Little Witch Academia: The Last Dark Stars por The Last
Summary:

Han pasado unos meses desde que el planeta se vio amenazado por el poder de la ira y el odio de sus habitantes. Gracias a los esfuerzos de unas estudiantes de la Academia Luna Nova, el desastre fue evitado. Pero se sabe que la paz en este mundo no es duradera. Una amenaza nacida de la primera magia se cierne sobre todos. Y esta vez, lo brillante sera acompañado por lo opaco.


CategorŪas: ANIME/MANGA Personajes: Ninguno
Generos: Fantasía
Advertencias: Ninguno
Desafio:
Serie: Ninguno
CapŪtulos: 10 Finalizado: No Numero de palabras: 31809 Leido: 495 Publicado: 26/12/2017 Actualizado: 08/06/2018

1. Prologo: La magia de creer por The Last

2. Capítulo 1: Problema resuelto y contratiempos por The Last

3. Capítulo 2: Las cosas no pueden ir a peor por The Last

4. Capítulo 3: Estrellas caidas por The Last

5. Capítulo 4: Verde y Purpura por The Last

6. Capítulo 5: Hace tiempo... por The Last

7. Archivo Recuperado Nro 1 por The Last

8. Capítulo 6: La mitad por The Last

9. Capítulo 7: El gemelo opuesto por The Last

10. Capítulo 8: Tiro de gracia por The Last

Prologo: La magia de creer por The Last

 

 

Little Witch Academia: The Last Dark Stars

 

 En medio de la ciudad se podía ver en el cielo una batalla como nunca se había visto, y para la mayoría no era sorpresa, ya que en se estaba transmitiendo en vivo como un grupo de brujas se enfrentaba a un misil, el cual, por razones que nadie entendía, parecía moverse por voluntad propia, he incluso defenderse por su cuenta. Este se movía de manera errática, cambiando de forma, dividiéndose y volviendo a su forma original. Mientras tanto esas brujas no paraban de moverse de un lado a otro, evitando todos y cada uno de sus ataques. Según se había escuchado hace una hora, ese mismo misil se dirigía en dirección a ese mismo país. Más concretamente hacia esa ciudad, por lo que una parte de la población había entrado en pánico, mientras que otros se fijaban en las brujas que intentaban por todos los medios detener la amenaza. Todavía nadie lograba creer lo que estaba pasando: un grupo de brujas se estaba enfrentando contra un misil que se movía como si tuviera vida propia. De repente, las brujas de dirigieron en línea recta hacia arriba, mientras el misil las perseguía, con unos ojos y boca que podía sentir que emanaban una ira descomunal. No se logró ver más allá, debido a que las nubes cubrieron el cielo, pero se podía ver un resplandor a lo lejos; un resplandor como nunca se había presenciado. Un sonido increíblemente fuerte se escuchó en los alrededores. Un gran destello ilumino los alrededores. El color blanco inundo cada rincón del lugar. El cielo se partió a la mitad. Nadie podía ver hacia arriba debido a la gran cantidad de luz. Cuando todo se calmó se pudo ver como una especie de polvo de todos los colores caía, junto a criaturas de diversos colores y tamaños que solo habían sido vistos en espectáculos de magia hace mucho tiempo. Todos parecían celebrar el haber sido salvado por aquellas brujas, mientras se maravillaban del espectáculo celestial y reían por estar vivos. Pero mientras los demás le prestaban atención a las maravillas que caían del cielo, un chico de cabello negro y ojos cafés, miraba en la dirección contraria: la dirección en la que las brujas que los salvaron se marchaban después de haberles salvado la vida. No podía distinguirlas, ya que las nubes empezaban a volver. Lo único que pudo notar es que iban vestidas de blanco de pies a cabeza, que iban en una escoba con mango en forma de flecha de color carmesí, con alas que se extendían al final de ella. Mientras se alejaban, pudo ver como un pequeño destello caía de la escoba. Sin pensarlo un segundo, fue a ver que era aquello que había caído. Cuando lo atrapo, pudo ver que era una pequeña piedra en forma de estrella, con un resplandor blanco en su interior, el cual después de unos segundos, se convirtió en polvo que se deshizo en sus manos, para luego desvanecerse. Pudo sentir una alegría que no había sentido desde hace mucho tiempo: una alegría que solo había logrado sentir cuando era niño, en un show de magia de una bruja que realizaba espectáculos. Lo único que podía hacer era mirar en dirección al horizonte, mientras toda la ciudad celebraba aquel espectáculo. Desde ese día, busco a las brujas que los habían salvado de la destrucción, para poder darles las gracias. Pero por más que buscaba, no encontraba ninguna pista sobre ellas. Pasaron dos meses, y después de pensarlo mucho, sintió que solo había una manera de averiguar donde se encontraban. Decidió arreglar sus cosas y volver a entrenar la magia, esta vez de manera seria. Estaba decidido: se iba a convertir en brujo, con tal de encontrarlas.

                                                                                          

- 3 meses después –

 

 Después de mucho preparamiento y un largo viaje, por fin había llegado: la línea Leyline. Había sido un difícil llegar, aun teniendo en cuenta de que sus padres no contaban con mucho dinero, pero después de usar parte del dinero que estaba ahorrando y el apoyo de mi familia, había logrado llegar hasta aquí. Obviamente antes de venir, contacto con alguien autorizado de la academia para ver si podía ingresar. Después de algunas pruebas hechas por un profesor cualificado de la academia para saber si podría ingresar, le dieron un “aprobado”, y todo lo que faltaba era tomar el avión más cercano a la estación Leyline.

 Si era sincero consigo mismo, no esperaba que el punto de partida fuera tan… antiguo. Según veía a la distancia, era un torreón de piedra, cubierto por enredaderas y un árbol en lo más alto de este, que a primera vista no parecía gozar de una buena infraestructura. En fin, que no había llegado a juzgar la arquitectura, había venido en dirección a la academia Luna Nova.

 La estación que lo llevaría a la academia se encontraba cercana a una ciudad. Para él era una sorpresa. Más bien se esperaba que estuviera en una locación más apartada de cualquier rastro de sociedad, aunque no se quejaba, ya que se le hacía más fácil llegar. En fin, que se encontraba corriendo en dirección a la estación, y por casualidades del destino, o más bien por distraído y ser un ansia, termino chocando de frente con un grupo de personas que venían en sentido contrario a su andar. El golpe que recibió por ello fue bastante intenso, tanto que le hizo perder el equilibrio y caer como un muñeco de trapo sobre el sendero de piedra. La cabeza no hacía más que dolerle, y por un momento perdió la noción de donde estaba. De repente, sintió que alguien estaba a su lado. La luz del sol hacía que esas personas parecieran sombras vivientes a la luz de día, y cuando recupero sus sentidos, pudo ver con claridad. Eran brujas, y de la academia Luna Nova, teniendo en cuenta el sombrero, el cual llevaba de adorno un círculo dorado con tres puntas 

 -Ten más cuidado por donde andas- le dijo una de las brujas del grupo. Su cabello era largo y negro, con ojos del mismo color, que era acompañada de otra bruja de cabello castaño, amarrado con una “cola de caballo”.

 –Lo siento, de verdad lo siento- dijo de manera automática, sin pensárselo dos veces.

 - ¡Ya déjalo, Barbara! Tenemos asuntos más importantes. No tenemos tiempo para preocuparnos por nimiedades. – exclamo la bruja de cabello castaño con cierto aire mezclado con prisa y altives. Tal parecía que, o bien le daba igual que él estuviera ahí, o tenía demasiada prisa como para preocuparse de los modales. El chico decidió que era mejor ignorarlo. Se paró, me limpio el polvo del abrigo, y se puso a hablar con ellas.

 –Disculpen, ¿me podrían decir como tomar la línea Leyline? –pregunto el chico, ya que no tenía ni la más remota idea de cómo se usaba. –Es que quiero llegar a la Academia Luna Nova.

- ¿Y se puede saber qué quieres hacer en un sitio tan prestigioso como la Academia Luna Nova? -pregunto la chica que según intuía el chico con la conversación anterior, se llamaba Barbara.

-Bueno, supongo que no pasara nada si les digo. Lo que quiero hacer al llegar, es aprender todo lo que pueda sobre la magia y como usarla.

- ¡¿No me digas que lo que quieres es…?!

-…convertirme en brujo, por supuesto- respondió antes de que siquiera acabara su pregunta. La que estaba a su lado, Barbara, abrió los ojos cual búho, al igual que su compañera.

- ¡¿Pero estas de broma o estás loco?!

-No entiendo, ¿a qué se refieren?

 Entonces me explicaron cierto detalle que le confundió bastante: tal parece que la Academia Luna Nova solo admitía chicas. Apenas lo escucho, se quedó de piedra. No entendía para nada lo que pasaba. Si solo admitían chicas, ¿entonces cuál fue la razón para que le permitieran su ingreso en primer lugar?

-Pero… ¿Qué demonios? Pero si incluso me pusieron a prueba para poder acceder.

-Mira, no tenemos tiempo que perder para hablar con plebeyos, así que si nos disculpas, tenemos prisa –respondió la compañera de Bárbara, algo airada. Y sin decir una palabra más, partieron en dirección a la ciudad.

 

 

 Petrificado. Es la única manera en que se puede describir el cómo se encontraba. Si resultaba que lo que habían dicho era verdad –aunque podría también ser falso o una confusión perfectamente ¿Significaba que había llegado hasta aquí en vano? ¿Todo lo que se había preparado, y sus esfuerzos para llegar hasta aquí se irían por el drenaje? Algo hizo *clic* en su mente.

-No –dijo en un tono tan bajo que perfectamente podría describirse como un susurro. No se iría así como así sin antes constatar que aquello era cierto o no. Tenía que hablar con alguna autoridad de la academia. Pero un muro se interpuso en su camino: no sabía cómo llegar, ya que no entendía cómo funcionaba la susodicha Línea Leyline, ya que nunca pensó que la dichosa línea funcionara de una manera tan diferente, fuera cual fuera esa manera. 

 Una idea cruzo tan rápido como un cometa en la noche estrellada: le iba a pedir ayuda a las mismas brujas con las que se cruzó hace unos instantes, así que se giró con mucha rapidez para ver donde estaban e ir directo hacia ellas para conocer el funcionamiento de la línea. Pero para su mala suerte, cuando se giró para ubicarlas, de ellas ya no quedaban ni sus sombras. Lo más seguro es que se fueran a paso veloz con tal de atender ese asunto del cual su mente no conocía y era tan importante. Se derrumbó de rodillas con el gran torreón de piedra a sus espaldas, erigido como un estandarte en medio de aquella verde colina.

 Necesitaba respuestas urgentes, pero no había nadie en las inmediaciones para ayudarle. De pronto, llegaron una serie de pensamientos y suposiciones, los cuales unió como si fueran telas de araña, las cuales le llevaron a una conclusión: tal vez esas no eran las únicas brujas que estuvieran en el exterior de la academia, y si era así, el lugar más cercano para buscar era la ciudad al pie de la colina. Sin siquiera replantearse lo que había pensado, partió con el corazón latiendo casi tan rápido como la velocidad de su andar. Además, no debía perder más tiempo del que quería, ya que la entrada a clases, según le habían comentado, era dentro de tres horas, así que no había tiempo que perder.

 Las calles de ladrillos de piedra grisáceos bajo sus pies se extendían por todo el camino. Resultaba más agotador de lo que pensó recorrer todo el lugar, ya que la ciudad era más grande de lo que parecía, y para colmo, hacía calor, lo que lograba que sus energías menguaran más rápido de lo normal. Si bien él no era de los que practicaban deportes, eso no quería decir que no pudiera recorrer un buen trecho sin empezar a cansarme, pero el clima había elevado la dificultad de la búsqueda más de lo que estaba acostumbrado, y el hecho de que llevara una mochila de viaje y sus maletas (la cual al principio no era ninguna molestia, pero que se empezaba a hacer pesada) no ayudaba en nada. Tomo una botella de agua que tenía guardada en la mochila, y la bebió con bastante fuerza.

 Pasaron varios minutos mientras deambulaba por las calles buscando a alguien que lo ayudara, y si era una estudiante del colegio, mucho mejor. Pero viendo que tanta búsqueda no lo llevaba a nada, y el calor era insoportable, decidió recostarse bajo la sombra de un árbol cercano, intentando recuperar fuerzas, mientras pensaba en que era lo que debía hacer a continuación.

 “Esto es más engorroso de lo que esperaba”, pensaba mientras lanzaba un largo bostezo. Si bien sabía que no contaba con todo el tiempo del mundo, tampoco contaba con energía ilimitada. “Solo será por unos minutos”, decía mientras cerraba los ojos, y el mundo se oscurecía.

 Un vacío total. Oscuridad. Algo lo llamaba desde la lejanía. Algo antiguo. Algo descomunal e incomprensible. Lo buscaba.

 Habían pasado veinte minutos, o al menos eso decía el reloj de muñeca, que tenía programado una alarma. El chico se levantó, adormilado y confundido, de un sueño que pareció durar horas, del cual no recordaba apenas nada. De repente, se escuchó un zumbido en el aire que lo sorprendió. Miro hacia arriba, preguntándose que era. Escobas. Eran escobas de brujas, y llevaban el uniforme de Luna Nova. No lo dudo ni un segundo. Tomo su equipaje a la velocidad del rayo, y comenzó a seguirlas. Sea lo que sea que era todo eso que soñó, en aquel momento le era totalmente irrelevante, sin saber que, en un momento futuro, su mente se encargaría de recordarle eso y un poco más.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1: Problema resuelto y contratiempos por The Last

 

Capítulo 1: Problema resuelto y contratiempos

 

 Dicen que la esperanza renueva la fuerza de los hombres. Bueno, pues eso era lo que estaba pasando, ya que aquel chico paso de estar hecho un lastre a ponerse a correr como si nunca se hubiera pasado una hora buscando por toda la ciudad.

 En un seguimiento que pareció durar horas, (pero en realidad duro unos minutos) termino con el siguiéndolas hasta una tienda de artículos mágicos algo escabrosa a la vista. Al entrar, se lograba apreciar una gran cantidad de objetos bastante raros: desde varitas mágicas hasta objetos que costaba describir dada sus raras características. No se veía a nadie que atendiera el lugar, lo cual lo hacía algo más tenebroso de lo que ya era.

- ¡Hola! ¿Hay alguien aquí? - pregunto el chico, a lo cual no recibió ninguna clase de contestación - Bueno, supongo que no hay nadie.

-  En eso te equivocas - le dijo una voz que sonaba muy cerca de sus espaldas.

 Apenas la oyó, pudo sentir un escalofrió recorriéndole cada centímetro de su espalda. Dio un pequeño brinco hacia adelante para darse vuelta hacia el que le había contestado. Resultaba que no era más que el encargado de la tienda, el cual llevaba un delantal gris. Era un señor con cabello castaño, lo bastante largo como para que le llegara a los hombros, una camisa verde oscuro, con una barba anunciada en su mentón, un tatuaje verde en su antebrazo derecho y de cuerpo rechoncho.

- ¡Que susto, por Dios! –dijo el chico inclinándose hacia adelante, afirmándose sobre sus rodillas con ambas manos.

- Tampoco es para tanto. En fin, ¿qué es lo que buscas?

- Ah, cierto. Estoy buscando a unas chicas que entraron en este local. Parece que eran brujas de la Academia Luna Nova. ¿Las ha visto?

- Se encuentran en la parte trasera. Buscan un par de varitas de repuesto.

“Pues parece que las varitas no tienen algún tipo de seguro. Algo a tener en cuenta”, pensó en chico. Aunque aquel sitio tenía fachada de tienda, por dentro daba un aire algo diferente, si contamos con el hecho de que además de los productos mágicos, había una especie de mesas para tomar él te o algo así, más algunos objetos que daban bastante repelús con solo observarlos.

- Y… ¿tardaran mucho en salir? Es que me gustaría preguntarles algo- dijo el chico mientras se sentaba en una de las sillas que decoraban el sitio.

- ¿Y qué pregunta sería esa?

- Es que tengo dudas sobre cómo funciona la línea Leyline. No tengo idea de cómo funciona, así que pensé que alguna alumna de la academia Luna Nova podría ayudarme.

- Si solo es eso, yo puedo ayudarte –respondía el atendedor mientras formaba una sonrisa que, aunque pretendía parecer amistosa, las extrañas ojeras bajo sus ojos le daban un tono algo apagado a su rostro –La línea Leyline solo puede ser conducida con escobas. Más concretamente las escobas mágicas. Aunque existe una entrada la cual puede ser usada por vehículos normales y corrientes. Eso sí, no es posible cruzarla caminando, ya que, si lo intentas, terminaras siendo arrastrado a algún lugar aleatorio.

 La información resultaba bastante útil. Aunque si aquello que le había dicho estaba en lo correcto, eso le dejaba con un problema: no tenía escoba, o algún otro vehículo. Todo el viaje lo había hecho en avión y en tren.

- ¡Pero no tengo ninguna de esas cosas! ¡No puedo cruzar la línea!

- También podrías pedir que te lleve alguien que si tenga.

- La cuestión ahora es quien podría llevarme.

- Oye, además de las varitas, ¿no tendrás herramientas o engranajes? –pregunto una chica que salía de la parte trasera de la tienda. Tenía el cabello despeinado, de color rojo claro y anaranjado, con las puntas hacia arriba, con ojos color verde. Llevaba el uniforme de Luna Nova, lo que indicaba que era una estudiante, a pesar de llevar zapatillas casuales, en lugar de los zapatos de la academia.

- Esta es una tienda de artículos mágicos, no una ferretería –respondió el encargado de la tienda.

- Pues es una lástima. Bueno, eso último tendremos que buscarlo en otro momento. Además, creo que podemos pedir prestado algunas piezas en la escuela. ¿No crees, Constanze?

 A su lado se encontraba una chica de estatura bastante pequeña, de cabello azul oscuro, lo bastante largo como para que le llegara a la cintura, con una cola de caballo que era sujetada por un gran listón rojo, y ojos color trullo Tenía la apariencia de una niña, aunque su mirada tan seria indicara lo contrario.

 Ella no respondió. En lugar de ella, respondió un pequeño robot, diciendo: “Creo recordar que había unas cuantas que habían tirado junto a una maquina a la basura. ¡Vamos, vamos!”

- Disculpen ¿ustedes son de la academia Luna Nova? –pregunto el chico acercándose un poco.

- ¿De parte de quien viene la pregunta? –respondió la chica de cabello rojo

- Supongo que debería presentarme. Mi nombre es Gianfranco Garay, pero pueden llamarme Franco. Y aquí es cuando tú me dices tu nombre.

- Supongo que no importara que te lo diga. Me llamo Amanda O´Neill, y la que está a mi lado se llama Constanze.

 Constanze permanecía sin formular palabra. En su lugar, el pequeño robot que la acompañaba hablo en su lugar: “Hola, es un gusto” con una voz robótica con cortas pausas entre palabras.

- Ahora me gustaría saber de qué estaban hablando entre ustedes cuando llegamos.

- Lo que pasa es que quiero ir a la Academia de Luna Nova, pero para llegar hay que atravesar la línea Leyline, y no tengo manera de llegar, a menos de que alguien que pertenezca a la academia quiera llevarme…

- …y pensabas que nosotras podríamos llevarte.

- Si no les resulta una molestia. No se preocupen, que no las molestare en el trayecto.

 Amanda y Constanze lo miraron de arriba abajo, intentando ver si tenía alguna intención oculta.

-Lo que me gustaría saber es, ¿qué tienes que hacer en Luna Nova? No pareces ser un político o el hijo de alguno. Al menos no con esas pintas.

-No, no soy el hijo de nadie importante. Vengo a la academia porque soy un estudiante recién ingresado.

 Durante lo que fueron cuatro segundos, el silencio se mantenía en el ambiente, hasta que Amanda decidió hablar.

-Es un chiste, ¿verdad? Por favor dime que es un chiste.

-¿Mi cara te hace parecer que es en broma?

- Pues parece que te han tomado el pelo muy fuertemente, ya que Luna Nova es exclusivamente para chicas.

- No, eso no es posible, ya que la persona que me ayudo a venir a estudiar aquí era una profesora de la academia, que fue autorizada por la directora para que yo pudiera venir a estudiar. Si mal no recuerdo, se llamaba Ursula…

- ¿…Ursula Callistis?

- Exactamente.

La situación resultaba bastante peculiar. El solo hecho de que un chico fuera estudiante de la Academia Luna Nova, seria tomado como un chiste. Y no cualquier chiste, sino de esos que más que hacer gracia, provoca el efecto totalmente opuesto. No existía manera de que alguien como él pudiera estudiar en un lugar así, por lo que Constanze y Amanda tenían bastantes razones para pensar que tal vez esas no eran sus auténticas intenciones. Tendrían que ir a corroborarlo con la directora.

 -Muy bien, te ayudaremos.

 - ¿En serio?

 -Claro. No hay ningún problema. Si lo que nos dices es verdad, entonces seria de muy malas personas dejarte aquí tirado. Y si nos mientes, bueno, no nos costara nada sacarte a patadas en el trasero de la academia. ¿Verdad, Constanze?

 Ella solo asintió en señal de afirmación.

 -Muchas gracias. Pensé que no podría llegar a tiempo. Se los agradezco de verdad.

 -Bueno, ¿nos marchamos de una vez?

 

 

 -Entonces, ¿cómo lo hacemos? –pregunto Franco frente a la torre de piedra.

 El, junto con Amanda y Constanze, habían llegado hasta la entrada de la línea Leyline. Ambas tenían listas sus escobas de vuelo. La de Amanda era bastante común, y no se diferenciaba de las demás. La de Constanze era diferente, teniendo varios ensamblajes mecánicos, seguramente puestos por cuenta propia, entre los que destacaban un motor, una hélice, y un tubo de escape, que tenía sus bordes ennegrecidos por el humo.

 -Fácil. Tus iras en la escoba de Constanze. Al tener mejoras mecánicas, puede llevar más carga que una escoba normal. Podrías ir en la mía, pero eso haría que fuera más lento teniendo en cuenta también tu equipaje, y te diré un secreto: no es que me agrade ir a paso de caracol.

 - ¿No tienes problema con ello, Constanze?

 Constanze movió la cabeza de izquierda a derecha, en señal de negación.

 -Muy bien. ¡Nos vamos! –exclamo Franco.

 Montar el equipaje resulto algo complicado, pero con algunos arreglos, se pudo solucionar rápidamente.

 -La mochila la llevo yo, y la maleta la pongo enganchada del mango en medio de la escoba. Bien, parece que está todo listo. ¿Empezamos?

 Amanda y Constanze se ubicaron con sus escobas en medio de la torre de piedra. Amanda recito un hechizo mientras se concentraba.

 -Tia Freyre.

 Constanze solo hecho a andar el motor.

 En ese momento, las escobas comenzaron a expulsar un brillo verdoso, mientras estas comenzaban a elevarse. Al acercase al borde de la línea, Franco sintió una sensación de estar siendo absorbido. Como si se tratara del efecto de un agujero negro. Como si todo tu ser se distorsionara hacia un punto en específico.

 Después del “efecto agujero negro”, en los alrededores solo se lograba observar un gran conducto verdoso, que se extendía hasta el infinito.

- ¿Esto es la línea Leyline?

- Acertaste. Nos conecta directamente con Luna Nova.

- Yo me la imaginaba diferente.

- Ni se te ocurra caerte, porque…

-… puedes acabar en un sitio aleatorio. Me lo advirtió el señor de la tienda. ¿En serio esta cosa se extiende por cada rincón del planeta?

 Antes de que se pudiera dar una respuesta, una gran ráfaga de viento los golpeo en dirección opuesta. Por momentos, parecía que serían arrastrados hacia el fondo de la línea, pero supieron mantener el equilibrio y no caerse.

- ¡¿Qué demonios fue eso?! –pregunto Franco mientras se aproximaba otra corriente de aire más fuerte que la anterior.

- Esto es extraño. Estas sacudidas no suelen suceder, a menos que… -Amanda y Constanze miraron a Franco por unos segundos –Oye Franco, ¿por casualidad no llevaras sal en tu mochila?

- Solo por curiosidad, ¿qué pasaría si la tuviera?

- La línea Leyline no soporta la sal.

-Oh.

 

 

 La Línea Leyline funciona de manera curiosa. Esta suele sufrir de turbulencias en su interior por algún tipo de intolerancia a la sal, lo que puede señalar una de dos cosas: que o tiene vida propia, o simplemente es algún tipo de efecto químico. La mayoría de las veces no representa ningún problema. A menos de que seas un recién ingresado, que no tiene ni idea de ello, y que lleva una bolsa de frituras abierta en la mochila.

- ¡Apresúrate de una vez! ¡No creo que las escobas soporten más sacudidas, y nosotros tampoco! –exclamaba Amanda, mientras intentaba que las ráfagas de aire no la tiraran de la escoba, mientras Constanze luchaba contra la fuerza opuesta poniendo el motor a todo lo que daba. Para peor, Franco no recordaba en que bolsillo lo había dejado, por lo que se la pasaba revolviendo cada parte de la mochila.

-¡Lo encontré, lo encontré! –decía mientras sacaba la bolsa de papas de la mochila.

-¡Lánzalo!

Agarró con todas sus fuerzas la bolsa de papas que había sacado de su mochila, y la lanzo con todas sus fuerzas. Se podía ver como caía hasta el fondo, hasta que desapareció.

- Listo. Ya la lancé. ¿Estás bien, Amanda?

- Sí, no te preocupes. Nada que no pueda controlar.

- Bien. ¿Y tú, Cons-?

 Antes de que nadie pudiera reaccionar, una última ráfaga de aire choco con ellos de frente. Amanda y Constanze se sujetaron con todas sus fuerzas a sus escobas, mientras intentaban mantenerlas estables ante la fuerza que las empujaba. El ruido del aire era increíblemente intenso, hasta un punto que resultaba imposible escuchar otra cosa. Después de que se acabara, se inclinaron hacia adelante, con la cabeza dándoles vuelta, mientras un mareo bastante intenso se les subía a la cabeza.

- Constanze, ¿estás bien?

El robot que Constanze llevaba en la espalda contesto: “Estoy bien”.

 -Okey. Franco, ¿cómo lo-? ¿Franco?

Al lugar al que hablaba Amanda, no quedaba más que una maleta. Ellas no les hacía falta pensar mucho para hacerse una idea de lo que había pasado, aunque les hubiera gustado estar equivocadas. 

Capítulo 2: Las cosas no pueden ir a peor por The Last

 

Capítulo 2: Las cosas no pueden ir a peor

 

 La línea Leyline era lo más parecido a un “agujero de gusano” de los que tanto había leído Franco cuando era niño o visto en esos documentales que encuentras por casualidad sobre el universo de la National Geographic: hipotéticas uniones o “puentes”, los cuales son capaces de cruzar el espacio y el tiempo. Se dice que un agujero negro sería capaz de generar la suficiente fuerza gravitacional como para crear uno. La diferencia con la línea Leyline es que esta no corres el riesgo de desintegrarte y terminar convirtiéndote en polvo cósmico. Eso no quita que caerse en pleno viaje sea un peligro, teniendo en cuenta que no se sabe dónde puedes terminar, y cuando sucede, siempre se termina cayendo desde bastante altura.

 Franco sentía una sensación extraña en su cabeza, aparte del dolor de cabeza causado seguramente por un golpe bastante contundente. Después de unos segundos se dio cuenta de que se encontraba en un estado anti gravitacional, y que por alguna razón, le era imposible abrir los ojos. Uso todas sus fuerzas para recuperar la conciencia y despertarse, hasta que después de unos minutos lo consiguió. Al hacerlo, pudo constatar varias cosas: el dolor de cabeza se produjo por algún tipo de golpe causado por la caída desde unos metros, la herida que esta había producido estaba sangrando, pero no parecía ser tan grave, ya que esta no media más de un tercio de un dedo índice, por lo que cicatrizaría rápido. También se dio cuenta de que el estado anti gravitacional se producía por la razón más corriente de todas: estaba colgando de un árbol con su mochila, que se encontraba encima de una pequeña colina.

 Empezó a ver a sus alrededores para hacerse una idea de donde se encontraba. Parecía ser una gran llanura, cerca de las montañas, repleta de árboles a los alrededores con un verde oscuro en sus hojas. El cielo se encontraba completamente nublado y grisáceo, aunque se podían ver a la distancia luces del sol penetrando por agujeros en el cielo, lo que talvez indicaba que pronto clarearía. Tampoco era ninguna clase de meteorólogo experto, por lo que en esas ocasiones tenía que recurrir a su intuición.

 Sin pasar mucho más rato pendiendo de un árbol, como si fuera alguna clase de piñata festiva, empezó a sacarse la mochila. No era de sus mejores ideas, teniendo en cuenta que el golpe que se daría por la caída sería bastante intenso a una altura de seis metros del suelo, pero era mejor que convertirse en comida para los cuervos, o cualquier otra ave de rapiña. Empezó a aflojar los tirantes de la mochila. Resultaba difícil, teniendo en cuenta que estaba colgando de un árbol a seis metros del suelo, pero después de un minuto forcejeando, logro soltarse. Por supuesto, termino dándose un gran golpe contra el suelo junto con su mochila, pero era un precio bajo por bajar de una vez del condenado árbol. Después de estrellar todo su cuerpo contra la tierra cubierta de hierba, pudo notar que esta estaba húmeda, con pequeñas gotas de agua cada una de sus hojas, lo cual dejaba en claro que había llovido hace poco.

 Giro su cuerpo, apuntando su cara al cielo. La mayoría de las nubes se había ido, dando paso a los rayos del sol, por lo que se podía apreciar mejor el terreno. Se lograba ver que la arboleda se extendía más allá de lo que la vista pudiera permitir, hasta un punto que parecía no tener fin. Por alguna razón, todo ese lugar parecía expulsar un pulso de vida como nunca había sentido en ningún otro lugar.

 Se puso de pie, algo aturdido por la caída, y analizo un poco más a fondo sus alrededores. Se podía escuchar a los pájaros cantando desde los árboles, además del sonido del agua corriendo desde algún lugar dentro del bosque., y el viento moviéndose entre las lejanas colinas de hierba

- Esto es perfecto. Estoy en medio de algún lugar de las montañas, probablemente muy lejos de donde debería estar, no tengo idea de adonde debo ir, perdí mi bolsa de papas, y me di una golpiza en el tórax, la cual me sigue doliendo. Creo que he gastado tanto mi mala suerte, que las cosas no podrían ir a peor. Supongo.

 Las opciones a continuación eran bastante claras: o se quedaba a esperar con la esperanza de que dieran con su paradero, o podía seguir caminando hasta que la suerte dejara de escupirle en la cara y terminara encontrando a algún alma caritativa que lo ayudara, y una cosa era evidente: él no era de los que se quedaban a esperar.

 “Voy a moverme un poco por aquí. Total, tampoco es que me vaya a alejar cinco kilómetros. Ni que me fuera a perder o algo”, pensó mientas tomaba su mochila y se ponía en marcha en dirección al límite del bosque. Al encontrase cerca de este, se podía percibir el olor a tierra húmeda saliendo del bosque, y las hojas de los arboles brillaban por el agua de alguna lluvia pasada. Caminó unos metros dentro del bosque para apreciar mejor lo que el paisaje le ofrecía. Aquella vista parecía desprender de alguna manera magia, irradiando una gran cantidad de vida y pureza en su entorno.

 -Esto no se ve ni en los mejores documentales –dijo acercándose a uno de los tantos árboles que lo rodeaban.

 Se oyó un crujir de ramas. Se dio media vuelta, retrocediendo en dirección a la entrada del bosque. Otro más.  Comenzó a procesar lo que había escuchado. No había sido su imaginación, eso había quedado claro. También la presión de la pisada no podía ser de un animal cualquiera: fue profunda y sostenida. Se trataba de algo bastante pesado. Se oyó otros dos más, de manera consecutiva: se estaba moviendo de tal manera que lo rodeaba. Lo estaba vigilando.

 Se lograba ver un brillo verdoso moviéndose en medio de las sombras de los árboles. Una especie de sonido extraño, como un instrumento musical con eco.

 - ¿Quién está ahí? –preguntó mientras mantenía la distancia entre él y quien quiera que fuese el que se escondía entre la maleza y arbustos. Entonces, se le empezó a acercar. Varias situaciones cruzaban su mente en ese momento, mientras al mismo tiempo ideaba más de una manera de escapar de cada una de ellas. Pero incluso cuando había ideado mil y una artimañas para librarse de todas y cada una de las hipotéticas situaciones, ninguna de estas se acercó siquiera a lo que era en realidad.

 Una enredadera de raíces de árbol con forma humanoide se acercaba a paso lento y temeroso. En lo que sería su pecho refulgía una luz verdosa y brillante como la esmeralda. De lo que debía ser su cara se podía apreciar dos agujeros a modo de cuencas y lo que debía ser la boca, resplandecía la misma luz verde. Las raíces que formaban cada parte de su cuerpo, eran iguales a la de los árboles del bosque, solo que se parecían más a la de los arboles más jóvenes del lugar.

 La situación estaba entre el límite de resultar, o inquietante, o extraña. No existía punto medio. Franco antes de venir se había informado de varias criaturas mágicas que podría encontrarse si volvía a adentrarse al estudio de la magia. Incluso ya sabía de la existencia de algunas criaturas de antemano gracias a la educación y los libros de su abuela cuando era niño, la cual había sido una gran bruja. Pero nunca en lo que llevaba de vida, había escuchado relatos o rumores que se acercaran a la descripción del ser que se encontraba frente a él. Podría ser una criatura pacifica, o también podría ser hostil.

- Ho-hola. Dudo que logres entender lo que digo, pero por intentar no pierdo nada. ¿Me puedes decir en donde estoy, o si es posible, como llegar a la Academia Luna Nova?

 Aquel extraño ser empezó a atenuar y a acrecentar el brillo de la luz que emitía su cuerpo. Si eso era alguna clase de comunicación, era imposible de entender. “Tal vez podría haber otra forma de hacerle entender lo que necesito”, pensó mientras buscaba alguna manera alternativa de comunicación.

 Entonces oyó un aullido en la lejanía.  Pasaron cinco segundos de silencio que parecieron durar siglos. Después se escuchó un gruñido profundo y mantenido a su derecha. Franco se giró con rapidez para lograr ver que era lo que lo acechaba, y cuando aquel ser salió de entre los matorrales y las sombras, abrió los ojos como lechuza, y retrocedió tres pasos hacia atrás.

 Ahora tenía varias cosas claras:

Uno, lo que salió hace unos segundos del bosque era un lobo.

Dos, parecía que perseguía al “chico-árbol”.

Tres, no venía solo.

“Las cosas no pueden ir a peor. Y un cuerno” pensó mientras agarraba al “niño-árbol” para ponerlo sobre sus hombros. Lo mejor era empezar a echarse a correr.

Y cuatro, definitivamente ya no podía darse el lujo de esperar a nadie.

 

 

- Akko, ¿qué te trae por aquí? –pregunto la profesora Ursula, algo sorprendida por su tan repentina entrada. Akko había abierto la puerta de golpe. Se veía fatigada, estaba sudando y le temblaban las piernas.

- ¡Profesora Ursula, es urgente! ¡En la Línea Ley se… y Amanda… y Constanze… perdido… ayuda!

- Akko, cálmate. Necesito que hables más despacio. ¿Okey?

- Bien – dio un gran respiro para luego exhalar con más fuerza todavía –Amanda y Constanze han llegado por la línea Ley. Se encontraron con alguien nuevo en la academia, y lo ayudaron a llegar ya que no sabía cómo. Pero en medio del camino la línea enloqueció, lo que hizo que el nuevo se cayera, y ahora está perdido en quien sabe qué lugar, ¡y necesitamos su ayuda!

- Akko, ¿Amanda te dijo como lucia el nuevo estudiante?

- Eso se lo puedo responder yo, profesora –Amanda apareció atrás de Akko, acompañada de Constanze y Jasminka, la cual venia comiendo una bolsa de galletas.     –Tenía el cabello oscuro, ojos cafés, llevaba un abrigo gris, una mochila azul…

- ¿Y te dijo su nombre?

- Ya llegaba a eso. Se llama Gianfranco Garay. Y no se habría caído si no hubiera llevado esa bolsa de frituras en su mochila. Por su culpa, la línea Ley empezó a expulsar ráfagas de aire que casi nos hacen caer. Pudimos resistir, pero en la última, el muy despistado no se agarró bien a la escoba, y se cayó. Por eso necesitamos que nos ayude a encontrarlo. No quiero que terminen expulsándome.

- ¡Amanda, debemos hacerlo porque es lo correcto! –grito Akko, algo airada por el comentario de Amanda.

- También por eso.

- Chicas, cálmense –Jasminka las separo para que dejaran de discutir. –Tomen una galleta. Comerlas siempre me relaja.

 Akko y Amanda tomaron las galletas y las comieron, algo enojadas.

- Akko, Amanda, creo saber dónde está –la profesora Ursula mostro un mapa de las constelaciones del cosmos. –Está en… “El bosque de la vida”

- ¿El bosque de la vida? –pregunto Akko, algo extrañada. Nunca había escuchado de ese lugar –Suena a un lugar bastante agradable.

- El bosque de la vida es un lugar del cual no se sabe nada. Todo aquel que ha intentado explorarlo, nunca ha vuelto.

- ¡Entonces debemos darnos prisa! ¿Cómo se llega?

- Las guiare yo misma. Nadie sabe que habita en el bosque de la vida, por lo que será mejor si yo las acompaño para que no se lastimen en el camino. Vayan a la entrada de la línea Ley, las alcanzo en unos minutos.

 Todos partieron por la misma puerta por la que habían entrado. Todos, excepto Amanda, que se quedó a solas con la maestra.

- Maestra Ursula, ¿puedo hacerle una pregunta?

- Por supuesto ¿Qué seria?

- ¿Por qué la directora permitió que un varón entrara en esta escuela?

- Amanda, la directora y yo pudimos ver de lo que es capaz ese chico. Ha investigado y practicado la magia desde que era niño. Pude ver en sus ojos una determinación que pocas veces he visto. Además, presiento que algo terrible vendrá. No sé el que, pero de alguna manera, él estará ahí.

 Ella no comprendió muy bien lo último. Ya habían logrado derrotar al Odio materializado hace un tiempo. No se podía imaginar que existiera algo peor que eso, pero tampoco decidió darle muchas vueltas a ello, por ahora

 Y sin decir más, se marcharon a la entrada de la línea Ley, en dirección al Bosque de la Vida.

 

 

 - Creo que estaremos a salvo aquí, por el momento.

 Franco se encontraba escondido en la cima de un gran árbol, con hojas tan tupidas que se haría falta tener una vista afilada para poder verle entre las ramas.

 Parecía que los lobos les habían perdido el rastro en cuanto empezó a llover, aunque tampoco podía estar seguro al cien por ciento. Incluso él estaba sorprendido de que hubiera logrado escapar con éxito, teniendo en cuenta de que estaban escapando de un grupo de lobos, conocidos por ser cazadores rápidos y mortales, pero prefirió no romperse la cabeza con ello.

 El chico-árbol (ya que no se le ocurría otro nombre mejor) parecía exhausto, a pesar de que apenas se había movido desde que se lo llevo para mantenerlo a salvo de los lobos. Parecía que sus pulmones, o lo que fuera que le ayudara a respirar, hacía que se hinchara el pecho, para luego de unos segundos desinflarse como un globo. La luz que salía de él era tenue, pero evocaba una sensación de misterio y antigüedad cada vez que lo miraba.

 - Oye chico, no puedo ayudarte a menos de que sepa que está pasando, así que, si sabes hablar, o tienes alguna otra forma de comunicarte, tienes toda mi atención – le dijo con la cara empapada de agua y el cabello de igual manera. Cuando le hablo, lo que eran sus ojos, de alguna manera lo miraron directamente a los suyos, como si entendiera lo que le había dicho, aunque tampoco podía afirmar ello del todo.

 Entonces sintió como algo trepaba por su cara, envolviéndolo de a poco. Eran raíces, y antes de que se diera cuenta, su rostro fue completamente envuelto, dejándolo completamente a oscuras. No podía hablar. Durante varios segundos eternos, pareció que estuviera muerto. Un destello verde se apareció en su cerebro, después otro, seguido de otro más, hasta que se volvió una luz constante, que se hacía más grande a cada momento. “Listo” le dijo una voz inidentificable, llena de eco y lejanía.

 Cuando su cabeza se liberó de la carcasa que la cubría, vio que seguía sentado en las ramas del árbol, junto al niño-árbol, que lo miraba a través de sus cuencas verdosas. Miro su reloj. Faltaba una hora para que la ceremonia para los recién ingresados empezara, el seguía en alguna parte del planeta totalmente desconocida, y todavía no había llegado nadie. Definitivamente estaba en un problema bastante gordo, sin mencionar que por el bosque rondaban un grupo de lobos que querían saborear la carne humana y despedazar un arbolito con patas.

 - Como me quede atrapado aquí, el regaño del director y mis padres por no asistir en el primer día será uno de mis menores problemas.

 - No te preocupes. Seguro llegara alguien.

 Franco levanto la cabeza, confundido y mirando alrededor. Probablemente se estaba volviendo loco y había empezado a alucinar.

 - Aquí abajo –respondió la voz que lo llamaba. Era débil, tenía mucha reverberación, y le era imposible Bajo su cabeza, solo para encontrarse con el “chico-árbol”, que se encontraba sentado sobre sus piernas.

 - ¿Me hablaste tú?

 - Acertaste

 - Okey: o ya me volví loco debido a que probablemente tengo fiebre y estoy delirando, o esas setas que me encontré mientras corría expulsaron unas esporas medio raras y ahora estoy alucinando muy fuertemente. O realmente me estás hablando.

 - No te preocupes. No te pasa nada. Use un antiguo hechizo para que podamos comunicarnos con los humanos a través del pensamiento. Señor, le debo dar las gracias por ayudarme. Esos lobos empezaron a perseguirme apenas me vieron. No lo entiendo. Nunca hemos tenido problemas con los animales de esta zona. Últimamente han estado actuando de manera extraña: están agresivos.

- A ver: primero, creo que antes de seguir con esta conversación, deberíamos bajarnos. Los lobos se han ido, por lo que creo que se olvidaron de nosotros, y me está empezando a doler el trasero. Segundo, creo entender lo que me acabas de decir, pero para estar seguros, me gustaría que me lo explicaras con más detalle. Y tercero, no sé qué eres ni quién eres.

- Lo siento si esto te incomoda. Responderé tus preguntas en cuanto lleguemos con los otros.

- ¿Cuáles otros?

- Mi familia. Los guardianes de este bosque.

Capítulo 3: Estrellas caidas por The Last
Notas de autor:

*Algunos de los hechizos que aqui aparecen son dichos en latin. Solo para aclarar.

Capítulo 3: Estrellas caídas

 

 - ¿Este es el lugar? –Akko y el resto del grupo habían llegado al punto de ruptura de la línea: el lugar donde Franco había caído. Un árbol solitario adornaba una colina cubierta de hierba, en donde, a sus pies, se encontraba un bosque gigantesco de hojas verdes que parecía no tener final.

 - ¿Está segura de que es aquí donde aterrizo, profesora Ursula? –Amanda no estaba muy segura de los cálculos de la maestra. El nuevo no se encontraba en ningún sitio, aunque algunas de las ramas rotas indicaban que allí había habido alguien recientemente. Eso sí, parecía que ya no estaba en las cercanías. –Porque si estuvo aquí, de él no queda ni su sombra.

 - ¡Chicas, creo que encontré algo! –Akko señalaba unas marcas en el suelo que iban hacia el fondo del bosque –Son huellas. Algunas son de zapatos, pero las otras no sé de qué son.

 - Lobos. Son huellas de lobos –la profesora Ursula se veía preocupada por la idea de que tal vez no encontraran al nuevo precisamente vivo, o siquiera entero. Un escalofrió bajo por la espalda de todos los que estaban ahí presentes, excepto Jasminka, que estaba subiendo a un árbol cercano para alcanzar algo que se encontraba en lo alto de este.

 - Jasminka, ¿qué encontraste?

 Cuando bajo del árbol, mostro una bolsa de papas abierta. Casi todo el contenido se había desperdigado alrededor del árbol, aunque quedaban unas tres.

 - Esta es la bolsa de papas que Franco tiro fuera de la línea –Amanda tomo la bolsa, pensando de qué manera eso las ayudaría para poder encontrarlo. Y la idea llego –Akko, ¿puedes transformarte en lobo y seguir su rastro?

 - Puedo intentarlo –Akko empezó a concentrarse en el hechizo de transformación durante unos segundos - ¡Metamorphie…Faciesse!

 En el momento en que las pronuncio, su cuerpo empezó a cambiar, hasta transformarse en un lobo de pelaje café y ojos rojos.

 Empezó a olfatear la bolsa de frituras durante un rato, hasta que logro dar con el rastro. A pesar de que se mezclaba con el olor a tierra húmeda y a perro mojado, pudo diferenciarlo lo suficiente como para seguirlo.

 Pasaron varios segundos moviéndose de aquí para allá, dando vueltas y atravesando obstáculos. Por momentos parecía que aquella búsqueda no llevaba a ningún sitio. Pasaron varios minutos más, hasta que Amanda no pudo aguantarlo más:

 - ¡Akko, llevamos más de diez minutos dando vueltas en círculos!

 - No lo creo. Estoy segura que es por aquí. Creo que estas exagerando

 - ¡Hemos pasado el mismo maldito árbol sin hojas como cuatro veces! ¡Es evidente que no tienes idea de a dónde ir!

 - Eso…no es cierto.

 - Akko…

 Se hizo un silencio incomodo durante unos segundos.

 - ¡Okey, no sé adónde vamos! ¡Hace un rato que no sé a dónde vamos!

 - ¡¿Y por qué no nos contaste nada?!

 - Es que es algo extraño. Es como si de repente su rastro se cortara por un segundo y después fuera en varias direcciones. Como de repente se hubiera dividido en varios y hubieran corrido en varias direcciones diferentes.

 - Espera, Akko. ¿Dices que es como si fuera en varias direcciones? –pregunto la maestra Ursula. Sus ojos denotaban que se estaba haciendo una idea de que estaba pasando.

 - Sí. Eso mismo.

 - Déjenme probar algo –la maestra Ursula saco su varita, y comenzó a recitar un hechizo. – Deshaz la ilusión. Que nuestros sentidos se aclaren. Que la verdad sea revelada. ¡Clairvoyance!

 Un gran haz de luz celeste rodeo el lugar. Todas cerraron los ojos, pensando que tal vez el hechizo había salido. Cuando el efecto paso, todo parecía seguir igual que hace unos segundos. No entendían que era lo que había sucedido.

 - Bien Akko, ¿ahora sabes a dónde fue?

 - A ver – Akko olfateo el aire buscando el rastro – ¡Es por aquí! Pero no lo entiendo. Hace un momento el olor que seguía estaba por cada rincón del lugar.

 - Un hechizo de ilusión. El que se usó hace que el sentido del olfato sea engañado creando un olor falso que es dispersado en la dirección que el usuario desee. Lo que acabo de usar es un hechizo de revelación. Se le llama “clairvoyance”. Se usa para anular un hechizo de ilusión.

 - Clere… ¿qué? – a Akko no le quedaba claro como pronunciarlo.

 - Clerevoyans. Esa es su pronunciación.

 La maestra Ursula, si bien no parecía destacar de entre las otras maestras brujas, he incluso algunas veces pareciera ser algo torpe y tener un “corazón de pollo” en algunas situaciones, esto no quitaba que supiera una variedad de hechizos de lo más variopintos e increíbles, tanto los que Akko ya había visto, como los que todavía no había mostrado. Aunque teniendo en cuenta que desde que abandonó su antiguo nombre de Chariot Du Nord para llamarse Ursula Callistis, habían transcurrido varios años, no era descabellado pensar que en medio de ese periodo había aprendido muchos tipos de hechizos y conocimientos mágicos.

 Una vez esclarecido el camino a seguir, lo único que le quedaba a Akko era seguir el rastro, (esta vez el de verdad) hasta que finalmente terminaran encontrando al nuevo, para por fin, después de muchos rodeos, llevarlo a la Academia. 

 

 

 - Entonces déjame ver si entendí. Tu familia, (o sea los aquí presentes) son los guardianes de este bosque –dijo Franco a su arboleado acompañante.

 - Exacto.

 - Y lo que protegen es una fuente de energía, que es la que da vida a este bosque y a todos ustedes, la cual, si cae en las manos de las personas equivocadas, podría tener consecuencias terribles.

 - Cierto.

 - Bueno, viendo como es el ser humano promedio, no me extraña en absoluto. Sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de idioteces y sin sentidos que he tenido que soportar de la boca y mano de los tarados que gobiernan nuestros países durante los últimos años.

 - Me alegra que lo entiendas.

 - Por cierto…

 - ¿Qué pasa?

 - No es por ser un pesado, pero ¿puedes decirles a tus amigos que me bajen, por favor? Se me está subiendo la sangre a la cabeza y me estoy empezando a marear.

 Franco se encontraba colgando boca abajo, amarrado por unas raíces muy largas que de repente cobraron vida y lo suspendieron en el aire. Resulta que cuando habían logrado llegar al lugar en donde se encontraban los guardianes del bosque, estos no lo habían recibido de buena manera exactamente. De hecho, apenas lo vieron, entre todos lo rodearon, acusándolo de haber secuestrado a su compañero, y como medida de contención, usaron sus raíces para sujetarlo de los pies y colgarlo cabeza abajo.

 - En serio, no creo poder permanecer más tiempo así.

 - No sé si podre convencerlos.

 - Escúchame. Si sigo así más tiempo, voy a terminar vomitando todo lo que comí esta mañana. Y créeme, ni tu ni ellos querrán ver eso.

 - ¡Este bien! –exclamo bastante exasperado. Parecía que le desagradaba la idea de ver a un humano vomitando. Bueno, a nadie le gusta ver a alguien vomitar, así que tenía sentido. –Lo intentare, pero no prometo nada.

 Se dio la vuelta, y comenzó a conversar con uno de los que parecía uno de los guardianes más a viejos de ellos. Su cuerpo estaba cubierto por algo de musgo, de algunas partes salían ramas de las que brotaban hojas verdes y sanas, la luz que emitía de su interior era verde musgo: un poco más apagado que el del resto, y era más alto que el que su acompañante, por no decir que gran parte de los que estaban ahí era tan altos que solo les llegaba a la cintura.

 Resultaba imposible escuchar lo que estaban hablando, o pensando. Parecía como si pudieran bajar la intensidad de sus pensamientos, y así que lo que sea que estuvieran discutiendo, solo quedara entre ellos dos. Cuando parecía que por fin habían terminado de hablar, todos los presentes miraron en la dirección de Franco, expectante de lo que sucedería a continuación, de cuál sería el veredicto final.

 -Suéltenlo –dijo el guardián con el que su acompañante había estado hablando.

 - Muchas gracias. Solo tengan cuidado al-

 Antes de que pudiera terminar su oración, las raíces que lo sostenían lo soltaron, haciendo que este cayera al suelo estrepitosamente, dándose un golpe en el hombro. El dolor que esto le causo hizo que se quedara unos segundos sujetándoselo con fuerza, mientras su cuerpo formaba un ovillo y se retorcía a causa del daño sufrido.

 - ¿Te encuentras bien? –le pregunto su arboleado compañero.

 - ¡Si, me encuentro perfectamente! ¡No es como si me hubiera dado un buen golpe en el hombro, y que eso duela un montón! Lo que pasa es que me gusta estar de esta manera, ya que me gusta sentir la tierra dándome en la cara.

 - ¡Oye, no soy un ser humano, pero se lo que es el sarcasmo!

 - Pues como siempre digo: si no quieres una respuesta sarcástica, ¡no hagas una pregunta estúpida!

 Estaban por continuar la discusión, hasta que el que había dado la orden de soltarlo, los interrumpió tosiendo” mentalmente”, si es que eso es siquiera posible.

 - No es que quiera interrumpir su conversación tan amena, pero me gustaría hablar un momento contigo.

 - ¿Conmigo? –pregunto Franco con algo de miedo. Comenzó a pensar que tal vez lo habían descolgado para hacerle algo incluso peor, como convertirlo en abono para la tierra, o darlo de comer a los animales salvajes y los insectos.

 - No te preocupes, no te haremos nada de eso –dijo con serenidad y calma. Se asustó al ver que había adivinado lo que había pensado, hasta que recordó que desde que su acompañante le hizo ese hechizo, todos sus pensamientos salían a la luz para todos los guardianes de ese bosque. Se sintió avergonzado de saber que todos los que estaban ahí habían escuchado lo que su volátil mente había imaginado en ese momento.

 - Solo quería agradecerte, en nombre de todos los aquí presentes y de mi parte también, por haber rescatado a mi hija de aquellos lobos salvajes. Si no te hubieras aparecido en ese momento, lo más seguro es que nunca habría vuelto.

 - No se preocupe, yo solo hacia lo que tenía que… -se paró en seco, y comenzó a analizar con más cuidado lo que le había dicho– Un momento, ¡¿hija?! ¡¿O sea que…?!

 - Si, ella es mi hija, Sarah ¿Ella no te lo había dicho?

 - No, nunca. Ni siquiera había considerado esa posibilidad.

 - No me pareció necesario comentarlo –le contesto Sarah. Aunque parecía que expresara que no pasaba nada, lograba sentir que algo le molestaba.

 - ¿Qué te pasa que estas tan molesta? ¿Es por qué cuando nos encontramos pensé que eras un niño? Pues lo siento, pero la anatomía de tu raza no me dejaba claro cuál era tu género.

 - ¡No estoy molesta!

 - Pues si no lo estas, no te exaltes de esa manera. Y cuando lo digas, mírame a los ojos, ya que, si cruzas tus brazos de esa manera y miras en otra dirección, menos me voy a creer que no estas molesta.

 - ¡Que no lo estoy!

 - Bien, definitivamente esta conversación no nos llevara a nada. Me encantaría continuar con este dialogo en el que yo doy razones más que válidas para creer que estas molesta, mientras tú lo niegas una y otra vez, pero tengo unas preguntas que hacerle a tu padre.

 Antes de que Sarah pudiera replicarle de vuelta, su padre le hizo una señal con la mano para que se calmara, a lo que ella solamente se cruzó de brazos y se alejó a apoyarse en un árbol que estaba a su derecha.

 - Disculpa a mi hija. No le gusta cuando notan lo que de verdad está pensando.

 - A ver, tampoco hacía falta fijarse mucho. Dejaba bastante en claro que estaba molesta.

 - Bueno, cambiando de tema, te agradezco lo que hiciste por Sarah. Últimamente no podemos salir de nuestro territorio sin terminar siendo atacados por las bestias que rondan por el bosque.

 - Sí. Ella comento eso cuando logramos escapar de los lobos.

 - En señal de gratitud, nos gustaría enseñarte nuestro hogar.

 - No sé si tengo tiempo. Tengo que llegar a la Academia Luna Nova para el recibimiento de los nuevos ingresados dentro de… -se puso a mirar su reloj. De repente, su expresión era de seriedad. Se quedó varios segundos sin mover ni un musculo de su cuerpo, con la mirada clavada en su reloj.

 - ¿Qué pasa?

 - Ya empezó.

 - ¿El qué?

 - La ceremonia. La hora de inicio paso hace cinco minutos.

 Pasaron cerca de un minuto sin que nadie objetara palabra alguna. Durante ese rato, Franco se fue a sentar cerca de un árbol cercano para pensar en que hacer a continuación. Bajo un sauce llorón, siendo más específicos y valga la coincidencia que ello conllevaba. Paso el rato, hasta que Sarah interrumpió sus pensamientos acercándose a él.

 - Oye, no te pongas así. Seguro que terminan encontrándote. Además, mira el lado positivo. Ahora que no tienes que preocuparte por llegar a la ceremonia, puedes visitar nuestro hogar.

 Franco se paró, pensando en lo que le Sarah le había dicho. Tenía razón. Aunque no le agradaba la idea de no llegar a la ceremonia, al menos no tenía que preocuparse por llegar a tiempo. Además, seguro que cuando llegara a la academia, si le explicaba a la directora lo que había pasado, de seguro le daba un pase a ello. De seguro Amanda y Constanze ya habían ido a academia para pedir ayuda y así lograran encontrarlo. Lo único que le quedaba por hacer, era esperar.

 Volvió a mirar a Sarah. Cuando la miro con más cuidado, pudo notar que le llegaba a la cintura en cuanto a altura. Se preguntaba cuál sería la edad de ella y de su padre, así como del resto de los suyos.

 - Tengo quince años –le dijo Sarah

 - ¿Qué? –por un momento le extraño que supiera la pregunta que se había hecho, hasta que recordó cómo funcionaba la comunicación entre ellos –Ah cierto, el hechizo. Pues aprovechando que tendré que quedarme un rato más por aquí, ¿qué te parece si me enseñas los alrededores mientras tú y tu padre me hablan sobre su gente?

 Al hacerle esa pregunta, pudo notar como ella soltaba una risa contenida.

 - Justo lo que estaba pensando.

 

 

 - Hace mucho tiempo, cuando la magia se encontraba en cada rincón del planeta, cuando los seres humanos peleaban con hachas y espadas, los tuyos nos conocían por un nombre casi olvidado en los anales de la historia: “spriggans”

 Sarah y su padre decidieron acompañara a Franco hasta la aldea que estos ocupaban junto a los suyos, mientras ella le contaba la historia de su pueblo. Los arboles eran mucho más frondosos que los anteriores. La luz se filtraba en forma de pequeños rayos de luz que traspasaban las copas de los arboles a través de pequeñas aberturas de estos, mientras se escuchaba al viento susurrar en las alturas. Las casas de los spriggans estaban formadas en su totalidad por hojas, las cuales funcionaban a modo de techo y paredes, mientras las ramas de los arboles eran inexplicablemente gruesas, del tamaño de una viga. Se podía ver a spriggans yendo de aquí para allá, hablando o caminando, riendo o jugando. Un grupo de spriggans más pequeños que Sarah, que a ella le llegaban a la mitad de las piernas, fueron corriendo directo hacia ella.

 - Sarah, nos contaron que te perdiste en el bosque, y que te persiguieron los lobos ¿Te encuentras bien? – a los pequeños se les podía sentir realmente acelerados al hablar, mientras intentaban hacer preguntas sin ninguna clase de orden o sentido, haciendo difícil entender lo que habían dicho después.

 - Estoy bien. Afortunadamente cuando los lobos me volvieron a encontrar, me encontré con este humano que me ayudo a escapar.

 - Oye, tengo nombre, ¿sabes?

 - ¿Y cuál sería ese nombre, se puede saber?

 - Me llamo Gianfranco Garay. Franco para los amigos.

 - Bueno, me encontré con Franco que me ayudo a escapar, ¿ahí sí?

 - Mucho mejor.

 Cuando volvieron su mirada hacia el grupo de niños, estos tenían su mirada fija en Franco. Ni siquiera se movían. Parecían hipnotizados. Él no sabía si lo estaban mirando ahí, o estaban mirando algo que estaba detrás de él.

 - ¿Qué pasa? ¿Es que tengo algo en la cara?

 Seguían sin contestar.

 - Oigan, ¿están bien?

 - ¿Eres un humano? –pregunto uno de los niños sin quitarle la mirada de encima.

 - No, soy un ave fénix. ¿No les acaba de decir Sarah lo que soy?

 En cuanto termino de hablar, los pequeños se acercaron a él casi de manera instantánea, de manera que no hubo tiempo de reacción.

 - ¡OIGAN!  ¿¡QUE LES PASA!?

 - ¿De dónde vienes? ¿Cómo conociste a Sarah? ¿Cómo es el lugar de dónde vienes? ¿Es verdad que los humanos duermen y comen para tener más energía? –todas esas preguntas vinieron de golpe, mezclada junto con otras que resultaron inaudibles entre todas las demás.

 -Ya cálmense. No es momento de responder preguntas que no vienen al caso. Ya, vuelvan a jugar –el padre de Sarah aparto a los niños, agarrando a Sarah y a Franco del brazo sacándolos de allí. –Los siento, Franco. Los más jóvenes no han visto o escuchado casi nada de los humanos, así que ya te puedes percatar del porqué de su comportamiento.

 - No importa. Creo que podría haber respondido todas sus preguntas sin problemas –Franco miro hacia atrás, para ver que les había pasado a los pequeños spriggans, y se percató de algo que le hizo taparse para que no lo vieran reírse –Por cierto, ¿se percataste de que los niños no se han ido y que nos vienen siguiendo?

 A pesar de que ya se habían alejado de donde se habían estado, era evidente que los niños los venían siguiendo desde una distancia lo suficientemente prudente para que no fuera muy evidente, aunque su forma de ir en grupo para esconderse al lugar más cercano era un poco penosa.

 Sin hacer mucho caso a ello, continuaron caminando hasta que llegaron a una casa que se diferenciaba de las demás. Era más grande, se encontraba en el suelo y no en la copa de algún árbol, y las ramas y el árbol que le daban forma eran muy viejos. Tenía pequeños símbolos tallados probablemente hace mucho tiempo. En su mayoría eran puntos pintados de blanco conectados por líneas, que a primera vista no parecían significar nada en específico, pero cuando Franco se acercó a ver más de cerca, pudo notar que estas formaban las constelaciones del firmamento, repartidas por todo el tronco. Estaban todas, o más bien, casi todas. De entre todas, faltaba una, la cual Franco conocía muy bien de parte de su abuela: la Osa Menor.

 - Entra. Queremos que conozcas a alguien –el padre de Sarah señalo hacia la puerta de la casa. Era bastante grande, y no se lograba ver nada desde afuera hacia adentro.

 Cuando estaba dentro, sintió que alguien los estaba vigilando desde el fondo de la casa. A pesar de la oscuridad que había dentro, sus ojos pudieron notar una silueta grande y encorvada, sentada sobre el suelo.

 - Papa, hemos vuelto –le respondió el padre de Sarah a la extraña silueta.

 - Veo que Sarah está de vuelta. Ya estaba pensando en mandar a algunos de nuestros mejores hombres a buscarte – dijo una voz débil y calmada. De repente, el lugar fue iluminado por varias luces amarillentas que emanaban de capullos de flores sin abrir. Con la cantidad de luz que había en el ambiente, se podía ver al ser que estaba hablando con ellos. Era un spriggan, pero era diferente al resto: estaba encorvado, una gran cantidad de hojas verde oscuro cubrían su cabeza y espalda hasta llegar al suelo, iba apoyado en un bastón de madera enroscado y retorcido, su cuerpo se notaba agrietado y viejo, y la luz verde de su cuerpo era tenue y apenas se notaba.

 - ¿Quién es él? –pregunto Franco.

 - Es el líder de nuestro pueblo, el spriggan que vivió la época dorada de la magia, y también mi padre –al padre de Sarah se le podía notar un gran respeto en sus palabras. Se arrodillo ante el sin siquiera dudarlo, pero aquel spriggan tan antiguo movió la cabeza en señal de negación.

 - Cris, sabes que yo soy tu padre. Tales formalidades son innecesarias entre nosotros.

 - Lo sé. Sé que eres mi padre, pero por sobre todo eres nuestro líder.

 - Bueno, levántate, y dime, ¿cómo encontraron a Sarah?

 - Mi hija fue encontrada por el humano que nos acompaña, y nos la trajo de vuelta. En señal de agradecimiento, le estamos mostrando nuestra aldea.

 - Me gustaría saber con detalle que fue lo que sucedió, aunque ya habrá tiempo para eso –el abuelo de Sarah miro a Franco con sus verdosas y apagadas cuencas –Tu debes de ser el que ayudo a mi nieta en el bosque. Dime cuál es tu nombre.

 - M-Mi nombre es Gianfranco Garay, señor –al decirlo, se paró recto y firme haciendo el saludo militar –Es un honor conocerlo.

 - Cálmate, chico. No hacen falta esas formalidades. Te agradezco lo que hiciste. Aunque me pregunto, ¿cómo un humano como tu pudo haber llegado a un sitio tan alejado como este? Nuestro bosque está a muchos kilómetros de cualquier asentamiento humano.

 - Creo que tendré que explicarle que fue lo que paso. Y a ustedes dos, creo que les debo la misma explicación.

 Así, Franco le conto a los tres como tenía planeado llegar a la Academia de Luna Nova, como tuvo problemas para cruzar la ruta que lo llevaría hasta su destino, como conoció a Amanda y a Constanze, como por un error estúpido termino cayendo fuera de la línea, y como termino encontrando a Sarah en los límites del bosque. Y de paso hablaron sobre la raza a la que pertenecía Sarah y su historia.

 - Interesante, chico. Y yo que pensaba que solo quedaba magia en nuestro bosque. Parece que aún queda magia en esa academia y su vieja piedra filosofal.

 - Espere, ¿cómo sabe que la academia tiene la piedra filosofal? Nunca le dije eso.

 - Chico, estuve allí cuando pusieron esa gigantesca piedra verde. Cuando la magia empezó a debilitarse, crearon esa piedra de la misma energía que usa nuestro pueblo. Si no lo hubieran hecho, ten por seguro que no hubiera sobrevivido durante tantos años.

 - Señor, no es por sonar inapropiado, pero ¿cuál es su edad?

 - ¡Franco! –Sarah empujo a Franco con su codo, con una expresión de molestia en su cara.

 - Tranquila, Sarah. Supongo que lo preguntas ya que Cris dijo que viví durante la época dorada de la magia, ¿me equivoco?

 - Pues sí, ya que me cuesta creer que algún ser en este planeta pueda vivir tantos años.

 - Veras, mi vida tan prolongada se debe a mi conexión con la fuente de energía de nuestro pueblo: el agua cristalizada.

 - ¿Y el “agua cristalizada”, que sería?

 Entonces el abuelo de Sarah, se levantó con esfuerzo del suelo, haciendo crujir sus piernas de viejo árbol, como si no las hubiera movido en mucho tiempo, y comenzó a andar hacia la entrada de la gran casa de hojas y madera.

 - Sígueme.

 Cuando se encontraron afuera, junto a Sarah y su padre, se dirigieron hacia una especie de cueva que tenía su entrada cubierta de raíces de árboles en los bordes. Estas parecían extenderse por todas las direcciones, y se podía ver que en su interior brillaba una sustancia verde brillante, como si todo el bosque fuera un cuerpo humano, y esas raíces fueran las venas que transportaban la sangre.

 El abuelo de Sarah, a pesar de su edad, se movía bastante rápido con su bastón de madera retorcido, aunque se notaba que le costaba cada paso que daba. Sarah y su padre no dejaban de mirarlo con preocupación, temiendo que talvez que al hacer eso se estuviera lastimando físicamente.

 Mientras entraban en el interior de la cueva, nadie pronuncio palabra alguna, seguramente por respeto a aquel lugar, que parecía ser sagrado, ya que en sus paredes se podían ver las mismas constelaciones que estaban en la casa del anciano. Y al igual que en ese lugar, faltaba la constelación de la Osa Menor. Aquello no parecía alguna clase de error. Era como si tuvieran alguna razón para no ponerla junto con las demás.

 Cuando llegaron al fondo de la cueva, Franco se quedó mirando durante un rato lo que se encontraba frente a él: una gran bóveda subterránea que se extendía varios metros de longitud, con una fuente de piedra que era la mitad de grande que el lugar, que contenía un líquido verde y brillante. Todo el lugar emanaba una gran cantidad de energía mágica, como si tuviera vida propia.

 - Esto es el tesoro más grande de nuestro pueblo, la fuente de vida de nuestra gente, y nuestra responsabilidad –el abuelo de Sarah tenía su mirada fija en aquel liquido verde brillante mientras se lo decía –Te quiero mostrar algo.

 Levanto el bastón que llevaba con su mano, apuntando a la fuente, y pronuncio un hechizo: “Levitation”. Entonces, algunas gotas del líquido de la fuente comenzaron a flotar en el aire. Movió su bastón hasta unos recipientes de piedra que se encontraban a un lado de la gran habitación, sobre un bloque de piedra que servía como una mesa primitiva. Con un movimiento de su bastón, hizo que las gotas se separaran, para caer cada una en su propio recipiente.

 - Sarah, sabes que hacer –cuando su abuelo le dijo eso, Sarah se fue hacia los recipientes, tomo una de las gotas con sus dedos, y Franco vio como paso de ser líquido a ser una piedra redonda y pequeña. No era más grande que una canica común y corriente, y en su interior fluía una energía luminosa y verde, la misma energía de la fuente.

 - Eso es… -Franco tenía las palabras que iba a decir, pero no creía que lo que tenía frente era lo que estaba pensando.

 - Una piedra filosofal –Le interrumpió el abuelo de Sarah – Incluso separada de la fuente, puede emitir energía por su propia cuenta. Por supuesto no es tan grande como la que tienen en la academia, pero es suficiente como para que una bruja pueda usar magia constantemente.

 Sarah le puso un enganche metálico en la parte superior que lo cubría a la mitad, y comenzó a atar la piedra filosofal en un hilo negro que lo atravesaba por un agujero que tenía el parte de arriba, dejándolo hecho una especie de collar, con la piedra filosofal como si fuera una piedra preciosa. Lo tomo del hilo, se acercó a Franco, y se lo puso en su mano derecha.

 - ¿Por qué me lo dan?

 - Es en agradecimiento por lo que hiciste –el abuelo de Sarah parecía que iba en serio, a pesar de que a Franco le costaba creerse que le estuvieran entregando algo así.

 Por un lado, le parecía increíble tener una piedra filosofal en sus manos, y a pesar de que no fuera del mismo tamaño que la de la academia, le fascinaba. Le recordó cuando su abuela, de niño, le hablo de la piedra filosofal y cómo funcionaba. Pero por otro lado pensaba en la responsabilidad que conllevaba llevar eso con él. No solo por su procedencia, sino por lo que simbolizaba: el regalo de un pueblo más antiguo de lo que él podía imaginar. Entonces tomo su decisión.

 - Señor, es un honor para mí recibir esto de su parte. Muchas gracias –dijo mientras se ponía el colgante alrededor de su cuello.

 - No es nada, joven. Es lo menos que puedo darte.

 - Franco, ¿no se te olvida algo? –le pregunto Sarah, con un tono algo molesto.

 - Cierto. Señor Cris, gracias por contarme tanto sobre su pueblo. Se lo agradezco.

 - De nada, Franco.

 - ¿No te olvidas de otra cosa? –Sarah parecía más molesta que antes.

 - No creo. Ya le agradecí a todos los que debía, así que no me falta nadie.

 - ¿¡Es que te lo tengo que decir directamente o eres tonto!?

 - Que no, que es broma. No te pongas así –Franco paso su brazo por el hombro de Sarah mientras sonreía –Gracias por el collar, Sarah. Lo cuidare con mi vida.

 - Ya pensaba que tendría que gritártelo a la cara para que te enteraras.

 Cris y el abuelo de Sarah se pusieron a reír de buena manera. Sarah tampoco se pudo contener, he intento aguantarse la risa.

 Mientras ellos se reían, Franco diviso de manera casual algo al fondo de la bóveda de piedra. No lo podía identificar a esa distancia, así que se acercó a ver que era. Cuando se acercó lo suficiente, vio que se trataba de dos piedras, que tenía un tamaño lo suficientemente grandes como para hacer un esfuerzo para llevar una de ellas uno mismo. La que estaba a la derecha era blanca. Parecía cuarzo. Tenía marcadas puntos pintados de verde y líneas negras que formaban la constelación faltante en las paredes de la cueva: la constelación de la Osa Menor. La que estaba a la izquierda era oscura. Parecía obsidiana. Tenía la misma constelación que la primera, pero sus puntos eran de color purpura unidos por líneas blancas, y estaba invertida. Y sobre ambas piedras, se encontraba el dibujo de un árbol gigantesco que llegaba hasta el techo, pintado de blanco, con raíces pintadas de negro. La forma en que estaba pintado era primitiva y minimalista.

 - Oigan, ¿que son estas piedras?

 - Son la representación de las dos varas creadas hace mucho tiempo. Incluso nosotros desconocemos de donde salieron –Esta vez fue Sarah la que se lo explico –Abuelo, ¿recuerdas algo sobre eso?

 - Recuerdo que la bruja Woodward poseía la vara blanca. Creo que la llamaba “Vara Brillante”. Cuando me lo dijo, el nombre me pareció bastante ridículo, aunque ahora que lo pienso mejor, el nombre le pegaba bastante bien, ya que si no me falla la memoria, cuando la usaba, emitía un resplandor parecido al de una estrella. Aunque yo no confiaría mucho en mi memoria. Han pasado tantos años que perfectamente podría estar equivocándome.

 - ¿Y esta piedra? La de color negro, ¿¡cuál vara es?!

 - Esa vara nunca ha tenido un portador, aunque no tengo duda de su existencia.

 - ¿Y cómo puede estar tan seguro?

 - En el cielo, junto a la constelación que ves ahí, existen estrellas que ningún ser humano ha visto ni lograra ver. Estrellas sin brillo, opacas e invisibles en la oscuridad de la bóveda celeste. ¿Por qué te interesa tanto?

 - Porque las recuerdo haberlas visto antes, en un sueño.

 - ¿Y qué pasaba en ese sueño?

 - No lo sé. No lo recuerdo.

 - Déjame probar con algo –el abuelo de Sarah extendió su bastón hasta que toco la cabeza de Franco con la punta de este, y pronuncio un hechizo en voz alta: “Claritate”.

Un grupo de luces azuladas aparecieron y comenzaron a dar vueltas alrededor su cabeza –Ahora cierra los ojos, y enfócate en lo poco que recuerdes de ese sueño ¿Qué vez?

 - Esta totalmente oscuro. Sobre mi están las estrellas y la luna iluminándome. Ahora… las estrellas están cayendo. Todas se desvanecen en medio de la oscuridad, pero un grupo de ellas se quedan deambulando en el vacío. Son catorce. Siete tienen un brillo verde, las otras siete son… violetas. Pareciera como si ambas partes bailaran en medio de la oscuridad. Ahora… se juntaron todas según su color. Las está uniendo una línea, formando la constelación de la Osa Menor. Ambas partes han formado una vara diferente. Una es blanca con gemas con un brillo verde, la otra es negra con gemas con un brillo violeta. Están flotando. Siento que es como si…

 - …como si esperaran a que aparezca el indicado –Cris lo dijo antes de que Franco explicara lo que estaba viendo y sintiendo, mientras intercambiaba miradas de preocupación con el abuelo de Sarah.

 - Siento algo más –Franco empezó a apretar sus dedos contra la palma de su mano, mientras los músculos de su cuerpo se tensaban –Miedo. Hay algo más aquí. No sé qué es, pero lo siento muy cerca de mí.

 - ¡Chico, sal de ahí! ¡Rápido! –el abuelo de Sarah parecía desesperado. Empezó a Sujetar su bastón con tanta fuerza que este empezó a crujir y a astillarse – ¡Lo que sea que estés sintiendo, ignóralo y concéntrate en despertarte!

 De repente, Franco cayó al suelo de golpe, mientras se sostenía la cabeza y las pupilas de sus ojos empezaban a dilatarse.

 - Maldición –Sarah tomo una rama en forma de espiral que estaba sobre el bloque de piedra a un lado de los cuencos donde estaban el agua cristalizada sin transformar, y la apunto hacia la cabeza de Franco – ¡Abrogare! –en el momento en que dijo esas palabras, las luces azuladas se disiparon en el aire, y Franco volvió a la normalidad.

 Franco estaba arrodillado en el piso, con las palmas de sus manos apoyadas en el suelo. Su rostro sudaba y le temblaban los brazos.

 - Franco, ¿estás bien? –Sarah se le acerco, dejando la rama enroscada a un lado. Miro de cerca su cabeza para ver si se había hecho alguna herida al caerse sobre el piso. Tenía un moretón en la frente, pero aparte de algunos rasguños, no parecía nada grave, aunque parecía que estaba al borde de sus energías.

 Abrió los ojos con dificultad, y miro alrededor para hacerse una idea de que había pasado. Se tanteo la frente, solo para sentir el dolor del moretón que se había hecho.

 - ¿Qué paso? –él no sabía que había pasado fuera de su sueño, pero lo que fuera que había pasado, había dejado a todos asustados y con los nervios hechos un desastre.

 - Te caíste de frente al suelo, mientras te agarrabas la cabeza y tus ojos se dilataban. Parecía que estuvieras viendo algo terrible –Cris estaba de brazos cruzados y apoyado sobre una de las paredes de la cueva mientras se lo decía. Su tono de voz denotaba que tenía miedo de que talvez aquello pudiera volver a repetirse.

 - Yo no diría que lo vi. Es más como si… lo sintiera. Sentía una gran presión en todo mi cuerpo, como si aquello tuviera un poder tan grande, que la usaba con solo su presencia.

 Todos estaban callados. Nadie sabía que decir al respecto. El abuelo de Sarah parecía querer decir algo, pero luego pareció tragarse sus palabras, como si lo que iba a decir iba a sonar como un disparate o improbable. Incluso si alguien iba a decir algo sobre lo sucedido, uno de los que seguramente formaba parte de los guardias de la zona llego corriendo hasta el interior de la cueva.

 - Señor, nuestros hombres han capturado a unos intrusos que se acercaban a nuestro territorio. Parece que uno de ellos pateo a uno de los nuestros, así que ahora se encuentran atados e inmovilizados. Esperamos instrucciones sobre qué hacer con ellos.

 El líder de los spriggans se encontraba aturdido por lo que había sucedido, así que se sobresaltó cuando uno de sus guardias le hablo tan de repente, sacándolo de sus cavilaciones.

 - Muy bien. Cris, ve a ver de qué se trata. Yo me quedare aquí a pensar sobre lo que sucedió. Lleva al joven y a Sarah contigo.

 - Como usted diga, líder. Franco, sígueme. Tal vez sean tus amigos que vienen a buscarte.

 Franco y Sarah se pusieron a seguir a Cris, en la misma dirección de la que habían venido con anterioridad.

 A pesar de que físicamente estaba pendiente de hacía a donde iban, su mente no dejaba de procesar sobre lo que le había pasado. Esa sensación tan descomunal no se la lograba sacar de su sistema. Una cosa le quedaba clara de todo eso, mientras se dirigían al punto que el guardia les estaba indicando: no quería volver a sentir esa sensación tan aplastante en su vida. Ni en esa, ni en ninguna otra.

Capítulo 4: Verde y Purpura por The Last
Notas de autor:

*Revisar el significado de los colores.

Capítulo 4: Verde y Purpura

 

 - ¿Qué fue exactamente lo que sucedió?

 Cris se movía a paso apresurado hacia el lugar indicado por el guardia. Según las explicaciones que había dado el guardia en la cueva, unos intrusos habían entrado en el territorio de los spriggans sin previo aviso. De alguna manera habían peleado con los guardias que custodiaban la entrada, y debido a ello, habían sido inmovilizados, seguramente con las mismas habilidades que habían usado en Franco cuando había llegado. Más allá de eso, no sabían los detalles de lo ocurrido.

 Franco y Sarah iban detrás de Cris, intentando no quedarse atrás mientras le seguían el paso y escuchaban la explicación del guardia.

 - Yo vi lo que paso, así que le explicare. Aparecieron unas chicas del fondo del bosque, acompañadas por un lobo que no se parecía en nada a los que merodean por la zona. Cuando vieron a los guardias se pusieron a la defensiva al instante, y el lobo que iba frente a ellos se transformó en otra chica que llevaba la misma ropa que las otras.

 - ¿Y qué fue lo que dijeron? –Cris se veía bastante inmutable y calmado. Franco y Sarah esperaban que tal vez se pusiera nervioso de que llegaran más humanos por el territorio, pero no se esperaban que se lo tomara con tanta calma.

 - Esto sí que es extraño –susurro Sarah para que su padre no escuchara su comentario – Él no se suele poner tan calmado en esta clase de situaciones, sobre todo cuando se trata de humanos en territorio spriggan.

 - Pues yo también me pondría nervioso si uno o varios desconocidos se pusieran a merodear por donde vivo yo y mi familia. No sería algo agradable.

 Cris y el guardia se pararon a hablar con más detalle sobre lo que había pasado con el encontronazo con los guardias y las desconocidas,

 -  Lo que sucedió después es que dijeron algo sobre que estaban buscando a alguien, que su rastro las había llevado hasta ese lugar, y que si sabíamos algo sobre él.

 - ¿Esos son amigos tuyos, Franco? –pregunto Cris volteando su cabeza para mirar hacia atrás, donde estaba Franco.

 - No puedo estar seguro. ¿Podría decirnos como lucían físicamente?

 - Una de ellas era más baja que las demás, y tenía un cabello amarrado con un listón que era bastante largo. Parecía estar seria todo el tiempo, ni siquiera hablo, y llevaba una maquina extraña en su espalda.

 - Constanze. Definitivamente es ella.

 - ¿Y cómo estas tan seguro? –Sarah no sabía cómo con una descripción tan corta él podía saber de quién estaban hablando.

 - Porque primero, la vi personalmente, y pude ver como se comportaba y como se veía. Y segundo, me apuesto mi teléfono móvil a que no existe nadie más en este planeta que encaje tan bien con esa descripción como Constanze.

 - Si tú lo dices.

 - Las acompañaba una mujer que llevaba vestimenta de bruja. Su cabello era azul, y llevaba anteojos. Otra de ellas tenía una parte de su cabello anaranjado, y la otra parte era roja. Cuando la mire a los ojos, pareciera como si se nos fuera a tirar encima para darnos una golpiza. La que estaba transformada en lobo tenía el cabello castaño, con la parte de atrás amarrada. Sus ojos eran rojos, llevaba la misma ropa que las otras, y parecía que estaba muy exaltada. Y la última, era bastante fuerte y más alta que las otras, estaba todo el tiempo sonriendo, tenía el cabello rosa con dos trenzas a ambos lados de su cabeza. Parecía la más calmada de todas.

 - Dime, Franco, ¿te suenan esas descripciones? –pregunto Cris.

 - A ver. La primera si la memoria no me falla, es la profesora Ursula, la que junto a la directora me dieron la autorización para ir a estudiar a Luna Nova. Lo sé ya que hable personalmente con ella para que me la diera. La segunda, estoy más que seguro que es Amanda. Sobre todo, por el cabello y su mirada de “cómo me hagas enojar, tendrás que comprarte una dentadura postiza de la golpiza que te voy a dar”. Al resto no las conozco ni en pintura. Supongo que son amigas que ella trajo para venir a buscarme.

 - Muy bien, ¿podría llevarnos al lugar? –Cris seguía tomándose la situación con calma, lo cual según había dicho Sarah, no era algo propio del cuándo se trataba de intrusos.

 - Por supuesto. Por favor, síganme.

 - ¿Crees que de verdad sean ellos? –dijo Sarah con algo de escepticismo en su voz.

 - Créeme. Estoy seguro de ello.

 “Por favor que sean ellas, por favor que sean ellas” pensaba mientras se iban acercando al “punto de conflicto”.

 - Por cierto, ¿qué sucedió después como para que tuvieran que inmovilizarlas? –pregunto Cris mientras se iban acercando al lugar indicado.

 - Después de que nos explicaran las razones que las trajeron aquí, los guardias intentaron aplicar el hechizo para lograr comunicarse con ellas. Y estoy diciendo “intentaron”, porque en el momento en que empezaron, una de ellas, la de cabello naranja, le dio una patada a uno de los guardias, mientras que la de cabello castaño saco una varita y de ella salió una ráfaga de aire que empujo al otro guardia. Se dispusieron a continuar, cuando llegaron otros guardias que estaban en las cercanías, y usaron las ramas y raíces de los árboles para inmovilizarlas a todas.

 - ¿Qué te pasa, Franco? Pareces preocupado –le pregunto Sarah mientras se acercaban al lugar indicado.

 - Es que, como sean ellas, tendré que hacer algo para que no las terminen condenando a algún castigo por agredir a unas figuras de autoridad.

 - Mira, si no logras conseguir nada por tu cuenta, hablare con mi padre para ver si logro convencerlo de que no les pase nada. O al menos, de que el castigo sea mínimo.

 - Gracias, Sarah. Cuento contigo si las cosas no salen según lo planeado.

 Cuando por fin llegaron, había un gran grupo de spriggans reunidos alrededor de un punto en concreto, del cual se podía escuchar una voz que sonaba bastante furiosa.

 - ¡SUELTENNOS DE UNA VEZ, MALDITOS ARBOLES DE PACOTILLA!

 - Si, definitivamente es Amanda. Reconocería esa voz donde fuera –Franco se puso sus dedos en sus ojos cerrados, mientras se ponía su mano izquierda en su cadera, agachaba la cabeza, y lanzaba un suspiro de agotamiento –Por el amor de Dios, no podría estar haciendo más ruido ni a propósito. Acompáñame, Sarah. Necesitare que me ayudes con una cosa.

 

 

 Amanda, Constanze, Jasminka, la profesora Ursula, y Akko, se encontraban colgando boca abajo, mientras varias raíces las cubrían desde los pies hasta el cuello, formando una cubierta que daba la impresión de que fuera un capullo de oruga. Se les estaba subiendo la sangre a la cabeza, y estaban mareándose, los cual no les agradaba. Sobre todo, a Amanda, que estaba gritando a todo pulmón para que las bajaran.

 - ¡BAJENOS DE UNA VEZ, SINO VERAN DE LO QUE SOY CAPAZ! –gritaba Amanda con todas las energías que le permitían sus cuerdas vocales y sus pulmones.

 - Amanda, tranquilízate. No queremos hacerlos enojar –la profesora Ursula intentaba calmar a Amanda para que dejara de gritar, más que nada porque no quería que el asunto empeorara, y también porque los gritos de Amanda le estaban empezando a hacer doler los oídos –Lo mejor será esperar a ver que hacen.

 - ¡¿En serio nos vamos a quedar así, sin hacer nada?!

 - Tampoco es que podamos hacer otra cosa. Ni siquiera podemos movernos –le respondió Akko – ¡Aunque me gustaría poder librarme de esta cosa!

 De entre la multitud, aparecieron un grupo de pequeños spriggans, los mismos que estaban habían estado siguiendo a Franco en el pueblo. Se acercaron a Amanda, que era la que estaba más cerca del suelo, teniéndola muy de cerca.

 - ¿Y ustedes que miran? –pregunto Amanda en un tono algo enojado.

 De ellos solo tuvo como repuesta el aumento y disminución de la luz que emitían del interior de sus cuerpos. Tomaron unos palos del suelo, y comenzaron a tocarle la cara con ellos.

 - ¡Dejen de picarme con esas ramas, pequeños granujas! –gritaba mientras forcejeaba en un vano intento de librarse de las raíces que la mantenían atrapada.

 - Oigan, dejen de molestarla –dijo Franco con un tono de enfado, saliendo de entre la multitud de spriggans. El tono de enfado que emitía en su voz era para sonar más autoritario, y que le hicieran caso. Y resulto a la perfección –Sé que es divertido molestarla, pero ya es suficiente. Ya, mejor váyanse a sus casas si no quieren que le diga a Cris que estaban molestando a los encarcelados ¡ANDANDO!

 En el momento en que grito, los pequeños spriggans salieron corriendo despavoridos por donde habían venido. “Con los niños, solo necesitas fingir autoridad, y salen corriendo como pollos sin cabeza”, pensó Franco mientras sonreía burlescamente.

 - ¿Franco? ¿Eres tú? –pregunto Amanda, con algo de justificada incredulidad.

 - El mismo que viste y calza.

 - ¿Qué haces?

 - Pues vine a salvarles el trasero de “anda tú a saber que” castigo que les tengan preparadas los spriggans.

 - ¿Los que?

 - Ya te explicare.

 Cuando termino su conversación con Amanda, decidió ver que tal estaba el resto.

 - Hola, Constanze. ¿Qué tal lo llevas esto de estar colgada?

 Constanze solo lo miro fijamente, mientras inflaba sus mejillas y ponía una cara de “estar enojada”.

 - Si, lo sé. Seguro esto debe ser una porquería, pero las sacare de ahí. ¿Puedes esperar hasta entonces?

 Constanze solo se quedó quieta, sin mover un musculo, y sin mostrar una sola expresión en su rostro.

 - Tomare eso como un sí.

 Después se acercó a la profesora Ursula.

 - Profesora Ursula, en un gusto volver a verla, aunque no en las mejores condiciones.

 - Podría ser peor. ¿Qué es ese colgante que tienes ahí?

 Franco miro durante unos segundos la piedra filosofal que tenía como collar, y volvió a hablar con ella.

 - Ya le explicare más tarde. Por ahora, dígale a las demás que tengan paciencia, que ya veré que hacer para sacarlas de ahí. Solo no hagan ninguna tontería.  –le dijo en voz baja, con la intención de que no lo oyera nadie más –Por cierto, vendrá una amiga que les pondrá un hechizo “especial”. Solo quédense quietas.

 - Muy bien. Espero que sepas lo que haces.

 Franco se alejó unos pasos de ellas, para dirigirse a los guardias que las tenían retenidas, y a Cris, los cuales se encontraban por delante de la multitud. Y entonces, hablo.

 - Bueno, buen trabajo defendiendo el territorio. Los felicito. Tienen mi más sincera gratitud. Aunque, resulta que hay un problema: estas chicas son mis amigas, y no se encuentran muy a gusto que digamos. Por lo que propongo que las dejen libres… por favor.

 Pasaron unos segundos de silencio incomodo, seguido de un intercambio de miradas entre los guaridas y Cris.

 - ¿Y por qué deberíamos dejarlas ir? –preguntó uno de los guardias que estaba más cerca –Ellas nos atacaron, y si no fuera porque nuestros compañeros se encontraban cerca, lo más seguro es que nos hubieran matado.

 - Si están tan seguros de ello, entonces les hare una pregunta: ¿quiénes fueron los primeros en actuar hostilmente, o al menos, de manera sospechosa? ¿Ellas, o ustedes?

 - Bueno, eso…

 - ¿Qué no es esa la manera más común de actuar de alguien ante un desconocido que se te acerca de manera extraña? Admito que fue algo precipitado, pero, por otro lado, ustedes pudieron actuar de manera menos… agresiva, por decirlo de un modo elegante. Poner un hechizo del cual nadie más que ustedes y su pueblo conocen a alguien que no lo conoce, y que lo más seguro es que no sepan de la existencia de su raza, la cual les tengo que recordar, quedo olvidada por la humanidad… pues no sé. Llámenme loco, pero en mi pueblo, alguien no recibe con los brazos abiertos a un desconocido actuando de manera sospechosa. Dicho esto, le pido a Cris, al cual han puesto a cargo de esta situación, que piense fríamente lo que acabo de decir.

 Después de decir esto, dio unos pasos hacia atrás, al menos los suficiente como para que no oyera lo que pensaba. “Espero haberlo convencido, porque si no estarán con un pie sobre el abismo. Lo mejor será darle unos minutos para que lo piense. Mientras, iré a ver cómo le fue a Sarah con el hechizo”

 

 

- … y, en resumen, eso fue lo que paso.

 Cuando Franco se acercaba para ver que tal llevaba Sarah lo de poner el hechizo que permitiera a las chicas comunicarse con los spriggans, esta se encontraba hablando con ellas. Les había contado lo que había sucedido, desde su encontronazo con Franco, hasta ese momento, omitiendo algunos detalles, como lo que había sucedido en la cueva, entre otras cosas.

 - ¿Funciono? –pregunto Franco, mientras se acercaba a Sarah.

 - Parece que pueden escucharme, así que supongo que eso es una buena señal.

 - Gracias. Es bueno contar contigo. En fin, ¿comenzamos?

 Sarah solo asintió en señal de afirmación. Era momento de ver cuál sería la decisión final, y si su habladuría no había dado resultado, podían barajar otras opciones.

 - ¿Qué tal están ahora? –les pregunto Franco. 

 - Sigo mareada por estar así, pero al menos ahora entiendo lo que dicen –Amanda parecía que fuera a vomitar en cualquier momento. Bueno, todos parecían que no podrían aguantar mucho más colgados de esa manera. Sus caras de asco las delataba.

 - Amanda y… ¿cómo te llamas tú?

 - Me llamo Atsuko Kagari.

 - ¿Algún apodo en particular? 

 - Solo llámame Akko.

 - Muy bien. Pues Akko y Amanda, necesito que se disculpen con los guardias a los que atacaron.

 - ¡¿Y por qué deberíamos?! ¡Ellos actuaban de manera extraña, y nosotras nos defendimos! ¡Lo habría hecho cualquiera! –Amanda parecía reacia a que alguna palabra relacionada con el perdón saliera de su boca, y parecía que no cambiaría de opinión.

 - Escúchame, Amanda –Franco se acercó lo más que pudo a Amanda, hasta que prácticamente la tenía a pocos milímetros de su rostro, y sin apartar su mirada de ella –No es que no comparta tu opinión, pero si lo que quieres es que todas dejen de parecer piñatas humanas, necesito que dejes tu orgullo de lado por unos minutos, y te disculpes de una vez –hizo una pausa de algunos segundos, dando a Amanda un breve tiempo para que procesara lo que le había dicho. Luego, concluyo con las palabras que había pensado que tal vez la harían cambiar de opinión –A menos de que quieras que lo siguiente que pase es que todas ustedes terminen convertidos en abono para los arboles del bosque, o incluso que les quiten todo lo que tienen y las dejen a merced de los animales salvajes. Tú decides.

 Pasaron varios segundos que parecían eternos, en los que Amanda no dejaba de pensar en si lo que le había dicho era cierto, o simplemente un montón de mentiras para convencerla de retractarse. Pero no podía asegurar nada, ya que no conocían nada de los que los habían capturado. Entonces tomo una decisión. Aunque su rebeldía y su orgullo parecían no conocer limites, no era de los que le gustaba que las consecuencias de sus actos llegaran a terceros, sobre todo si esos “terceros” eran las personas que quería.

 - Muy bien, me disculpare. Pero lo hago solamente porque me ya me cansé de estar de cabeza.

 - Me parece perfecto. Y tú, Akko, ¿piensas disculparte?

 - Yo no tengo ningún problema. No voy a dejar que hagan daño a mis amigas. Además, no tampoco creo poder aguantar más de esta manera – dijo mientras en su cara se formaba una mueca de asco y se tornaba verde.

 “Mejor terminamos esto ahora. No tengo ganas de ver a nadie vomitar” pensaba mientras Cris se dirigía hacia su ubicación. Se podía notar que ya había tomado una decisión, y que definitiva.

 - Franco, he venido a decirte que, respecto a lo que dijiste, he tomado una decisión.

 - ¿Y cuál sería? –sentía como un nudo se le formaba en el estómago y como su garganta se tensaba. El nerviosismo lo estaba carcomiendo por dentro, pero debía demostrar firmeza, o al menos fingirla, así que intento poner su mejor cara, aunque la mezcla de nervios haría que se viera como un auténtico imbécil.

 - Libérenlas –dijo con serenidad.

 Un alivio inmenso se extendió entre todos.

 Con un movimiento de sus manos, las raíces iban retrocediendo a su posición original.

 - Cuidado con las leyes de la física –dijo Franco con un tono de mofa.

 - ¿Con las que? –pregunto Akko.

 Antes de que se dieran cuenta, los capullos que los envolvían desaparecieron, y como era de esperar, la gravedad hizo su trabajo, haciendo que cayeran en dirección al suelo. Amanda, la maestra Ursula, Constanze y Jasminka supieron a qué se refería con ello, y cuando las raíces las soltaron, cayeron de pie en la tierra. Excepto Akko, que cuando lo entendió, ya era demasiado tarde, y termino dándose un buen golpe de frente contra el suelo.

 - Mira que te lo he dicho –dijo Franco mientras levantaba los hombros y su boca mostraba una leve sonrisa de burla.

 - ¡No es gracioso! –dijo Akko mientras levantaba su cara manchada de barro del suelo.

 - Bueno, tienes que admitir que tiene su gracia –dijo Amanda mientras intentaba contener su risa con sus manos.

 - ¡¿Tú también, Amanda?! –Akko estaba algo molesta. No solo porque se estaban riendo de lo que le había pasado, sino también por no haber pensado lo suficientemente rápido como para darse cuenta.

 - Bueno, tampoco es para tanto –Franco se acercó a Akko y le limpio la cara con sus manos. No se limpió del todo, pero al menos ya no parecía que estuviera haciendo un intento burdo por camuflarse con la naturaleza –Además, cuando me soltaron a mí, me di un buen golpe en el hombro. Y déjame decirte que eso duele como no tienes idea. Se podría decir que tuviste suerte de solo ensuciarte.

 - En fin. Gracias por ayudarnos.

 - ¡Y pensar que habíamos venido a ayudarte, y al final tú fuiste quien nos ayudó! –Amanda se acercó a Franco y pasó uno de sus brazos por su hombro, mientras hacía fricción con sus nudillos en su cabeza una y otra vez.

 - ¡Muy bien, muy bien! No hace falta tanto aprecio, que al final me dejas si cabello –Constanze se acercó junto con su robot parlante, el cual se puso a hablar en su lugar.

“Gracias por tu ayuda” dijo el pequeño robot de acero. Después de que el robot hablara, Constanze realizo un gesto de arco hacia adelante en señal de agradecimiento. A pesar de que la voz sintética y entrecortada entre cada palabra hacia que se le quitara la emoción a las palabras, sus acciones no estaban ausentes de estas.

- Gracias, la verdad, pero yo sigo pensando que fue solo cuestión de suerte lo que pasó. Si no me hubiera encontrado con Sarah, y no me hubiera puesto el hechizo de comunicación, creo que las cosas hubieran tomado otro rumbo.

 - Sí. Lo más seguro es que seriamos comida para árboles, o para lobos –decía Amanda mientras reía.

 - Pues sí. Sobre eso… era mentira. Te lo dije solo para apresurar tu elección.

 Después de decir eso, de repente parecía que Amanda se iba a abalanzar sobre Franco con una ira asesina descontrolada, si no fuera porque las chicas la detuvieron justo a tiempo.

 - ¡PERO SERAS UN HIJO DE…! ¡¿SABES LO PREOCUPADA QUE ME PUSISTE CON ESO, PEDAZO DE IDIOTA?!

 - Oye, calma tu rabia, ¿okey? Además, puedo estar seguro que si no lo hacía, te rehusarías a hacerlo –Franco se alejó varios pasos para decirlo. No quería estar muy cerca de Amanda estando en su faceta más salvaje, ya que temía de que, si se acercaba demasiado, sería capaz hasta de arrancarle la yugular con los dientes si quisiera. Prefería no correr ese riesgo.

 - Si ya terminaron de hablar, me gustaría hablar con el adulto que las acompaña –Cris venia seguido de los guardias de los límites del territorio, con la intención de hablar con la maestra Ursula –De parte de mis hombres, y de la mía también, les pedimos perdón por las molestias causadas.

 - Yo también… -Amanda hizo una pausa en lo que iba a decir. Parecía que de repente le costaba hablar. Después de aclararse un poco la garganta, continuo –Yo también lo siento. Por la patada, y eso.

- Yo también lo siento. Creo que nos pasamos de la raya con lo de defendernos –dijo Akko con una sonrisa, intentando suavizar la situación.

 - Bueno, supongo que todo está arreglado. ¿Qué tal si en compensación por el mal rato que mis hombres les hicieron pasar, los invito a pasar por nuestro pueblo? Mi hija las guiara.

 - Por aquí. Síganme –Sarah les indicaba el camino por el que anteriormente había llegado ella.

 Mientras Sarah guiaba a las chicas por el camino de entrada al pueblo, Franco se quedó mirando los alrededores. Las hojas de los árboles se habían secado del roció de la lluvia, y el cielo se había despejado casi por completo, dejando que la luz del sol iluminara cada rastro de sombra,

 - Como se nota que este lugar no ha sido pisado por un ser humano en mucho tiempo. Todo aquí se siente tan… relajante. Bueno mejor las acompaño, no vaya ser que-

 Se detuvo en seco, mientras revisaba los alrededores. Algo no iba bien. Vio que algo extraño se movía sobre las ramas de uno de los árboles. Y no era solo eso, sino que también era como si todo el ruido del bosque hubiera sido silenciado de alguna manera.

 Agarro lo más cercano que tenía para defenderse: una rama del tamaño de un brazo y bastante puntiaguda. No sabía el por qué, pero al mirar en esa dirección, un instinto que escapaba a su comprensión le advertía que tuviera cuidado. No solo sentía el peligro, sino que también, de alguna manera que no alcanzaba a entender, podía olerlo. Un olor imposible de reconocer. Lo único a lo que lograba asociarlo era al olor del metal o la humedad. El solo estar en contacto con aquel extraño olor hacía que su cuerpo no obedeciera. Que retrocediera. Era indescriptiblemente pestilente y causaba un efecto debilitante en cada molécula de su ser.

 Por unos momentos, pudo ver, con un poco de claridad, un poco de lo que se escondía entre los árboles. Uno de sus ojos titilaba entre un brillo verde y purpura, y su cuerpo era imposible de ver. Incluso sin lograr verle el rostro, de alguna manera sabía que… estaba sonriendo.

 - Oye, ¿vienes o qué? –Akko le había venido por la espalda, tocándole el hombro.         

 Estaba tan absorto en sus pensamientos que cuando lo llamaron, sintió como un escalofrió recorría su espina dorsal.

 Cuando su mente volvió a la realidad, y vio que solo era Akko la que lo llamaba, mantuvo la calma he intento ocultar lo que había sentido con todo el autocontrol del que disponía.

 - S-sí, no te preocupes, voy en este momento.

 - ¿Estas bien? Tu rostro esta blanco ¿Estas enfermo o algo? –le pregunto, tocándole la frente con su mano derecha.

 - Cl-claro, estoy bien. No te preocupes.

 - Creo saber qué te pasa.

 - ¿E-en serio? –por unos momentos, pensó que tal vez ella sabía lo que le estaba pasando.

 - ¡Tienes hambre! –respondió en un tono tan alegre, que la idea de que ella sabía algo se esfumo como una chispa en el agua.

 - ¡E-exacto! ¡Si, es eso! Hace varias horas que no como algo, y creo que eso me está pasando factura.

 - ¡No te preocupes! Tengo lo necesario para esta situación –empezó a hurgar en una mochila que traía colgando de sus hombros, hasta que pareció dar con lo que estaba buscando –Ten. Es un paquete de galletas.

 Eran galletas de chocolate con relleno de vainilla. En una de sus esquinas, tenía un par de sellos negros en señal de advertencia: “Alto en calorías” y “Alto en azúcar”. Y aunque dichos sellos señalaran algún tipo de peligro en lo que la mayoría señala como “comida chatarra”, a la hora de la verdad, uno siempre terminaba comiéndolas sin ninguna clase de remordimiento. El peligro que advertían no quitaba lo delicioso de su sabor.

 - Me las dio Jasminka mientras veníamos de camino hacia acá. Pensaba en comérmelas por mi cuenta, pero no tengo ningún problema en compartir la mitad contigo –dijo Akko mientras sonreía con auténtica felicidad.

 - Bueno, si tú insistes.

 - ¡Démonos prisa! ¡Que nos dejan atrás!

 - Si, vamos.

 Antes ir detrás del resto mientras se comía las galletas con Akko, echo un último vistazo del lugar del cual había visto aquel brillo tan extraño. En su lugar, solo había un simple pájaro, el cual denotaba el color azul de su plumaje mientras giraba su cabeza en varias direcciones, probablemente buscando comida.

 Por un momento, pensó que tal vez aquella experiencia en la cueva con aquel hechizo le había dejado algún efecto secundario. Pero lo que vio… parecía tan real. Lo que sintió, solo lograba asociarlo a aquella presión tan descomunal que había sentido en esa pesadilla. O tal vez solo estaba tan cansado que su mente estaba comenzando a fallar. Lo mejor era olvidar lo que había visto, y seguir como si nada hubiera pasado, por ahora. Aun así, seguiría alerta si la situación empeoraba.

 Mientras Franco y Akko se alejaban, intentando alcanzar al grupo, aquel pájaro se giró para observar cómo se daban prisa. Observaba como de a poco alcanzaban al resto. Observaba como reían los unos con los otros. Y, sobre todo, observaba con uno de sus ojos, que cambiaba entre el purpura y el verde, mientras su cuerpo se distorsionaba drásticamente hasta que el único color que presentaba su plumaje era un color grisáceo. Definitivamente, algo no iba bien.

 

 

Capítulo 5: Hace tiempo... por The Last
Notas de autor:

Hola, Bchicos. El proximo lcapitulo tardo un poco en llegar, aya que nel trabajo cme tiene oocupado, pero ntermino saliendo. eAhora, gtodo lo que rqueda es esperar. oEn fin, ydentro gde un rtiempo estara ilisto el proximo y esas scosas. Nos vemos, y no olviden comentar.

Capítulo 5: Hace tiempo…

 

 Todos tienen su propia luz en sus vidas. Esas personas a las que se aprecia más que cualquier riqueza, fortuna o poder en este mundo. En el caso de Franco era su abuela, la cual era bruja.

 Cuando él tenía siete años, su padre tenía que ir a verla por cuestiones legales y personales, y como no podía dejar a su hijo pequeño solo, ni tampoco con una niñera, ya que a su esposa no le agradaba demasiado la idea, decidió llevarlo con él y, así de paso, dejarlo con ella mientras el atendía unos asuntos de trabajo. Ella no tuvo ninguna complicación con ello, ya que no tenía nada más que hacer, además, habían pasado varios años desde que había visto por última vez a su nieto, y aquella era una oportunidad de conocerlo mejor después de tanto tiempo. Desde que su marido había muerto hace once años, su casa se sentía abandonada y sin vida, por lo que tener a su nieto rondando por ella de vez en cuando le ayudaría a hacer de esos momentos mucho más llevaderos.

 Una vez resuelto los asuntos pendientes con su hijo y que este se hubiera ido, fue a buscar a su nieto para jugar con él, al cual lo había dejado en salón. Pero en cuanto fue a buscarlo, este ya no se encontraba en donde lo había dejado. Empezó a buscar en cada rincón de la casa: en la cocina, en el patio, en el comedor. Se estaba empezando a preocupar, hasta que se le ocurrió buscar en el lugar menos pensado: la sala de hechizos.

 Cuando abrió la puerta, se lo encontró jugando con una varita que había encontrado en uno de los cajones de la mesa de madera de roble, agitándola como si fuera alguna clase de espada. Observo los alrededores, viendo si había tocado o revuelto algo más en la gran habitación de brujería. Todo parecía en orden: la mesa de madera tenía las botellas de cristal perfectamente alienadas, los papeles y cuadernos que contenían anotaciones y hechizos variados seguían en su lugar, el caldero al fondo de la habitación seguía igual que siempre, y la máquina de destilación seguía en su lugar.

 - ¿Qué es lo que haces? –le pregunto su abuela a Franco, el cual, al escucharla, se sobresaltó, cayendo de espaldas al suelo de la habitación y dejando caer la varita.

 - Estaba intentando hacer un hechizo, como los que menciona papa en sus historias de cuando era niño, pero no me salen –le respondió mientras se levantaba de la pequeña caída que había sufrido.

 - Pero mi pequeño, no funcionara solo porque tú lo quieras –lo sacudió del polvo que habían manchado su espalda, sus pantalones y su cabeza –También requiere esfuerzo y dedicación. Solo entonces, cuando hayas aprendido y practicado lo necesario, lo lograras.

 - ¿Y cómo hago eso?

 - ¿De verdad quieres saber? –recogió la varita de mango plateado del suelo mientras lo observaba con melancolía con sus ojos negros, mientras las motas de polvo se amontonaban en su cabello emblanquecido como lana de oveja.

 - ¡Por supuesto! ¡Hare lo que haga falta! ¡No importa que tan difícil ni que tantos rasguños me haga!

 - Si estas tan dispuesto, entonces esa dedicación tuya la tendré que poner a prueba. Si lo que quieres es aprender todo lo necesario sobre la magia, entonces haremos lo siguiente –en sus ojos se podía vislumbrar un brillo de emoción y alegría el cual no estaba ahí hace unos momentos –A partir de hoy, cada vez que vengas a verme, te enseñare todo lo que se sobre la magia y sus usos. Pero te advierto, no será un camino fácil, más teniendo en cuenta tu edad. Ahora que sabes todo esto, ¿todavía quieres intentarlo?

 - ¡Claro que lo hare! Y no solo lo intentare, ¡sino que también lo conseguiré!

 Y a partir de ese día, cada sábado de cada semana, Franco fue a casa de su abuela a practicar todo lo que ella le enseñaba. Y tal como ella le había dicho, no era precisamente un camino de rosas. Las primeras veces los hechizos no salían según lo previsto: o se quedaban a medias, o simplemente no pasaba nada. Ella le explico que aquello era normal en los que eran primerizos en la magia, y que, con el tiempo, esfuerzo y dedicación, le sería posible ejecutar lo que le había enseñado sin mayores problemas.

 Pasaron varios meses, llenos de práctica, intentos fallidos, enseñanzas sobre las varitas y sus usos, sobre la elaboración de pociones mágicas, y sobre todo, excursiones a los lugares más recónditos y extraños del planeta. Lugares que no habían sido pisados por ser humano por milenios, excepto su abuela, y ahora él.

 

 

 - Abuela, ¿dónde estamos? –pregunto Franco mirando los alrededores.

 El lugar estaba completamente cubierto de nieve, y la sensación del aire frio al inhalarlo dificultaba la respiración. En la lejanía se lograba ver como las montañas formaban una cadena de rocas y nieve, que daba la impresión de dar forma a una muralla blanca e impenetrable.

 - Esto, nieto mío, es la cadena de montañas más grande del mundo: la cordillera de los Andes. Supongo que en tu escuela te enseñaron sobre eso.

 - Si, pero nunca pensé que fuera así de grande… y tan helado.

 - Por eso antes de salir, te dije que te pusieras la ropa de invierno que te deje en el armario.

 - Tienes razón. Gracias, abuela.

 Franco había llevado unos guantes de lana verdes y gruesos que su abuela le había tejido hace unos días, una chaqueta azul y gruesa rellena de algún material que aislaba el calor corporal, pantalones azules, zapatos para invierno negros, y una bufanda blanca que ondeaba al viento, mientras que su abuela solo llevaba su atuendo de bruja, con su sombrero que tenía un extraño símbolo circular metálico, rodeado de tres líneas punteadas, que se veía algo descolorido de su color original, que parecía haber sido el dorado,  su túnica, que le llegaba hasta el piso, y una bufanda naranja totalmente envuelta.  El vaho salía de sus bocas por cada respiración que hacían, desvaneciéndose en el frio aire, y Franco usaba el suyo para calentarse sus manos, mas como acto-reflejo que por necesidad.

 - ¿Y qué vinimos a buscar, abuela? –desde que habían salido de casa, su abuela no le había contado nada al respecto de cuáles eran sus intenciones en un lugar tan apartado como ese, por lo que la curiosidad le carcomía desde que habían llegado.

 - Vinimos a buscar un ingrediente que necesito para una de mis mejores opciones, y te he traído para mostrártelo: se le conoce como “hongo escarcha”.

 - ¿Hongo escarcha? –Franco no se lograba hacer una idea de la apariencia de aquel extraño ingrediente del cual hablaba su abuela. Lo primero que se le vino a la cabeza era un hongo cubierto por escarcha, pero conociendo como eran algunos de los nombres de algunos ingredientes que había aprendido anteriormente en contraposición con su apariencia, había aprendido que no todos eran tan literales.

 - Es un hongo el cual crece en climas elevados y extremadamente fríos –le explicaba su abuela, mientras caminaban por la nieve y el helado viento aullaba más allá de las alturas visibles para los ojos de los hombres –Su nombre se debe a que está cubierto por una gran cantidad de finos y pequeños cabellos blancos que le hacen parecer que estuviera cubierto por escarcha. Se dice que nació debido a que una diosa de nombre tan antiguo que es imposible de recordar, lloraba sobre las montañas del mundo, y que debido a que esta no paraba ni de día ni de noche, el frio de las alturas congelaba sus lágrimas, hasta que se formó la nieve. Ella lloro tanto que termino muriendo, y de su cuerpo y sus blancos cabellos, nació lo que se conoce como “hongo escarcha”, el cual es capaz de darle una resistencia sobrehumana al frio a cualquiera que se lo coma.

 - ¿Y cómo lo encontramos?

 - Conozco un lugar al cual siempre voy a buscar algunos. No te separes.

 Continuaron caminando un largo trecho cubierto de nieve, hasta que terminaron llegando a lo que parecía una cueva escondida tras grandes carámbanos de hielo que formaban un muro helado y cristalino.

 La abuela de Franco levanto el brazo delante de el para que mantuviera distancia, se acercó a paso lento hacia la pared de hielo, y comenzó a trazar un circulo sobre la pared helada, raspándola con un trozo de metal con forma de una bala, como si dibujara sobre una pizarra con tiza. Había dibujado un circulo dividió en dos a la mitad, y en cada lado tenía siete puntos unidos por líneas, y como le había enseñado su abuela durante los meses anteriores, formaban una constelación del firmamento, solo que ambas partes eran un reflejo invertido de la otra.

 - ¿Reconoces esta constelación? –su abuela le señalo la parte que se parecía más a la que se veía en el cielo y a las imágenes mostradas en tantos libros de ciencia y astrología que tenían en la biblioteca de su escuela: con la línea que estaba unida al rectángulo apuntando hacia arriba, mientras el rectángulo apuntaba hacia abajo.

 - Es la Osa Menor. Me la mostraste hace unos días, y también la vi en uno de los libros de la biblioteca de la escuela.

 - Veo que la recuerdas bien.

 - ¿Pero por qué la dibujaste al revés de ese lado?

 - Solo observa.

 Saco su varita del bolso que llevaba colgando al hombro. Estaba hecha de madera, tenía forma de espiral, y tenía pequeños símbolos grabados minuciosamente en las ramas que le daban su forma, los cuales tenían formas semejantes a la luna en sus diferentes etapas de su ciclo lunar.

 - “Lux” –dijo tocando con la punta de su varita el lado del circulo en el que estaba la Osa Menor que no estaba invertida. De repente, cada uno de sus puntos comenzó a brillar en un tono verde, mientras unas líneas negras se formaban en donde estaban las conexiones hechas con el trozo de metal –“Umbra” –toco de nuevo con su varita el otro lado del círculo, en donde estaba la Osa menor que si estaba invertida. Sus puntos comenzaron también comenzaron a brillar, solo que tenían un tono violeta, y donde estaban las marcas que hacían de líneas, había ahora trazos blancos.

 - Abuela, ¿qué es eso?

 - Eso es algo que nunca supe con seguridad. Este ritual y este símbolo han pasado por varias personas desde tiempos imposibles de recordar. Y las pocas cosas que se saben son realmente ambiguas. Mi abuela me decía que era una representación de dos fuerzas más antiguas que el universo mismo, creadas por un ser incapaz de ser comprendido por los mortales.

 - No entiendo.

 - No te preocupes. Yo tampoco. Bueno ¿entramos? –dijo mientras presionaba el símbolo sobre la pared de hielo, haciendo que esta desapareciera, como si nunca hubiera estado ahí.

Se comenzaron a adentrar en una oscuridad que, desde fuera, parecía tenebrosa y extraña. Pero una vez estuvo dentro, de alguna manera, Franco sentía como si aquella penumbra lo rodeara y lo abrazara, escondiéndolo y protegiéndolo del peligro y de todo aquello que tuviera intenciones de hacerle daño. Se sentía a salvo.

 Una vez hubieron cruzado la negrura del pasillo de roca y hielo, se adentraron en una enorme cueva, iluminada por cientos de motas de luz blanquecinas con alas que flotaban en medio del de la umbría, complementándose con él. Haciéndole compañía.

 - ¿Ves? Ahí están –le dijo su abuela señalando hacia una parte de la cueva en la que se podía ver un grupo de aquellas pequeñas esferas de luz circulando alrededor de un grupo de hongos celestes con pequeños cabellos blancos.

 - ¡Hongos escarcha!

 - Acertaste. Y además varios en un solo sitio. Lo normal es encontrarlos muy separados los unos de los otros, pero de esta manera, si que es algo raro.

 - ¿Y ahora que hacemos, abuela?

 - Dame tus manos.

 Franco acerco sus manos enguantadas a su abuela. Su abuela, al tomarlas, saco su varita y recito otro hechizo.

 - “Resistentiam” –después de decirlo, los guantes fueron rodeados con un aura azul. Franco sintió como después de esto, el poco frio que antes sentía en sus manos ya no estaba, y fueron reemplazados por una calidez similar al que da estar cerca de una estufa en medio de una noche de invierno. Se sentía muy reconfortante.

 - ¿Qué fue eso, abuela?

 - A este hechizo se le llama resistencia, o “resistentiam” en su idioma original. Lo que hace es darte protección contra condiciones extremas, como el calor de un volcán, o el frio de la cima de una montaña, haciendo que no seas afectado por

 - ¿Pero para que lo necesito?

 - Los hongos escarcha tienen la peculiaridad de que, al tomarlos sin ninguna protección, produce en quien los agarra horribles quemaduras por frio. Así que, para lograr tomarlos sin problemas, les puse a tus guantes el hechizo “resistentiam” para que pueda anular sus efectos. Vamos, toma uno.

 Franco aparto con sus manos a las pequeñas bolas de luz con alas que entorpecían su camino, he intento tomar uno de los hongos de entre el montoncito que había visto, con algo de miedo por lo que su abuela le había dicho acerca de los efectos secundarios por tomarlos sin ninguna clase de seguridad. Acerco lentamente sus manos, lo tomo y… no pasó nada.

 Por supuesto, él sabía que no pasaría nada, pero en su interior todavía existía un poco de miedo de que algo no hubiera salido bien con el hechizo. De que hubiera consecuencias imprevistas.

 - ¿Ves? No paso nada. Como si fuera un hongo cualquiera –le dijo su abuela mientras le ponía una mano sobre su hombro –Ahora, continuemos. Necesitamos al menos diez de estos.

 Después de eso, ambos se la pasaron media hora explorando cada rincón de la cueva. No fue tarea fácil, ya que, si bien habían tenido un buen comienzo con aquel grupo de setas amontonadas, las que faltaban se encontraban en lugares algo difíciles de acceder, como agujeros en la pared muy estrechos, sitios elevados, o en los lugares más profundos. Pero después de un rato, entre los dos, habían conseguido a reunir nueve. Solo les faltaba uno más y podrían volver a casa.

 - Mira, abuela. Ahí veo uno –dijo Franco señalando uno que se encontraba en la entrada de un gran agujero en la pared. Este era bastante grande. Tan grande que se tenía que alzar la vista con tal de vislumbrar en su totalidad su entrada.

 Mientras el pequeño Franco se acercaba a recoger el hongo que les faltaba con toda su felicidad, su abuela reviso las paredes de piedra, enmohecidas y negras de la gran caverna en la que se encontraban. Estas presentaban marcas de arañazos bastante profundos, median lo mismo que la mitad de una persona adulta promedio, y estaban repartidas por varias partes cercanas a la misma. Ella, a primera vista, no se le lograba ocurrir ningún animal que lograra hacer esa clase de daño a una pared de piedra con tanta facilidad, hasta que después de indagar un momento por su memoria, logro llegar a una conclusión. Y a pesar de que, de primeras, lo que se le había ocurrido le parecía inconcebible, he incluso estúpido. Pero mientras más miraba a su alrededor, la idea ya no parecía tan tonta e imposible como al principio. No solo eso, sino que había comenzado a parecer factible. Y eso era lo que más temía: que fuera factible.

 - ¡Aléjate! –le comenzó a gritar a Franco con todas sus energías –¡Aléjate de ahí! ¡Ahora!

 - ¿Por qué, abuela? –le pregunto con extrañeza el pequeño Franco mientras recogía la última seta que les faltaba.

 Tras sus espaldas, en dirección al agujero gigantesco, pudo escuchar un gruñido. Un gruñido tan profundo y gutural, que hizo que cada musculo y hueso de su cuerpo temblara. Comenzó a girar lentamente su cabeza junto con su cuerpo, con la esperanza de que talvez solo hubiera sido una ráfaga de aire que había entrado por alguna abertura del exterior a la cueva, o solo su imaginación. Y vaya que él hubiera preferido que hubiera sido cualquiera de esas cosas. Pero la realidad distaba mucho de ser las cosas que se ocurrían. En lugar de eso, su mirada se encontró con dos ojos, rojos como el granate, brillantes y grandes como dos gigantescas linternas. Parecían perforar su ser, hasta un punto en que parecía que estuviera observando su alma, con una ira que escapaba a la comprensión humana, y acompañado de una boca que tenía unos dientes lo bastante grandes y afilados como para destrozarlo a él como si fuera un pequeño dulce de chocolate, frágil y endeble. El pequeño Franco ya se estaba haciendo una idea de lo que sucedería dentro de unos segundos si no pasaba nada que interrumpiera aquel momento de terror que le costaba tanto procesar: lo que fuera aquello, se lanzaría sin dudarlo sobre él, y lo devoraría sin ninguna clase de complicación. Y ni su abuela, ni el, ni ningún dios podrían hacer nada por impedirlo cuando sucediera.

 - “¡Lux Solis!” –exclamo su abuela mientras extendía su vara en el aire. Una gran explosión de luz se apareció delante de él, haciendo no solo que fuera segado momentáneamente, sino que fuera capa de vislumbrar aquello que se escondía en las sombras de aquel agujero: tenía escamas azules, una cola que, al final de esta, estaba cubierta por grandes púas que le daban apariencia de látigo, su cabeza era ancha, tenía  tres pares de grandes tajos a ambos costados de su cuello, de los cuales salían ráfagas de aire, un cuerpo delgado y largo, y garras lo bastante grandes y gruesas como para desgarrar la piedra como si fuera papel.

 - ¡Celeritas! –pronuncio su abuela en voz alta. Antes de que el pudiera darse cuenta, su abuela se había movido hasta donde el estaba, con una velocidad sobrenatural.

 - ¡Viribus! ­–pronuncio su abuela nuevamente.

 Agarro a Franco con una fuerza imposible para ella, y comenzó a correr en dirección a la entrada de la cueva, mientras cargaba a Franco con ambos brazos, llevaba la bolsa con los hongos escarcha en una bolsa amarrada a su cintura, y eran perseguidos por un dragón salido de los abismos más profundos de la tierra. Tenían que escapar.

 

 

 Podían vislumbrar la luz de la entrada de la cueva. Faltaba muy poco. Solo tenían que continuar hacia adelante y todo saldría bien. Solo eso.

 En un momento de pánico total, mientras casi tenían su escape a pocos metros de ellos, el suelo comenzó a resquebrajarse por las fuertes pisadas del dragón, dejando al descubierto bajo ellos una grieta en el suelo tan profunda y grande, que resultaba imposible ver su fondo.

 No dudo un segundo, y dio un salto con todas las fuerzas de las que disponía.

 Con una mano logro aferrarse al borde del precipicio, mientras que con la otra agarraba a su nieto de la manga de su chaqueta. Lo único que faltaba era usar todas sus energías para subir, y lograrían escapar de allí. Pero las cosas tomarían un rumbo totalmente opuesto.

 Antes de que pudiera darse cuenta, la manga de la chaqueta de Franco comenzó a rasgarse, hasta que esta se terminó rajando por completo, haciendo que este cayera dentro de la gigantesca grieta que se había formado en el suelo, y termino en el fondo de esta, magullado y adolorido.

 

 

 El pequeño Franco se levanto del suelo, adolorido y asustado. Miro hacia arriba, intentando ver que había pasado, solo para encontrarse con aquel gigantesco dragón bajando rápidamente hacia él.

 Actuando bajo el miedo y la desesperación, comenzó a correr. Correr y correr. Era lo único en lo que pensaba.

 Cuando a su perseguidor lo suficientemente lejos, se detuvo para ver si podría encontrar un lugar donde esconderse. Diviso en la pared un agujero que parecía lo suficientemente hondo y ancho como para esconderse. Se acerco y se movió hasta el fondo de esta, con la esperanza de que no lo encontraría.

 Cada parte de su cuerpo temblaba. Sintió como las paredes se estremecían por las pisadas de aquel dragón. Estaba en la entrada. Este se agacho y observo a través de la entrada de su escondite. La sola mirada de sus ojos provocaba en él un miedo que escapaba mas allá de lo que podía concebir. Que lo paralizaba.

 Entonces aquel ser azulado comenzó a rugir con todas sus fuerzas, mientras que con una de sus garras escarbaba dentro del agujero con tal de alcanzarlo. Franco comenzó a llorar. Rogaba porque alguien lo salvara. Quien fuera. Lo que fuera. Solo quería que terminara. Que el monstruo desapareciera.

 

 

 Pasaron minutos. Tal vez una hora. Para el pequeño Franco ya no le quedaba claro. Su mente estaba tan nublada que la noción del tiempo se desvaneció, al igual que su sentimiento de seguridad.

 El dragón azul seguía ahí fuera, esperando a que saliera. Si aquel agujero en la pared no hubiera sido lo bastante profundo y no estuviera rodeado de una extraña roca plateada que el dragón no lograba romper con sus enormes garras, estaría muerto desde hace un rato.

 Podría matarlo fácilmente con su aliento helado. Podía. Pero no lo hacía. Y Franco pudo saberlo con solo mirarlo a sus ojos. Este quería despedazarlo con sus garras. Triturarlo con sus dientes. La ira en sus ojos lo hacían bastante evidente.

 Franco solo siguió esperando, escondido en lo más profundo del agujero. Esperando a que alguien o algo lo ayudara. Que todo fuera una horrible pesadilla. Pero sentía que lo segundo era imposible que así fuera, y de lo primero no estaba tan seguro. Se sentía cansado y asustado. Solo quería ir a casa.

 

 

Un destello rojizo ilumino su escondite. Por momentos pensó que iba a morir, pero al notar que seguía con vida, alzo la vista a la entrada del agujero.

 Se oían gritos de ira, sonidos de electricidad circulando en el aire, rugidos tan potentes que hacían que las paredes de la cueva temblaran, se veían destellos amarillentos y resplandecientes como el sol de la mañana, llamaradas rojas como el estallido de un volcán, y al final, un sonido de un gran peso cayendo sobre el suelo. Después, lo único que hubo fue un silencio sepulcral.

 Franco se comenzó a arrastrar desde el fondo de su escondite, hasta que llego hasta la entrada de este, echando un vistazo para ver que era lo que había pasado. El dragón azul se encontraba tendido en el suelo, con quemaduras en varias partes de su abdomen y su rostro, de los tres pares de orificios de su cuello ya no salía ni el más mínimo soplo de vida, y sus ojos estaban apagados de cualquier rastro de vida. Estaba muerto.

 Comenzó a salir de donde había estado durante todo ese tiempo, y pudo divisar como a la derecha de la bestia estaba su abuela, sosteniendo su varita con fuerza, con respiración agitada, mientras era acompañada por dos personas más. Un hombre de cabellos blancos y largos, de expresión seria, de ojos negros, con un abrigo de cuero negro y empuñando una varita plateada, y a su lado se encontraba una chica joven, de cabello largo y de un color rojo claro, de ojos verdes, llevaba puesto un traje de bruja, y

en su mano derecha sostenía una varita metálica, con una luz verde en su base.

 Se movió de su escondite, tambaleándose, intentando no caer. Llego un momento en que le era imposible oír mas allá de los sonidos que el hacía, como las piedras moviéndose con su andar, o su respiración de cansancio. Oía las voces de su abuela y de los que la acompañaban como si fueran ecos del pasado, distantes y apagadas. No quería saber nada más. Solo quería descansar. Solo quería volver a casa.

Archivo Recuperado Nro 1 por The Last

 - Recuperacion de archivo corrupto en proceso

 - Recuperacion en un 30%

 - Recuperacion en un 60%

 - Recuperacion en un 90%

 - Recuperacion en un 99,99%

 - Recuperacion del archivo exitosa

Nombre en clave del archivo: IRA

 

Experimento Número 1456.

Ubicación: Dinamarca.

Estado del sujeto de pruebas: Reposo.

Descripción: A continuación se usará un poco de ####### #### que he logrado extraer de los restos en fondo del océano. Está listo para ser usado en el sujeto de pruebas. Si mis calculos no me fallan, esta ####### #### tiene energía suficiente para abastecer una ciudad, y aunque se use un poco, su cantidad puede verse en aumento dependiendo de cómo asimile el sujeto. Como objetivo secundario, de ser posible, podría controlar al sujeto para que logre traerme un poco de ####### #####. De no conseguirlo, al menos logré sacar algunos datos de la ####### #### sobre su comportamiento en un organismo vivo.El siguiente archivo tratara sobre los resultados sobre la experimentación con ####### #### y sus características al usarla. FIN DEL ARCHIVO 145

Nota: Tal parece que en la zona de experimentacion hay criaturas vivientes de algun tipo, pero no es algo que me concierna. Ya vere que hago al finalizar el experimento.

 

Notas:

 

 -Archivo sin posibilidad de recuperacion

 - Necesario un decodificador en especifico para su lectura

01010000 01110101 01110010 01110000 01110101 01110010 01100001 00100000 01111001 00100000 01110110 01100101 01110010 01100100 01100101 00101110 00100000 01000010 01101100 01100001 01101110 01100011 01101111 00101100 00100000 01101110 01100101 01100111 01110010 01101111 00100000 01111001 00100000 01100111 01110010 01101001 01110011

Capítulo 6: La mitad por The Last

Capítulo 6: La mitad

 

 - ¡Este lugar es increíble!

 Akko se la pasaba maravillándose con la hermosura del bosque, observando el verde de las hojas de los árboles, la pureza del aire, y la variedad de animales silvestres que circulaban entre las ramas.

 - ¡Y los arboles son bastante grandes! -dijo Amanda mientras “desafiaba a la muerte” balanceándose en la parte más alta de uno de los arboles más grandes de la zona.

 Constanze se encontraba analizando la energía verdosa que era repartida por todo el bosque con uno de sus artefactos: un “medidor de energía mágica”, por decirlo de alguna manera, el cual al ser apuntado a una zona que desprenda energía mágica, la aguja en el medidor empezaba a moverse entre los diferentes números que estaban en la parte superior, que indicaban que tan potente era dicha energía.

 En cuanto ella acerco el medidor, la aguja salió disparada al número mayor, que en este caso era el cien. En cuanto esto ocurrió, Constanze se sobresaltó por la cantidad tan abrumante de magia que residía en aquel lugar. Guardo el medidor en su mochila, y pensó que quizá debería hacer otras pruebas.

 - Me parece increíble que Sarah sea hija de Cris, ¿no te parece? –Akko estaba hablando con Franco bajo la sombra de un árbol frondoso, mientras se terminaban el paquete de galletas. Estaban mirando como el resto del grupo exploraba la aldea de los spriggans, cada uno a su manera.

 - El abuelo de Sarah ya me hablo sobre eso. Tal parece que es algún tipo de reproducción igual o similar a la de los bananeros.

 - ¿Gómo eftaf dan seguro?  –pregunto Akko mientras aún tenía una galleta en la boca.

 - Para empezar, primero traga lo que estas comiendo, que no te entendí nada –le respondió Franco mientras arqueaba una ceja y mostraba una leve sonrisa.

 - Pregunte que como estas tan seguro –le dijo Akko después de tragarse la galleta.

 - Los bananeros pueden crear otro si se planta una parte de su raíz. La diferencia aquí, es que los spriggans necesitan a otro de su misma raza con características diferentes.

 - ¿Lo cual quiere decir…?

 - Un hombre y una mujer, si es que esas palabras son aplicables para esta raza. Me explico –Franco agarro un palo del suelo y comenzó a dibujar en la tierra– Lo que aquí se conoce como “chico y chica”, al igual que nosotros, tienen características muy diferentes entre ellos.

 - ¿Un ejemplo?

 - Pues… –comenzó a mirar a sus alrededores, pensando en que podría ser un buen ejemplo –Mira ¿Ves a esos dos spriggans de ahí? Dime cual es la diferencia entre ellos.

 - Mmm… el primero tiene… ¿un color diferente en sus ramas?

 - Mira, ¿ves los brotes que tiene en su cuerpo?

 - Si.

 - Todas los “hombres” (las comillas que estoy haciendo hacen que me duelan los dedos) les crecen esos brotes a partir de lo que sería la niñez, mientras que las mujeres carecen completamente de estos. Pero las mujeres tienen sus ramas con una apariencia más clara, mientras que en los hombres es más oscura.

 Franco pauso un momento su explicación para asegurarse de que Akko lo estaba escuchando, ya que desde que empezó a hablar, no había pronunciado palabra alguna. Cuando este se giró para mirarla, esta estaba tan cerca de su cara y con una mirada tan atenta y penetrante, que sintió un escalofrió recorriéndole cada nervio de su cuerpo.

 - Pues, como estaba diciendo –se aclaró la garganta y continuo su explicación, a pesar de la muy atenta mirada de Akko. Quizá demasiado atenta para sus nervios– Para que un nuevo spriggan nazca, se necesita un trozo de corazón, tanto del spriggan hombre como de la mujer. Ambas partes son unidas y lanzadas dentro de la fuente de energía de este bosque, y de las profundidades de esta, sale un nuevo spriggan en su estado más joven posible. Y bien, ¿qué te ha parecido mi explicación?

 - Creo que lo he entendido.

 - Me alegro, porque paso de volverlo a explicar.

 Akko se puso de pie, con tal de ir en dirección en donde se encontraban sus amigas. Después de dar algunos pasos hacia adelante, giro su cabeza hacia el árbol bajo el cual estaba recostada, y vio como Franco se acomodaba todavía más bajo la sombra del frondoso árbol.

 - ¿No vas a venir?

 - Nah. Me quedare un rato más aquí, he intentare echar una siesta. La verdad es, que estoy un poco cansado. Tu ve.

 - ¿Estás seguro? –Akko no parecía confiar mucho en lo que le había dicho, poniendo una cara de desconfianza, mezclada con preocupación.

 - Que sí. Ya te pareces a mi mama. Ve con calma, que no pasara nada.

 - Bueno –decía Akko mientras se alejaba y alzaba su mano para despedirse.

 Él sonrió mientras se alejaba. No tenía sueño. La única razón por la que prefería quedarse bajo las sombras en lugar de acompañar a Akko junto a las demás, era porque necesitaba pensar.

 Las ultimas cosas que le habían ocurrido y que había visto, no le hacían sentir tranquilo. Se sentía incómodo, intranquilo, como si tuviera un escozor insoportable bajo la piel. Era desesperante. Observo sus manos con las cuales había intentado quitarse aquella molestia tan exasperante que se extendía sobre su cuerpo.

 “¿Qué me está pasando?”

 - Te lo resumo, en una palabra: enloqueciendo.

 Se sobresalto cuando escucho una voz que provenía de su lado, la cual contestaba a la pregunta que se había formulado para sí mismo. Pero no había nadie más que él.

 “Pero, ¿qué está pasando?”

 - Creo que te lo acabo de dejar bastante claro, ¿no crees?

 Giro su cabeza hacia la derecha, y lo que se encontró, hizo que, por unos momentos, sintiera como si el corazón se le detuviera. Frente a él, estaba el.

 Aquella reflexión de él lo miraba con una sonrisa burlona, mientras le guiñaba un ojo. 

 - ¿Qué? No me mires así ¿Tan raro es verte a ti mismo frente a ti?

 - No… pero por regla general solo sucede cuando estoy frente a un espejo.

 - Pues bien. Yo no soy lo que se podría llamar un “reflejo”.

 - Entonces, ¿qué eres?

 - Eh, eh, eh. Las respuestas a su tiempo. Por ahora, solo te puedo decir que tengas cuidado. Es difícil explicar en estos momentos sin los datos adecuados. Y aunque me diera el lujo de explicarte lo necesario, dudo que dispongamos del tiempo necesario, ya que lo haz sentido, ¿verdad? Esa… sensación –sus ojos se habían vuelto tan vacíos y fríos, de manera tan repentina, que hizo que retrocediera casi de manera automática– Bien. Ese instinto te servirá. Por ahora, solo te puedo decir una cosa: ten cuidado, ya que lo que sea que hayas visto u oído, ten por seguro que no busca nada bueno.

 - ¡Franco! ¡Franco! –los gritos de Akko hicieron se asustará de tal modo, que hizo que su corazón se sacudiera violentamente, y que cada uno de sus sentidos entraran en alerta roja.

 - ¡Tus muertos! ¡No me des esos sustos!

 - Lo siento, pero es urgente. La profesora Ursula te necesita urgente. Parece que necesita hacerte alguna pregunta y…–Akko pauso sus palabras por unos segundos, mientras miraba a varias direcciones– Por cierto, ¿con quién estabas hablando?

 En cuanto Franco devolvió la mirada hacia donde estaba mirando anteriormente, el ya no estaba, y en su lugar, pudo escuchar una risa con tanta reverberación y tan inhumana, que hizo que cada nervio de su cuerpo temblara. En cuanto a Akko, su expresión paso de la curiosidad a la preocupación tan rápido, que podría haberse considerado un nuevo récord mundial.

 - Con nadie. Solo estaba hablando conmigo mismo– en cuanto dio esa respuesta, pensó en la tremenda ironía que ello conllevaba, ya que, de hecho, de verdad había estado “hablando consigo mismo”, lo cual hizo que riera por lo bajo. Pero su risa, más que tranquilizarlo, hizo que su miedo creciera. Incluso Akko parecía asustada. Quizá no parecía tan descabellada la idea de que tal vez estaba enloqueciendo.

 - Como sea, ¿qué sucede con la maestra Ursula?

 - Ella necesita… hablar contigo– Akko parecía seguir con miedo después de la actuación tan rara de él.

 - Bueno, pues vamos allá, que tampoco queremos hacerla esperar, ¿verdad? –se acercó a Akko de manera amistosa, intentando calmar la tensión generada por su descabellada actuación, y pareció que dio resultado, ya que Akko reflejaba menos temor que antes, aunque parecía que este seguía vigente.

 - Bueno, andando.

 En cuanto se encontraron a bastante distancia, Franco se fijó de nuevo para asegurarse de que bajo la sombra del árbol ya no se encontraba nadie. No había nadie, para su fortuna, pero aquella risa seguía resonando en su cerebro. Necesitaba ayuda, y urgente.

 

 

 En cuanto llegaron, la maestra Ursula se encontraba teniendo una conversación con el abuelo de Sarah, dentro de su hogar. Parecían ir por buen camino, ya que ambos estaban riéndose cuando llegaron.

 - Oh, Franco, Akko. Llegaron.

 - Por supuesto. Y ahora, ¿qué era aquello tan urgente que tenía que preguntarme?

 - Pues veras. El padre de Cris me acaba de contar sobre varias cosas de su pueblo, y es muy interesante el estilo de vida que llevan aquí. Pero, además, me gustaría hacerte algunas preguntas sobre lo que aprendiste de ellos cuando llegaste, si no te importa.

 - Pero antes, Profesora Ursula, necesito hablar a solas con el joven Franco. A solas. Después podrá hacerle las preguntas que quiera– el abuelo de Sarah pareciera que necesitaba hablar algo urgente, pero que no podía contárselo a cualquiera.

 - Si, no hay problema. Akko, dejémoslos a solas.

 - ¡Nos vemos al rato! ¡Y no tardes mucho!

 Este sonrió mientras ella se alejaba junto a la maestra Ursula. La verdad es que le estaba empezando a caer bien Akko, a pesar de su entusiasmo tan elevado.

 - Bueno, ¿que era aquello tan importante que tenía que contarme? 

 - Es sobre lo que paso en la fuente. La visión que tuviste.

 - ¿Qué sucede con ello?

 - ¿Has tenido alguna clase de alucinación o algo parecido?

 En cuanto dijo esas palabras, Franco escucho una risa seca y burlona que venía de su derecha. Ahí estaba el. Aquella “cosa” tan parecida a él, tanto en su apariencia como en su voz. Su única diferencia con el eran sus ojos, fríos y calculadores, además de su piel, la cual tenía un tono algo más pálido que la suya.

 Su sonrisa tan rara hacia que algo en su interior hiciera que se sintiera incómodo.

 - Si soy sincero, cuando estaba en la entrada a la zona, sentí como si algo me estuviera observando entre las ramas de los árboles. Y cuando me acerque a investigar, podía oler algo pestilente viniendo de esa dirección. Algo parecido al metal, o la humedad, pero mil veces más insoportable. También está el hecho de que, al respirarlo, sentía como si me debilitara poco a poco, y mi cuerpo se negaba a avanzar.

 Franco miro por unos momentos al anciano spriggan. A pesar de que su raza carecía completamente de expresiones faciales, pudo escuchar como las ramas que cumplían su función como dedos, crujían por la presión que estos hacían en el bastón que sujetaba.

 - ¿Qué sucede? ¿Pasa algo malo?

 - ¿Algo más que te haya pasado, chico?

 A pesar de que había evadido su pregunta con otra más, decidió contar lo que había sucedido recientemente, ya que tal vez, el tendría una explicación a lo que le estaba pasando.

 - Lo último que sucedió fue que, mientras estaba sentado bajo un árbol, comencé a escuchar una voz que no parecía provenir de algún sitio. Al principio, pensé que había sido mi imaginación, pero luego volví a oírla más clara y más cercana. Fue entonces cuando, a mi lado, me vi a mismo.

 - ¿Qué quieres decir?

 - O sea, era yo, pero no totalmente. A diferencia de mí, sus ojos eran muy fríos, y su piel era un poco más pálida. Fuera de eso, todo en él era igual a mí.

 - Era lo que me temía.

 - En serio, ¿qué pasa?

 - Es un estado llamado “división psíquica”.

 - Oh, que interesante. ¡Y que ambiguo e inútil! –parecía que su otro yo estaba algo molesto, y expresaba su enojo con ganas. Para Franco, lo peor no era su enojo. Lo peor era que ese mismo enojo era el suyo, el que sentía por no saber que estaba pasando, y por qué desde hace un rato no se sentía como el mismo, como si estuviera incompleto, y eso lo irritaba.

 - ¿Y eso que sería? –ignoro la queja de su otro yo. Todavía le quedaba la suficiente cordura como para saber que ponerse a discutir con el aire solo haría que se viera como un demente.

 - Es este estado, el que lo sufre tiene una parte de su ser desprendido. La parte que se desprende es la encargada de los instintos y la supervivencia, y está muy centrada en las emociones negativas, principalmente la ira.

 - ¡Al fin, algo útil de este viejo árbol podrido!

 - ¡¿Podrías callarte de una vez?! –a pesar de que estaba intentando no hacerle caso, resultaba difícil cuando lo único que estaba haciendo era quejarse.

 - Estas hablando con él, ¿verdad?

 - Si, y resulta exasperante. Bueno, ¿y cómo me curo?

 - No hay.

 - ¿Perdona?

 - Que no hay cura. La razón por la que se produce es por la exposición demasiado potente al “Vacío”.

 - ¿Y qué es eso?

 - Lo que sentiste en sueños. No puedo contarte más, ya que no sabemos casi nada de él, excepto los efectos secundarios a su exposición, como la división psíquica, o visiones lucidas del Vacío. Lo único que puedes hacer es acostumbrarte a él.

 - Esto es genial. Ahora tengo a un dolor de cabeza con patas y que habla. Voy a parecer un esquizofrénico en la academia.

 - Lo siento, pero solo hemos ha habido dos personas que han sufrido esto. Y nunca supimos cómo arreglarlo.

 - Da igual. Supongo que tendré que soportarlo, de alguna manera. Ya veré que hago.

 - Guau, pobre. Deja que te consuele. Pobre cosita fea.

 - ¡¿PODRIAS CALLARTE DE UNA JODIDA VEZ?! ¡TU VOZ ES LO MAS MOLESTO QUE HE TENIDO QUE ESCUCHAR EN MI VIDA!

 Para cuando se dio cuenta, vio que se había dejado llevar por la rabia, y que estaba comportándose de la manera que estaba buscando evitar.

 - Lo lamento. Me deje llevar.

 - No te preocupes. He visto ese comportamiento antes. Los pocos que lo han sufrido se comportaron de la misma manera la primera vez.

 Franco miro a su alrededor, buscando algo en lo que enfocar su atención. Cualquier cosa era mejor que prestar atención a su otro yo. Se fijó en un bloque de piedra que cumplía la función de mesa. Sobre esta había unos cuencos de piedra, y junto a estos, un cuchillo algo extraño. No media más que una mano, su lado sin filo estaba curvado, su mango era de bronce, y el metal de la cuchilla era de un extraño color plateado. Por momentos, la forma de aquella de daga le recordó a una similar que tenía la capacidad de volver en el tiempo hasta cierto punto si se pulsaba el pomo del mango, que funcionaba con arena mágica y su cuchilla era de un color azul blanquecino, aunque descarto la idea que esa pudiera hacer lo mismo, más que nada porque la daga en la que pensaba pertenecía a un videojuego, aunque su parecido con la que observaba le parecía interesante.

 - Oiga, ¿qué es-?

 Antes de que pudiera acabar su pregunta, uno de los spriggan que hacían de guardias entro alarmado dentro la casa.

 - ¡Señor, es una emergencia!

 - ¿Qué sucede?

 - ¡Se trata del “Terror Azul”! ¡Está despierto, y parece furioso!

 Aquellas palabras hicieron que aquel viejo spriggan se paralizara del miedo.

 - ¡¿Pero cómo sucedió?! Se supone que debería seguir durmiendo en las montañas durante el resto del año ¡¿Qué fue lo que sucedió?!

 - ¡No lo sabemos, señor! ¡Lo que sí sabemos es que viene directo hacia acá, y parece realmente furioso! El resto de los guardias ya han ido a avisar al resto del pueblo.

 - ¡Hay que protegerse lo más rápido que podamos! ¡Que sean enviados a los refugios enseguida!

 - ¡Si, señor!

 El guardia salió disparado por la puerta de entrada, casi tropezando al salir.

 - ¿Pero qué está pasando? ¿Qué es ese tal “Terror Azul”?

 - ¡No hay tiempo para explicaciones! ¡Debemos sellar la entrada a la fuente e ir a los refugios lo antes posible! ¡Rápido!

 Antes de marcharse, Franco agarro la daga de la mesa y la guardo en su chaqueta. Si aquello de lo que tenían que protegerse era tan peligroso que había que ir a un refugio, mantendría a buen recaudo aquella daga. No iba a quedársela, claro. Solo la guardaría hasta que todo pasara, y luego se la devolvería al abuelo de Sarah.

 Y así, partieron deprisa en dirección a la cueva, con la intención de sellarla.

 

 

 Cuando llegaron, (a Franco le sorprendió que el abuelo de Sarah pudiera ir tan deprisa, a pesar de la tan avanzada edad que había mencionado) todos estaban yendo en dirección a agujeros en suelo, los cuales tenían escaleras que llevaban a los refugios que habían mencionado. Akko, Cris y el resto del grupo eran los únicos que seguían afuera.

 - Franco, ¿qué está pasando? –Akko se veía preocupada, y razones no le faltaban.

 - Mira, estoy igual que tu: ni idea de lo que está pasando. Pero creo que lo mejor sería meterse en los refugios, por ahora.

 Un gran rugido se oyó en la lejanía. Era tan potente que la vibración de esta podía sentirla en los huesos.

 - Debe de ser el. Esta cerca. Franco, debemos… ¿Franco?

 Cuando Cris se fijó en Franco, los dedos de sus manos temblaban, y la expresión en su rostro estaba congelada. Hasta su otro yo parecía igual de aterrorizado, y parecía que era la única emoción que, por un momento, compartían al unísono.

 - Franco, ¿estás bien?

 - No puede ser –Franco y su otra parte hablaron al mismo tiempo, y con un hilo de voz temblorosa.

 Frente a ellos, a varios metros, se encontraba un dragón azulado, de cuerpo delgado, cola espinosa, ojos brillantes y completamente rojos, el cual tenía una pequeña piedra rojiza en su pecho. Con solo mirarlo a sus ojos, pudo sentir una ira descomunal refulgiendo de ellos. Era ira pura.

Capítulo 7: El gemelo opuesto por The Last

Capítulo 7: El gemelo opuesto

 - ¡Corran!

 El pulso de adrenalina y miedo fluía como un torrente en sus venas, haciendo que su corazón golpeara violentamente su pecho.

 Franco, junto a Akko, Cris, Sarah, el abuelo de Sarah, la maestra Úrsula y las amigas de Akko, corrían a toda la velocidad que podían, adentrándose en la espesura del bosque, mientras el dragón los perseguía, rompiendo cada obstáculo que se interpusiera en su camino. Por cada pisada que daba el dragón, las paredes y el suelo temblaban, anunciando el avecinamiento de algo monstruoso.

 - ¡Akko, dame tu varita! –le grito Franco mientras seguían corriendo.

 - ¡Pero si tú no tienes un Router!

 - ¡Solo dámela!

 Akko saco su varita y se la dio a Franco.

 “Por favor, que esto funcione”

 Se detuvo mientras daba media vuelta en dirección a la bestia que los perseguía, y apunto la varita en su dirección.

 - ¡Lux Solis!

 Cuando pronuncio estas palabras, un haz de luz brillante salió disparado de la varita, emitiendo un brillo deslumbrante y enceguecedor

 - ¡Corran! ¡Lo mantendré lo más que pueda!

 - Pero…

 - ¡No es un buen momento para discutir! ¡Solo-!

 De repente, el mundo pasaba de manera muy lenta. Sintió como su cuerpo era movido por una fuerza descomunal, la cual, al mismo tiempo, le hacía sentir un dolor en la parte izquierda de su cuerpo. Después, sentía como se elevaba varios metros del suelo, para después chocar de espalda contra una pared de rocas. Cayó contra el suelo como si fuera un muñeco de trapo, y el tiempo recobro su movimiento natural.

 La cabeza le daba vueltas. Era como si tuviera una migraña, solo que era mil veces peor, y cada parte de su cuerpo le dolía.

 - ¿Ese fue tu mejor plan? ¿Crear una distracción para que el resto huyera?

 - Lo sé. No fue la mejor de mis ideas, pero… -hizo una pausa mientras se sujetaba el costado izquierdo con sus manos. Era un dolor que ese extendía por todo su cuerpo, partiendo de sus costillas. Apretó los dientes, intentado no gritar -…pero si alguien no hacía algo, lo más seguro es que nos alcanzaría.

 - Ahora los dos estamos heridos, y apenas podemos movernos. Además, yo se mejor que nadie que aunque tuvieras el poder suficiente para hacerle frente a esa cosa, lo único que harías seria quedarte como un embobado, mirándolo a los ojos, mientras este termina matándote.

 - No sé de qué me hablas.

 - Oh, vamos. Somos prácticamente la misma persona. Sabes de qué hablo. No lo has olvidado. Lo que paso en esa cueva hace diez años, ¿verdad?

 No hubo respuesta.

 - Y ahora te estas desmayando del dolor. Que fastidio –resoplo en señal de enojo –Solo duérmete de una vez.

 

 

 - Abuela, ¿qué paso?

 El pequeño Franco se encontraba en la cama de su abuela. Estaba con vendas en sus manos y sentía cierto mareo después de abrir los ojos. La habitación estaba adornada con jarrones, las cuales tenían flores de pétalos purpura y hojas de un verde claro.

 - No te preocupes. Todo está bien.

 Su abuela, que se encontraba a su lado, lo abrazo, con los ojos enrojecidos y con el cabello algo desordenado.

 - Maldición, chico. Por un momento pensamos que te habías ido al otro barrio.

 Franco miro a su alrededor, y en una esquina del cuarto, se encontraba el señor que había estado junto a su abuela en la cueva del dragón. Sus ojos cafés y su expresión algo bromista los hacían ver algo más joven, a pesar de su apariencia envejecida. Su varita plateada colgaba de su cintura, sujetada por una correa de cuero.

 - ¿Qué paso con el dragón?

 -  No te alteres tanto niño, y no te preocupes. Esa lagartija ya no respira. Y mira que costo. Los dragones, y sobre todo los salvajes, no son algo fácil de matar, sobre todo con magia. Sus escamas son como aislantes de magia. Junta eso con su capacidad de volar y exhalar un elemento dependiendo de su tipo, y ¡Boom! –dijo cerrando y abriendo las manos, simbolizando una explosión –Tienes la pesadilla de un mago hecha realidad, y con fuerza suficiente para rasgar la piedra como si fuera papel incluida.

 - Walker, no es momento de hacerte el gracioso.

 Cerca de la puerta, se encontraba la chica que también había estado en la cueva. Ya no llevaba el traje de bruja. En su lugar, llevaba una bufanda roja, junto a una playera que tenía estampada en el frente “Red Day”. Tal vez el nombre de alguna banda estadounidense, pero no se podía estar seguro. En su cuello llevaba un collar que terminaba en un medallón dorado, que daba la impresión de que podía abrirse, y llevaba unos jeans azules, junto a unas botas cafés.

 - Oh, vamos Adelia. Solo intento que la explicación sea algo más divertida.

 - Como sea, ya no tienes que preocuparte –dijo volviendo su vista a Franco –Esta muerto, y no volverá.

 - ¿Me lo promete? –Franco dudaba un poco de ello. Pensaba que tal vez podría volver de entre los muertos a cobrar venganza de sus ejecutores.

 Adelia se acercó a él, y engancho su meñique con el suyo.

 - Lo prometo.

 El pequeño medallón que llevaba se había medio abierto, dejando al descubierto una foto.

 - ¡Ah, estúpido enganche! Siempre se suelta en momentos así.

 - ¿Qué es eso? –Franco mostraba curiosidad por la pequeña foto que Adelia llevaba.

 - Oh, es una foto de mi familia ¿Quieres verla?

  Franco asintió con la cabeza.

  Adelia abrió el medallón, mostrando que no era una foto. Eran dos. Una por cada mitad.

 - Este de aquí es mi marido –Adelia señalo una foto de un hombre de cabellos anaranjados, ojos azulados,  y que parecía un poco menos joven que ella –Y esta es mi hija –Apunto a la otra foto, que era una niña de cabellos anaranjados y rojo claro, el cual estaba algo despeinado –Me gustaría que pudieras conocerla. Es algo bruta, pero es buena chica.

 - Me gustaría conocerla.

 - Tal vez algún día, pequeño.

 - Esperen. Si la magia no funciona contra los dragones, ¿cómo lo derrotaron?

 - Eso mejor te lo explica Walker.

 - Veras, niño. Hay una manera de hacer que los dragones puedan ser dañados con magia –Este saco de un bolso que había en el suelo, una espada plateada, la cual brillaba bastante –La maridia. Un mineral el cual puede perforar las escamas de un dragón, dejándolo expuesto a ataques mágicos. Claro que, para que funcione, se necesita de fuerza, ya que la espada no va a hacer todo el trabajo por ti. Además, tiene una gran resistencia. Simplemente fantástico –balanceo la espada de un lado a otro, casi como apreciándola –Bueno, cambiando de tema, ¿cómo están tus manos?

 - ¿Mis manos? ¿Qué le paso a mis manos?

 - Pues resulta que los guantes que tenías se rompieron, por lo que el hongo escarcha que tenías toco tu piel, causando varias quemaduras. No te preocupes, no es algo grave.

 - Bueno, Walker, lo mejor será dejarlo solo, que necesita descansar. Además, necesito aplicar algunos hechizos curativos para acelerar el proceso de recuperación.

 - Pues bien. Nos vemos al rato, chico. Estaremos en la cocina. Vamos, Adelia.

 - Tú no eres mi jefe.

 - Como sea. Andando –se giró para mirar a la abuela de Franco, para luego sonreír –Nos vemos en un rato, Anna.

 - Los veo en un rato.

 Walker se giró, salió por la entrada, y cerró la puerta tras de sí.

 - Bueno, ahora necesito que te relajes. Yo me ocupare de que sanen más rápido, ¿de acuerdo?

 - De acuerdo, abuela.

 Se recostó sobre la cama, dejando sus brazos sobre las sabanas rellenas de plumas, dejando que su abuela se encargara de todo.

 De pronto, logro escuchar una voz. Era lejana, pero nítida.

 - ¿Quieres despertar de una buena vez?

 

 

 Cuando volvió en sí, estaba de pie, a varios metros de donde había estado.

 - Un momento ¿Que estoy haciendo?

 - Fui yo.

 Su otro yo estaba frente a él, con una mueca de disgusto en su rostro, junto con unos ojos rodeados de oscuridad, acompañados de unos pequeños puntos blancos titilantes que hacían de pupilas.

 - Pero…

 - Cuando caíste inconsciente, tome la oportunidad para intentar escapar. Así que tome el control de tu cuerpo y me moví.

 - ¡¿Pero por qué hiciste eso?! ¡Ellas necesitan nuestra ayuda!

 - Mira, escucha ¿Por qué deberíamos preocuparnos por un montón de chicas a las cuales apenas conocemos? Además, lo más seguro es que acabaríamos muriendo contra esa cosa ¿O es que se te olvido lo fácil que te mando a volar? Parecías un títere sin cuerdas. Créeme, me lo agradecerás cuando estemos lejos de aquí.

 - ¡Pero esto no está bien!

 - ¿A si? ¿Y dime como piensas hacerle frente?

 No hubo respuesta.

 - En este momento, tu ética no te ayudara. Lo único que puedes hacer es bastante obvio: o nos vamos de aquí, vivimos, y todos ellos mueren, o puedes intentar hacerte el héroe y morir en el intento. Aunque conociéndote, se la respuesta que darás. Solo piénsalo, ¿vale? Yo mientras tanto, me quedare al margen. Nos vemos dentro de un rato, si es que no morimos por tu estupidez.

 Y así como apareció, desapareció de la nada.

 Cuando se fue, se echó en el suelo del cansancio. No quería admitirlo, pero no podía no darle la razón. Él no era más que un gran brujo. Tampoco un héroe. No tenía nada que lo ayudara en esa situación. Las opciones eran visibles para él, pero ninguna tenia garantía de resultar bien. Podía huir y dejarlos a todos ahí, a su suerte. Lo más seguro es que viviría, pero la culpa lo atormentaría hasta el fin de sus días. Podía enfrentarlo junto a los demás, pero las posibilidades de morir eran altas, sin mencionar que el solo hecho de mirar a esa bestia a los ojos lo paralizaba. Y eso no solo lo aterraba. Lo hacía enojar.

 - ¡Maldición! –grito mientras golpeaba el suelo de piedra con sus puños – ¡No puedo hacerlo!

 A lo lejos, podía escuchar los rugidos del dragón, que hacían retumbar levemente la tierra. Hizo que se le erizara la piel.

 - Abuela, ¿qué hago?

 Un leve destello en su memoria le hizo recordar algo que una vez escucho de parte de su abuela cuando era pequeño.

 

 

 - Abuela, ¿qué es esto?

 Franco había tomado un libro que estaba en una estantería apartada del resto de la casa. Estaba cubierto de polvo. La tapa era de color negro, y tenía un símbolo en el centro. Era el mismo que había visto hacer a su abuela en la entrada de la cueva, hace un mes. Y en la tapa del reverso tenía un símbolo que nunca había visto. Parecía un tridente invertido, con un punto al final.

 - Oh. Ese era el libro de tu abuelo. El solía anotar muchas cosas en él: sus anécdotas, sus aventuras, y palabras las cuales nunca entendí.

 - ¿Me lo lees?

 - Solo la primera página.

 Abrió el libro, el cual desprendió un olor a humedad, junto con un montón de polvo.

 - Esta frase fue la que más me gustaba de él. Fue la que me dijo cuándo nos conocimos por primera vez. “Aquellos que buscan alcanzar el verdadero poder, deben escuchar a su corazón y buscar la verdad de lo desconocido. Hay momentos en los que querrás retroceder. Pero lo que descubrirás te recuperara. Busca la magia, y su sabiduría”

 - ¿El abuelo era poeta?

 - No, Franco. Era un cazador.

 

 

 Sonrió mientras se ponía de pie con dificultad. Algo de verdad había en esas palabras. No retrocedería. Y lo que su corazón le decía, era que tenía que ir a ayudarlas, incluso si eso significaba morir.

 - Lo siento, compañero, pero prefiero morir con una sonrisa en el rostro, que vivir el resto de mis días con tristeza. “Aquellos que buscan alcanzar el verdadero poder, deben escuchar a su corazón y buscar la verdad de lo desconocido. Hay momentos en los que querrás retroceder. Pero lo que descubrirás te recuperara ¡Buscare la magia, y su sabiduría!”

 En el momento en el que termino de hablar, del suelo de piedra comenzó a emerger un pequeño monolito de piedra negro, mientras del cielo descendían siete haces de luz purpura. Estas entraron dentro del monolito, y una vez dentro, este se deshizo, mostrando en su interior una vara de color oscuro, adornado de siete gemas purpuras, incrustado en el suelo de piedra.

 - E-esta, ¡es la vara de mis sueños!

 Tomo la vara con su mano derecha, y la arranco del suelo. Sus gemas brillaban con intensidad, dando una sensación de misterio.

 - Bueno, bueno. Esto sí que no me lo esperaba. Ahora, ¿qué diablos piensas hacer?

 Paso su mirada de la vara al cuchillo, para darse cuenta de que no lo tenía amarrado a la cintura. Miro a su alrededor, y lo vio clavado en el suelo. Había cortado la piedra como si fuera mantequilla. Observo la hoja plateada de la daga, y al reconocer de lo que estaba hecho, se le vino una idea a la cabeza.

 - Espera, ¿que estas-? –cuando vio lo que estaba pensando, su rostro expreso una mueca de miedo –No ¡No, no y no! ¡Ese plan es estúpido! ¡Ni se te ocurra hacerlo! ¡Nos mataras a ambos!

 Franco ando unos pasos hacia la daga, y la saco de la piedra, mientras se amarraba la vara a la cintura junto con la daga, mientras mostraba una leve sonrisa.

 - Si, tienes razón. Es muy estúpida. Y eso no es todo, sino que puede funcionar –se paró, y comenzó a andar en dirección de donde provenían los rugidos del dragón –Es momento de cazar un dragón.

Capítulo 8: Tiro de gracia por The Last

 - ¡Rápido, por aquí!

 El abuelo de Sarah había aprovechado la ceguera del dragón para guiar al grupo a un escondite cercano: una cueva en una pared rocosa, antigua y abandonada. Y a pesar de su deteriorado cuerpo a causa de los siglos que había vivido, lograba moverse a paso ligero sin ninguna dificultad.

 En cuanto se refugiaron bajo la protección de la cueva de piedra, Amanda comenzó a preocuparse, ya que habían perdido de vista a su compañero, el cual había salido volando a causa del impacto de la cola del dragón. Le resultaba difícil tranquilizarse, teniendo en cuenta que afuera se encontraba un dragón enfurecido, con ganas de destruir a cualquiera que estuviera en su camino. Le temblaban las piernas, y le costaba respirar.

 - Amanda, ¿estás bien?

 Akko se había sentado junto a Amanda con la intención de ayudarla, ya que se había percatado de la expresión en su rostro y como cada parte de su cuerpo mostraba un leve temblor.

 Esta no respondió. En su lugar, se levantó, y se dirigió a la maestra Ursula.

 - Profesora, tenemos que salir a buscarlo.

 - ¿Qué?

 - A Franco. Hay que salir a buscarlo.

 - Amanda, no podemos hacer eso. Al menos, no ahora.

 - ¡Tenemos que salir y hacer algo! ¡No podemos dejarlo ahí fuera!

 - ¡Amanda! Necesito que te calmes y que pienses con claridad. Si salimos, lo más seguro es que no vivamos para contarlo. Conozco poco de los dragones salvajes, pero de las pocas cosas que se, ninguna de ellas son agradables. Así que necesito que mantengas la calma. Tanto por ti, como por el resto ¿Podrías hacer eso?

 Ella dudo por unos segundos, pero al sentir como el dragón con solo su rugido hacia que las paredes temblaran, esta solo asintió con la cabeza, y se sentó en el helado piso de piedra junto a las demás a regañadientes.

 Paso un rato hasta que Cris se asomó para escuchar un vistazo, ya que los rugidos del dragón parecían haberse hecho más débiles con el pasar tiempo.

 Cuando volvió, parecía algo más tranquilo que cuando habían entrado para esconderse.

 - Parece que se retiró. Aunque no puedo asegurarlo del todo, al menos no lo logro ver cerca de aquí.

 El resto se asomó a la entrada. Para suerte de ellos, ya no había nadie, al menos de momento.

 - Cris. –dijo el líder de la aldea –Envía un mensaje a los guardias que se encuentran en los refugios, para saber cómo se encuentra la situación allá.

 - Entendido. –tomo una de las raíces que se encontraban en el suelo con sus manos, y comenzó a concentrarse. De estas salió un pulso verde que empezó a avanzar por todo el suelo hasta perderse en la distancia –Dentro de un rato deberíamos tener una respuesta.

 De repente, se escuchó un resquebrajar de ramas a unos metros de ellos. Era pisadas lentas y pesadas.

 Todos se pusieron en posición defensiva, esperando a lo que fuera que se estuviera acercando. Todos, excepto los que no eran humanos, que se veían bastante tranquilos.

 Se oyó una voz de entre las sombras de los árboles.

 - La verdad es que esperaba que estuvieran felices de verme, pero no esperaba que estuvieran esperándome con las varitas levantadas, listas para atacarme.

 De entre las sombras, con rasguños, arrastrando los pies,  y cubriéndose el costado con una mano lo que seguramente era una herida, Franco dio un par de pasos antes de caer de espaldas contra un árbol cercano.

 El resto se acercaron, preocupados por el estado en el que había llegado.

 - ¡Franco! ¿Estás bien? –dijo Akko con preocupación en sus palabras.

 - Bueno, parece que estoy sangrando desde hace un rato, y tengo varios rasguños en los brazos, piernas y rostro, pero creo que podría haber sido peor –dijo intentando poner una sonrisa forzada, intentando ignorar el dolor –Por cierto, ¿alguien aquí sabe magia de curación? Creo que la necesito.

 - Creo que puedo hacer algo. Necesito que saces tu mano. –dijo Sarah.

 Cuando alejo su mano de la herida, se podía ver como parte de la ropa cercana a esta estaba manchada de rojo oscuro. Sarah rasgo la ropa que cubría la herida. Esta era vertical, del tamaño de la palma de una mano.

 - Se ve mal, pero podría haber sido peor. Solo relájate, y no te muevas. Yo hare el resto –Sarah extendió sus manos, que se extendieron sobre la cortada, cubriéndola de una capa de madera. Dijo unas palabras que parecían como sonidos musicales, imposibles de entender para Akko y el resto de sus amigas.

 Del interior de Sarah se vio que salía energía verdosa, que se extendía por sus brazos hasta llegar a sus manos, el cual era aplicado sobre el corte. Durante ese rato, se podía escuchar un sonido saliendo de la herida, similar a cuando el agua fría toca el metal caliente.

 Pasaron algunos minutos, hasta que Sarah deshizo la corteza que estaba sobre la herida, revelando que el corte había desaparecido, como si nunca hubiera estado ahí.

 - Vaya, parece que dio resultado –dijo Franco, levantándose del suelo sobre el que reposaba –La verdad es… que me siento como nuevo.

 - La magia de la fuente, si se canaliza correctamente, puede usarse para tratar heridas como la que tuviste hace un rato. Nuestra raza, al estar conectada directamente con ella, nos hace los únicos capaces de hacer este tipo de magia a esta velocidad. –explico Sarah –Si lo hubiera hecho una bruja, hubiera tardado mínimo una hora.

 - Pues supongo que te debo una, Sarah. Gracias.

 - No es nada, la verdad.

 Cuando se levantó, todos pudieron ver como llevaba aquella vara negra que se había encontrado. Se les hacía muy parecida a la Vara Brillante que Akko había encontrado en el bosque de Arcturus, solo que les daba la impresión de que fuera totalmente opuesta a la otra, con sus gemas purpura, el color negro que lo recubría y el ornamento plateado en la parte superior. Pero antes de que pudieran preguntar al respecto, Franco inhalo profundamente, se tomó unos segundos, para luego exhalar con fuerza, y hablo.

 - Chicas, seré breve con lo que voy a decir, así que presten atención. –espero un momento para asegurarse de que todos estaban atentos. Una vez seguro, continuo. –Tengo un plan para dejar a ese dragón mordiendo el polvo.

 Todos los que lo escuchaban tardaron unos segundos para procesar lo que habían oído.

 - Perdona, pero creo que te oí mal ¿Qué fue lo que dijiste? –la maestra Ursula parecía cuestionar lo que había oído.

 - Que tengo un plan para derrotar a ese dragón.

 - ¿Y en qué consistiría ese plan? –dijo Amanda con cierta curiosidad.

 - Les seré sincero: esto puede ser la cosa más suicida que se me haya ocurrido, pero estoy seguro de que puede funcionar. Pero para entenderlo, debo explicar unas cosas: 1) Las escamas de los dragones los hace muy resistentes a cualquier hechizo lanzado en su contra, así que el ataque directo es inefectivo.

 - ¿Y cómo sabes eso?

 - Alguien que sabe al respecto me lo explico cuando era niño. 2) Existe una manera de cortar sus escamas, pero para eso se requiere de cierto metal –puso su mano derecha tras su espalda, para luego sacar una daga plateada. –Maridia, un metal lo suficientemente duro como para traspasar la dura piel del dragón.

 - Esa estaba en casa de mi abuelo.

 - Sí. Me la lleve para ponerla a salvo, pero ahora la necesito. Dile a tu abuelo que cuando la termine de usar, se la devuelvo.

 - Esa daga no es de mi abuelo. Pertenecía a alguien más.

 - Bueno, la necesitamos con urgencia. Y por último, y lo más complicado de todo, 3) me subiré encima del dragón y perforare esta daga todas las veces que pueda. Les avisare cuando puedan atacar.

 - Espera, ¿qué? –pregunto Amanda con sorpresa en su rostro.

 - ¿Qué cosa?

 - El último punto.

 - ¿Qué me subiré sobre el dragón y cortare sus piel con la daga?

 - ¡Sí! ¡¿En serio estas dispuesto a hacer algo tan demente?!

 - No me agrada la idea de hacerlo, sobre todo por cuestiones personales. Pero por otro lado, quiero que esa cosa caiga. Bueno, ¿se unen?

 Franco ya se estaba temiendo la peor respuesta. Sentía como el corazón se le estrujaba de los nervios.

 Pasaron unos segundos que parecían eternos, hasta que Amanda hablo:

 - Es el plan más disparatado que he oído en mi vida. Cuenta conmigo –dijo mientras mostraba una sonrisa desafiante.

 - Yo ayudare con gusto –dijo Jasminka con una sonrisa afable.

 Constance solo asintió con firmeza.

 - Si estas tan seguro de esto, me uno. –dijo Akko con determinación

 - Chicas, ¿no creen que deberían pensárselo mejor? –pregunto la profesora Ursula con nerviosismo en sus palabras.

 - ¡No se preocupe, maestra! ¡Ya nos hemos enfrentado a cosas peores! – dijo Akko con optimismo.

 - Lo sé, pero…

 - ¡Pues que no se diga más!

 Una vez dicho eso, el grupo se dirigió hacia los sonidos causados por el dragón. Todos, excepto Franco y Sarah.

 - No es necesario que hagas esto –dijo Sarah de manera calmada.

 - Si no hacemos algo, esa cosa podría no solo destruirlos a ustedes, sino incluso podría ir más lejos y matar a todo aquel que este en su camino, así que no queda de otra-

 - No me refería eso. Hablo de por qué tienes que hacerlo tú.

 - Lo siento, pero no te entiendo.

 - Subirte a esa cosa no te ayudara a superarlo.

 Se produjo un silencio sepulcral durante varios segundos, hasta que Sarah hablo.

 - Yo lo vi. Cuando te puse el hechizo para que pudieras comunicarte con nosotros, aproveche para indagar en tus memorias con un hechizo aparte para ver si eras alguien de fiar. Entonces lo vi. Como un dragón casi te mata en una cueva en la Cordillera de los Andes, cuando tenías seis años.

 - Tú no sabes de lo que hablas.

 Él se había puesto a caminar hacia donde habían ido las chicas para logar alcanzarlas, pero Sarah continúo.

 - Solo digo que si haces esta estupidez, seguramente acabes muerto.

 Se detuvo en seco, solo para girar un poco su cabeza hacia atrás.

 - Es muy probable, y podría quedarme aquí mientras el resto hace el trabajo duro. Pero no dejare que este maldito trauma me siga jodiendo la vida. No más. Además, no tengo pensado morir hoy. Antes de eso, tengo que encontrar a alguien, y decirle lo que debo de decir.

 Una vez termino de hablar, siguió su camino por donde lo dejo. Esta vez, sin detenerse. En su espalda, una de las gemas de la vara emitió un leve resplandor, antes de volver a como estaba.

 

 

 El camino hacia la bestia parecía ir de manera lenta y tediosa. Por cada paso que daban, se lograba ver el gran destrozo que había provocado: arboles destruidos, animales heridos, rastros de vegetación congelada hasta un punto que parecían estar hechas de cristal. Pura devastación.

 Esa imagen no daba muchas esperanzas de que aquel plan tan disparatado pudiera dar éxito, o como mínimo dejaba los nervios de punta. Aunque si lo veían de otra forma, ya habían hecho frente a cosas peores que un dragón que se levantó con el pie izquierdo, o la garra izquierda. Entonces, todo debería salir según lo planeado, ¿verdad?

 Franco se encontraba sumido en sus pensamientos mientras se dirigía junto al resto hacia los rugidos de la bestia. Más en concreto en lo que Sarah le había dicho: “Solo digo que si haces esta estupidez, seguramente acabes muerto”. Esas palabras le molestaban.

 “Pf, ¿qué sabe ella? –pensó mientras se sumía más y más en su mente –Ella no ha pasado los últimos diez años con pesadillas sobre aquello. Ella no es la que sufre una fobia a los dragones tan fuerte, que el solo mirarlos hace que se te paralicen hasta los pensamientos. Así que, de nuevo, ¿qué diablos sabe ella al respecto?”

 - Una de las pocas cosas en las que estamos de acuerdo, ¿no crees? –le dijo su otro yo con una sonrisa demasiado amplia, y unos ojos demasiado negros y vacíos como para ser humanos. - ¿Qué demonios hace metiéndose donde no la llaman? Además, ¿quién le dio permiso para mirar nuestros recuerdos?

 “Querrás decir MIS recuerdos.”

 - Di lo que quieras. Al final del día, no puedes negar lo evidente: tú y yo, siempre seremos el mismo ser. Que no se te olvide.

 “Como sea. Por cierto, esto de hablar contigo mentalmente resulta mejor que hacerlo físicamente. Esto me quita el peso de encima de parecer alguien con serios problemas de esquizofrenia”

 - Sí. Ahora solo eres alguien con un severo trauma de la infancia.

 “Muy gracioso” –pensó mientras miraba molesto en otra dirección.

 - Oye, Franco –le dijo Akko jalando de su chaqueta.

 - ¿Qué pasa?

 - ¿Qué es esa vara que llevas contigo?

 Cuando hizo la pregunta, todos tomaron mucha atención a lo que diría, aunque intentaban disimularlo. La curiosidad les hervía por dentro.

 - Oh, cierto. Se me olvido decirles. Cuando me desperté después de que el dragón me mandara a volar, vi como del cielo caían siete luces purpura. De repente, del suelo salió un pequeño monolito de piedra negra. Las luces se introdujeron dentro, y después de unos segundos, el monolito se deshizo, dejando frente a mí esta vara que tengo colgando de la cintura.

 - ¿Y sabes lo que es?

 - No. Ni idea. ¿Ustedes saben?

 La profesora Ursula estaba tan nerviosa que se estaba clavando las uñas en la palma de sus manos de tanto que las apretaba. La similitud que tenía esa vara con la Vara Brillante le inquietaba.

 Amanda se acercó y tomo la palabra.

 - Es que resulta que esa vara es similar a una que Akko tenía.

 - ¿En serio, Akko?

 - Sí. La llamaba Vara Brillante.

 - Espera. Esa es la misma de la que me hablo el líder del pueblo spriggan. Si la memoria no me falla, le perteneció a una bruja que vivió hace bastante tiempo llamada Woodward. Si lo que me dijiste es correcto, entonces esta es la vara opuesta a la Vara Brillante. La de estrellas oscuras. Lo que quiere decir que, ¿yo soy su portador?

 Nadie sabía que contestar. La sola idea de que existiera otra vara además de la Vara Brillante sonaba ridículo. Pero ahí estaba, colgando de la cintura del que seguramente era su portador.

 - Franco –dijo la maestra Ursula clavando la mirada en el gemelo de la Vara Brillante.

 - ¿Si? ¿Qué pasa?

 - ¿Podrías darme esa vara por unos segundos?

 - Okey. Sin problema.

 Se desato de la cintura la vara y se la extendió a la profesora para que la cogiera. Pero en cuanto la toco con uno de sus dedos, expulso rayos de color purpura en contestación. Aparto su mano del susto que le causo, haciendo que también cayera sentada al suelo.

 - ¿Qué diablos fue eso? –pregunto Franco con los ojos abiertos de par en par.

 - Parece que funciona igual que la otra. Cuando alguien que no es el portador la toca, reacciona de manera violenta, como esa descarga eléctrica.

 - ¿Y qué más puede hacer?

 - No lo podemos saber con seguridad. Puede ser muy parecida a la Vara Brillante, pero no son iguales, así que no podemos estar seguros de las habilidades que pueda poseer. Por ahora, será mejor que no la uses. Cuando lleguemos a la academia, veremos qué podemos hacer.

 Antes de que Franco pudiera objetar algo, Akko se le acerco entusiasmada.

 - ¡Eso quiere decir que fuiste elegido por la vara! ¡Igual que yo! –el brillo de emitían sus ojos solo podía compararse al de un par de estrellas brillando en el cielo.

 - S-sí, lo entiendo, pero Akko…

 - ¿Si?

 - ¿Podrías apartar un poco tu cara? Creo que estas demasiado cerca.

 - Oh, lo siento. –se alejo

 -  Bueno, ¿y ahora que hacemos? –pregunto Amanda dirigiéndose a la maestra.

 - Bueno, si seguimos este rastro de destrucción, creo que podremos-

 - Shh –Franco la interrumpió para que guardara silencio

 - Oye, la maestra está explicando cómo-

 - ¡Shh! – le dijo Franco a Amanda para que se callara.

 - ¡Oye, no me calles! –Amanda se empezaba a enojar.

 - ¿Sienten eso? –pregunto Franco ignorando la amenaza de Amanda.

 - ¿El qué? –pregunto Akko.

 - Es como un viento helado, pero más de lo normal. Viene de por ahí.

 El grupo se acercó de donde venía el viento, encontrándose con la cueva por el que habían partido corriendo cuando se encontraron con el dragón por primera vez.

 Y ahí estaba. El dragón estaba junto a la cueva, la cual esta vez, estaba sellada con una gran piedra circular, que tenía runas con la forma de las diferentes fases de la luna. Estaba intentando removerla de su lugar con sus garras, pero su esfuerzo parecía inútil.

 - ¿Qué es lo que hace? –pregunto Amanda.

 - No lo sé. Todo el mundo se ha ido a los refugios, así que ahí dentro no hay nadie. –dijo Franco mientras agudizaba la vista. –Oigan, ¿es mi imaginación o ese cristal que tiene en el pecho se ha hecho más grande?

 Tenía razón. El cristal rojizo que antes media lo mismo que una mano, ahora tenía el tamaño de una persona, y parecía que seguía creciendo.

 - Como sea, necesito que ustedes se queden aquí. Estén atentas a la señal.

 - Franco, espera –le dijo Sarah. Había llegado corriendo.

 - ¿Qué pasa?

 - ¿Me prestas tu colgante?

 - S-sí, claro.

 Saco el colgante de su cuello para pasárselo a Sarah. Una vez lo tuvo en sus manos, comenzó a concentrarse y a pronunciar una palabra que sonaba como un hechizo:

 - “Auget”

 Cuando las dijo, la piedra del colgante comenzó a brillar intensamente durante unos segundos, hasta que ese mismo brillo desapareció. Ahora la piedra parecía tener pequeños puntos brillantes que giraban en su interior.

 - Listo. Toma.

 - ¿Qué fue lo que hiciste?

 - Es un hechizo de aumento. Hace que las propiedades de un objeto se fortalezcan. En el caso de tu piedra filosofal, ahora puede lanzar más hechizos de los que debería de ser capaz, pero es solo temporal.

 - ¿Y por qué lo hiciste?

 - Es para que tengas algo de ventaja en esta misión suicida que se te ocurrió.

 - Gracias. Intentare que no me maten.

 De repente, sintió que lo jalaban de la manga del abrigo. Miro hacia abajo, y vio que era Constanze. Parecía que quería decirle algo.

 - ¿Qué sucede, Constanze?

 Esta saco de su mochila una esfera metálica con un interruptor en el centro.

 - ¿Qué es esto? –dijo mientras la giraba de un lado a otro.

 Obviamente, en lugar de hablar, se puso a escribir en un teclado que llevaba en el antebrazo.

 - Granada de energía. Causa daño. Mucho daño. –le respondió el robot que llevaba ella en la espalda. – En caso de emergencia.

 - Supongo que no viene mal. Por si acaso, la guardare. Pero es un poco grande, así que no entrara en mi bolsillo.

 Ella se acercó, y pulso dos interruptores que estaban escondidos en los costados. Cuando lo hizo, la granada se hizo más pequeña, hasta ser tan pequeña como una canica.

 - Vaya. Que útil. Ya veré cuando usarla.

 Una vez termino de hablar, se puso a caminar en dirección al dragón.

 - Deséenme suerte, porque creo que la voy a necesitar.

 - Esperaremos a tu señal. –dijo Akko con determinación.

 Siguió caminando hasta que se posiciono detrás de la bestia, a varios metros de ella. Esta seguía intentado abrir la puerta de la cueva, haciendo uso de toda la fuerza que tenía, lo cual parecía inútil. Franco se agacho para tomar una roca del tamaño de su puño, apunto bien, y se la lanzo al dragón con todas sus fuerzas, dándole de lleno en la cabeza.

 El dragón se detuvo en lo que estaba haciendo, solo para girarse hacia su atacante, mirándolo con sus ojos completamente rojos. Cuando lo miro sintió como las imágenes de su niñez volvían en una milésima de segundo, junto con una sensación de terror que se había esforzado en enterrar hace mucho tiempo, y que ahora salía de lo más profundo de su mente, solo para atormentarlo una vez más.

 - Oye, lagartija sobrealimentada –dijo intentando luchar contra sus ganas de temblar ante el terror que estaba sintiendo. –Sera mejor que te largues de aquí, ya que si no, tendré que hacerlo yo.

 El dragón lanzo un gruñido gutural, seguido de un rugido que hacía temblar la tierra. Mientras lo hacía, Franco noto como la piedra que tenía incrustada en la piel se hacía más grande que antes, hasta el punto en que ya cubría todo su pecho.

 - Muy bien, lo hiciste enojar. ¿Ahora que, genio?

 “¡A correr!” –pensó con fuerza mientras se preparaba para escapar.

 - ¡No sé por qué no me sorprende!

 “Abuela, espero que lo que me enseñaste funcione ahora”

 - ¡Celeritas! –pronuncio en voz alta mientras alzaba la varita que le había dado Akko.

  En el momento, salió corriendo a gran velocidad, mientras el dragón cargaba hacia él.

 - Tengo que llevarlo a un lugar donde tenga ventaja para dañarlo, ¿pero dónde? –miro a su alrededor intentando ver si encontraba el lugar adecuado. Diviso una zona del bosque en la que los árboles que había eran gigantescos, junto con las sombras tan espesas que proyectaban. Era el lugar perfecto. –Eso servirá.

 

 

 Las sombras de los arboles resultaban útiles para ocultar su presencia. Con ello había logrado que el dragón le perdiera la pista. Ahora se encontraba bajo el, buscándolo mientras gruñía profundamente, sus pisadas marcaban la tierra y de su boca salía un aliento gélido y azulado.

 - ¡Esto es un suicidio! ¡Ya larguémonos!

 Solo lo ignoro mientras se enfocaba en que parte debería asestar el golpe. Al final, se decidió que lo daría en la parte trasera del su cuello. Levanto la varita delante de su cara y pronuncio un hechizo.

 - Viribus –sintió como sus brazos adquirían mucha más fuerza de la que tenía. Estaba listo para hacerlo –Abuela, si me escuchas del otro lado, por favor, dame el valor para enfrentar este miedo que me corroe, y no retroceder.

 Empuño la daga con todas sus fuerzas con su mano derecha, y salto de la rama para caer justo encima de la espalda del dragón. Una vez ahí, no perdió tiempo y clavo la daga con toda sus fuerzas en la piel de la bestia. Esta dio un grito que hizo que los arboles temblaran, mientras se sacudía de un lado a otro para quitarse de encima a su atacante.  Se sujetó como pudo de las escamas que sobresalían de la piel de la bestia, mientras esta se movía de un lado a otro y rugía con todas sus fuerzas. Una vez este se paró por unos segundos, volvió a clavar la daga con más fuerza, y cuando se hundió, tiro de ella hacia atrás, causando un corte bastante largo. Con el nuevo tajo en su piel, el dragón profirió un nuevo rugido, mientras una ráfaga de su aliento de hielo salía de sus fauces y congelaba todo lo que entraba en contacto con ella. Después de esto, se puso a cargar hacia adelante, derribando cada árbol con el que se encontraba. Resistió la embestida con todas sus fuerzas. Cuando termino, volvió a clavar el filo de la hoja con más fuerza que antes, y una vez se hundió en su piel escamosa, jalo del mango hacia atrás, creando otra abertura. El dragón, furioso por la osadía de su atacante, comenzó a emprender el vuelo hacia el cielo, intentando quitárselo de encima. Franco levanto su varita hacia arriba, y pronuncio:

 - ¡Lux Solis!

 De su varita emergió una luz resplandeciente que comenzó a brillar en medio del cielo.

 

 

 - ¡La señal! –grito Akko apuntando al cielo.

 Todas apuntaron sus varitas hacia el dragón que se elevaba cada vez más, y sin dudarlo, dispararon directo hacia él.

 

 

 Franco vio como los hechizos venían directo hacia el objetivo. Se movio con dificultad en una parte del dragón en el que no impactaran los hechizos que habían lanzado. El ataque dio de lleno en el dragón. Algunos no hicieron nada, ya que dieron en sus escamas, pero otros dieron en la heridas abiertas, causándole un daño considerable. Este rugió del dolor, mientras la gema de su pecho se hacía cada vez más grande. Franco pensó que habían logrado derrotarlo de una vez por todas. Pero se equivocaba.

 El dragón comenzó a elevarse todavía mas rápido, a pesar de las heridas que mostraba su cuerpo, tanto por los cortes como por la magia. Este comenzó a dar vueltas sobre sí mismo. Franco se agarró con todas sus fuerzas, pero ni aun con eso logro mantenerse sujeto. Salió disparado hacia el cielo, soltándose del dragón, mientras todo a su alrededor daba vueltas. Siguió elevándose, hasta que llego a un punto en el que se detuvo, y comenzó a caer. Este cerró los ojos, sabiendo que probablemente, ese sería su final.

 Pero algo en su interior se negaba a aceptarlo.

 - ¡NO! –grito tanto como sus cuerdas vocales se lo permitían -¡No pienso morir aquí! ¡No hasta que logre encontrarlas!

 Una de las gemas de la vara oscura en su espalda comenzaba a brillar con fuerza. Este lo noto. La saco de su espalda, y la sostuvo con firmeza. Recordó las palabras que dijo cuándo la vara se le apareció por primera vez.

 - ¡Buscare la magia, y su sabiduría!

 La gema brillo más fuerte que antes. Entonces una palabra se le vino a la mente.

 - ¡Sapientiae!

 Después de esta palabra, la vara en sus manos se materializo en un arma. Un rifle de color negro, con las mismas gemas moradas de antes adornándolo. Parecía un rifle antiguo, de la época victoriana. Miro hacia abajo, buscando al dragón. Lo tenía debajo, pero no divisaba ningún corte al cual disparar. Recordó la bomba que Constanze le había dado. La saco de su bolsillo, la activo, y la lanzo con todas sus fuerzas. Cuando impacto, genero una gran explosión verdosa. Cuando el polvo se esfumo, vio que la bomba había creado una herida en la espalda del dragón. Era su oportunidad. Apunto el cañón directo al objetivo, y sin pensarlo dos veces, jalo el gatillo.

 Un proyectil salió disparado del cañón, dejando una estela purpura a su paso. Cuando impacto en el objetivo, lo atravesó con suma facilidad, haciendo que cayera al suelo muerto. Cuando vio que el dragón cayó al suelo, se dejó llevar por la gravedad, esperando que fuera su final.

 En el lugar en el que impacto la bala, se abrió un portal hacia la línea Ley, en el cual el cayo. Una vez entro, este se cerró, dejando un rastro de polvo purpura y verde a su alrededor.

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