El reencuentro por silvy1990
Summary:

Amanda está destrozada. Acaba de descubrir que su novio la engaña con otra mujer, hiriendo su corazón y causándole un gran dolor, ya que es su primer desengaño amoroso.

Tras unos días, hundida por este hecho, sus amigas consiguen sacarla de la depresión en la que Amanda parece haberse envuelto y salen juntas, como siempre han hecho.

Lo que no esperaba Amanda era que después de muchísimos años, gracias a esa salida, volvería a reencontrarse con una persona que le cambiaría la vida para siempre…


Categorías: ORIGINALES Personajes: Ninguno
Generos: Romance
Advertencias: Lemon
Desafio:
Serie: Ninguno
Capítulos: 9 Finalizado: No Numero de palabras: 22439 Leido: 284 Publicado: 07/07/2017 Actualizado: 14/11/2017

1. CAPITULO 1 por silvy1990

2. CAPITULO 2 por silvy1990

3. CAPITULO 3 por silvy1990

4. CAPITULO 4 por silvy1990

5. CAPITULO 5 por silvy1990

6. CAPITULO 6 por silvy1990

7. CAPITULO 7 por silvy1990

8. CAPITULO 8 por silvy1990

9. CAPITULO 9 por silvy1990

CAPITULO 1 por silvy1990
Notas de autor:

Hola a todos, ¿cómo están?

He estado bastante tiempo desaprecida debido a la falta de inspiración, y principalmente, los estudios, pero he regresado con una nueva historia. 

Para mí, escribir es una afición que me gusta compartir con ustedes y hace mucho tiempo que no la llevo a la práctica, por lo que escribir esta historia es como volver a empezar de cero, por eso les pido su apoyo y que le den una oportunidad. 

¡Gracias y disfruten de la lectura!^^

 

 

CAPITULO 1.

Me miré al espejo de cuerpo entero que había en mi habitación, una vez más antes de salir hacia el lugar donde había quedado con mis amigas.

Me encogí de hombros al ver que el resultado no era tan malo, después de todo. Había elegido unos shorts y una camiseta de cuadros en colores azul y rosa, atada a la altura del ombligo, a juego con unas cuñas de color beige a juego con un pequeño bolso del mismo color. Me recogí mi largo cabello durado y ondulado en una trenza lateral, debido al calor que hacía en mi pequeño pueblo andaluz. Mi maquillaje era bastante suave y había elegido un labial rosa.

Mi piel era bastante clara y aquellos días, mi rostro no había sido el más feliz, precisamente. Tan solo hacía unas semanas, había sufrido mi primer desengaño amoroso y no estaba para fiestas. De hecho, durante aquellas semanas, mis amigas habían hecho hasta lo imposible para hacerme salir de casa y por tanto, de la depresión en la que parecía estar sumida. Sin embargo, durante aquellas semanas, lo único que deseaba era permanecer en mi habitación y llorar hasta que mis ojos se quedasen secos.

Había amado hasta las últimas consecuencias a Leo. Cuando le conocí en la cafetería de la universidad una fría mañana de noviembre, conectamos enseguida. Era inevitable no fijarse en él. No era solamente su simpatía y galantería, sino su físico. Leo era un chico alto, al menos, un metro ochenta y cinco centímetros, de piel bronceada, musculoso, de cabello negro y unos hermosos ojos azules… Sin duda, parecía un modelo de pasarela.

Al comienzo de conocerle, sentí que por su actitud, él sentía lo mismo que yo. Para mí, había sido un flechazo. Por eso, al mes de conocernos, en una fiesta de año nuevo a la que acudí con mis amigas, cuando Leo se me declaró, no lo dudé y le di una oportunidad. Comenzamos a salir y todo había ido muy bien hasta el mes de mayo.

Empezaron las contradicciones y las excusas para vernos, hasta que lo descubrí con otra chica en una cafetería. Me reí al recordarlo.

Leo estaba trabajando en una orquesta. Un fin de semana me explicó que tenía que marcharse a un pueblo cercano con su orquesta. Por suerte para mí y desgraciadamente para él, esa misma noche, me encontré con los compañeros de orquesta que él mismo me había presentado en el pueblo, al salir con mis amigas a un local de moda.

Algo dentro de mí se resquebrajó y supe que me había mentido. Recuerdo que uno de sus compañeros estuvo hablando conmigo y me contó una historia. Él había conocido a una chica y Leo se la había arrebatado. Por supuesto, no creí sus palabras, no quería creerlas porque supondría un fracaso en mi relación con Leo. Sin embargo, ese chico tenía pruebas más que evidentes gracias a las fotografías; por lo que me dio el número de teléfono de aquella chica.

Recuerdo que minutos después, les conté esta historia a mis amigas, que indignadas me aconsejaron vengarme de Leo y fastidiar su relación con esa chica. Recuerdo que al principio, me negué a hacer caso a sus recomendaciones, pero horas después, en la soledad de mi habitación y debido a la tristeza interna que sentía, decidí hacerles caso.

Llamé a aquella chica, le expliqué lo sucedido y le envié las fotos que tenía en mi poder, además de todas las fotos que me habían tomado con Leo en fiestas y otros eventos. Aquella chica se sintió tan hundida como yo y por eso, decidimos llevar a cabo una venganza contra Leo.

Una de las tardes en las que Leo solía quedar con aquella chica, que se llamaba Sandra en el pueblo de ella, Sandra se negó e insistió en conocer el pueblo de Leo. Por supuesto, él puso muchísimos inconvenientes, pero finalmente, se vio presionado por Sandra, la tercera en discordia. O quizá la tercera en discordia era yo, no lo sé.

El caso es que Sandra y Leo quedaron en nuestro pueblo y cuando la cita estaba planificada, Sandra me avisó de la hora y el lugar donde se verían. La idea era aparecer allí y darle una lección a Leo. Ambas le dejamos con la palabra en la boca en mitad de la cafetería, avergonzándole por su juego hacia nosotras.

Durante el tiempo que habíamos planeado nuestra venganza, que fue durante todo el mes de mayo, no me había sentido mal. Quizá no me había parado a pensar en lo que realmente me había ocurrido.

Sin embargo, cuando todo aquello pasó, mi mente y mi corazón parecieron querer torturarme. Durante el mes de junio estuve encerrada en mi habitación, sin ganas de nada. Cuando mis amigas me llamaban al teléfono o iban a visitarme, las ignoraba completamente.

Afortunadamente, mis padres jamás supieron de mi estado. Teníamos un piso en la playa y solíamos pasar allí casi todos los veranos. Sin embargo, aquel año, por motivos de documentación de la universidad y otras cosas, no había podido acompañarles. Y por un lado, me alegraba. Si mis padres me hubieran visto así, hubieran buscado a Leo por debajo de las piedras por hacerme sufrir. Y cualquier cosa que le hicieran, sería merecida.

Sin embargo, cuando empezaba el mes de julio, desperté una mañana y me di cuenta que a pesar de todo el daño que me había hecho Leo (también a pesar de sus llamadas cada día desde que le había dejado de esa forma tan humillante), la vida debía continuar. No podía estar lamentándome por perderle de esa forma, ya que a fin de cuentas, el que me había perdido por su actitud era él. Me alegre, al menos, de no haberle entregado mi cuerpo. Estaba claro que éramos jóvenes y con veinte años había ciertas cosas que deberíamos haber hecho, al igual que otras parejas, pero aunque me avergonzara admitirlo (ya que mis amigas ya habían tenido experiencias amorosas y más que eso), yo aún era virgen.

Tal vez, mi pensamiento parecía de otra época, pero no quería perder mi virtud con cualquiera. Quería estar enamorada y sentir que esa persona era la indicada antes de entregarme al placer, a la lujuria, al sexo.

Un sonido muy insistente y lejano me sacó de mis pensamientos. Sacudí la cabeza y me ubiqué. Aún me encontraba de pie, frente al espejo de cuerpo entero de mi habitación, que se encontraba junto a un gran ventanal que conducía a un pequeño balcón. Al otro lado de la ventana, se encontraba el escritorio con una gran mesa y una silla cómoda. Al otro extremo, estaba la puerta de entrada y justo a la derecha, estaba el vestidor; mientras que en la izquierda había una pequeña puerta que conducía al baño y cerca del baño, la gran cama.

Aquel sonido volvió a escucharse. Esta vez, lo sentía más cercano. Me concentré en seguir ese sonido y me acerqué al escritorio, sobre el que había dejado el móvil. Miré la pantalla para ver quién me llamaba con tanta insistencia.

Era una de mis mejores amigas, Ruth. Era una hermosa chica de cabello rojo, ojos oscuros, piel blanca y buen cuerpo. No sé cómo lo había conseguido, pero me había conseguido convencer para salir ese día y presentarme a algunas personas. Realmente, necesitaba salir y distraerme y sobre todo, volver a vivir mi vida.

Miré la hora que marcaba el reloj digital sobre el escritorio y vi que la cita había sido hacía ya cinco minutos. Llegaba tarde. No me gustaba llegar tarde a ningún lugar, sobre todo, si había quedado con alguien. Agarré mis cosas y cogí el móvil para responder la llamada al tiempo que salía de mi casa, dejándola bien cerrada hasta mi regreso.

-¡Hola, Ruth! ¿Cómo estás? –la saludé-.

-¿Dónde estás, Amanda? –parecía preocupada-.

-Lo siento, me he dormido –mentí y añadí-. Estoy saliendo de casa en este momento.

-Está bien, no te preocupes. Miriam y yo aún estamos esperando. Pensé que tal vez te habías arrepentido de venir –expresó-…

-¡En absoluto, voy para allá! ¡Dame quince minutos! –le pedí-.

-De acuerdo, te esperamos -se despidió lanzando un sonoro beso desde el otro lado de la línea-.

Vivía justamente al lado del único centro comercial que había en el pueblo. A pesar de ser un lugar pequeño, había bastantes locales de entretenimiento y además, nuestro pueblo era un lugar famoso gracias a su gastronomía.

El lugar donde había quedado con mis amigas era un centro recreativo. Habitualmente, cuando salíamos, a ninguna de las tres se nos ocurría poner un pie en aquel lugar. Aquello solo ocurría cuando algún chico salía con nosotras, de hecho, Leo me había llevado allí infinidad de veces.

Me detuve en seco. Cuando Ruth me propuso salir, me comentó que quería presentarme a alguien. En aquel momento, no me di cuenta. Pero, ahora que lo pensaba, tal vez, quería presentarme a ese chico que empezó a conocer en el mes de mayo y a alguien más. Me encogí de hombros. Fuera lo que fuera, estaba dispuesta a pasarlo bien, lo necesitaba.

Continúe mi camino hasta el centro recreativo donde según me había dicho Ruth, en su llamada, Miriam y ella me esperaban. Miriam era una chica de largo y rizado cabello castaño y ojos verdes, además de tener buena figura y ser el ser más bondadoso que conozco sobre la tierra. Al igual que yo, esperaba a su príncipe azul, que aún no llegaba.

Miriam y Ruth habían sido compañeras en mi escuela y conectamos enseguida, desde pequeñas. Y nuestra amistad continuaba, de hecho, ya nos avalaban muchos años de amistad y estaba segura de que habíamos pasado la prueba de fuego con alta nota y que nuestra amistad siempre se mantendría.

Ahora, las tres estudiábamos en la universidad. Aunque nuestras carreras fueran diferentes, durante el curso escolar, compartíamos piso en la capital andaluza, ya que era dónde vivíamos. Ruth había elegido la carrera de traducción e interpretación, ya que se le daban muy bien los idiomas, sobre todo el inglés, y quería vivir de eso. Miriam, por su parte, había elegido psicología, ya que la mente humana y sus misterios le apasionaban tanto como el programa de misterios “Cuarto milenio”. Y yo me había decantado por trabajo social, ya que me gustaba muchísimo ayudar a la gente y era una carrera en la que se estudiaban temas muy interesantes.

Cuando llegué al lugar donde habíamos quedado, en mitad de mis pensamientos, vi a mis amigas esperando en la puerta del centro recreativo. Ruth había elegido un short y una camiseta corta de encaje blanco, además de unas cuñas también de encaje blanco y un bolso a juego, además de haber alisado su cabello y recogerlo en una coleta alta. Miriam se había decantado por unos pantalones blancos y una camiseta amarilla con tira bordada al final de ésta a juego con complementos de color amarillo.

No me había dado cuenta hasta ese momento de cuánto las había echado de menos. Los ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Creí que ya estaba seca y no quería llorar ni aunque fuese de emoción. Cerré los ojos con fuerza y sacudí la cabeza para alejar las lágrimas, antes de llegar al lado de ellas.

-¡Amiga! –Ruth me abrazó con fuerza-.

-¿Cómo te encuentras, amiga? –Miriam se unió al abrazo-.

-Estoy bien, creo. Pasando el luto, supongo –me encogí de hombros-.

-Hiciste lo correcto. Si Leo no valoraba tus sentimientos, no te merecía –dijo Ruth agarrando mi mano entre las suyas-.

-Lo sé… Aún así, duele… Fue mi primer amor y jamás creí que me haría algo así –me entristecí-…

-Ha llegado el momento de pasar página –Miriam acarició mi cabello-.

-Lo sé, por eso estoy aquí –sonreí débilmente-.

-Veréis… He conocido a un chico y parece que esta vez, va en serio –se sonrojó Ruth-…

-¿Te ha pedido que seas su novia? –Intervino Miriam-.

-Sí, pero no puedo aceptarle sin vuestro visto bueno –decidió Ruth-.

-Nuestra opinión no importa, Ruth. Debe hacerte feliz y ser sincero, si aún así, lo amas –me encogí de hombros-…

-No sé si aún es pronto para llamarlo amor, pero me interesa mucho –admitió Ruth-. ¡Ahí viene con un par de amigos!

Miriam y yo desviamos la mirada en su dirección. Tres chicos, casi igual de altos y con buen cuerpo, se acercaban al centro recreativo. Me fije en ellos. El chico que iba en el centro era un chico de piel clara, de cabello negro y en la distancia, sus ojos parecían oscuros. Además, parecía ser más alto que Leo y los tres tenían la misma altura. El chico que iba a su derecha parecía tener el cabello castaño y los ojos oscuros, además de tener una piel bronceada y musculosa, como el resto de sus amigos. El chico que iba a la izquierda parecía tener el cabello negro y los ojos oscuros… Tenía algo que no supe identificar… Sin duda, parecían chicos atractivos. Eso no podía negarse.

Ruth, a nuestro lado, empezó a moverse impaciente y cuando los chicos estuvieron lo suficientemente cerca, ella y el chico central cruzaron una mirada y poco después se fundieron en un abrazo. Miriam me miró, enarcando una ceja y respondí su gesto con una sonrisa cómplice. Siempre nos había causado gracia la efusividad de nuestra amiga.

-Chicas, él es Tom –nos presentó Ruth-. Cariño, ellas son Miriam y Amanda, mis mejores amigas.

-Es un placer conoceros chicas –Tom se acercó y nos dio sendos besos en las mejillas-. Ruth me ha hablado mucho de vosotras, tenía muchas ganas de conoceros.

-Encantadas, Tom –habló Miriam en representación mía y suya-.

-Hace unos días, le hice una propuesta a Ruth –explicó Tom, haciendo que nuestra amiga se sonrojase-. Es por eso, y espero que no os incomode, he traído a un par de amigos.

-No nos importa en absoluto –sonrió Miriam-.

-Nunca está de más conocer a gente nueva –intervine con una pequeña sonrisa-.

-Genial, entonces –aplaudió Tom-. Ellos son Iván –señaló al chico castaño- y Alex –señaló al moreno-.

Ambos chicos se acercaron a nosotras, también para saludarnos con sendos besos en las mejillas.

Tras las presentaciones, Ruth propuso entrar al centro recreativo, ya que el calor era insoportable.

Al entrar, Miriam me agarró del brazo para apartarnos hacia la barra y pedir un par de vasos de agua. Justo al lado de la barra, había unas escalerillas para acceder al interior del local que tenía mesas de futbolín y billar por doquier y un par de dianas en la pared final del local, situándose el aseo en la parte derecha del final.

-¿Qué sucede, Miriam? –Quise saber-.

-No sé de dónde habrán salido Tom y sus amigos, pero… ¡Son lindísimos! –Miriam parecía encantada-.

-La verdad es que son chicos atractivos –reconocí-, pero eso no lo es todo.

-Por supuesto –asintió Miriam-…

-Debemos conocerles mejor –le sugerí-.

-Eso no será problema –me guiñó el ojo-.

Ambas bebimos el vaso de agua de un solo trago para calmar nuestra sed. Miriam empezó a removerse nerviosa y salió disparada hacia el baño. Reí por su actitud y pedí otro vaso de agua, ya que no había tenido suficiente para aliviar mi sed. Justo en ese momento, alguien se colocó a mi lado.

-¿Podría servirme otro vaso de agua, por favor?

Mire a Alex que se había posicionado a mi lado para pedir un vaso de agua y pude comprobar que efectivamente era muy alto, tal vez, un metro noventa y su olor era embriagador.

Alex se percato de que le estaba mirando y nuestras miradas se cruzaron. Desvié la vista hacia el vaso de agua, totalmente sonrojada. Agarré el vaso y comencé a beber más lentamente de lo que lo había hecho antes, aún sintiendo la mirada de Alex sobre mí persona. Cuando terminé de beber el vaso de agua, sentí una pequeña risita a mi lado. Miré a Alex con cara de pocos amigos y entonces, me habló, consiguiendo dejarme congelada…

-No has cambiado nada, pequeña guerrera.

 

 

 

Notas:

¿Y bien? ¿Qué les pareció? 

Espero leer sus opiniones por aquí para ver si continuo el fic... 

¡Gracias por leer! ^^

CAPITULO 2 por silvy1990
Notas de autor:

Buenos días, aquí les traigo un nuevo capítulo para que puedan continuar con la trama de esta historia :)

Espero les guste y comenten qué les parece, eso siempre me anima muchísimo a continuar. ¡Gracias por leer! ^^ 

CAPITULO 2.

-No has cambiado nada, pequeña guerrera –me dijo Alex con una voz grave y extremadamente sensual-.

Aquella frase, aquellas escasas palabras, me dejaron congelada en el lugar donde estaba. Solamente una persona me había hablado así y fue hace tantos años que creí que jamás volvería a escucharlas o aún peor, creí que jamás le volvería a ver. Eché un rápido vistazo a la pulsera de flores azules que llevaba en mi muñeca derecha, incluso acariciando la joya.

-Veo que aún conservas mi regalo… Fue lo único que pude hacer por nuestra amistad antes de marcharme, Amanda…

Mire el rostro que había junto a mí, que había cambiado muchísimo desde la última vez que le vi. Su tono de voz estaba entristecido al recordar las circunstancias que nos habían llevado a separarnos cuando estudiábamos en la escuela, en la primaria, hace diez años.

Cerré los ojos, recordando una parte de mi pasado que creí enterrada y olvidada, dejándome llevar. No me había quedado más remedio que actuar así, ya que su marcha repentina dejó un gran vacío en mi vida. Pero Alex estaba ahí, delante de mí, después de tantos años...

En la escuela, Alex era mi mejor amigo. Por supuesto, era una amistad diferente a la que tenía con Ruth y Miriam. Nuestras madres también se conocían desde la infancia. Ambas querían que ambos nos hiciésemos amigos, pero la gran sorpresa para ellas fue que en la escuela conectamos y enseguida nos hicimos amigos, sin siquiera saber la relación que existía entre ellas. De hecho, recuerdo que cada día, cuando volvíamos a casa, siempre lo hacíamos juntos, con nuestras madres cerca, claro. También recuerdo que Alex me hacía muy feliz, pero un día, su madre encontró trabajo en Madrid y tuvieron que marcharse de nuestro pequeño pueblo. El único recuerdo que me quedó fue aquella pulsera que jamás me había quitado de la muñeca desde que Alex me la regaló, la última vez que nos vimos...

-¿Alex? ¿Mi Alex? ¿De verdad eres tú? –Le miré con el entrecejo fruncido, presa de la sorpresa-.

-Sí, pequeña guerrera –una lágrima recorrió su mejilla-…

-¡No lo puedo creer! –Llevé mis manos a la boca-.

-En realidad, estaba interesado en buscarte y volver a retomar nuestra amistad, pero ha sido más fácil de lo que creí –admitió-.

-No sé qué decir –una lágrima traidora recorrió mi mejilla-…

-Un abrazo no estaría mal, para empezar –bromeó-.

Me reí y no dudé un instante en darle un abrazo. Y no un abrazo cualquiera, sino un fuerte abrazo, como si quisiera recuperar diez años con tan solo ese gesto.

-¿Qué está pasando aquí? –Escuché la voz de Ruth-.

Me separé de Alex con una sonrisa a lo que él me guiñó el ojo antes de girarse hacia Ruth, ya que cuando ella llegó, él estaba de espaldas. Nos encontramos con una Ruth que no sabía muy bien a qué enfrentarse y nos miraba acusadora con los brazos en jarra con Tom a su espalda.

-¿Recuerdas esta pulsera, Ruth? –me acerqué a ella y se la enseñé-.

-Claro… Pero, ¿eso que tiene que ver con mi pregunta? –Ruth parecía confusa-.

-Tienes al chico que me regaló esta pulsera delante de ti –señalé a Alex con la cabeza-.

Ruth miró a Alex, sin saber qué decir. Por su rostro, pasaron varios colores y emociones. Finalmente, se llevó las manos a la boca y sus ojos se aguaron, presa de la sorpresa.

-¿De verdad eres el mismo? –Reaccionó Ruth-.

-Para mí ha sido una verdadera sorpresa encontrar a Amanda. De hecho, a mi vuelta, estaba dispuesto a buscarla para retomar nuestra amistad –se explicó Alex-…

-¡Qué casualidad! –Intervino Tom-.

-Sí, lo has tenido muy fácil para encontrarla –sonrió Ruth-. ¿No me vas a dar un abrazo a mí también, Alex?

Alex rio y le dio un ligero y rápido abrazo, supuse que por respeto a Tom.

-Os estábamos esperando… ¿Os apetece jugar a algo? –Intervino Tom, después del abrazo-.

-Por supuesto, vamos –aceptó Alex-.

Los cuatro bajamos las escaleras que separaban la barra de la sala de juegos y nos dirigimos hacia una de las mesas de billar, donde Miriam e Iván charlaban animadamente mientras esperaban. Al llegar junto a ellos, ambos dejaron de hablar. Miriam me miró interrogante, sacudí la cabeza y le hice un pequeño gesto con las manos para hacerle entender que le explicaría todo lo sucedido más adelante. Por su parte, Alex se acercó a Iván y colocó su mano en el hombro de su amigo con una sonrisa a lo que Iván asintió.

-¿Os apetece jugar al billar? –Tom rompió el silencio-.

-Elijáis lo que elijáis, no sabemos jugar –se lamentó Ruth-, aunque Amanda tiene experiencia con el futbolín.

-¿En serio? –Tom parecía sorprendido-.

-En realidad, he venido un par de veces y siempre jugaba al futbolín, pero no soy una experta –me encogí de hombros-.

-No hables con falsa modestia… Algunas veces hemos coincidido y se te da bastante bien –intervino Miriam-.

-En ese caso, juguemos al futbolín –sonrió Tom-.

Todos los presentes aplaudimos la idea de Tom y nos acercamos a la mesa del futbolín, un juego bastante sencillo en el que teníamos que intentar meter gol en la portería. Habitualmente, el futbolín era un juego para dos o cuatro personas, pero no para seis. Por eso, hicimos tres equipos de dos personas, que estaban formados por Tom y Ruth, Miriam e Iván, y por último, Alex y yo. Ahora la cuestión era elegir a los dos equipos que iniciarían el futbolín, por lo que los chicos hicieron un juego en el que elegirían el inicio del futbolín.

El juego era conocido como piedra, papel o tijera. La piedra aplastaba la tijera y ganaba; la tijera cortaba el papel y ganaba; el papel envolvía a la piedra y ganaba. Unos minutos más tarde, Tom y Alex se colocaron junto a nosotras en el futbolín.

Alex me permitió elegir, con un gesto caballeroso, el lateral que deseaba tener en el equipo, por lo que dejé que Alex se posicionará en la portería y la defensa. Por tanto, elegí la parte ofensiva, teniendo frente a mí a Tom y a su derecha a mi amiga Ruth. Empezamos a jugar una vez que ya estábamos posicionados y tras algunos tiros, Alex y yo conseguimos la victoria con una mínima diferencia. Al ganar, salté de alegría de mi sitio y Alex y yo nos abrazamos de forma inconsciente. Unos segundos después nos separamos, en mi caso, estaba totalmente sonrojada, y nos enfrentamos al equipo de Miriam e Iván, a los que también ganamos. En aquella ocasión, Alex y yo solamente nos sonreímos.

Poco después de eso, Iván propuso ir a tomar algo a un local cercano, conocido como “La Crepería”. Era un local especializado en la elaboración de gofres y crepes, además de preparar batidos deliciosos y menú de pizza y refresco para la hora de la cena. Era un lugar al que solía ir mucha gente de nuestra edad debido a su cercanía al centro recreativo, donde pasábamos la mayor parte del tiempo.

Al salir del centro recreativo, me hubiera gustado ir conversando con Alex, pero Miriam estaba ansiosa por la explicación que le debía; así que al salir del recreativo, se enganchó a mi brazo, al igual que Ruth, y volví a contar la historia. La reacción de Miriam había sido muy parecida a la de Ruth, pero parecía contenta de aquel reencuentro. Y a mí, ni siquiera me estaban dejando disfrutarlo. Desde que había descubierto quién era Alex, no había podido hablar tanto como me hubiera gustado con él y ambos teníamos muchas cosas que contarnos.

Al llegar al local, que estaba decorado como si fuera un castillo de la edad media, con ventanales con vidrieras, escudos y armas colgadas en las paredes y muebles sobrios, nos dirigimos al fondo del local, sentándonos en una gran mesa de madera robusta y azul con unos bancos del mismo material y color. La parte del fondo del local estaba decorada como si se tratase de la sala donde se reunían los caballeros de algún castillo de época y había solamente un par de mesas destinadas a grupos amplios de personas y era por eso, por lo que habíamos elegido aquella mesa.

Los seis nos detuvimos a mirar las cartas para elegir lo que tomaríamos, aunque yo lo tenía muy claro. El batido de chocolate con nata que preparaban era delicioso y era mi favorito, al igual que mis amigas, que apoyaron mi decisión y pidieron otro para ellas. Los chicos, por su parte, se decantaron por la especialidad del local, que eran las crepes con una receta casera y original que preparaba la dueña, una mujer francesa que se había establecido en nuestro pueblo al enamorarse del que era su actual marido.

-Veo que aún sigues adorando el chocolate –escuche la voz de Alex-.

Miré a mi lado y vi que Alex había aprovechado la ocasión para sentarse a mi lado. Justo en ese momento, me di cuenta de que estábamos solos. Miré hacia la barra y vi allí al resto del grupo, de hecho, mis amigas me hacían gestos para que me animase a hablar con él. Me reí de forma disimulada y volví a mirar a Alex, que no me quitaba la vista de encima.

-Aún así, hay cosas que han cambiado –me encogí de hombros-.

-Mi marcha fue repentina y no pude hacer las cosas como me hubiera gustado, pero no es tarde para recuperar el tiempo perdido –me dijo agarrando mi mano entre las suyas-.

-Lo sé. Y me gustaría recuperarlo. Eras mi mejor amigo y me gustaría que siguieras siéndolo –admití-.

-¿Nos vemos aquí mañana a esta misma hora? –me propuso-.

-Me encantaría –acepté su invitación con una sonrisa-.

Justo en ese momento, y como si nos hubieran leído el pensamiento, el grupo regresó. Miriam se sentó al lado disponible junto a mí, al lado derecho, ya que Alex no tenía ninguna intención de moverse de mi izquierda. Ruth y Tom se sentaron justamente enfrente de nosotros y junto a Tom se sentó Iván. Esperamos pacientemente que sirvieran nuestros pedidos en un silencio más incómodo del que me hubiera gustado. Tal vez, con el estómago lleno, esa situación pudiese cambiar.

-¿Y cómo os conocisteis Ruth y tú, Tom? –Finalmente rompí el silencio-.

-Nos conocimos en la piscina municipal –sonrió Tom-.

-Sí, ese día había ido allí con mi familia y me encontré con Tom y sus amigos –me explicó Ruth-.

-Habitualmente, no vamos a la piscina. En casa de Tom hay piscina y también en la mía, pero ese día, nos apetecía salir y así Tom y Alex conocían un poco más el pueblo –aclaró Iván-.

-Así que fuimos a la piscina municipal y estábamos jugando al balón cuando vi a Ruth –continuo Tom-.

-Yo les había visto hace rato, pero no me atreví a acercarme –nos contó Ruth-.

-Al final, lancé el balón cerca de ella y pude acercarme para conversar con ella –finalizó Tom-.

-Conectamos enseguida, así que intercambiamos números y empezamos a salir… Y hasta ahora –sonrió Ruth-.

Miriam suspiró encantada, mientras que yo asentía con una sonrisa. Si habían tenido compenetración mientras nos contaban cómo se habían conocido, no quería imaginar la compenetración que debían tener para el resto de las cosas. En comparación con otros novios que había tenido Ruth, Tom me parecía el mejor hasta ahora. Me dio por pensar que se trataría de un amor de verano y que no duraría, que era lo que habitualmente le sucedía a mi amiga.

Miriam y yo teníamos otra clase de concepto sobre relaciones, ya que queríamos encontrar a una persona formal, sincera y leal y sobre todo, que fuera una relación larga. Miriam había tenido más experiencia, aunque finalmente, no salía bien. Yo no tenía tanta experiencia, ya que solo había tenido una relación y ya me había dejado bastante marcada pero preparada para enfrentar la misma situación de nuevo, si es que se presentaba algún día. De momento, iba a disfrutar de mis amigas.

-Ruth me contó que os conocisteis en la escuela, pero no me hablo de Alex –quiso saber Tom-…

-Alex y yo éramos grandes amigos, aunque era una amistad diferente que la que tenía con Miriam y Ruth –comencé-…

-De hecho, nuestras madres eran amigas y deseaban que surgiese una buena amistad entre nosotros –completó Alex-.

-Y así fue, pero la madre de Alex encontró trabajo en Madrid y se tuvo que marchar, pero antes me regaló esta pulsera –se la mostré a Tom-.

-En Madrid, años después, conocí a Tom, que era mi vecino cuando vivía por allí –me explicó Alex con su intensa mirada-.

-Yo siempre vivía entre Madrid y el pueblo, hasta ahora –sonrió Tom-.

-Tom estudia ingeniería en la universidad y el próximo año estaremos juntos porque ha pedido traslado de expediente –me explicó Ruth, con una sonrisa-.

En ese momento, temí. Mis amigas y yo vivíamos juntas en un pequeño departamento en Sevilla, ya que estudiábamos en la universidad. Si Tom y el resto de sus amigos también estudiaban allí, mis amigas no iban a estudiar demasiado y preferirían pasar con ellos el resto del tiempo, porque era evidente que Miriam sentía algo por Iván, solo hacía falta ver cómo lo miraba. Y tampoco me gustaba la idea de que la cabeza de Ruth comenzase a hacer planes con una persona con la que ni siquiera sabía si iba a estar mucho tiempo. O tal vez, era mi desconfianza debido a mi experiencia con Leo, la que me hacía desconfiar sobre planear un futuro con una persona a la que quieres.

-He pensado que tal vez podáis ayudarnos a Alex y a mí a instalarnos y conocer Sevilla –nos pidió Tom-.

-¿Tú no estudias con ellos, Iván? –Intervino Miriam-.

-Sí, pero he estado viviendo en la residencia de estudiantes –se justifico Iván-. Tal vez, si Alex y Tom consiguen un piso, me vaya a vivir con ellos.

-Os ayudaremos en todo lo que podamos –se ofreció Miriam-.

-Muchísimas gracias, chicas. Sin duda, Ruth no exageraba cuando decía que erais buenas personas. Me alegra mucho haberos conocido –sonrió Tom-.

-Sí, hemos tenido mucha suerte al conoceros –secundó Iván-.

-La suerte ha sido encontrarme a mi pequeña guerrera –Alex me revolvió el pelo-.

-¿Por qué le dices así, Alex? –Cuestionó Tom-.

-En la escuela, siempre fue una revolucionaria, una pequeña guerrera.

Ruth y Miriam se miraron entre ellas y después nos miraron a Alex y a mí. Tal como las conocía, sabía que estaban aguantando las ganas de reír y por supuesto, lo hicieron, dándole la razón a Alex.

Es verdad que nunca me gustaron las injusticias y desde niña, luchaba contra ellas. Era justamente por eso por lo que Alex y yo nos habíamos hecho amigos. Cuando era niño, Alex tenía gafas y aparato de dientes, además de que estaba regordete. Algunos compañeros de clase le insultaban, pero no podía ver aquella injusticia, ya que sabía que Alex era un buen chico, por eso, le defendí. Eso hizo que nos convirtiéramos en amigos y siempre que luchaba contra alguna otra injusticia, Alex me decía pequeña guerrera.

Volví a mirar a mi lado, a Alex. Sin duda, ya no era gordo, ni tenía aparato de dientes, ni tenía gafas. Ahora, Alex tenía un cuerpo fibrado y musculoso, se notaba que se machacaba en el gimnasio; su sonrisa era blanca y perfecta; y sus ojos oscuros brillaban libres del cristal de las gafas. Sin duda, se había convertido en un hombre bastante atractivo y si no hubiera sido por la frase que utilizó, jamás lo hubiera reconocido.

Y así pasamos el resto de la tarde, conversando muy animadamente en aquel local, dándome cuenta de que podíamos hacernos buenos amigos. Después de eso, Ruth y Tom se despidieron, ya que él iba a acompañarla hasta casa. Miriam se disculpó, ya que tenía que hacer algunos recados e Iván se ofreció a acompañarla. Así que, Alex y yo, volvimos a quedarnos solos.

-Lo he pasado muy bien –le sonreí-.

-Ha sido un gran día –parecía feliz-. -Sí, sin duda –asentí y añadí-. Será mejor que volvamos a casa.

-Te acompañaré –dijo con decisión-.

-Está bien –acepté-.

Alex y yo conversábamos por el camino. Hablábamos de cosas sin sentido, nos reíamos por cualquier cosa… Sin duda, la conexión entre ambos seguía siendo evidente. Cuando llegamos al centro comercial, me detuve. Vivía prácticamente al lado y lo más conveniente era despedirnos, no sin antes, intercambiar los números de teléfono, recordando que habíamos quedado en la crepería al día siguiente para ponernos al día.

Notas:

Espero que les haya gustado este capítulo, donde se conoce un poco más a los personajes... Hay una cita pendiente entre Alex y Amanda, ¿les irá bien? 

¡Nos leemos en el próximo capítulo! ¡Un saludo! ^^ 

CAPITULO 3 por silvy1990
Notas de autor:

Hola a todos, ¿cómo están? 

Sé que actualice hace muy poquito, pero no me he podido resistir, así que aquí les traigo un nuevo capítulo que espero que disfruten. 

¡Nos leemos! ^^

CAPITULO 3.

Tras despedirme de Alex, regresé a mi casa. Una vez dentro, cerré la puerta principal y puse la alarma, cuyo código se cambiaba cada semana desde la empresa de seguridad que instaló la alarma. Me dirigí a mi habitación, que se encontraba en la planta superior de la casa en la que vivía, y me di una ducha antes de ponerme el pijama de verano, que consistía en unos pantalones cortos de color azul marino con detalles de anclas y una camiseta blanca de tirantes, e irme a la cama.

Tumbada sobre la cama, no podía creer todo lo que había sucedido aquel día. En tan solo unas horas, había vuelto a encontrarme con uno de mis mejores amigos de la infancia. Realmente, estaba feliz de tenerle de nuevo en mi vida. Y esta vez, intentaría no tener que separarme de él, de nuevo.

Sonreí como una tonta al recordar todos los momentos tan hermosos que habíamos vivido durante la primaria, cuando nuestra amistad estaba latente. Estaba claro que había pasado mucho tiempo y aunque en parte fuésemos las mismas personas, tal vez habíamos cambiado, tanto por fuera como por dentro evidentemente, y ni siquiera teníamos cosas en común; pero hasta ese momento, todo parecía ir bien y era por eso por lo que acepté su invitación del día siguiente.

Intenté dejar mis pensamientos a un lado para intentar descansar. No dormía desde hacía bastante tiempo y me apetecía poder cerrar los ojos y abrirlos al día siguiente, pero no lo conseguí porque no podía sacar a Alex de mi mente.

Me levante de nuevo de la cama y encendí la luz de la habitación. Me acerqué a una de las estanterías y me dispuse a buscar un álbum de fotos. Cuando lo encontré, lo agarré y volví de nuevo a la cama. Me senté como los indios y coloqué el álbum delante de mí. Empecé a ver las fotografías que había en su interior.

Necesitaba recordar aquella época, viendo fotos de cuando era una niña y mi madre me cortaba el pelo, demasiado para mi gusto. Recordar aquello me hizo poner mala cara.

También vi a mis amigas Ruth y Miriam, que casi no habían cambiado. En una de las fotos, las tres estábamos poniendo caras en la terraza de mi hogar, demasiado cerca de la piscina.

Al lado, en otra foto, era con Alex con quien posaba y quien me abrazaba con una linda sonrisa. Sin duda, mi infancia había sido maravillosa y había encontrado buenos amigos.

A Ruth y Miriam siempre las había tenido. Y siempre pensé que tendría a Alex hasta que se marchó a Madrid de forma tan repentina por el trabajo de su madre. Aún así, aquella pulsera de flores azules que me regaló y aún conservaba como mi mayor tesoro, era un recordatorio de su existencia y su presencia en mi vida. Al comienzo de su marcha, pensé que regresaría y cada día lo esperaba con ansias. Un día, supe que no regresaría y me enfurecí. Hasta me quité la pulsera y la guarde en un cajón, con tristeza. Recuerdo que mis padres y hasta mis amigas hablaron conmigo para hacerme entrar en razón, ya que de niña, solía ser caprichosa y cabeza dura. Finalmente, volví a posicionar aquella pulsera en mi muñeca, y esta vez, de forma definitiva. Me di cuenta, de que volviera o no, él siempre iba a formar parte de mi vida, aunque estuviera ausente.

Sin duda, había llovido mucho desde entonces. Si ahora, él había regresado y quería retomar nuestra amistad, no sería yo quien lo impediría, porque realmente, quería volver a tenerle en mi vida. Un bostezo involuntario surcó mis labios. Cerré el álbum y volví a guardarlo en su lugar, dirigiéndome a la cama. Tenía que aprovechar aquel único síntoma de cansancio que había sido mi bostezo e intentar dormir.

Utilicé un truco que me había enseñado mi padre hacía muchos años, que consistía en cerrar los ojos y no moverse, por lo que finalmente, obligaría al sueño a aparecer. No sé si el truco funcionó o no, pero al menos, dejé de pensar durante un momento…

Cuando mis ojos volvieron a abrirse, me di cuenta de que la tenue luz solar se encontraba tras mi ventana. Me di la vuelta en la cama para mirar el reloj digital que había sobre mi mesilla de noche y me di cuenta de que eran las diez de la mañana. Abrí los ojos como platos y me levanté de la cama hasta quedar sentada sobre ella. Después de noches sin poder descansar, había sido capaz de dormir ocho horas seguidas. Canturreé feliz por ese hecho y me levanté de muy buen humor.

Me acerqué al vestidor, agarré unos pantalones cortos de cuadros negros y blancos y una camiseta blanca de tirantes y me dirigí a la ducha para comenzar el día con buen pie. Cuando terminé, doblé el pijama y lo guardé bajo la almohada. Por supuesto, hice la cama y bajé a desayunar. Aquel día, me preparé un buen tazón de cereales de fruta y chocolate y un vaso de zumo de naranja recién exprimido y desayune escuchando un poco de música.

Después de eso, tal vez, nadaría un rato en la piscina; realmente, me apetecía, ya que hacía tiempo que no lo hacía y me encantaba practicar natación. Por eso, cuando terminé de desayunar, volví a mi habitación para agarrar un bikini de color agua marina y una toalla, además de agarrar el móvil y protector solar.

Cuando llegue a la terraza donde se encontraba la piscina de tamaño medio, me acerqué a una pequeña mesa redonda y dejé sobre ésta el móvil y el protector solar, coloqué mi toalla sobre una hamaca cercana y me acerqué a la piscina, que estaba impecable. Aún así, al tener un sistema de limpieza automático, pulse un botón para hacer una pequeña revisión.

Como ese proceso llevaría un rato, me tumbé sobre la hamaca y agarré el móvil, viendo que tenía muchísimos mensajes y llamadas de mis amigas, de un número desconocido y de Leo.

Puse mala cara al ver los mensajes y llamadas de mi ex. Creí que mi indiferencia le había quedado más que clara, no entendía por qué seguía insistiendo en que le perdonase, hecho que no iba a ocurrir jamás. Aquel día, me levanté con más fuerza que nunca y tomé una decisión respecto a Leo. Busqué su número en la agenda y lo eliminé. Sí, había llegado el momento de empezar desde cero y borrar los vestigios de nuestra relación. Y no solo le eliminé de la agenda telefónica, sino de todas las redes sociales en las que era amigo. También borré nuestras fotos, las fotos que tenía con la otra chica y todos los datos que tenía de Sandra. Ese sería el final de mi historia con Leo y el comienzo de mi nueva vida.

Después de eso, revisé los mensajes de mis amigas. Al parecer, estaban organizando, como todos los años, un viaje a la playa, a la casa que los padres de Miriam tenían allí y nos dejaban todos los años cuando ellos viajaban al extranjero. Sonreí feliz, sin duda, un viaje con mis amigas era justo lo que necesitaba.

Por último, me fije en el número desconocido de mi agenda. Solo tenía un par de llamadas de ese número y ningún mensaje, tal vez, se habían equivocado. Decidí borrar el número del registro de llamadas.

Después de eso, dejé el móvil sobre la mesa y agarré el bronceador para aplicarme protección solar. Una vez lista, me acerqué a la piscina. Aún quedaban un par de minutos para que se limpiara completamente y justo en ese momento, mi móvil sonó. Me acerqué hasta él y vi que era el mismo número desconocido de antes. Esta vez, decidí atender la llamada. Tal vez, no era un error y era algo verdaderamente importante.

-¿Diga? –Pregunté con desinterés-.

-Buenos días, Amanda –reconocí aquella increíble y varonil voz-.

-Alex, ¿cómo estás? –una sonrisa apareció en mi rostro-.

-Anoche te llamé un par de veces, no podía dormir y me apetecía hablar contigo –quiso saber-.

-Me pillaste profundamente dormida, me temo –me disculpe-.

-Lo imagine –se rió-. En fin, te llamaba para recordarte nuestra cita esta tarde a las seis en la crepería.

-Sí, lo recuerdo. Y allí estaré, seré muy puntual –le tranquilice-.

-¿Has desayunado? –Cambió de tema-.

-Acabo de hacerlo, ¿por qué lo preguntas? –Tenía curiosidad-.

-Estoy muerto de aburrimiento y pensé que tal vez, te apetecía desayunar conmigo –parecía entristecido-…

-Lo único que puedo ofrecerte es que pases el día conmigo, en mi piscina –le propuse-…

-Eso sería maravilloso –parecía feliz, pero añadió-… ¿Tus padres no se molestarán con mi presencia?

-No te preocupes por eso –me reí, ya que yo también estaba aburrida y además, pasaría sola prácticamente todo el verano-…

-Está bien –me lo imaginé encogiéndose de hombros-…

-¿Recuerdas cómo llegar? –dudé-.

-Sí, estaré allí en media hora… ¿De acuerdo? –me sugirió-.

-Perfecto, aquí te espero –le despedí-.

Ni siquiera sabía por qué se me había ocurrido esa idea. No me gustó oírle triste y le hice el ofrecimiento, pensando que lo rechazaría. Jamás había invitado a un chico a mi casa, no cuando mis padres no se encontraban en la casa. Ni siquiera Leo había entrado allí.

Volví a revisar los mensajes y las llamadas de mis amigas, así que se me ocurrió invitarlas a pasar el día en casa con Tom e Iván, pero rechazaron mi invitación por un extraño motivo. Me sorprendió que pasaran de la piscina, sobre todo, porque era de los pocos medios para combatir el calor del verano en nuestro pueblo.

Subí de nuevo a mi habitación y volví a coger la ropa que había elegido mientras desayunaba y también un pareo largo atado al cuello para recibir a Alex, cuando llegara. Aunque me fuera a ver en traje de baño, me moría de vergüenza de recibirle así.

Media hora después, puntual como un reloj, el timbre de mi casa sonó. Fui a abrir la puerta principal y cuál fue mi sorpresa al encontrarme no solamente con Alex, sino también con mis amigas y los amigos de Alex. Me reí al ver a las chicas y las regañe por su pequeña mentira a lo que ellas me miraron con inocencia, haciendo que me riera aún más fuerte. Tom e Iván me saludaron con su típica caballerosidad, aunque parecían más reacios a estar allí, no como Alex. Cuando él llego y nuestras miradas se cruzaron, me sonrió con felicidad y me dio un fuerte abrazo.

-¿Podéis explicarme que significa todo esto? –Mire a mis amigas con los brazos en jarra-.

-Estuvimos hablando anoche y decidimos darte una sorpresa –mi amiga Ruth se encogió de hombros-.

-Tal vez, deberíamos haberte avisado con más tiempo –dudó Iván-.

-No, Iván –le detuve-. Me ha encantado la sorpresa, muchas gracias a todos –les sonreí-.

-¿Nos enseñas la casa? –Me sonrió Alex-.

-Claro, chicos.

Los seis pasamos al interior de la casa. Mis amigas se quedaron en la planta baja, preparándose para el primer chapuzón de la temporada. Los chicos, por su parte, me acompañaron y les enseñé el resto de la casa, para que al menos, supieran donde tener que ir cuando alguno de ellos necesitara ir al baño. Por el camino, les comenté que mis padres estaban de viaje y que pronto les acompañaría. A fin de cuentas, los chicos seguían siendo “desconocidos” para mí y no me apetecía contarles tantos detalles de mi vida, al menos, tan pronto.

-La casa no ha cambiado en lo absoluto –reflexionó Alex-.

-¿Acaso aún la recuerdas, Alex? –Enarqué una ceja-.

-Recuerdo que me gustaba mucho pasar el tiempo aquí y sobre todo, la piscina –miró al exterior, donde mis amigas y sus amigos, ya estaban en el agua-…

-Ven conmigo.

Agarré la mano de Alex, ante su gesto de sorpresa, y le arrastré hacia la cocina, ya que desde allí, nadie podría interrumpirnos. Le ofrecí algo de beber o tomar, pero rechazo mi oferta de la manera más educada que se le ocurrió, sentándose en una de las banquetas altas de la cocina. Me senté a su lado, me quité la pulsera de flores azules que me regaló y jugué con ella entre mis manos. Alex detuvo mi movimiento inquieto y agarró la pulsera entre sus manos, mirándola con tristeza. Sus ojos se aguaron y su mirada se desvió hacia el infinito, como si estuviera inmerso en sus recuerdos.

-Sabes que no elegí marcharme, pero no tenía otra opción –dijo entristecido, sin mirarme-.

-Lo sé –susurré-…

-También sabes que prometí regresar a buscarte algún día –me recordó-.

-Estás cumpliendo tu promesa y sinceramente, creí que no lo harías –confesé-.

-No sabes cómo he necesitado de tu amistad, Amanda –me abrazó con ganas-.

-Cuando te fuiste, esta pulsera se convirtió en el único recuerdo de tu presencia en mi vida –se me aguaron los ojos y me deje llevar por los recuerdos, apartándome de él-… Cada día, pensé que regresarías y te esperaba con ansias, hasta que me di cuenta de que no podía esperarte eternamente. Aún así, siempre tuve la esperanza de que regresaras…

-¿Y cómo no hacerlo? –Me sonrió, mientras acariciaba mi mejilla con suavidad-. Soy un hombre que cumple sus promesas –me guiñó el ojo-.

-No sabes lo feliz que me hace tenerte de nuevo en mi vida, Alex.

Aquella vez, fui yo la que lo abracé con fuerza. Lo había echado tanto de menos, y no me había dado cuenta hasta ahora.

-Creo que deberíamos ir con los demás, Amanda –no parecía convencido de sus palabras-.

-Prométeme que no volverás a marcharte y si lo haces, que no perderemos el contacto de nuevo –le pedí-.

-Esta vez, he venido para quedarme –me sonrió-.

Aún nos quedaba mucho más por hablar, pero con esa explicación, de momento, tenía más que suficiente. Tal vez, era muy infantil al pensar que un niño que se marcho y que era mi mejor amigo, cumpliría una promesa, pero no solo la estaba cumpliendo sino que su presencia de nuevo en mi vida era como el mayor de los regalos. Alex siempre había sido una persona muy especial y no había cambiado nada.

Notas:

¿Qué os ha parecido el capítulo? 

Espero que sigáis apoyándome, lo agradezco muchísimo. 

¡Gracias por leer! ^^ 

CAPITULO 4 por silvy1990
Notas de autor:

¿Cómo están? ^^

Aquí les traigo un nuevo capítulo... Esta historia comienza a animarse. En este capítulo, Alex y Amanda tienen una cita pendiente en la crepería, pero os vais a llevar una grata sorpresa jeje. 

PD: Estoy publicando otro fic, se llama "Bajo el mismo techo", pasen a leerlo, me gustaría conocer su opinión :)

¡Nos leemos! ;)

CAPITULO 4.

Tras nuestra pequeña conversación en la cocina, Alex y yo salimos con los demás. Mis amigas estaban sentadas en el borde de la piscina, mientras que los chicos ya estaban nadando dentro del agua. Alex se me adelanto y se acercó hasta la mesa donde minutos antes se encontraban mi móvil y mi bronceador. Se quitó la camiseta sin titubeos y se lanzó a la piscina, salpicando a todo el mundo. Por mi parte, me aproxime con lentitud al mismo lugar y me quité el pareo que llevaba, dejándolo perfectamente doblado junto a mis pertenencias.

Cuando me acerqué a la piscina, les observaba con detalle. A mis amigas ya estaba harta de verlas y aún así, cada día que pasaba, conseguían sorprenderme más. Eran bastante guapas, al menos, me parecía que eran mucho más guapas que yo.

Observe más detenidamente a los chicos. Parecían buenas personas, de eso no cabía duda, además de ser extremadamente guapos; sin embargo, el que conseguía que se me secase la boca era Alex. Tenía muy buen cuerpo, de ese típico cuerpo de hombre de película por la que cualquier mujer suspiraría. ¿Cómo había cambiado tanto? Siempre había recordado a Alex como un chico bajito, regordete, con gafas y aparato de dientes; pero aquel hombre no era nada de eso. Suspiré y sacudí la cabeza.

Tom e Iván tampoco se quedaban atrás y parecían modelos sacados de revista. Además, realmente, Tom parecía estar interesado en Ruth y no de manera veraniega. Solo esperaba que aquella relación tuviese algún futuro. Aunque, era muy posible, que entre Miriam e Iván surgiera algo también, no había más que ver como se miraban entre ellos.

Llegue al lado de mis amigas y me senté junto a ellas al borde de la piscina, con todos esos pensamientos.

-¿No te ha molestado que hayamos traído a los chicos, verdad?

-Claro que no, Ruth. Nos tenemos que conocer y no se me ocurre mejor forma –la tranquilice-.

-Además, no queríamos que pasases el día –dudó Miriam-…

-¿Sola? No hay problema con eso, Miriam. Lo prefiero a tener a mis padres sobrevolándome –reí-.

-Pareces bastante animada desde que te has reencontrado con Alex –Ruth me miró con una sonrisa pícara-.

-Sí, bueno… Tengo que enseñaros nuestras fotos de primaria… Son horribles –me reí más fuerte-.

-No remuevas el pasado, por favor –Ruth parecía asustada-.

-Ayer no quise preguntarte nada, pero –Miriam dudó y finalmente, se atrevió-… ¿Sabes algo de Leo?

-¡Miriam! –La riño Ruth-. No me parece que sea la pregunta más adecuada, es muy pronto…

-No importa, Ruth –le hice un gesto con la mano, quitándole hierro al asunto-. Durante todo este tiempo, él me ha estado llamando y enviando mensajes… No os lo había contado porque no quería preocuparos más…

-Hemos estado preocupadas por tu estado de ánimo… De hecho, has perdido bastantes kilos –Miriam se entristeció-…

-Estoy bien, Miriam –agarré su mano con fuerza-. Además, esta mañana me levanté con la fuerza suficiente para borrar de mi vida todos los recuerdos de Leo.

-Lo estás superando, eso es genial –me abrazó Miriam-.

-De todas formas, tal vez, Alex también podría ayudarte –insistió Ruth con tono picarón-.

-No sé qué quieres decir, Ruth –me crucé de brazos-.

-Míralo bien porque está buenísimo y está interesado en ti –Ruth tocó la punta de mi nariz-.

-Sea como sea, chicas… Alex es mi amigo… Y no quiero pensar en hombres durante una temporada –sentencié-…

-Yo tampoco quería pensar en hombres, pero Iván –Miriam suspiró-…

Ruth y yo sonreímos y Miriam nos contó cómo se sentía respecto a los sentimientos que empezaban a crecer hacia él. Por supuesto, cuando termino de contarnos su historia, Ruth la lanzo al agua en el momento justo en el que Iván nadaba cerca de nosotras. Ruth rió y también se lanzo al agua, a buscar a Tom.

-Tú también deberías entrar al agua, está buenísima –se acercó Alex-.

-Se nos fue el tiempo volando al empezar a hablar –me encogí de hombros-…

-¿Cosas de chicas? –Enarcó una ceja-.

-Exacto –sonreí-.

-¿Todo bien? –insistió-.

-Sí, todo bien –le tranquilicé-.

-Pues… ven al agua, conmigo –me pidió-.

Asentí y me puse en pie para lanzarme al agua, pero justo cuando me levantaba, Alex apoyó sus manos en el borde de la piscina para alzarse. Creí que iba a salir de la piscina, pero sostuvo todo su peso sobre un brazo, mientras que con el otro, me agarraba de la cintura y me metía al agua. Ambos quedamos abrazados, dentro del agua, demasiado cerca. Me sonrojé sin poderlo evitar mientras sentía la sonrisa de Alex. Alcé la mirada y vi que tenía una linda sonrisa torcida. Volví a bajar la vista, quedándome absorta con sus pectorales. Justo entonces, sentí que Alex volvía a acercarse a mí y acercaba su boca a mi oído. Temblé.

-Aún tenemos una cita pendiente, no lo olvides.

Iba a responderle, quería hacerlo; pero en vez de eso, mi boca prefirió no emitir sonido alguno así que asentí con la cabeza. Alex se apartó y besó mi frente antes de marcharse con sus amigos, de nuevo.

Me quedé pensando en todo lo que había pasado hace uno momento. Alex me ponía de los nervios cuando se acercaba más de la cuenta (ocurrió en el centro recreativo y también ahora), pero en otras ocasiones su cercanía no me impactaba tanto (como cuando estuvimos hablando en la cocina). Debía haberme dado el sol en la cabeza.

No quería saber nada de hombres, pero cuando miraba a Alex, mi estómago se revolvía. Debía ser la emoción de haberme reencontrado con él y el impacto de ver cuánto había cambiado, nada más. Y no me permitiría que fuera cualquier otro tipo de sentimiento, no confiaba en los hombres.

Reí al recordar lo que pensaban mis amigas sobre mi estado de ánimo desde que me había reencontrado con Alex. Estaba feliz, por supuesto. Él era mi amigo y siempre lo iba a ser. Y ese sentimiento sería sagrado y eterno, ¿verdad?

Pasamos bastante rato jugando, nadando y riendo en la piscina. Realmente, lo estaba pasando muy bien y me di cuenta de que, accidentalmente, nuestro grupo se había ampliado y sinceramente, estaba feliz porque Alex, Tom e Iván formasen parte de nuestras vidas.

Un rato después, llegó la hora de la comida. Los chicos insistieron en cocinar, ya que era lo mínimo que querían hacer por mí, ya que se estaban divirtiendo mucho; pero me negué y les sugerí llamar a un restaurante chino para pedir comida. Hacía mucho tiempo que no probaba ese tipo de comida y me gustaba mucho la comida oriental. En realidad, yo siempre estaba abierta a otras culturas y sobre todo, la gastronomía. Me gustaba comer, pero debido a que hacía mucho ejercicio, me mantenía en forma y no engordaba ni un centímetro. Cuando era niña, estaba algo regordeta y tenía mucho complejo, no quería volver a ese estado, por lo que me machacaba diariamente en el gimnasio o salía a correr o en verano, nadaba en la piscina.

Así que, los seis salimos de la piscina y dispuse los dos baños de la planta baja y de la planta superior (excepto los baños de la habitación de mis padres y la mía) para que se asearan y no se sintieran incómodos con el cloro de la piscina pegada a su piel. Las chicas y yo subimos al baño de la habitación, mientras que los chicos se repartieron entre los otros baños.

Unos minutos después, nos reunimos en la sala y agarré una guía telefónica para llamar al restaurante chino y pedir nuestra comida. Al ser un día entre semana, nos decantamos por pedir el menú para seis personas que ofrecían en la carta y que ofrecía platos diversos y deliciosos. Afortunadamente, a todos los presentes nos gustaba ese tipo de comida.

Ruth, que tenía un gran don de gentes, fue la encargada de hacer el pedido, que según nos dijeron, llegaría en media hora. Mientras esperábamos, Miriam nos volvió a hablar del plan de ir a la casa de la playa, ya que todos los años, viajábamos allí, aunque… Aquel año, Miriam quería invitar a nuestros nuevos amigos. Aquello no me gusto y puse mala cara.

Normalmente, aquel viaje era una cosa de chicas. No es que no quisiera que ellos no fueran con nosotras, es solamente que se me hacía raro que aquel año fuésemos el doble de personas, pero supuse que era falta de costumbre. Sacudí la cabeza, no debía preocuparme por nada, ya que ellos me caían bastante bien.

Finalmente, Miriam planificó el viaje para el par de semanas siguiente. Los chicos parecían abrumados con tantas atenciones, pero se ofrecieron poniendo a nuestra disposición sus coches. Más concretamente, Tom se ofreció a conducir hasta la playa en su coche de siete plazas. Miriam, Ruth y yo nos miramos sorprendidas. Las tres nos habíamos sacado el carnet de conducir recientemente, pero no disponíamos de vehículo propio por lo que nuestros padres nunca nos prestaban sus coches y además, nos daba miedo conducir en carretera. También se ofrecieron a preparar la música que escucharíamos, ya que suponían y no se equivocaban, en las escasas fiestas que tendríamos, ya que más que fiestear, nos gustaba ir a la playa y hacer un tipo de cosas que en nuestro pueblo no podíamos hacer. Además, ellos se encargarían de la compra una vez que llegásemos allí. Sin duda, esos chicos parecían caídos del cielo, eran unos caballeros de los pies a la cabeza.

Sacudí la cabeza. Estaba feliz por Ruth, ya que había tenido mucha suerte al encontrar a Tom, era un buen muchacho. También estaba feliz por Miriam, ya que en el tema amoroso, ella y yo nos parecíamos y sabía que Iván le interesaba de verdad. Yo también estaba feliz, pero al mismo tiempo, nerviosa.

Jamás había estado de vacaciones con alguien más que mi familia o mis amigas y la sonrisilla de Alex al pensar en esas vacaciones, no auguraba nada bueno. Lo único que conseguía con esa sonrisa torcida que parecía sacada de una película, era irritarme y ponerme de los nervios. Sin duda, Alex había cambiado. Ahora, parecía muy seguro de sí mismo. Entonces, lo recordé absolutamente todo.

Cuando estudiábamos en primaria, el resto de niños se metían con él por ser “gordito y feo”. Tal vez, cuando se marchó a Madrid, sufría la misma clase de vida y cuando creció decidió cambiar para evitar esos insultos y luchar contra las injusticias.

Justamente, recordé nuestras fotografías. Mis amigas no se acordaban, pero tenían fotografías con Alex, al igual que yo. Alex había formado parte de nuestras vidas. Mientras todos conversaban me escabullí a mi habitación para buscar el álbum de fotos.

Una vez que lo encontré, salí de mi habitación, dispuesta a regresar al salón, pero antes de comenzar a bajar las escaleras, sonó el timbre. Ya debía haber pasado media hora y ahí debía estar nuestra comida. Bajé lo más rápido que pude, con tan mala suerte que tropecé. Pensé que saldría rodando escaleras abajo, pero caí contra algo duro y al mismo tiempo, suave. Abrí los ojos, ya que los había cerrado por el susto y encontré a Alex debajo de mí, con sus manos en la cintura y los ojos bien abiertos. Me volví a sonrojar y me levanté, muerta de vergüenza. Le tendí una mano a Alex para ayudarle, pero negó con la cabeza, recogió el álbum y se puso en pie de un salto.

-¿Te encuentras bien, Amanda? –Preguntó con preocupación-.

-Creí que saldría rodando escaleras abajo –dije tapándome el rostro con las manos, presa de la vergüenza-…

-Hubiera sido divertido de ver –me tomó el pelo-.

-¡Alex, no tiene gracia! –Le pegué un codazo en el costado, aunque de manera sutil ya que no quería hacerle daño-.

-¿Qué es esto? –Me preguntó señalando el álbum-.

-Un álbum de fotos –me encogí de hombros y me dirigí a abrir la puerta-.

Al abrir la puerta principal, con Alex a mi espalda y el álbum de fotos en su poder, me encontré con un muchacho de nuestra edad que vestía uniforme y gorra y traía un par de bolsas en sus manos. Le pagué lo que le debía por la comida y también una pequeña propina, ya que debía ser muy duro trabajar en esas condiciones. El pobre pasaba calor conduciendo esa moto que había sobre la acera, a su espalda, mientras nosotros disfrutamos del frescor del hogar.

Alex se acercó para ayudarme con las bolsas y las llevó al salón sin ningún esfuerzo. Cerré la puerta, agradeciendo una última vez al repartidor y le alcancé. Mis amigas ya se habían encargado de poner la mesa, ya que conocían todos y cada uno de los rincones de esta casa. Los chicos estaban sacando la comida y la bebida de las bolsas y sirviendo varios platos.

Poco después nos sentamos a degustar la deliciosa comida sin que faltase tema de conversación, por supuesto. A la hora del postre, nos pusimos a ver las fotos del álbum entre risas, maldiciones y anécdotas. Un rato después, mis amigos empezaron a marcharse, eso sí, después de ayudarme a recoger los platos que habíamos usado en la comida. Alex se quedó un poco más, sin duda, se sentía como en su propia casa.

-¿De verdad no te hiciste daño antes? –me recordó-.

-Estoy bien, gracias por la ayuda –le dije sinceramente-.

-Tal vez, estés cansada y no te apetezca salir a dar una vuelta…

-¿Bromeas? ¡Te debo una cita y me encantaría salir contigo!

-Entonces…

-Dame unos minutos para prepararme y después iremos a tu casa para –me interrumpió-…

-¿Quieres aprovecharte de mí? ¿En mi propia casa? –Puso cara de cordero degollado-.

-¡No seas tonto! Me refería a ir a tu casa para que te cambiaras de ropa –me sonrojé-…

-Perfecto… Vamos, te esperaré en el salón –me empujó escaleras arriba-.

Volví a mirarle con cara de pocos amigos ante su risa encantadora. Me encerré en la habitación una vez que estuve arriba, me acerqué al vestidor y elegí unos jeans de pitillo y una camiseta de tirantes de color ocre, con bolso y zapatos a juego de color beige. En el baño, con todo preparado, preparé también mi maquillaje, que sería suave para no llamar demasiado la atención y no podía faltar mi labial rosa.

Era totalmente consciente de que Alex me esperaba en la planta de abajo y también que estábamos solos en casa. Por suerte, mis padres siempre avisaban antes de regresar y no creo que regresarán justo en ese momento que estaba a solas con Alex, ¿verdad?

Unos veinte minutos después, ya estaba preparada para salir. Salí del baño en dirección a mi habitación, para ponerme los zapatos y preparar el bolso. Cuál fue mi sorpresa al encontrar a Alex en mi habitación y más concretamente, tumbado sobre mi cama, con los brazos detrás de la cabeza.

-¿Qué estás haciendo aquí? –Le miré con mala cara-.

-Dejaste tu móvil allá abajo y empezó a sonar. Llamé a la habitación para avisarte, pero no me escuchaste o no sé –se encogió de hombros-…

-Podrías haberme esperado abajo –le quité el móvil de sus manos de malos modos-.

-Era lo que estaba haciendo hasta que sonó tu teléfono, así que ya aproveche para subir el álbum –sonrió-…

-No lo vuelvas a hacer, me has asustado –guardé el álbum en su lugar-.

-Lo siento… Por cierto, estás muy guapa… ¿Ya estás lista? –Quiso saber-.

-Sí, ya estoy… Vámonos –pasé por su lado, empujándole-.

-Lo pasaremos bien, ya verás –me guiñó el ojo al tiempo que sostenía la puerta abierta para dejarme salir del cuarto-.

-Si tú lo dices –me encogí de hombros-.

-Espero no haberte molestado –dijo entristecido-…

-No pasa nada –sonreí para quitarle importancia al asunto-…

Ambos bajamos las escaleras y cerré la puerta principal de la casa al salir, con Alex detrás de mí, siguiendo muy atento mis movimientos. Estallé al salir de casa.

-¿Podrías dejar de hacer eso, por favor? –le pedí-.

-¿Hacer el qué? –Enarcó una ceja-.

-Estar tan encima de mí, invades mi espacio vital –le dije con un gesto de las manos-.

-¿Te pongo nerviosa, Amanda? –se acercó aún más a mí-.

-No, que va –mentí-…

-Es una lástima –susurró cerca de mi oído y se apartó-. Bueno, vamos a mi casa, tengo que cambiarme y de paso, presentarte a alguien.

 

 

 

Notas:

Amanda va a conocer a alguien, ¿quién será? 

Y sí, por fin, tienen una cita... ¿Qué pasará? 

Espero que estéis disfrutando del fic, un saludo ^^

CAPITULO 5 por silvy1990
Notas de autor:

Hola a todos, ¿cómo están? ^^

Aquí regreso con un nuevo capítulo en el que conoceran a varios personajes (estoy segura de que algunos les caerán mejor y otros peor) así que espero que les guste.

¡Nos leemos! ;)

CAPITULO 5.

Me sorprendió ver que Alex se acercaba a un coche blanco. No sabía que había ido en coche hasta mi casa y mucho menos un vehículo tan bonito como ese, de una marca tan reconocida y cara, también. Al llegar, Alex introdujo una llave en el asiento del conductor y las luces del coche se encendieron, indicando que podíamos montarnos. Alex se acercó al asiento del copiloto y me abrió la puerta, permitiéndome pasar, con un gesto muy caballeroso. Le di las gracias y una vez que me monté en su coche, él se dirigió al asiento del conductor.

Una vez que se montó y encendió la marcha para empezar a conducir, encendió la radio y trasteó en aquel aparato hasta que dio con la emisora que quería. Justo en ese momento, sonaba Laura Pausini, mi cantante favorita desde que tenía uso de razón y él lo sabía. Entonces, me di cuenta, de que no era una emisora, sino un CD. Justo sonaba la canción “Entre tú y mil mares”.

-¿Y esto? –la sorpresa había hecho mella en mí-.

-Me volví un hombre sensible –se encogió de hombros-. ¿Aún te gusta?

-Desde que tengo uso de razón. Lo sabías muy bien–le miré intensamente-.

-Las personas cambian, solo esperaba tener suerte esta vez –se rió-.

-¿Dónde vamos? –Dije mirando a través de la ventana-.

-A mi casa, por supuesto –se detuvo en un semáforo-.

-Lo sé, pero me refería –le miré y me interrumpió-…

-¿Después? Vas a tener que hacer de guía turística –me guiño el ojo-.

-No creas que el pueblo ha cambiado tanto –le quité importancia al asunto-.

-Aún así, creo que eres la persona adecuada para hacerme ese favor. Además, me lo debes –canturreó-…

-Lo que te debía era una cita –intenté defenderme-…

-Pero yo elijo el plan –sentenció-...

-¿Y quién ha decidido eso? –Me crucé de brazos con el ceño fruncido-.

-Me encanta cuando pones esa cara, pequeña guerrera –sonrió dulcemente-. ¿Acaso se te ocurre otro plan, señorita?

-Está bien, tú ganas… Pero no te acostumbres –cedí-…

-Eres caprichosa y cabeza dura, además de revolucionaria y muy hermosa… Te prometo que la próxima vez, elegirás tú –me guiño el ojo-.

-Y tú siempre has sido mandón y –intenté ganar la batalla dialéctica, pero me quedé bloqueada-…

-¿Y te mordió la lengua el gato? –Enarcó la ceja-.

-¡Eres insoportable, a veces! –estallé-.

-Es parte de mi encanto natural –movió las dos cejas en un movimiento muy gracioso, haciéndome reír-.

-Está bien… Tú ganas… ¿Contento? –le pregunté con rabia-.

-Te he echado mucho de menos, Amanda –colocó su mano sobre mi rodilla brevemente-.

Aquel roce fue sutil y delicado, pero una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo. ¿Qué demonios me estaba pasando?

Minutos después, el coche se detuvo. No me di cuenta, pero Alex acababa de aparcar cerca de tres altísimas torres, al parecer él vivía en alguna de ellas. Alex bajó del vehículo solo para abrirme la puerta del copiloto y dirigirnos hacia una de esas torres. No recordaba que viviera ahí, pero me explicó que al tener que marcharse de su hogar tan repentinamente, tuvieron que vender su casa para intentar sacar dinero y ahora su madre y él vivían en un pequeño apartamento pagando una renta mensual.

Al entrar en aquel bloque, Alex llamo al ascensor, bromeando conmigo que su piso era el último. Tragué saliva, tenía mucho vértigo. Y no, no había sido una broma. Su piso era el último, ya que pulso el botón de la planta número veinte. Al llegar a su piso, abrió la puerta y un fuerte e intenso ladrido nos recibió. Un precioso labrador de color crema se acercó a nosotros sin parar de ladrar. Alex tenía un perro. Y era precioso. Me encantaban los perros, de hecho, cuando era niña, tuve un perro que murió demasiado pronto y al que disfrute poco; pero me asustaba que un perro se acercase ladrando de esa manera.

-Calla, Ben… No asustes a Amanda, es una amiga –alzó un poco la voz al animal-.

Y en perfecta sincronía, aquel perro paró de ladrar y se sentó, observando de hito en hito a su dueño y a mí. Finalmente, se levantó y se acercó a mí hasta quedar tumbado a mis pies.

-Tranquila, Ben es muy dócil a pesar de su tamaño –Alex se agachó y acarició al perro-.

-¿Qué ocurre? –Estaba un poco asustada-.

-Acaríciale, lo está deseando… Te dejo en buenas manos, Amanda… Iré a cambiarme, no tardo –besó mi frente antes de marcharse-.

Alex se retiró por un pequeño pasillo. Le miré hasta que escuché una puerta abrirse y cerrarse. Miré al perro que tenía a mis pies. Me agaché a su lado sin que él apartara sus ojos de mí y le acaricie, tal y como me había recomendado Alex. Ben cerró los ojos, como si disfrutara la caricia y hasta sacaba la lengua, haciéndome sonreír como una tonta y recordar a mi pobre perro, que también era un labrador.

Al tiempo que acariciaba al perro, observé la casa a mí alrededor. Justo al entrar, me encontraba la cocina y un pequeño cuarto de lavandería y al girar a la izquierda, me encontraba un gran salón-comedor, una sala grande y diáfana y al lado de esta sala, una puerta que llevaba al pasillo y al resto de las habitaciones y al baño, supuse.

En ese preciso momento, Ben se alzó sobre sus patas, me chupó la cara con esa enorme lengua y se acercó ladrando a la puerta. Me puse en pie al oír cómo se abría la puerta de la casa. Debí suponer que era la madre de Alex.

-¿Hola? –Parecía sorprendida al ver a una chica en su casa-.

-Buenas tardes, señora –la saludé-.

-¡Oh, Amanda! ¿Cómo estás, cariño? –aquella señora de cabello negro, ojos claros ocultos tras unas gafas y estatura parecida a la mía, me abrazó-.

-Veo que se acuerda de mí –me sonrojé-…

-¿Y cómo no hacerlo, especialmente cuando Alex no habla de otra cosa desde anoche? –Acarició mis mejillas-.

-¿En serio? –me sorprendí-.

-¡Claro! ¿Cómo va todo? ¿Y la familia? –se interesó-.

-Todo va bien, gracias –le sonreí-.

-¡Estás guapísima, por cierto! ¿Y qué haces por aquí? –Me arrastro a sentarme junto a ella en el sofá-.

-He pasado el día con Alex y algunos amigos en la piscina. Aún así, me gustaría enseñarle el pueblo a Alex –le expliqué-…

-Estás esperando a que se cambie, ¿verdad? –razonó-.

-Sí, exacto –asentí-…

-Oh, hola mamá –Alex apareció en la sala con unos vaqueros claros y apretados y una camiseta negra que se pegaba a sus formados abdominales-…

-¿Cómo no me dijiste que vendrías con Amanda? –Le miró con los brazos en jarra-.

-Surgió así –se encogió de hombros-. ¿Nos vamos, Amanda?

-Sí, claro –asentí y me despedí-… Me gustó mucho verla, señora…

-Nada de señora. Llámame Rosa. Y por favor, me gustaría poder verte y hablar más tranquilamente contigo y tu madre en otra ocasión. ¿Crees que sería posible? –Quiso saber-.

-Por supuesto, Rosa. Mi madre se alegrara mucho al saber de tu regreso -sonreí-.

-Oh, esperad… ¿Podría haceros una foto para celebrar vuestro reencuentro? ¡Me haría tanta ilusión! –Nos preguntó con cara de cordero degollado-.

-Con esa cara, no puedo negarme a nada de lo que me pida –me confesó Alex sobre su madre-. Por supuesto, mamá.

Rosa se levantó del sofá, aplaudiendo feliz y haciendo que Ben ladrara a su lado de felicidad. Sonreí ante esa escena y Alex se acercó a mí, colocando su brazo sobre mis hombros. Le miré, sorprendida por su repentina cercanía y en ese momento, se escuchó el flash de una cámara. Justo en ese momento, recordé que Rosa era fotógrafa, aunque no sabía si se dedicaba a ello de forma profesional.

Rosa reviso aquella foto, pero al no gustarle, nos insistió para hacer otra foto más y nos pidió que posáramos de alguna otra forma. Alex apartó su brazo de mis hombros y se posicionó a mi lado, metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón. Yo, a su lado, me posicioné de modo lateral, aunque solo un poco y usé mi mejor sonrisa. Rosa parecía encantada con esa pose y nos hizo una foto más. Volvió a mirar el resultado y esta vez, parecía más satisfecha.

-Espero que nos veamos pronto, Amanda –insistió Rosa-.

-Por supuesto –le recordé-.

-Pasadlo bien –nos deseó y nos acompañó hasta la puerta principal- … ¡Hasta luego!

La alegría de Rosa era contagiosa. Ambos le dimos las gracias y salimos de aquel pequeño apartamento, en dirección al ascensor.

-No esperaba que encontrásemos a mi madre, se supone que estaba en la piscina –puso mala cara, mirando su reloj-.

-Sí estuvo en la piscina municipal, solo pudo estar allí hasta las siete y media, ya que es cuando cierran –le expliqué-.

-No lo sabía –se encogió de hombros y me abrió la puerta del ascensor para que pasase-… Bueno, ¿dónde me llevas?

-Podríamos dar un paseo por el centro y ver tiendas. Después, podríamos ir al centro comercial, allí hay cine y bolera –le conté-.

-Es un gran plan –asintió y me preguntó-… ¿Necesitaré el coche?

-Te será muy complicado aparcar, así que será mejor que dejes el coche donde está y caminemos –le sugerí-.

-Entonces, vamos.

El ascensor llegó a la planta baja y Alex volvió a abrir la puerta para dejarme pasar. Sin duda, jamás me había cruzado con un hombre tan caballeroso. Al salir de su edificio, Alex se dejó llevar por mí. Así que, al salir de allí, cruzamos y bajamos una calle. Al final de esta calle, se encontraban todas las tiendas del pueblo. Pasamos a todas y cada una de ellas, solo para observar, no para comprar y después de eso, volvimos nuestros pasos hacia el centro comercial.

Por supuesto, fue una salida de lo más divertido. Alex mezclaba su caballerosidad con sus bromas y su cercanía. Sin duda, aunque como hombre me provocase cosas, como amigo era el mejor de todos. Lo había echado mucho de menos, pero no era tarde para retomar nuestra amistad. Aún nos quedaba una larga historia por escribir.

-Mañana es la feria del barrio de Ruth. Todos los años nos invita y supongo que este año no será la excepción –le expliqué-.

-¿Una feria? Es un buen plan, lo pasaremos bien –aplaudió mi idea-.

-Sin duda –me reí y añadí-… Me lo estoy pasando muy bien contigo.

-Soy encantador, ¿acaso lo dudabas?

Me hizo reír con su comentario y nos dirigimos a la bolera para jugar un rato. Jugar a los bolos se me daba realmente bien, no era por presumir, pero si le ganaba a Alex, podría irme aún más contenta a mi casa. Nos acercamos a la barra para pedir una pista, unos zapatos de nuestro número y pagar, antes de ir a jugar.

Nos estábamos preparando, de hecho, la primera en iniciar el juego sería yo. Todo iba muy bien, hasta que después de dos meses y ahora que había decidido eliminarlo de mi vida, su voz volvía a incordiarme.

-¿Amanda?

Levanté mi mirada, ya que me estaba atando los cordones, y me encontré con Leo. También sentí la mirada de Alex, que dejó de prestar atención a lo que hacía, analizando al recién llegado. Yo también le observé con atención, casi no había cambiado; pero sí lo que me hacía sentir. Él tuvo su oportunidad y no supo estar conmigo, ahora tendría que atenerse a las consecuencias.

-Leo –me levanté y decidí ir hacia la pista, ignorándole-.

-¿Vas a seguir ignorándome, igual que cuando te llamo o te envío mensajes? –me agarró del brazo para detenerme-.

-¿Acaso te mereces otra cosa? –Me solté de su brazo con rabia-.

-No dejaste que me explicara… Malentendiste las cosas… Y ella, también… Sandra solo era una buena amiga –se explicaba a trompicones-…

-¿De verdad esperas que me crea eso, Leo? –le enfrenté-.

-¡Es que es la verdad! –intentó defenderse-.

-Aún así, ¿te parece normal quedar a solas con una amiga teniendo pareja? –Enarqué una ceja-.

-Lo he hecho miles de veces cuando he tenido otras parejas y no ha habido ningún malentendido –se justificó-.

-A mí no me vas a ver la cara de estúpida. Creí que te quedó claro, pero te lo recordaré… Hemos terminado, Leo –di por finalizada la conversación-.

Pero claro, Leo tenía que quedarse por encima, así que se acercó a grandes zancadas a Alex y le encaró. Solo se llevaban cinco centímetros y era divertido ver su intento de intimidación hacia mi amigo, que no parecía asustado. Detuve mi marcha a la pista de juego y me acerqué también hasta Alex.

-¿Tú quién eres? –Leo miró de arriba abajo a Alex-.

Alex también miró a Leo de arriba abajo y soltó una risotada. Mi amigo había escuchado la conversación y había visto la clase de persona que era Leo. En ese momento, yo también me di cuenta de mi falta de criterio… ¿Cómo podía haber compartido seis meses de mi vida con alguien como él? Alex y yo cruzamos una rápida mirada y me guiñó el ojo. Como había escuchado la conversación, y aunque yo no le había hablado nunca de Leo, Alex parecía dispuesto a ayudarme, cosa que agradecí internamente. Tal vez, si alguien distinto, le hablaba, se retiraría ofendido y me dejaría en paz.

-Soy Alex, el novio de Amanda –le tendió la mano a Leo-.

-¡El novio de Amanda… soy yo! –Leo dio un paso atrás-.

-¿Estás seguro de eso? Tenía entendido que Amanda y tú lo habíais dejado, ya que tú la habías engañado –le explico un sonriente Alex-…

-¡Amanda me malentendió! –Leo parecía exasperado-.

-¡No malentendí nada! ¡Estabas con Sandra! –intervine-.

-¡No es verdad, Amanda! ¡Yo estoy enamorado de ti, ¿cómo voy a estar con otra?! –Se mesó el cabello, desesperado-.

-Sea como sea, te agradezco que me engañases. Gracias a eso, he encontrado a un hombre muchísimo mejor –dije con malicia-.

-¡Te vas a arrepentir de haberme cambiado por otro! –me amenazó-.

En ese instante, Alex acortó la distancia que lo separaba de ese tipo y le agarró del cuello de la camisa. Me eché las manos a la boca, pensé que se matarían. Sin embargo, Alex se acercó a su oído y le dijo algo, soltándolo unos segundos después. Leo le dedicó una mirada furibunda a mi amigo y me echó un último vistazo, antes de marcharse, no sin antes dedicarnos unas palabras.

-¡Esto no se quedará así!

Suspiré aliviada cuando Leo se marchó. Miré a Alex, muy agradecida, y sabiendo que le debía una explicación. Me senté a su lado y me apretó la mano con fuerza.

-No tienes que explicármelo –acarició mi muñeca-…

-Lo sé, pero eres mi amigo y me quedaría más tranquila si te lo contase –necesitaba hacerlo-…

-Como quieras, te escucho –me animó-.

-Conocí a Leo en la universidad. Nos enamoramos e iniciamos una relación. Hace un par de meses, descubrí que me engañaba y lo dejamos –le expliqué-.

-¿Y estás bien, de verdad? –Quiso saber-.

-He pasado dos meses encerrada en casa, llorando sin parar. Cuando volví a salir con mis amigas, me di cuenta de que la vida continuaba y si él no me quería, no se merece mis lágrimas –me sinceré-.

-Me alegra oírtelo decir. De todas formas, si necesitas cualquier otra cosa, recuerda que no estás sola, me tienes a mí –me abrazó-.

-Muchísimas gracias, Alex. Sin duda, eres el mejor amigo que cualquier persona podría tener –correspondí su abrazo-…

-Bueno y ahora… vamos a jugar –se separó y me dedicó una linda sonrisa-…

Sonreí en respuesta y me acerqué a la pista para iniciar el juego. Fue bastante terapéutico estar allí con Alex, jugando y riendo, sin ahondar en temas tan serios como lo era Leo.

Después de jugar a los bolos, cenamos y tras la deliciosa cena regresamos a casa. Alex me acompañó hasta la puerta de mi hogar, nos despedimos con sendos besos en las mejillas y prometimos vernos mañana, ya que posiblemente, iríamos a la feria del barrio de Ruth.

Cuando entré en mi casa, sola de nuevo, cerré la puerta principal y puse la alarma. Realicé el mismo ritual de la noche anterior, me desvestí, me duché, me puse el pijama y me tumbé sobre la cama. Realmente, había sido un día largo y estaba agotada… Estaba deseando echarme a dormir y dejar de pensar… Además, por fin, había liberado toda la tensión acumulada y le había dicho a Leo las cuatro verdades que se merecía… Así, podría dormir, por fin, libre de tensiones y dolor…

 

Notas:

¿Qué os ha parecido este capítulo? 

Habéis conocido a la encantadora madre de Rosa y al famoso Leo... ¿De verdad créeis que Amanda le ha olvidado? 

Nos leemos muy pronto en el próximo capítulo, os agradezco cualquier sugerencia o comentario... ¡Gracias por leer! ^^

CAPITULO 6 por silvy1990
Notas de autor:

¡Hola a todos! ¿Cómo están? :)

¡Ya hemos superado las 100 lecturas (105 concretamente) y estoy super feliz! ¡Muchas gracias a todos por el apoyo! =)

Os dejo disfrutar de un nuevo capítulo, espero que os guste ^^

CAPITULO 6.

A la mañana siguiente, un sonido insistente me sacó de la ensoñación en la que estaba sumida. Abrí los ojos y busqué el lugar de donde provenía el sonido. Al coger el móvil, vi que se trataba de mis padres, por lo que me forcé a mí misma a despertar para hablar con ellos.

Mis padres me comentaban que todo estaba bien en la casa de la playa y que en un par de semanas regresarían por motivos de trabajo, ya que mis padres eran empresarios. Por mi parte, les hablé del reencuentro con Alex y también de que la semana próxima era posible que hiciese el viaje anual a la casa de la playa de Miriam, a lo que, como siempre, no ponían ningún impedimento.

Cuando la charla con ellos terminó, volví a tumbarme en la cama y dirigir mi mirada hacia el reloj digital sobre la mesilla de noche. Eran las diez y media. Sonreí encantada al darme cuenta de que cada vez descansaba mejor, lo cual indicaba una excelente mejoría en mi estado de ánimo, además de haber recuperado el apetito, de hecho, el rugido de mi estómago me forzó a levantarme de la cama y bajar a desayunar.

Cuando desayuné, volví a subir a mi habitación para hacer la cama y cambiarme. Esta vez, sí, estaría en la piscina y ni nada ni nadie me interrumpiría, pero antes de salir del cuarto, mi móvil volvió a sonar. Respondí a Ruth y conversaba con ella mientras me dirigía a la planta baja. Como había supuesto el día anterior, estábamos invitados a la feria de su barrio. Era una feria pequeña, pero lo pasábamos bien, ya que Miriam y yo vivíamos cerca del centro comercial, en un barrio con menos tradiciones, y aunque había una pequeña feria, había quedado más bien para entretenimiento de los niños pequeños que disfrutaban montando en atracciones infantiles y también para entretenimiento de gente más mayor, ya que hacían muchas actividades y convivencias.

Cuando terminamos aquella charla sobre la feria, le conté sobre todo lo que había hecho ayer en la tarde. Pareció feliz cuando le conté que había salido con Alex y que había enfrentado a Leo en la bolera, al verle. Sin embargo, y aunque preguntó pocas cosas, sabía que en cuanto me viera, me acribillaría a preguntas, y también Miriam querría conocer la historia al detalle.

Cuando terminé de hablar con Ruth, dejé mis pertenencias sobre la mesa de la terraza y me zambullí en la piscina, en la que hice, al menos, trescientos largos en una hora. Tenía que hacer mucho ejercicio en la piscina, ya que era de tamaño mediano. Cuando me cansé de nadar, salí a tomar el sol un rato. Y esa era la rutina: cada vez que me vencía el aburrimiento, cambiaba la actividad.

Un par de horas después, regresé a la casa. Me di una ducha para quitarme el cloro de la piel y me vestí con unos leggins hasta la rodilla de color negro con una franja lateral en color naranja y una camiseta de tirantes de color naranja, también, a juego con la franja deportiva.

Cuando salí de la ducha, me di cuenta de que era casi la hora de comer y realmente, me moría de hambre, así que abrí el frigorífico para ver qué podría cocinar. Finalmente, al ser verano, me decanté por preparar una ensalada de pasta, ya que si sobraba podría guardarla para la noche o para el día siguiente.

Agarré una olla y la llené de agua hasta la mitad para hervir el líquido. Una vez que el agua estuvo lista, metí la pasta, que tenía forma de pajarita, y removí hasta que la pasta quedó lista para consumir. Utilicé un colador para eliminar el agua de la comida y después lo pasé a un plato hondo para remover la pasta con el marisco, la verdura y la salsa de mayonesa. Una vez listo, el olor invitaba a comer como si no hubiera un mañana. Y justo cuando me disponía a poner la mesa, el timbre sonó.

Me acerqué a la puerta con todo el sigilo que pude y miré por la mirilla para ver de quién se trataba. Me sorprendió ver a Alex, tan impecable como siempre con unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca con decorados de pintura negra derramada que le hacía verse tan sugerente como era. Abrí la puerta principal y le permití el paso.

-¿Alex, qué haces aquí? –Fruncí el entrecejo-.

-Mi madre ha revelado las fotos que tomo ayer –me mostró un sobre que traía en sus manos-.

-Podrías habérmelas dado esta noche… Hemos quedado a las nueve con los demás –cogí el sobre y empecé a abrirlo para ver las fotos-…

-Lo sé, pero quería verte… Además, mi madre está trabajando y no quería comer solo… ¿Puedo acompañarte? –me pidió-.

-Claro, vamos… Estaba a punto de poner la mesa… Espero que te guste la ensalada de pasta –le sonreí-…

-Sí, me gusta… Si me permites, yo pongo la mesa –se ofreció-…

-Está bien, aquí te espero –me encogí de hombros-.

Me acerqué al sofá con las fotos en mis manos. Me senté en aquella mullida superficie y observé las dos fotos que ayer mismo nos había tomado Rosa. Realmente, no solía ser fotogénica, pero en aquellas fotos, parecía una modelo sacada de revista. Alex y yo salíamos muy bien en esas fotos, muy sonrientes y felices. Suspiré encantada, tenía que admitir que hasta parecíamos hacer buena pareja.

-Has salido genial en las fotos, Amy –se apoyó en el respaldo del sofá, detrás de mí-.

-No suelo salir bien en las fotos, pero he de darte la razón esta vez –sonreí y me giré hasta verle-… Espera, ¿me has llamado Amy?

-¿Te ha molestado? –parecía sorprendido-.

-No, claro que no… Es solo que hacía tiempo que nadie me llamaba así –volví mi vista a las fotos-…

-Claro, porque yo era el único que lo hacía –se hizo el interesante-.

Me reí al darme cuenta de que llevaba razón. Él siempre me había llamado Amy, pero cuando se marchó, no soporté que nadie más lo hiciera. Para mí, que abreviase mi nombre, era un sello propio y particular de él; y además, un recordatorio.

-La mesa ya está… ¿Comemos? –Apretó mis hombros desde la parte de atrás del sofá-.

-Sí, por favor… Me muero de hambre –sonreí-.

Me levanté del sofá, dejando las fotos sobre la mesita que había justo frente al sofá y me dirigí a la mesa donde ayer mismo había comido con el resto de mis amigos. Esta vez, solo estábamos Alex y yo, pero eso no era impedimento y mucho menos, señal de aburrimiento. Realmente, lo pasaba muy bien con él. Comimos entre risas, como siempre y cuando terminamos, ambos fuimos a fregar los platos. Alex insistió en hacerlo él solo, pero como no sabía donde guardarlos, decidí ayudarle. La verdad es que me parecía extraño que después de tantos años, solo con la mirada, nos entendiésemos tan bien, pero eso me gustaba.

-Gracias por la ayuda, Alex –le agradecí-.

-Gracias a ti por permitirme comer contigo, Amy –acarició mi brazo con una sonrisa-.

-¿Qué te apetece hacer? –Quise saber-.

-¿Vemos alguna película? –sugirió-.

-Está bien, voy a ver qué películas tengo –me acerqué a una de las estanterías que había junto a la televisión-…

-Mientras buscas una película decente, tengo que ir al coche… Olvidé algo –se rascó la cabeza-.

-Está bien –asentí-.

Alex salió de la sala en dirección a la puerta de entrada. La abrió y cerró mientras buscaba una película decente, aunque entre la gran variedad de películas que tenía, no me decidía. Tampoco tenía muy claro el gusto cinéfilo de Alex, así que pensé que lo mejor sería esperar a que regresase. Unos minutos más tarde, volvió a llamar al timbre. Al abrir, vi que llevaba una tarta de chocolate entre sus manos. El chocolate era mi mayor perdición. Dejé entrar a Alex y le acompañé hasta la cocina, para guardar la tarta.

-¿Cómo has podido dejar eso en el coche? –le reñí-.

-En realidad, te mentí –me miró con gesto de disculpa y explicó-… Anoche, cuando te dejé en casa, fui a la tienda de enfrente y encargué la tarta.

-¿Recordabas que el chocolate era mi perdición? –estaba impresionada-.

-No solamente la tuya, a mí me encanta el chocolate –sonrió-.

-Eres increíble –sacudí la cabeza-.

-¿Has elegido alguna película? –me recordó-.

-No estaba segura de si te gustaría lo que eligiese –me mordí el labio-... ¿Me ayudas?

-Sí, pero no deberías hacer eso –dijo sin mirarme, rebuscando en mi estantería-.

-¿A qué te refieres? –Tenía curiosidad-.

-No deberías morderte así el labio, es demasiado sensual –dijo en un suspiro-.

Tragué saliva. El ambiente se volvió un poco tenso. ¿Le había escuchado bien? ¿De verdad me había dicho eso? ¿Acaso ese acto involuntario le ponía nervioso?

-¿Qué te parece ésta? –Alex agarró una película y me mostró la portada-.

-De acuerdo –asentí-.

Puse el DVD en la televisión y me senté en el sofá, con el mando entre mis manos, para manejar la película. Alex se sentó a mi lado, aunque dejando un poco de espacio entre nosotros. Pulsé el botón de inicio y la película empezó. Observé de reojo a Alex y vi que movía el pie derecho con nerviosismo. Me mordí de nuevo el labio y comencé a pensar que tal vez, al igual que me pasaba con su cercanía en ciertos momentos, él se estuviera sintiendo así en ese momento. Sacudí la cabeza y me dispuse a ver la comedia americana que Alex había elegido.

La película trataba de un mujeriego que tenía una buenísima relación con su mejor amiga, pero al enterarse que ella iba a casarse, se dio cuenta de que estaba enamorado de ella. De hecho, aquel hombre, la ayudó en su boda, pero le hizo replantearse sus sentimientos por su futuro marido y finalmente, esta chica eligió a su amigo y se casó con él. Ya había visto esa película alguna vez y no estaba nada mal.

-No sabía que te gustasen este tipo de películas, Alex –tanteé-.

-Creía recordar que no te gustaban las películas de miedo –me sonrió-.

-Has acertado con la elección, no te preocupes –le guiñé el ojo-.

Alex volvió a apartar la mirada de mí ante ese gesto, ¿qué le pasaba? En ese momento, me quitó el mando y pausó la película, solo para dirigirse a la cocina y servir dos platos con sendos trozos de la tarta que había comprado, además de dos cucharas pequeñas para tomarla. Cuando regresó, reinició la película para continuar viéndola donde nos habíamos quedado.

La tarta estaba realmente deliciosa y tomarla viendo una película divertida era un placer. Sin embargo, cuando terminó la película, aún quedaban un par de horas hasta la hora en la que habíamos quedado con los chicos.

-¿Qué te apetece hacer ahora, Alex? –Quise saber-.

-¿Estás demasiado aburrida para ver otra película? –propuso-.

-Pues, la verdad es que sí –le confesé-…

-¿Te estás aburriendo conmigo? –Se llevó la mano al corazón en un gesto muy cómico-.

-No… Me aburriría ver otra película –me expliqué-.

-Se me ocurre algo para aprovechar el tiempo, pero no es adecuado –arqueó las dos cejas-.

-¿Qué se te había ocurrido? –Quise saber-.

-Olvídalo, es una tontería –sacudió la cabeza y señaló la mesita-… ¿Por qué no te ayudo a guardar esas fotos en algún álbum?

-Venga, vamos.

Me levanté del sofá y cogí la mano de Alex para ir a la habitación. Era ahí donde tenía todos los álbumes y había uno de ellos en el que aún había espacio. Era el álbum de fotos donde tenía todas las fotos más recientes y solamente con mis amigas. Al ser un álbum de fotos de anillas, era muy sencillo guardarlas. Agarré un bolígrafo y detrás de las fotos puse la fecha, ante la mirada incrédula de Alex. Después de eso, guarde las fotos y cerré el álbum, antes de volver a guardarlo en su sitio.

-Hay fechas que no conviene recordar, Amy –dijo ausente-.

-Es una pequeña manía que tengo y creo que nuestro reencuentro merece ser recordado –me defendí-.

-No lo decía por eso –sacudió la cabeza-… Me estaba acordando de mi ex… No te he hablado de ella y me gustaría hacerlo…

-Si aún te duele, no tienes por qué –agarré su mano entre las mías-…

-No se trata de dolor… Nunca se lo he contado a nadie, lo tuve que superar sin ayuda y… Tú te sinceraste conmigo respecto a tu ex, yo también quiero hacerlo –afirmó-…

-Aquí me tienes, cuéntame –le animé-.

-La conocí en la universidad y meses después de iniciar nuestra relación, la descubrí engañándome con mi mejor amigo –resumió-.

-Lo siento… Nunca comprenderé porque algunas personas engañan a las personas que se suponen que quieren –le dije con tristeza-…

-Hace tiempo que lo supere, pero quería ser sincero contigo –me sonrió-.

-Con lo encantador que eres, no entiendo por qué –me interrumpió-...

-A veces, la vida no es justa –se encogió de hombros-…

Asentí y le di un fuerte abrazo a lo que él correspondió. Sin duda, detrás de su carácter extrovertido, estaba un chico que había sufrido también por amor y casi de la misma forma en que yo lo había hecho. Al menos, yo había contado con el apoyo de mis amigas, pero él era la primera vez que se lo contaba a alguien, aunque ya lo tuviese superado. Hasta sentí celos de esa mujer sin conocerla, ya que había tenido la oportunidad de ser su novia. Alex era un chico muy guapo y no entendía por qué una chica le había hecho eso…

-Gracias a eso, decidí apuntarme al gimnasio e impedir que volvieran a hacerme daño y a burlarse de mí –gruñó haciendo fuerza con sus brazos-.

-Te sienta bien –le sonreí-.

-Tú también eres una mujer hermosa, jamás creas lo contrario ni te conformes. Tú vales mucho y mereces lo mejor –me sonrió-.

-Por eso, te tengo a ti –le abracé y él sonrió encantado-.

-Deberías prepararte, no debemos llegar tarde. Te esperaré abajo –dijo levantándose de mi cama-.

-No tardaré –le recordé-.

Sin duda, todos teníamos nuestra historia detrás de un rostro bonito. Alex se había decantado por ir al gimnasio y mejorar su forma física para evitar las burlas y el dolor, pero por todo lo que había visto y sabía de él (no había cambiado tanto como parecía), era un buen chico y muy sensible. Por eso, era mi mejor amigo y esperaba que lo fuera hasta el final de los tiempos.

También recordé cómo algunos de mis gestos le habían puesto tenso. Él no se había dado cuenta, pero su mandíbula se había tensado y eso le hacía verse muy sexy. Suspiré resignada. Tal vez, si no hubiera sufrido tanto con Leo, no dudaría en intentar algo con Alex. Sin embargo, la realidad era que entre Alex y yo no podía, no debía pasar nada… Si no quería estropear nuestra amistad, claro…

Notas:

Es uno de mis capítulos favoritos, porque conocemos un poco más a Alex, aunque... ¿Por qué creeis que está tan nervioso? ¿Ocultará algo? 

Nos veremos en el próximo capítulo, donde les traeré un poco más de esta historia... 

¡Un saludo! ^^

CAPITULO 7 por silvy1990
Notas de autor:

Hola, ¿cómo están? ^^ 

Aquí les traigo un nuevo capítulo, que estoy segura les encantará ;)

Hay un suceso que cambia un poco las cosas entre nuestros protagonistas, ¿lo adivinan? ¿no? ¡pueden hacer apuestas! :)

¡Disfruten de la lectura! n_n

CAPITULO 7

Una vez que estuve lista, bajé donde Alex me esperaba. Nada más verme aparecer en el salón, Alex me miró de arriba abajo, silbando. Me sonrojé al instante…

Tampoco estaba tan especial. Para aquella ocasión había elegido unos shorts vaqueros y una camiseta blanca con lunares negros, a juego con complementos plateados, además de mi suave maquillaje y mi labial rosa.

Alex sonrió y besó mi mejilla antes de salir de casa, que cerré tan bien como siempre hacía. Nos dirigimos hacia el centro comercial, donde habíamos quedado con los demás. Al llegar, ya todos nos esperaban, excepto Ruth, que nos esperaría en la puerta de su hogar.

Alex ofreció su coche para ir hasta allá, además de ser las personas adecuadas para montar en su coche de cinco plazas. Aceptamos la invitación y cuando Alex encendió el coche, me dejo subir al asiento del copiloto, abriéndome y sosteniéndome la puerta, como siempre hacía. Tom, Miriam e Iván se sentaron en la parte de atrás, en ese mismo orden. Una vez que estuvimos todos en el coche, salimos hacia la casa de Ruth. Alex seguía mis indicaciones mientras Tom las confirmaba. Me reí ante lo impaciente que parecía Tom al estar a punto de ver a Ruth. Sin duda, debía quererla mucho.

Tras unos minutos de trayecto, conseguimos aparcar el coche bastante cerca de la casa de Ruth, donde ella ya nos esperaba con impaciencia. Ruth vivía en un barrio más humilde y alejado de los nuestros, pero aún así, su familia también tenía bastante dinero y un buen trabajo. Si no se habían mudado era por no alejarse del resto de su familia. La familia de nuestra amiga era bastante numerosa, por cierto. Era la pequeña de cinco hermanos, sus cuatro hermanos eran varones; tenía muchos tíos, muchos primos… Un caos, vaya.

Ruth nos saludó con efusividad nada más vernos llegar y abrazó a Tom antes de besarle como si no hubiera un mañana. Miriam, Iván y Alex rieron por aquella escena, mientras que yo miraba a otro lado. Bastante mal lo pasaba al ver a otras parejas demostrarse su amor y no saber si de verdad, eran sinceros.

-Bienvenidos a la feria de mi barrio, espero que disfrutéis y lo pasemos bien.

-De eso no cabe duda, cariño.

Ver a Ruth y Tom tan melosos de verdad me sacaba de quicio. Respiré varias veces, tenía que calmarme.

Miriam debió darse cuenta porque cuando comenzamos a caminar se enganchó de mi brazo para apartarme del resto e interesarse por mi estado de ánimo. Comencé a contarle lo que me sucedió ayer en la tarde con Leo y Alex y también el día que había pasado con Alex casi sin esperarlo y hasta de mis sentimientos por Alex.

-Si no fuera por el daño que me ha hecho Leo, no dudaría en intentarlo con Alex… Parece tan perfecto –suspiré, observándole hablar con Iván en la distancia-…

-La perfección no existe, amiga… Pero si Alex te gusta, deberías intentarlo –apretó mi hombro-.

-Ese es el problema. No confió en los hombres y no quiero estropear la amistad que tengo con él –sentencié-.

-Siento desilusionarte, pero creo que él quiere algo más que una amistad –sonrió-.

-¿Qué te hace pensar eso? –Enarqué una ceja-.

-El día que os reencontrasteis, ayer en la piscina, ayer cuando te defendió al ver a Leo y hoy cuando ha ido a comer a tu casa… ¡No hay más que ver lo bien que habéis conectado! ¿Necesitas más pistas? –Miriam parecía desesperada al ver que no lo veía igual de claro que ella-.

-Ese hombre del que habláis es sensual y morboso, por lo que Amanda debería estar dejándose amar por él –Ruth apareció por detrás-.

-No tenéis remedio –sacudí la cabeza-.

Sin duda, cuando a mis amigas se les metía algo en la cabeza, no paraban. Recuerdo cuando me insistieron en intentarlo con Leo y no pararon hasta que inicié mi relación con él. Pero esta vez, no. Esta vez no les haría caso y haría lo que me apeteciese hacer, sin presiones. Y es verdad que lo único que me apetecía era conocer mucho más al Alex de ahora. Me aparté de las chicas y me acerqué a Iván y Alex. Al verme, los dos se miraron e Iván me guiñó un ojo antes de dejarme a solas con Alex.

-¿Va todo bien, Amy? –Pasó su brazo por mis hombros-.

-Mis amigas me están agobiando –le confesé-.

-¿En serio? ¿Por qué? –parecía sorprendido-.

-Son así, ya las conocerás –sonreí-.

-No es por nada, pero a la que verdaderamente me interesa conocer es a ti –me confesó-.

-¿Eso qué significa? –Fruncí el entrecejo-.

-Significa que aunque mantenga la amistad con todos, es tu amistad la verdaderamente importante para mí –se explicó-.

-Siendo como eres, no creo que tengas problema en mantenerme como amiga –le guiñé el ojo-.

-Perfecto, entonces –sonrió-.

La voz de Iván llamándonos nos sacó de nuestra conversación. Al parecer, los cuatro iban a montarse en los coches de choque y quisieron saber si les queríamos acompañar. Alex me miró, esperando mi respuesta, así que asentí y acompañamos a nuestros amigos, que ya estaban preparados y emparejados para montar, así que cedí a Alex el asiento del conductor.

Cuando el juego comenzó, Alex conducía pegado al lateral, por lo que ningún coche podía golpear por el lateral donde estaba mi asiento. Cuando veía a alguno de nuestros amigos, se desviaba de su ruta para golpearles por el lateral donde él conducía, pero nunca por mi lado. Sin duda, intentaba que nadie me golpease y me hiciese daño. Lo agradecía, ya que no me gustaban los coches de choque y era agradable que sin haberle dicho nada, él tuviera esas atenciones.

Después de eso, Ruth insistió en ir a la casa del terror. Si me daban miedo las películas de ese estilo, ya os podéis imaginar. Me negué en rotundo a entrar a ese infierno. Y al parecer, si yo no entraba, Alex tampoco, así que tanto él como Iván, que al parecer tampoco le gustaban esas cosas, nos quedamos fuera, esperando al resto de nuestros amigos.

-Amanda, ¿puedo hacerte una pregunta? –Iván rompió el silencio-.

-Claro, Iván –le sonreí-…

-¿Sabes si Miriam tiene… novio? –dudó-.

-¿Te gusta mi amiga, verdad? –Fui directa al grano-.

-La verdad es que sí, me gusta mucho. ¿Tanto se me nota? –se sonrojó-.

-Un poco… Creo que a ella también le gustas, pero hay algo que deberías saber –le advertí-.

-Te agradecería cualquier ayuda, Amanda –asintió-.

-Miriam es una chica formal y si te acercas a ella, debes saber que ella no querrá una relación corta –comenté-.

-No debes preocuparte, tu amiga me gusta sinceramente y las relaciones que he tenido siempre han sido largas –explicó-.

-No seas exagerado, Iván –intervino Alex-. Solo has tenido una novia durante tres años.

-Sí, bueno –parecía incómodo-…

-Entonces, creo que eres el candidato perfecto para Miriam –le di ánimos-.

-¿Crees que si me acerco a ella, le molestará? –insistió-.

-¡En absoluto! –le sonreí-.

-Muchas gracias, Amanda. La verdad, es que no sabía a quién recurrir. Ruth parece más lanzada, pero a Miriam y a ti os veo más complicidad –confesó-.

-Nos parecemos bastante en ese sentido –reconocí-.

-¿Ves, Iván? Te dije que Amanda era de confianza –Alex le dio un codazo a su amigo-.

-Ahora entiendo por qué sois tan amigos vosotros dos… Y ya sabes, toma nota –le dijo a Alex canturreando-.

-Cállate –Alex le lanzó una mirada fulminante a Iván-.

Reí ante la actitud de ambos, no entendía muy bien las pullas que se lanzaban, pero era divertido verles así. Entonces, los chicos salieron de la atracción y Tom, al ver así a sus amigos, se unió a ellos, haciéndonos reír a las chicas y a mí a carcajadas.

Cuando el ambiente se calmó, fuimos a una hamburguesería a tomar algo. Sin embargo, a la hora de pagar, Alex se me adelantó y pagó también mi parte. Me enfadé mucho con él, ya que no me gustaba que me invitasen a nada. Sin embargo, Alex insistió que era en agradecimiento por haberme dejado a comer con él. Entonces, lo entendí y se me pasó el enfado, pero solo un poco.

Miriam aprovechó la ocasión para recordarnos lo de la casa de la playa y formalizó el evento. Ese día, al ser viernes, ya tendríamos todo el fin de semana para preparar las cosas y marcharnos allá al lunes siguiente, es decir, solo teníamos un par de días. Tom, que era el que nos llevaría en coche, aceptó la idea, aunque fuese precipitada, ya que el vehículo había pasado la revisión la semana anterior.

Me hizo muchísima gracia la forma en la que organizamos todo de manera tan breve, anotándolo todo en una servilleta de la hamburguesería. Sin duda, Miriam tenía prisa por llevar su idea a cabo y marcharnos a la playa cuanto antes para pasar unas vacaciones únicas y diferentes, ya que los chicos nos acompañaban y era la primera vez que eso ocurría.

Después de la cena, decidimos despedirnos hasta el día siguiente que habíamos quedado a las doce para organizar las cosas. Ruth se quedó en su casa y Alex empezó a llevarnos a nuestras respectivas casas con su coche. No sé por qué razón, pero a mí me dejó la última.

-Espero que lo hayas pasado bien, Amy –me miró una vez más antes de que bajase del coche-.

-Contigo, me divertiría en cualquier lugar –le sonreí con la mano en el manillar de la puerta-.

-¿Incluso si me auto invito a comer? –bromeó-.

-No digas eso, siempre serás bienvenido en mi casa –asegure-.

-¿Qué te parece si te recojo mañana antes de quedar con el resto, para ir juntos? –dudó-.

-¿Y si te invito a desayunar, qué me dices? –le propuse-.

-Mucho mejor que mi plan porque así pasamos más tiempo, juntos. ¿Nos vemos aquí a las diez? –tanteó-.

-A las diez nos veremos -asentí-.

-Perfecto. Que pases buena noche, hasta mañana –me sonrió-.

-Hasta luego, Alex –le sonreí y baje del coche-.

Bajé del coche y me dirigí hacia mi casa, sin mirar atrás. No podría ver sus hermosos ojos sin prepararme mentalmente para ello. Cuando entré a mi hogar, cerré la puerta y encendí la alarma, pero apoyé todo mi peso sobre la puerta.

Estaba claro que aunque no quisiera admitirlo, Alex me gustaba. De una forma u otra, deseaba tenerle en mi vida como algo más que como un amigo, pero de momento, disfrutaba de su cercanía tal y como estaban siendo las cosas hasta ahora porque en parte, me daba miedo reconocer algo más.

Subí a mi habitación antes de comprobar que todo estaba bien en la planta baja, me duché, me cambié de ropa y me metí en la cama. Mañana sería otro día, más largo y mejor.

A la mañana siguiente, abrí los ojos a las nueve y media de la mañana. Me incorporé con la velocidad de un rayo al darme cuenta de que había quedado en media hora con Alex. Fui corriendo a la ducha con la ropa que usaría ese día, que serían unos jeans y una camiseta de cuadros negros y rojos, con un bolso y unos zapatos negros a juego.

Y justo cuando iba a peinarme, ya vestida y maquillada, el timbre sonó. Alboroté mi cabello y me di cuenta de que el resultado no estaba tan mal. De todas formas, tenía que abrir la puerta y luego terminaría.

-¡Buenos días, Alex! –Llegué acalorada a la puerta-.

-¡Buenos días, preciosa! –dudó, al verme así-.

-¡Estás en tu casa, pasa! Si me das un momento, voy a terminar de arreglarme –le permití pasar y le expliqué-.

-¿Aún no estás lista? Yo te veo bien –se sinceró-…

-¡Mira mi pelo, tengo que hacer algo con él! –me desesperé-.

-Te queda bien, Amy –insistió-.

-Aún así, tengo que terminar de hacer un par de cosas… No tardo, espérame –le pedí-.

-Está bien –cedió-.

Subí escaleras arriba con la velocidad de la luz y revisé el baño para dejarlo limpio y recogido. Me miré al espejo, realmente, estaba guapa, como decía él. Una vez que estuvo todo listo agarré mis cosas para no tener que volver a subir y bajé a la planta baja, donde un olor delicioso salía de la cocina y no veía a Alex por ninguna parte.

Al llegar a la cocina, vi que Alex cocinaba canturreando una canción. No me había dado cuenta antes, pero ahora que estaba de espaldas y parecía no haber notado mi presencia, podría hacerlo. Aquel día, había elegido unos jeans y una camiseta granate que se pegaba a su cuerpo, haciendo notar su fuerte y ancha espalda. Y además, detallé que estaba muy concentrado en su tarea y que sabía lo que hacía.

-¿Qué estás haciendo? –me hice notar-.

-Oh, cocinaba mientras terminabas… Pensé que si trabajamos en equipo, iremos más rápido –me explicó-.

-¿Por qué tienes tanta prisa? –Quise saber-.

-No he desayunado y tengo hambre –se encogió de hombros-.

-No sabía que cocinabas –le dije impresionada-…

-Soy una caja de sorpresas –se rió-.

-Me he dado cuenta –admití-…

No me había dado cuenta, pero nos habíamos ido acercando mientras hablábamos, hasta quedar más cerca de lo correcto. Alex cerró los ojos durante un segundo y mordí mi labio ante aquella visión. Estábamos solos, demasiado cerca y yo acababa de despertar hacía un rato y por tanto, con las defensas bajas. Y entonces, Alex acortó la distancia, juntando nuestros labios.

Fue un roce sutil pero decidido, que no tardé en corresponder. Alex pasó sus brazos por mi cintura para acercarme aún más a él y yo pase mis brazos por su cuello. Se notaba que no era la primera vez que besaba pero no podía imaginar que lo hiciese tan extremadamente bien. El beso empezó a volverse intenso y no parecíamos querer separarnos el uno del otro, pero tuvimos que hacerlo cuando nos empezó a faltar el aire.

-Amy, yo –empezó Alex sin soltarme de la cintura-…

-No lo estropees, por favor –me aparté un poco de él-.

-Déjame explicarte –volvió a acercarse-…

-No es necesario, solo fue un beso –intenté evitar la conversación-…

-Siempre me has gustado y eso no ha cambiado. Ahora que estás de nuevo en mi vida, voy a luchar por ti –confesó-.

-No compliques más las cosas, por favor –le pedí-.

-¿Cuál es el problema, Amanda? –estalló-.

-El problema es que no quiero perder tu amistad y si intentásemos algo más, no funcionaría –expliqué-.

-No puedes saber si funcionará o no –no parecía entenderlo-…

-No, Alex… Créeme, es lo mejor –le detuve-…

-Solo respóndeme una cosa… ¿Por qué pones esa barrera si es evidente que te gusto? –ahí me descubrió, aunque no debía admitirlo-.

-¿Qué te hace pensar eso? –intenté engañarle-.

Alex enarcó una ceja y volvió a pillarme por sorpresa con un beso. Me conocía demasiado bien, hasta incluso mejor de lo que yo me conocía a mí misma. Era evidente que me gustaba y no podía engañarle. Y fue por eso, por lo que cada vez que me besaba, aunque intentase resistirme, acababa correspondiéndole.

Notas:

¡Por fin se han besado! ¿Y ahora qué? ¿Seguirán siendo amigos o surgirá algo más entre ellos? ¿Superará Amanda sus miedos? ¿Y Alex luchará por ella? (se ha quedado en lo más interesante, cuando vi el resultado hasta yo me mordía las uñas jaja)

¡Nos veremos en el próximo capítulo! ¡Gracias por vuestro apoyo!  :)

¡Un saludo! ^^

CAPITULO 8 por silvy1990
Notas de autor:

Hola a todos, ¿cómo están? :)

Lamento el retraso en las actualizaciones, pero he estado teniendo problemas para entrar en la página :(

Aquí les dejo el nuevo capítulo, espero que les guste ^^

CAPITULO 8.

Tenía una apariencia que guardar, por eso, cuando Alex se cansó de besarme y comprobar que aunque me negara a mis sentimientos, sentía algo por él, pataleé como una niña pequeña ante su sonrisa de victoria y me senté en una de las bancas altas de la cocina para desayunar. Él se sentó frente a mí, aún con esa sonrisa en la cara. Me estaba sacando de quicio.

-Me estás poniendo nerviosa con esa sonrisita –estalle-…

-Estoy feliz, no sabes cuánto tiempo desee hacer eso… ¡Qué buen beso! –parecía burlarse de mí-.

-¡No me lo recuerdes! –Miré hacia otro lado-.

-¿Por qué? –Quiso saber-.

-Mira, Alex… Es verdad, me gustas mucho, pero… No confió en los hombres, no quiero enamorarme otra vez… ¿Entiendes? –le confesé finalmente-.

-Lo entiendo y lo respeto, pero te gusto. Y quiero que sepas que lucharé por ti hasta que me des una oportunidad –sentenció-.

-Genial –rodé los ojos-…

-Sé que te han hecho daño y lamento que haya sido así, pero no todos los hombres somos así –me recordó-.

-Sé que eres un buen hombre, Alex. Y es por eso, que no quiero estropear nuestra amistad –le pedí-.

-Y así será, pase lo que pase. Te lo prometo, Amy –me juró-.

-Gracias –de verdad esperaba que cumpliera esa promesa-…

-De hecho, este beso, no cambiará nada… Al menos, nos hemos sincerado –se encogió de hombros-.

Le miré con mala cara. La sinceridad era muy relativa, sobre todo, la forma en la que había conseguido que le confesara mis sentimientos. ¡Qué coraje me daba ser tan predecible!

Pero, debía admitir, que necesitaba ese beso y que me gusto muchísimo más de lo que quería reconocer y fue por eso que me asusté. Cualquier otra chica, en mi situación, estaría feliz e intentaría tener algo con él, pero no podía ni siquiera pensarlo porque me paralizaba.

La última vez, cuando inicié mi relación con Leo, lo hice casi sin pensarlo. Ahora que sabía muy bien lo que era y que la mayoría de hombres (al menos, así había sido con Leo) estaban interesados en el sexo, no quería volver a hacer las cosas de forma precipitada y volver a equivocarme. No podría con otro fracaso en tan poco tiempo.

-¿En qué piensas, Amy? –se interesó-.

-El desayuno estaba delicioso, eres un buen cocinero –comenté-.

-Gracias, es lo menos que podía hacer –sonrió-.

-Voy a recoger antes de irnos –me ofrecí-.

-Yo me encargo de eso, tranquila –me detuvo-.

Accedí a lo que Alex me pedía. Le observe en silencio, desde la banqueta de la cocina. Alex era muy especial y me sentía realmente mal por no poder corresponderle como me gustaría, como él se merecía; pero, de momento, era lo que tenía que hacer para estar en paz conmigo misma.

Cuando Alex terminó, salimos de la casa, ya que la hora de quedar con nuestros amigos, se acercaba. Alex pasó su brazo por mis hombros y bromeo conmigo un par de veces, haciéndome olvidar lo sucedido hace poco en mi casa. Sin duda, nuestra relación no tenía por qué cambiar…

Al llegar al centro comercial, nuestros amigos, ya nos esperaban. Había que comprar un par de cosas para hacer una pequeña fiesta cuando llegásemos a la casa de la playa, solo para celebrar nuestra presencia allí una vez más. Además, este año era diferente y especial, ya que nos acompañarían los chicos, nuestros nuevos amigos. También, las chicas querían comprar bañadores, toallas, bronceadores y sombrillas, todo lo necesario para tomar el sol con precaución. Yo no necesitaba nada de eso, pero las acompañaría encantada.

-Llegáis los últimos –nos riño Ruth, señalando su reloj-.

-Nos entretuvimos –Alex se encogió de hombros-.

-¿Qué estabais haciendo? –Tom enarcó una ceja-.

-Desayunando -Alex rodó los ojos-.

-Bueno, vayamos a resolver nuestros asuntos de la casa de la playa –intervino Miriam-.

Entramos al centro comercial, donde lo compraríamos todo. Miriam sacó una lista de su bolso y mando a los chicos al supermercado a comprar algunas cosas, mientras que nosotras nos quedaríamos mirando en las tiendas para encontrar lo que necesitábamos. Las tres nos enganchamos del brazo y paseamos por las tiendas, viendo los escaparates para después volver a empezar y entrar en cada una de ellas. Las chicas parecían encantadas, aunque yo no era tan fanática de las compras.

Además, tenía la cabeza en otra parte. No paraba de pensar en lo que había pasado en mi casa. Alex iba a luchar por mi amor y aunque no quería que lo hiciese por miedo a perderle, me moría de ganas de que luchase y consiguiese hacerme olvidar todo lo malo que había pasado hasta su llegada. Tenía miedo de sus besos, pero me aterraba aún más que él jamás volviera a besarme.

Estaba confusa. Y claro, era expresiva con el rostro y mis amigas sabían que algo me rondaba, siempre lo averiguaban.

Así que, cuando terminaron las compras, nos dirigimos a una heladería del centro comercial. Cuando hicimos nuestro pedido, nos sentamos en una de las mesas y sus preguntas comenzaron.

-¿Va todo bien, Amanda? –Miriam cogió mis manos entre las suyas-.

-¿Ha pasado algo con Alex? –Quiso saber Ruth, llevando su mano a su corazón-.

-No… Bueno, sí… No sé –dudé-…

-Me estás asustando, amiga –Miriam puso mala cara-…

-¿Qué ha pasado? –Insistió Ruth-.

-Alex me besó –dije con velocidad y con los ojos cerrados, esperando no tener que repetirlo-.

-¿Qué? –mis amigas hablaron al mismo tiempo, mirándome con sorpresa y mirándose entre ellas-.

-¿Cómo ha pasado? –Cuestionó Ruth-.

-¿De verdad tengo que explicarte cómo funcionan los besos, Ruth? –Enarqué una ceja-.

-No me refería a eso, tonta… ¿Cómo ha conseguido besarte así tan de repente? –Repitió Ruth-.

-Le invité a desayunar y no sé cómo, nos acercamos más de la cuenta y me besó –me sonrojé-.

-¿Y cuál es el problema? –Miriam no parecía entender mi preocupación-.

-Mi relación con Leo fue precipitada y aunque tengo superada la ruptura, no quiero repetir la historia con Alex –me explique-.

-¿Solo te ha besado o ha pasado algo más? –Tanteó Ruth-.

-Me confesó sus sentimientos –me sonrojé de nuevo-…

-¿Te ha dicho que le gustas? –asentí ante la pregunta de Miriam y ella insistió-. En ese caso, ¿qué es lo que tienes que pensar?

-No quiero precipitarme y fracasar de nuevo, en tan poco tiempo. No lo resistiría –sollocé-.

-¿Alex te gusta? –Me pregunto Miriam con suavidad-.

-Muchísimo –admití-.

-Entonces, tómatelo con calma. Si tiene que surgir algo entre vosotros, surgirá aunque opongáis resistencia –bromeó Ruth-.

-Sois las mejores amigas del mundo, os quiero –las abracé-.

-Y nosotras a ti –me animó Miriam-.

-¿Sabéis una cosa? Hacía tiempo que no salíamos de esta manera, tenemos que hacerlo más a menudo –razonó Ruth-.

-Es que desde que estás con Tom, no quieres cuentas con nosotras –la riñó Miriam-.

-¡Mira quién habla…la que está enamorada de Iván! –Ruth se cruzó de brazos-.

-Bueno… solo un poco –reconoció Miriam, haciéndonos reír-…

Terminamos nuestro helado hablando de cosas tontas y sin sentido. Sin duda, poder contar con ellas, era increíble.

Pocos minutos después de terminar nuestro helado, los chicos regresaron cargados de bolsas, pero al menos no habían tenido que ir de tiendas con nosotras, ya que normalmente, ir de tiendas era algo que los chicos odiaban profundamente. Al tenerlo todo, lo guardamos en el coche de Tom, excepto la ropa y los bronceadores que lo guardarían las chicas. Así que, Tom se ofreció a llevarnos a casa, pero como yo vivía prácticamente al lado, me despedí. Alex me acompañó, ya que tenía el coche muy cerca de mi casa.

-¿Te has divertido con las chicas? –se interesó-.

-Sí, hacía tiempo que no salíamos así –sonreí-.

-Deberíais hacerlo más a menudo –dudó-.

-Sí, de eso estuvimos hablando –asentí-.

-Por cierto, ¿sabes de algún veterinario que sea bueno? –me cuestionó-.

-¿Le pasa algo a Ben? –me preocupe-.

-No, pero me gusta hacerle revisiones mensuales y desde que llegamos de Madrid, no he ido aún –me explicó-.

-Al final de esta calle, hay un veterinario muy bueno. Le intentó salvar la vida a mi perro, pero era imposible hacer algo por él –le expliqué-…

-Cuando regresemos de la playa, iré a esa revisión. ¿Me acompañarías? –Quiso saber-.

-Me encantaría, pero lo paso muy mal en esos lugares –me entristecí-.

-Está bien –agachó la cabeza y dejó de insistir-.

-Me lo podría pensar –no soporté verle tan apagado-.

-Aún tienes tiempo para pensarlo –se encogió de hombros-.

-Claro… ¿Nos vemos mañana? –dudé-.

-Me gustaría aprovechar el día con mi madre, pero si quieres, puedo cenar contigo y quedarme a dormir para ahorrarle un viaje a Tom –propuso-.

El lunes nos íbamos al viaje de la playa e iríamos en el coche de siete plazas de Tom, pero como saldríamos temprano, él aseguró recogernos de uno en uno. Sin duda, la idea de Alex no era tan mala, pero ¿quedarse a dormir? ¿De verdad podía aceptar eso, sabiendo lo que sentía por mí? Bueno, la casa era grande, no tendría que haber problema de espacio y tampoco creía a Alex capaz de hacer algo indecoroso, ¿verdad?

-De acuerdo, puedes cenar conmigo y quedarte a dormir –acepte-

-Nos veremos mañana, entonces. Que pases buena noche, descansa –besó mi frente-.

-Buenas noches, hasta mañana –besé su mejilla-.

A pesar de todo, Alex era mi amigo y confiaba en él. Al menos, quería confiar en él aunque nos hubiésemos sincerado con nuestros sentimientos.

Entré en la casa y cerré la puerta principal, además de encender la alarma. Como cada noche, me duche, me cambié y me metí en la cama. Abracé la almohada y no pude evitar sonreír al acordarme del beso que había compartido con Alex. Solo lamentaba que hubiese llegado a mi vida en esas circunstancias, sin duda, era un chico muy especial…

A la mañana siguiente, al despertar, me di una ducha rápida para ponerme un vestido playero de estilo ibicenco y color blanco para andar por casa. Aunque era domingo, tenía mucho que hacer y es que al día siguiente, nos iríamos al viaje de la playa.

Rebusqué una de las maletas y me acerqué al vestidor. Escogí un par de biquinis, toallas para la playa y la casa, ropa interior, ropa y zapatos para salir, para estar en casa, para dormir, bronceadores y por supuesto, documentación para estar identificada, algunos libros para leer, el móvil y su cargador, y cómo no, un neceser con todo lo necesario para el aseo personal. Y creo que no me olvidaba nada.

Después de hacer las maletas, el resto del día pasó sin pena ni gloria. Y cuando se aproximaba la noche, empezaba a ponerme nerviosa, ya que Alex iría a cenar y a dormir conmigo. Aunque fuésemos a hacerle un favor a Tom y ahorrarle un viaje, me estaba echando la soga al cuello. ¿Podría soportar la presencia de Alex tan cerca de mí aquella noche?

Notas:

Espero que les haya gustado, cuidense.

¡Un saludo! ^^

CAPITULO 9 por silvy1990
Notas de autor:

Hola a todos, lamento la tardanza, ¿cómo están? n_n

Sé que he tenido muy abandonada esta historia, pero he estado ocupada entre las vacaciones y los estudios...

Continuaré publicando esta y el resto de mis historias, solo les pido un poco de paciencia... ¡Gracias! ^^

¡Y ahora...a leer! ;)

CAPITULO 9.

A las ocho de la tarde ya estaba desesperada, dando vueltas por toda la casa. Alex vendría en un rato, ya que me había llamado para decirme que vendría a las nueve, pero conociéndole, llegaría un poco antes. Decidí preparar la habitación de invitados para él, pero eso no era tan complicado de hacer. Después, fui a mirar el frigorífico y me di cuenta de que o me ponía a cocinar ahora o no me daría tiempo, ya que no había demasiado. Así que, decidí preparar una ensalada de lechuga, tomate, pepino, maíz, y zanahoria rallada, además de unas empanadillas de atún. Así, tardaría en cocinar y me entretendría hasta la hora de la llegada de Alex. Desde luego, hacer empanadillas siempre me había parecido fatigoso. Te ponías de harina hasta las pestañas, pero era divertido y el resultado era delicioso. Solo esperaba que después de todo el trabajo que estaba haciendo, a Alex le gustara la cena. Y si no le gustaba, era lo que había.

Me reí al darme cuenta de lo internamente mandona que era y de cómo Alex me tenía más que calada. Justo en ese momento, sonó el timbre. Me lavé y sequé las manos para no estar tan llena de harina y fui a abrir la puerta. Me encontré a un Alex con pantalón de chándal oscuro y camiseta blanca, no tan pegada como otras camisetas que usaba, y una bolsa grande de deporte, que era donde supuse llevaba su maleta.

Le dejé pasar con una sonrisa y cerré la puerta principal pulsando la alarma. Alex dejó su bolsa justo en la entrada, pero le detuve, mostrándole la habitación dónde dormiría. Aceptó todo lo que le decía, pero no parecía muy feliz. No cruzamos muchas palabras y es que el pitido del horno me indicó que las empanadillas ya estaban listas y si no las sacaba pronto, todo mi trabajo se iría al traste.

Bajé corriendo las escaleras, pero me escurrí al entrar en la cocina y por supuesto, ya me veía en el suelo, si no hubiera sido por unos fuertes brazos que me alzaron y me dejaron de pie sobre el suelo. Me giré para darle las gracias a lo que él asintió y se acercó para abrir el horno y sacar con un trapo de cocina lo que había en su interior.

-¡Empanadillas! –se relamió los labios, satisfecho-.

-Sí, no sabía si te gustarían, pero me apetecía cocinar –me encogí de hombros-…

-Debes estar aburridísima para ponerte a cocinar algo tan fatigoso –enarcó la ceja-…

-La verdad es que sí –reconocí con una sonrisa-.

-El aburrimiento se va a acabar… ¡Alex al rescate! –Bromeó alzándome del suelo-.

-¡Para, para, me voy a caer! –Empezó a darme un pelín de vértigo-.

Alex rió y empezó a darme vueltas, hasta que finalmente, me colocó sobre su hombro y sin ningún esfuerzo, se acercó para sentarme en el sofá.

-Por hoy, ya has hecho demasiado. Has puesto la cocina perdida y has estado a punto de caerte. Me encargo el resto, espérame aquí –me pidió-.

Asentí, ya que llevaba razón. Así que lo único que hice, fue ponerme en pie y quitarme el delantal. Puse cara de sorpresa al ver lo sucio que estaba el delantal. Tragué saliva y miré el sofá, que afortunadamente no se había manchado. Me acerqué a la cocina y dejé allí el delantal. Alex me miró con mala cara, ya que no estaba en el sofá, donde él me había dejado. Observé la mesa, que ya estaba puesta.

-¿Qué estás haciendo, Amy? ¡Me has desobedecido! –Frunció el cejo-.

-Te vas a reír… Tiene una explicación muy sencilla –jugué con un mechón de cabello-…

-¡Me voy a vengar! –Dijo con decisión-.

-¿Cómo? ¿Por qué? –Me hice la tonta-.

Y justo en ese momento, Alex y yo nos pusimos a correr por toda la casa, jugando entre risas. Hasta que, finalmente, acabamos revolcándonos de harina por el suelo de la cocina. No sé por qué siempre acabábamos en la cocina. Y lo peor era que él estaba sobre mi cuerpo, atrapándome entre él y el suelo, por lo que no tenía escapatoria. Tragué saliva. De nuevo, estábamos demasiado cerca. Alex tensó la mandíbula, viéndose increíblemente sexy. Me mordí el labio y observé que Alex temblaba, pero que se acercaba a mí con decisión, para volver a besarme. Y no me iba a resistir, pero el teléfono sonó.

Alex sacudió la cabeza, se puso en pie y me ayudo a levantarme. Me acerqué al teléfono y respondí. Eran mis padres. Alex, en la distancia, asintió y se puso a limpiar la cocina para después señalarme que iría a la planta de arriba, supuse que a cambiarse de ropa, ya que la tenía llena de harina. Por supuesto, yo reparé en que acabaría manchada hasta las pestañas y había preparado una muda de ropa en uno de los baños de la planta baja. Cuando terminé de hablar por teléfono, Alex seguía ausente y yo aproveché para darme una ducha y eliminar la harina de mi cuerpo. Al salir, Alex ya me esperaba sentado en la mesa, con unos pantalones blancos de dormir y sin camiseta… ¡Espera, espera! ¿Qué hacía sin camiseta? Eso ya era demasiado para mí.

-¿Comemos? –Llamó mi atención-.

-Claro –sonreí-. -¿Todo bien con esa llamada? –Quiso saber-.

-Sí, eran mis padres –me encogí de hombros-.

-¿Saben de nuestro viaje a la playa? –se interesó-.

-Saben que iré con las chicas. Si les dijera que habrá chicos, no me dejarían ir –le expliqué-.

-Entonces, debo suponer, que no les has hablado de mí –comento entristecido-.

-En eso, te equivocas –le di un golpecito en la nariz con el dedo-. Mis padres están encantados con tu regreso y están deseando coincidir.

-Me alegra saberlo –sonrió-.

-Mis padres no son autoritarios, pero hay cosas en las que son muy tradicionales –le expliqué-.

-Si yo fuera padre, siempre me gustaría saber la verdad –se encogió de hombros-.

-No me gusta mentirles, pero de otro modo, no podría ir –le comente entristecida-…

-Entonces, no diré nada… Por esta vez –me guiñó el ojo-.

-Te lo agradezco. Ya bastante mal lo están pasando porque no estoy estudiando empresariales, como ellos hubieran querido –me reí-.

-¿Qué estudias? –se interesó-.

-Trabajo social –le comenté-.

-Siempre te ha gustado ayudar a los demás, yo me sentiría orgulloso –se sinceró-.

-¿Tú que estudias? –Quise saber-.

-Te vas a reír… Empresariales –confesó-.

-Hubieras sido el hijo perfecto para ellos, entonces –me reí-.

-¿Y dónde estudias? –Quiso saber-.

-En Sevilla. Las chicas y yo vivimos en un apartamento –le conté-.

-¿Y os va bien? –cuestionó-.

-Sí, estamos muy contentas –sonreí-.

-¿Y ellas estudian lo mismo que tú? –insistió-.

-Miriam estudia psicología y Ruth estudia filología inglesa –le conté-.

-Vaya…

El resto de la cena, transcurrió de esa guisa. Charlamos de todo y nada entre risas, como si todo entre nosotros fuera tan fácil como respirar. Al terminar la cena, recogimos juntos y dejamos la casa limpia y ordenada y nos despedimos hasta el día siguiente, antes de irnos a dormir. Y como siempre me pasaba antes de hacer un viaje, no podía dormir, ya que me ponía nerviosa. Empecé a dar vueltas en la cama, por mi habitación y finalmente, acabe sentada en una de las hamacas de la terraza, frente a la piscina. Lo cual, no solo me servía para disfrutar del frescor del agua, sino también para pensar en mis cosas y realmente había mucho en lo que pensar.

Siempre había presumido de tener las cosas muy claras en mi mente y ser consecuente con mis decisiones. Por culpa de Leo, mi forma de actuar ante una posible relación había cambiado. No quería volver a precipitarme, pero era lo que más deseaba hacer con Alex. Él siempre había formado parte de mi vida y si aún así después de tantos años, seguía sintiendo cosas por mí, debía ser una señal, significar algo. Y él realmente, me gustaba, pero al mismo tiempo, sentía un miedo que me paralizaba… ¿Qué debía hacer? ¿Debía hacerle caso a mi mente o a mi corazón? ……………………………………………………………………………………………………………………........................................................................ Me encontraba tumbado sobre aquella cómoda y mullida superficie, con los brazos detrás de la cabeza, mirando hacia el techo, disfrutando del frescor que entraba por aquella ventana medio abierta y la luz de la luna que se colaba en la habitación. Me lamentaba por haber hecho las cosas tan mal. Debería haber sido más paciente y besar a Amy cuando ella realmente se sintiera preparada; pero no podía evitarlo, no podía luchar contra mis impulsos cuando se trataba de ella.

Desde niño, cuando estábamos en la escuela, ya me gustaba. Al principio, no éramos amigos, ni siquiera hablábamos, no era capaz de acercarme a ella porque me daba miedo que también se convirtiese en una de esas personas que me insultaban. Prefería pensar que ella era diferente, aunque no cruzásemos palabra.

Sin embargo, un día, unos chicos se estaban metiendo conmigo y ella se metió por medio, defendiéndome. Desde entonces, nos hicimos amigos y aunque era raro estar con ella y dos niñas más, me sentía a gusto, era feliz. Poco después, ambos descubrimos que nuestras madres eran buenas amigas. Eso era una ventaja, ya que así podríamos vernos más seguido.

Todo iba bien, hasta que mi madre encontró trabajo y tuvimos que abandonar nuestro pequeño pueblo sevillano a toda prisa. Por suerte, pude despedirme de Amanda, regalándole una linda pulsera y prometiendo que regresaría. Por supuesto, no sabía el tiempo que tardaría, pero cumpliría mi promesa.

Cuando llegué a Madrid, los chicos seguían metiéndose conmigo, pero no me importaba. Sabía que algún día, las cosas iban a cambiar y Amanda me había enseñado a ser un poco revolucionario.

Cuando llegué a la secundaria, escuche como una pareja apostaba que ella me conquistaría. Por supuesto, no pensaba darle el gusto y solo para que me dejaran en paz, decidí apuntarme al gimnasio, cambiar las gafas por lentillas y cambiar los brackets por unos transparentes. Ese cambio supuso que aquella chica no quisiera conquistarme por una apuesta sino porque en verdad le interesaba. Les di una lección a todos y llegué a la universidad.

Allí hice buenos amigos y fue donde me enamoré o eso creía. Aquella chica era muy similar a Amanda, una chica rubia de ojos claros. Sin embargo, aquella relación terminó de forma repentina cuando la descubrí con mi mejor amigo.

Poco después, conocí a Tom. Éramos vecinos y además, paisanos del mismo pueblo. La vuelta de Tom coincidió con el traslado de mi madre. Ese era el momento perfecto para cumplir la promesa que le hice a Amanda. Lo que jamás llegué a imaginar cuando Tom me comentó presentarme a Ruth, su novia, es que entre sus amigas, encontraría a Amy. Al principio, no la reconocí. Había cambiado muchísimo y estaba lindísima, mucho más que cuando la conocí; obviamente, habían pasado diez años y los cambios eran evidentes. Sin embargo, me fije un poco más en ella y cuando entramos en el centro recreativo, reconocí su sonrisa. También me fije en la pulsera de flores que llevaba en su muñeca, aún la conservaba. Ella tampoco me había olvidado. Eso me dio ánimos para acercarme a ella y darme cuenta de que sin ella había estado perdido, de que ella era la mujer de mis sueños, sin ninguna duda.

Por eso, el día anterior, cuando la besé, fue uno de los más felices de mi vida, pero también me sentí como un idiota. Amy estaba demasiado herida por su ex y yo no había llegado en buen momento para conquistarla. Pero las revoluciones consistían en luchar por lo que queríamos, por muy difíciles que se pusieran las cosas. Por eso, iba a conseguir el amor de Amanda, lucharía por ella a no ser que ella me pidiera que la dejara en paz, que me dijera que no sentía nada. Pero, a pesar de sus negativas cuando la besé, había conseguido confesarme que también sentía cosas por mí; así que, solo tendría que poner de mi parte y esperar a que me aceptara.

Suspiré y me levanté de la cama, en dirección a la ventana, desde la que se veía la terraza de aquella casa en la que tantas veces, de niños, habíamos jugado. Vi que Amy estaba sentada sobre una de las hamacas, con las manos cubriendo su cabeza. Me debatí entre bajar y abrazarla, sin decir una sola palabra, para mostrarle mi apoyo; pero no quería incomodarla. Tal vez, necesitaba estar sola, por más que me muriese por estar junto a ella. Pero no, no podía, no debía presionarla. Demasiado mal lo había pasado ese día, cuando habíamos estado a punto de besarnos, de nuevo.

Así que, me alejé de la ventana y volví a tumbarme en la cama, debía intentar descansar… Pero por más vueltas que daba, no podía dormir. Volví a levantarme y a mirar por la ventana, pero Amy ya no estaba allí. Salí de la habitación y preste atención a mí alrededor. No se oía ningún ruido, por lo que supuse que Amanda ya estaría en su habitación. Me acerqué hasta allí y metí mi cabeza por la abertura de la puerta, que estaba entornada. Amy estaba en su cama y parecía dormir profundamente. Una sonrisa se escapó de mis labios…

-Te quiero, pequeña guerrera.

Después de asegurarme que todo estaba bien, regresé a la habitación. Ahora, podría dormir un poco más tranquilo…

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