrisa. Solía andar con faldas y shorts cortos pero sin llegar al grado de ser una exhibicionista. Bueno, de hecho, era difícil serlo considerando que su primo Christopher vivía al lado.

—¿Ya te vas? —Asintió empezando a caminar a la salida—. Es una lástima, mi hermano llegó anoche, quería presentártelo. Que la pases bien, nos vemos el domingo o lunes.

Se despidió con un gesto de mano, no era que se llevara mal con ella, sólo tenía prisa y lo comprendía a la perfección. Tomó el metro que se dirigía al otro lado de la ciudad, con la mejilla pegada al cristal y los ojos cerrados.

 

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